Era fácil recordarlo por aquella época, Vives sentado con algún libro de Strasberg, olvidado de proyectos durante meses, y enfrascado en la teoría de la interpretación. Pero Vives era así, ya estaban todos acostumbrados y no había nada que temer. Algún día volvería con los mortales y sería de nuevo Diego Vives, el actor, el hombre. Aunque algo más cargado de razones.
Al acabar con los libros que pudo reunir, aún le quedaba en el paladar el gusto de la insatisfacción. Siguió buscando por donde pudo, revolvió todas las casetas de la feria del libro de aquel año, llamó a otros amigos que había conocido en una gira por Irlanda y Dinamarca, volvió locos a algunos libreros de viejo que maldijeron la hora. Un día apareció en la capital, llamando a la puerta de Delio:
—Acabo de encontrar lo que buscaba.
—No sé de qué me hablas —respondió Delio, que apenas podía creer que estuviese ahí, delante de sus narices.— Y además son las tres y cuarto de la madrugada.
— El origen de todo. Está en Stanislavski, aunque no lo sabíamos.
Delio, sorprendido de que el límite de sus fuerzas aún fuese un hito desconocido, le dio un abrazo y lo metió en casa. Hacía meses que no había dado señales de vida, y las noticias sobre su paradero lo habían desconcertado. A veces escuchó que lo habían visto en París, y muchas veces más que debajo de un túnel de la M-40.
Lo dejó hablar sin parar de las cosas que había estado leyendo, mientras lo llevaba a la cocina y le preparaba un suculento desayuno con lo que le quedaba por allí. Hizo tostadas con mantequilla y canela, exprimió el jugo de tres naranjas medio secas, encontró una berlinesa de chocolate, y se alegró de que le quedasen aún algunas pipas en una bolsa, con lo que le gustaban a Vives. Cuando se sentaron en la silla, Vives aún no había dejado la palabra.
—Por fin lo he descubierto. Strasberg le sacó mucho partido al método, pero todo lo había aprendido de Stanislavski. Stanislavski era un culo de mal asiento. Un inconformista, como nosotros.
Decía sentirse perplejo por lo familiar que le había resultado la historia, y él no creía en la transmigración de las almas. Como ellos, el ruso también había alcanzado la fama siendo aún joven, y como a ellos, le estorbó tanto que se negó a disfrutarla sin más. Donde otros habrían terminado un ciclo, Stanislavski lo comenzaba. Fue así como empezó su búsqueda. Se dijo a sí mismo que lo primero que debía encontrar eran las coordenadas de su locura sobre el plató. Así fue tanteando incansable tras la lógica de sus errores, y analizando paso a paso, iba descubriendo los detalles que luego le servirían para abrir el camino de otras actuaciones perfectas. Negó que no hubiese más guía que el instinto, y descreyó de los que comenzaban a encumbrarlo como el actor perfecto. Luego lo fue escribiendo en sus libros: así logró encontrar la Verdad Artística.