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Inicios de la Semana Santa
Del Pregón de Semana Santa del Año 2003
pregonado por D. Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil
No podemos hablar de la Semana Santa si no hablamos de los dos pilares que la componen. Para ello comenzaremos primero hablando de la tradición y para hablar de ella no podemos hacerlo sin contar la historia de las cofradías: vehículo importantísimo que se ha encargado de transmitirnos con su trabajo y devoción, el sentir y vivencias de sus Santos Patronos, pero indaguemos un poco en su ya larga historia.
Las cofradías nacen a caballo entre los siglos X y XI en el sur de Francia y en Italia, extendiéndose por todo el sur de Europa en un primer momento como una agrupación de trabajadores manuales con un doble objetivo, por un lado de participación y defensa de sus intereses en los concejos locales y por otro asistencial con funciones caritativas, buscando asistir a las viudas, huérfanos o impedidos de un oficio, y ayudar al entierro de los miembros de la cofradía, apareciendo ya documentadas en la Península Ibérica en el siglo XII. Las cofradías solían tomar como patrono un santo, a cuya advocación se adscribían.
A mediados del siglo XIV se observa una clara separación entre los gremios, como asociaciones de tipo laboral cuya principal función será llegar a alcanzar parcelas del poder municipal para sus asociados, sobre todo artesanos, y las cofradías con una función esencialmente religiosa y asistencial, limitándose a satisfacer las necesidades espirituales de sus miembros.
Al final de la Edad Media las cofradías tenían un claro sentido religioso, estando ligadas a una parroquia o ermita, con la que compartían advocación, con un sentido de asociacionismo y ayuda mutua, incluso después de la muerte de sus miembros, a los que recordaban con misas. Celebraban la fiesta de su patrón con gran solemnidad y con el tiempo fueron adquiriendo bienes con los que sufragaban sus necesidades.
En Manzanares también aparecerán cofradías y a finales del siglo XV y comienzos del XVI se puede constatar la presencia de seis: dos de ellas con advocación mariana (Santa María de Gracia y Santa María de Agosto) muy popular en esos momentos, en los que se consideraba a La Virgen como “abogada”, que intercedía ante Dios para la salvación de sus devotos, lo que queda claramente constatado en la literatura, como podemos ver en las Cantigas de Alfonso X o en los milagros de Nuestra Señora de Berceo. El resto se adhieren a advocaciones de lo que podríamos llamar “santos protectores”:
San Sebastián contra la peste, Santa Quiteria para la rabia, San Bartolomé que protegía de las enfermedades nerviosas y del miedo y San Juan Evangelista contra las quemaduras. Como podemos observar los cofrades de Manzanares buscaban protección contra los males que afectaban a la sociedad tardomedieval.
Por estos mismos momentos dos fiestas religiosas que avanzaban con fuerza desde los siglos XII y XIII, van a tomar una importancia considerable: el Corpus Christi y la Semana Santa. El Corpus había sido declarado fiesta universal por Urbano IV en 1264 con la bula “Transiturum de Hoc Mundo”, generalizándose en España desde el siglo XIV, mientras que desde el siglo XII se daba culto a la Pasión y Muerte de Jesucristo, produciéndose una expansión por todo el occidente europeo en los siglos XIV y XV.
La Semana Santa empieza a tomar forma y aparecen muchos de los elementos que perduran en la actualidad: las vigilias, el Vía Crucis, el recuerdo del Calvario y la fiesta se populariza saliendo a las calles y apareciendo las procesiones. Entre los siglos XVI y XVIII se producirá una autentica eclosión, surgiendo múltiples cofradías como manifestación de la religiosidad popular, que acabará impregnando la sociedad.
La grave crisis económica, social y política del siglo XVII hará que las personas busquen refugio en la religión, produciéndose una continua expansión de las hermandades religiosas, y Manzanares no será ajena a este fenómeno, y si del siglo XV conservamos las ordenanzas de la cofradía de Nuestra Señora de Gracia, en el XVI encontramos las de la Natividad y la Vera Cruz, mientras que en el XVII aparecen las del Santísimo Cristo del Perdón o Jesús Arrodillado, Nuestra Señora de Piedrabuena, Nuestra Señora del Carmen, Jesús de la Columna y San Juan Evangelista. Del siglo XVIII son doce las ordenanzas sobre cofradías de Manzanares que se conservan en el Archivo Diocesano de Toledo (Santísimo Sacramento, Nuestra Señora de los Dolores, María Santísima de la Soledad, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de la Paz, Santísima Cruz, Nuestra Señora de la Cabeza, entre otras).
El XVIII será un siglo de contrastes, en el que numerosos pensadores, arbitristas e incluso ministros, imbuidos del enciclopedismo y con una visión regalista y laica de la sociedad, llevarán a cabo una política anticlerical, atacando sobre todo la religiosidad popular representada por las cofradías. Éstas se habían acabado transformando en una especie de asociaciones festivas y la Semana Santa que por un lado unía el fervor y la devoción de miles de nazarenos y cofrades, que llegaban a extremos de exaltación religiosa, como los penitentes y sus flagelaciones públicas que tuvieron que ser prohibidas en 1780; por otro unían a ella numerosos elementos profanos, como las bandas de música, los fuegos artificiales y hasta ciertas comparsas. Sin embargo a pesar de ello durante este siglo se producirá un resurgimiento y reorganización de las cofradías, unas centradas en los asuntos religiosos y otras en temas asistenciales, atendiendo hospitales o a colectivos desfavorecidos. Este aumento de las cofradías dará lugar que a mediados del siglo XVIII encontremos en la provincia de la Mancha, que coincide salvo algunas variaciones con la actual de Ciudad Real, más de quinientas cofradías y hermandades, de las cuales veintisiete se encuentran localizadas en Manzanares, alguna asistencial como la de Alta Gracia que tenía a su cargo un Hospital de pobres, aunque la mayoría eran esencialmente religiosas y se encargaban de celebrar la fiesta de su patrón, saliendo además muchas de ellas en la Semana Santa. Aunque algunas poseían bienes, como la del Santísimo Cristo Arrodillado del Perdón, que ya desde 1609 sacaba su imagen durante la Semana Santa, y que como todos sabemos todavía perdura, siendo el patrón de nuestra localidad, la de Santa Ana, la de Nuestra Señora de la Paz y Santa Quiteria, Nuestra Señora de Gracia y de San Juan Evangelista, la mayoría de las cofradías solamente contaban con las contribuciones anuales que hacían sus hermanos, debiendo repartir entre ellos los gastos que quedaban por cubrir si estos excedían los ingresos. Sin embargo a pesar de esta escasez, en sus ordenanzas siempre aparece la ayuda a los hermanos vivos y el recuerdo de los muertos, a los que se acompañaba y honraba en su entierro por el resto de hermanos dotados de hachas y estandartes.
Las sucesivas desamortizaciones que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XIX supusieron la enajenación de los bienes de las cofradías y congregaciones religiosas, lo que unido a un declive de la religiosidad popular dará lugar a una lenta y progresiva decadencia de numerosas cofradías, quedando sólo las que estaban más arraigadas en la localidad. Tras los tumultuosos momentos vividos durante la República y la Guerra Civil, las cofradías volverán a surgir con fuerza tal y como las conocemos en la actualidad.
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