Fiscalidad y finanzas públicas del Reino de Navarra bajo el gobierno de
la Casa de Francia. Felipe II el Largo (1316-1322)
Juan Carrasco Pérez
Universidad Pública de Navarra
Congreso Fiscalidad y sociedad en el
Mediterráneo bajomedieval
(Málaga, 17-20 de mayo de 2006)
RESUMEN
En
la historia del reino de Navarra se conoce con el nombre del “gobierno de la
Casa de Francia” el período que discurre entre 1270 y 1328. O dicho de otro modo: desde el final de la
dinastía de los condes de Champaña hasta la extinción de los últimos Capetos
directos. Durante algo más de medio siglo asistimos a la unión dinástica de las
dos coronas: la de Francia y la de Navarra. La quiebra sucesoria de 1274 vino a truncar la culminación de
una amplia serie de reformas referidas a las instituciones de gobierno y de la
administración y, de modo especial, a las innovaciones del régimen
hacendístico, no sólo mejorando la gestión patrimonial, sino tratando de
obtener los mayores ingresos posibles, al tiempo que, debido a la distancia
entre ambas capitalidades, no se pusiesen demasiadas trabas a la movilidad de
recursos financieros. Luis I el Hutín, el único capeto que juró los fueros en
la Catedral de Pamplona, ciñó la doble corona apenas año y medio. Su
inesperada muerte (5 de junio de 1316)
hizo posible que su hermano, el conde de Poitiers, después de ejercer la
regencia durante algún tiempo, asumiera la titularidad de ambos reinos, al ser
coronado el 7 de enero de 1317 como Felipe V de Francia y II de Navarra. Fiel
continuador de la política de su padre –centrada en la afirmación de la
soberanía de la realeza-, mostró una gran capacidad de trabajo y espíritu
organizador, plasmado en la reforma de los resortes centrales de la monarquía:
en 1316 establece el estatuto del Parlamento y en febrero de 1320 la estructura
definitiva de la “Cámara de los comptos” en la famosa ordenanza de
Vivier-en-Brie. Y en Navarra se alcanzó el convenio definitivo con la iglesia
de Pamplona. El acuerdo, logrado en septiembre de 1319, suponía la renuncia del
obispo y su cabildo, a favor del rey, de toda la jurisdicción y dominio
temporal sobre la capital del reino y de otros bienes materiales, a cambio de
estas cesiones la corona ofrecía a la Catedral una renta cuantiosa de 500 libras al año y la entrega de varias
parroquias de patronato real. Asimismo, el monarca se comprometía a reconstruir
y repoblar el barrio de la Navarrería y el burgo de San Miguel. Con ello se
trataba de restañar las secuelas de la guerra de 1276 y la destrucción de dicho
barrio. En los últimos meses de ese año de 1316, y por decisión directa del
rey, serían designados dos nuevos reformadores. Esteban de Borret,
maestrescuela de Poitiers, y el caballero Guichard de Marzy fueron los
encargados de hacer efectiva su autoridad en Navarra. Dotados de plenos poderes,
tomaron las medidas necesarias para la buena gobernación del reino. La misión
de los reformadores e inquisidores se vería reforzada con el nombramiento de un
nuevo gobernador, representado en la persona de Ponz de Mortagne, vizconde de
Aynay. A instancias suyas hubo una cierta renovación en los niveles de la
gestión fiscal. Sea como fuere, en los seis años de su reinado –además de las
cuentas de los oficiales territoriales (merinos y bailes)- se confeccionaría
por cada anualidad el correspondiente Libro
de la Tesorería (estado de cuentas general del reino), pero únicamente se nos ha conservado el de 1318. A falta de este
tipo de piezas contables, se nos han trasmitido las anotaciones de los
oficiales: tres de 1317; dieciséis de 1319; quince de 1321; cuatro de 1322. Resulta paradójico que sólo
se conserven las cuentas del merino de la Ribera para el año 1320, fecha de la
creación de la Cámara de Comptos parisina. Con todo, este caudal informativo,
base de nuestro análisis, representa un exponente de gran valor, pues la
monarquía que tan altas cotas de gestión financieras y fiscal alcanzó en esos años –reinado de Felipe IV
el Hermoso y sus hijos, llamados los “reyes malditos”-, apenas dispone de
algunas cuentas fragmentarias, salvadas por azar del pavoroso incendio del siglo XVIII que destruiría la ingente masa
documental custodiada en las dependencias del
Palais de la Citè.