Viaje a Irlanda

Comentarios de Raquel

OUT OF IRELAND

Irlanda es el país de los paisajes y el viajero en busca de piedras monumentales deberá contentarse con las torres Martello, las torres redondas y los restos de castilllos construidos por los normandos.
Irlanda es el país de los cuentos, las fábulas, y las leyendas donde la fantasía es necesaria para animar una historia aburrida basada en la lucha contra el inglés, y distraer de la pobreza de una tierra donde todos los recursos son la turba, las patatas y las ovejas.

En los días de Dublín descubrimos una ciudad llena de “guiris”, muchos italianos, australianos y por supuesto compatriotas invadiendo Temple Bar para echarse una cerveza al gaznate y disfrutar de la música en directo. Mis mejores recuerdos evocan el chocolate y los muffins de Butlers Chocolate Café, y la visita a la Chester Beatty Library, una biblioteca-museo a la que llegamos por casualidad, y en la que entramos después de contestar a un funcionario qué monarca reinaba en España en mil quinientos y pico…entrada más original, imposible.
Entre otros sitios, estuvimos en Dublinia, una exposición de la historia medieval de la ciudad, en el Museo Nacional, en la Galería Nacional, y en la Biblioteca Nacional; pero las viajeras estuvimos de acuerdo en que lo mejor era Chester Beatty Library, y volvimos una segunda vez. Mi mejor compra del viaje fue la reproducción de una estampa japonesa allí expuesta, y este absurdo de traerse de Irlanda una estampa japonesa me hace volver al principio:

Irlanda es el país de los paisajes, donde todo se enmarca en una moqueta verde perfecta y una luz grisácea, que pese a la incredulidad de Marisol, permite ver con mucha claridad el horizonte. En la provincia de Connacht, al noroeste de la República, está la región de Connemara, con un paisaje espectacular de montañas, lagos y un fiordo que visitamos con una lluvia pertinaz y un viento bastante frío. No es que este tiempo fuera agradable pero aportaba autenticidad al decorado, y era probablemente la situación habitual en la zona.
El vértigo y la boca abierta están garantizados en los acantilados de Moher. Los valientes, entre ellos Teresa y Marisol, desafían al viento caminando a gatas hasta el filo del acantilado y allí se tumban mirando boca abajo la impresionante vertical. Parece que la piedra la hubieran cortado a hachazos, y las rachas de viento quisieran tumbarte para caer al mar.

Fue divertido cruzar el río Shannon (we are in Shannon County! Úh!!) en un ferry donde Marisol comenzó a practicar el francés con una gabacha morena y una quebequeña rubia muy cómica que se miraba la tripa y ponía el dedo índice sobre sus labios para que su estómago dejase de rugir…no hay duda, el continental pasa hambre en este país, no es una obsesión española. Teresa y yo pensamos que esa travesía era como cruzar una pequeña ría gallega aunque sin prometedoras cetáreas en la costa.

No muy lejos del estuario del río Shannon, y ya en el condado de Kerry está la península de Dingle, el punto más oeste de Europa. Según National Geographic este paisaje es uno de los más bonitos del mundo, y debe ser cierto porque allí parece que de espaldas al mar estás viendo toda Irlanda, con su costa recortada en un mar azul oscuro, donde todavía la naturaleza domina al hombre.

Y después está nuestra Irlanda, la que no guardan las fotos: la de las risas continuas, las frases archirepetidas, el intento diario de fotografiar a Teresa con su brazalete idéntico al del gigante del Wax Museum, el esfuerzo inicial de entender un irlandés que maldita la gracia de las lenguas que no se pronuncian como se escriben, las vueltas y vueltas para encontrar algo de comer apetecible, las paradas pronto asumidas para que Teresa comprara sus postales, la estampa chusquera de Marisol con su capa de agua cantando a grito pelao “¡mueve tu cucú!”, el recorrido por todos los Spar irlandeses, nuestra perplejidad ante el estúpido y simple humor de nuestros compañeros de tour (mayoría de australianos y yankees a los que se les sube el pavo el Día de Acción de Gracias y ya no hay quien se lo baje), el intercambio lingüístico con Francisco y Iliana para constatar que una misma lengua no sólo permite entendernos las palabras, sino también el humor y la forma de ver la vida. La incertidumbre en la caminata de Howth ante un sol de justicia y una cerveza Guiness en la meta que supo a gloria, el recital espontáneo del abuelo irlandés en un pub con toda la familia y nosotras haciendo patria desafinadamente. La comprobación de que la catetez es igual en los USA que en España (lease primos de Boston), la cara de sorpresa del dublinés que fue expulsado de una mesa del pub por una espabilada muy fea, las escaladas a las literas y el paso de puntillas en las duchas de los albergues, la búsqueda infructuosa de una taza de camomile sin la compañía de nuestra intérprete, el cólico de Teresa, las urgencias evacuatorias de Marisol, mi trancazo inoportuno, el malhumor de los orientales en Dublín, la buena vida del cochero del Parque Nacional de Killarney que cedió las riendas a Marisol para pasear entre impresionantes árboles, el café malísimo que hace preferible el te, el regalo de unas entradas para el espectáculo Ragús, la alegría de Teresa ante los restos del pasado celta, los descansos en los cuidadísimos parques, el buen fish&chips de Galway

Y lo que nos faltó: hacer esa foto que se quedó en la intención, recorrer el país por nuestra cuenta, es decir, sin MariMeich, ni Picha Brava, alojarnos en los Bed&Breakfast, o en el Hotel Marriott si la economía lo permite, visitar la biblioteca del Trinity College, esconder longanizas y salchichones en los calcetines, llevarnos los cuentos de Calleja para practicar la literatura comparada, llegar y marchar en un vuelo directo, ver los salmones del río Shanon, buscar el trébol de cuatro hojas…y sobre todo, por encima de todo, volver con el resto de la pandilla.