3.12. Los cuarenta mártires de Sebastia (Armenia menor)
Sobre ellos tenemos discursos de los capadocios
Basilio y Gregorio de Nisa y otros de Efrén sirio, todos particularmente
autorizados por la cercanía entre las regiones de estos informadores y aquella
en que ocurrió el martirio. Goza, sin embargo, de escasa confiabilidad el relato
de este , mientras que, en cambio, ha de considerarse auténtico el "testamento"
colectivo que los mismos mártires redactaron
poco antes de morir. El martirio tuvo lugar en el 320, durante la persecución de
Licinio.
"Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera
la legión XII ´Fulminada´, la cual había participado en la expugnación de
Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con
asiento en Melitene (Armenia Menor).
Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella
había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes;
otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber
surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. El
martirio ocurrió bastante más al norte de Melitene, en la ciudad llamada
Sebastia (más exactamente que Sebaste), donde
tal vez la legión mantenía un fuerte destacamento.
Los cuarenta eran muy jóvenes, de unos veinte
años; en su ´testamento´, donde envían el último saludo a sus seres queridos,
uno solo saluda a la mujer con el hijito, otro a la novia, mientras los demás
saludan a los padres vivientes. Luego, en general, debían de estar todavía en la
primera juventud.
Cuando llegó al campamento la orden de Licinio que los soldados participaran en
los sacrificios idolátricos, ellos se rehusaron resueltamente; arrestados en
seguida, fueron atados a una sola cadena, muy larga, y después encerrados en la
cárcel.
La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardabam órdenes
de comandantes superiores o incluso -dada la gravedad del caso- del mismo
Licinio. En esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su
´testamento´ colectivo por mano de uno de ellos, cierto Melecio.
En este insigne documento, profundamente cristiano, los que iban a morir
exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para
preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son
más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales
se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el
pasado con respecto a las reliquias de otros mártires-
disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein,
cerca de la ciudad de Zela. El documento trae, como de costumbre, los nombres de
todos los cuarenta mártires, y de ahí los
nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias
de grafía.
Llegada la sentencia de condenación, los cuarenta
fueron destinados a morir de aterimiento: debían estar expuestos desnudos por la
noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El
lugar elegido para la ejecución parece que fue un amplio patio delante de las
termas de Sebastia, donde los condenados
serían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y a la vez
vigilados por los empleados de las termas.
En el patio existía una amplia reserva de aqua, una especie de estanque, que
estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que el lugar estaba en el
medio de la ciudad, y que la ciudad estaba adyacente al estanque: quizás la
reserva de agua, para uso de las termas, no era sino una derivación del
verdadero estanque externo.
Más tarde sobre el lugar del martirio se construyó una iglesia, y justamente en
esta iglesia parece que Gregorio de Nisa pronunció sus discursos en honor de los
mártires.
Sobre esa explanada helada, a una temperatura bajísima, los tormentos de esos
cuerpos desnudos debieron de ser espantosos. Para aumentar el tormento de las
víctimas, había sido dejado abierto de intento el ingreso de las termas, del
cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del calidarium: para los
martirizados era una visión potentísima, puesto que bastaban pocos pasos para
salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos
minuto a minuto. Pero estaba de por medio una barrera infranqueable: el
invisible Cristo, del que ellos hubieran tenido que renegar.
Las horas pasaban terriblemente monótonas: ninguno de los condenados se alejaba
de la explanada helada. El vigilante de las termas asistía como estupefacto a la
escena. De repente uno de los condenados, extenuado por los espasmos, se
arrastró hacia la puerta iluminada; pero ahí, por un hecho fisiológico regular,
no bien fue envuelto por los vapores calientes falleció. Al ver esto, el
vigilante, en un arranque de entusiasmo, decidió remplazar él mismo al cobarde
completando nuevamente el número de cuarenta.
Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el
hielo entre los otros condenados.
El alba del día siguiente iluminó un tendal de cadáveres. Uno solo quedaba
todavía con vida: era el más joven, un adolescente al que algún documento llama
Melitón. Esta tenacidad de vida asustó a su madre, cristiana de fe altamente
maravillosa, la cual estaba presente cuando los cadáveres eran cargados sobre el
carro para llevarlos a quemar.
Viendo a su hijo dejado de lado porque todavía viviente, ella lo tomó entre los
brazos y lo llevó ella misma sobre el carro, a fin de que su creatura no quedara
privada de la corona común. Esos brazos que algunos años antes lo habían
sostenido como niño de pecho, ahora lo sostenían como atleta triunfador. En ese
abrazo materno el adolescente expiró.
El vigilante convertido es llamado Aglaios en algunos documentos.
Observaciones hechas confrontando los varios testimonios indujeron a sospechar
que el sujeto pusilánime que abandonó el combate y murió en el umbral de las
termas, fue justamente Melecio, el escritor del ´testamento´; pero no es más que
una conjetura.
La narración deja paso a dudas sobre ciertos detalles; pero en su conjunto se la
puede aceptar con seguridad.
La veneración hacia los Cuarenta Mártires fue
muy popular en Oriente. Pero también en Occidente, a fines del mismo siglo,
habla de ellos Gaudencio de Brescia, que estaba particularmente informado acerca
de Oriente. Además, en Roma escenas de su martirio se conservan todavía en un
fresco del siglo VII-VIII, que se halla en un oratorio contiguo a la iglesia de
Santa María Antigua en el Foro Romano" (Giuseppe Ricciotti, "L´ Era dei
Martiri", p. 268-270).