VERECUNDIAM, Argumento ad; apelación a la verguenza o a la reverencia

USO DE RAZÓN.  DICCIONARIO DE FALACIAS. © Ricardo García Damborenea

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Argumento AD VERECUNDIAM,

apelación a la vergüenza o a la reverencia

 

Falacia en la que, para intimidar al adversario, se apela a una autoridad que no está bien visto discutir.

 

             El Papa, el propio Padre Santo ha bendecido hoy al Sr. Corleone. ¿Es usted más listo que el Papa? (De la película El Padrino III).

 

En esta falacia se produce un engaño con tintes dogmáticos que cierra el paso a cualquier crítica del argumento y acaba con la discusión. Es una falacia bautizada por Locke hace trescientos años, pero llevamos milenios empleándola.

 

   Podríamos llamarla Falacia de la Autoridad Reverenda, entendiendo por tal la que parece digna de respeto y veneración, esto es, casi infalible y, a todas luces, indiscutible. Imaginemos que, en una disputa escolástica medieval, alguien citara como apoyo una opinión de Santo Tomás. ¿Quién osaría contradecir al doctor an­gélico? Nadie: por respeto, por ignorancia, por timidez, para no ser objeto de la chacota universal.

 

          CaliclesAsí pues, si alguien por vergüenza no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a contradecirse. Sin duda tú te has percatado de esta sutileza y obras de mala fe en las discusiones.[1]

 

Lo habitual es apelar a una autoridad que no se pueda criticar sin desdoro. Donde antes decíamos Santo Tomás (que no tiene ninguna culpa en esto), pongamos que nos citan al fundador de nuestro partido, al pueblo soberano, a la opinión de la mayoría, a lo que todo el mundo acepta, a lo que se considera normal...  y vendremos a encontrarnos en una situación muy incómoda para criticar o rechazar lo que se nos impone.

 

Es obvio que esta falacia juega con las emociones del contrincante. Explota la timidez ante los grandes nombres y tapa la boca por respetos humanos, por temor a las conveniencias sociales, por no parecer desleal a lo que debiera ser reverenciado, en una palabra: por vergüenza.

 

             A los espectadores les afectan las fórmulas que usan los oradores hasta la saciedad: "Quién no lo sabe? ¡Todo el mundo lo sabe!". Y el que escucha, avergonzado, asiente, con el fin de participar en lo que todos los demás saben. Aristóteles.[2]

 

El argumentador falaz explota la confusión entre dos tipos de autoridad. Está por un lado la del que más sabe (cognitiva), que admite un examen crítico, nos autoriza a comprobar su fiabilidad, y se muestra abierta al debate. Pero está, por otro lado, la autoridad del que más manda (normativa), como pueda ser la de los dioses, los maestros o los padres, todos los cuales están en condiciones de pronunciar la última palabra en los asuntos bajo su control sin necesidad de justificarla. La falacia ad verecundiam apela a una autoridad que se supone cognitiva, esto es, que deriva su peso argumental de la razón, pero que se comporta como puramente autoritaria y no deja otra opción que obedecer el mandato, seguir el camino indicado, tomar la opinión recibida como obligatoria e indiscutible. No se trata simplemente de una falsa autoridad que oculta sus deficiencias. Estamos ante una autoridad que no admite examen y considera insolente la réplica.

 

Es un abuso dogmático que nos deja indefensos, porque cuando uno de los participantes interviene desde las alturas, investido de poder (propio o transferido por la autoridad que cita), mientras al contrario se le esposa por los tobillos, el combate resulta desigual y deja pocas opciones al inferior: callar, pasar por insolente o parecer imbecil. La primera condición para discutir con libertad es que las autoridades reverendas se despojen del halo de su cargo y desciendan a la arena sin más padrinos que su razón. Como se ve estamos ante una condición de imposible cumplimiento.

 

          AndrómacaTemo que el hecho de ser yo tu esclava me niegue la palabra aunque tenga mucha razón y, si venzo, verme acusada por ello de haber hecho un daño.[3]

 

Hace siglos que la autoridad reverente se emplea para erradicar como herética, traidora o antisocial toda opinión divergente que pudiera perjudicar los criterios establecidos. En los primeros quince años de existencia de ETA, el argumento callejero que cerraba el paso a cualquier comentario crítico ante el asesinato del día era: Algo habrá hecho, esto es, Algo (malo) habrá hecho (o pretendido) la víctima. En opinión de la mayoría, ETA era una organización experta en ciudadanos malandantes que velaba por el bien del pueblo. No podía equivocarse ni en la elección de las víctimas ni en los procedimientos: ETA no mata porque sí, alguna razón habrá tenido. ¿Por qué era eficaz esta insidia, es decir, porqué silenciaba las críticas tamaña petición de principio? Porque era un argumento ad verecundiam. Si lo políticamente correcto era pensar bien de ETA, la osadía de criticarla, amén de otros riesgos, equivalía a convertirse en un ciudadano bajo sospecha a los ojos de los convecinos más progresistas.

 

Estamos ante un sofisma sectario, dispuesto para proteger el dogma, para silenciar cuanto pueda debilitarlo. Es el preferido de los aficionados a rasgarse las vestiduras. No es que no quieran oír porque la palabra les produzca alguna suerte de urticaria. Pretenden que nadie escuche para que nadie sea persuadi­do. El argumento ad verecundiam busca el silencio. Caracteriza a toda sociedad bienpensante celosa de sus principios. Los marxistas popularizaron en su día este tipo de irracionalidad que rechazaba toda idea de origen ilegíti­o, esto es, todas las ideas que no fueran marxistas-leninistas. Los intransigentes del extremo contrario despreciaban toda propuesta que no gozara del nihil obstat eclesiástico.

 

Lo emplean con profusión y desparpajo quienes pretenden encarnar la exclusiva de algunos valores:

 

             ¿Hay algo más tonto que un obrero de derechas?

 

Ni todos los obreros ven al patrón como enemigo, ni guarda relación la inteligencia con la posición política, ni todos los patronos son de derechas. En cualquier debate parlamentario tenemos ocasión de descubrir expertos en democracia, en libertad, en sentido social, en derechos humanos que enarbolan los valores como si fueran patrimonio de su familia y contemplan a sus prójimos de soslayo y con menosprecio.

 

          SócratesTratas de asustarme, noble Polo, pero no me refutas.[4]

 

En la actualidad, conforme crecen corrientes irracionales que imponen dogmáticamente sus criterios, no se precisa mucho esfuerzo para sufrir las disciplinas de esta falacia. Los bienpensantes de hoy, por ejemplo, todos los partidarios del llamado pensamiento PC (Politicamente Correcto), comparten la rigidez mental de los bien pensantes de todos los tiempos, y hostigan a cuantos no siguen la corriente por atreverse a pensar o actuar de una forma que ellos consideran escandalosa, perversa, desviada, herética, o reaccionaria.

 

Si, en un determinado asunto, percibimos que todas las opiniones que se escuchan van en la misma dirección mientras en la contraria resuena el silencio, es que el sectarismo impregna el ambiente y los prudentes se callan.

 

             Cualquiera que sostenga sus pretensiones por medio de autoridades semejantes, cree que, por eso mismo, debe triunfar, y está dispuesto a calificar de impúdico a toda persona que ose contradecirlas. Eso es—pienso— lo que puede llamarse argumentum ad verecundiam. Locke.[7]

 

En suma: la falacia ad verecundiam (al respeto o a la vergüenza)), en lugar de ofrecer razones, presenta autoridades elegidas a la medida de los temores o respetos del adversario. Apela, pues, a la vergüenza que produce rechazar a una autoridad que se supone indiscutible. Es una posición dogmática cuya expresión paradigmática: Magister dixit, fue popularizada por los discípulos de Pitágoras como expresión suprema de toda argumentación..

 

Se tiene un juego fácil si tenemos de nuestra parte una autoridad que el adversario respeta. Podrán utilizarse tantas más autoridades cuanto más restringidos sean los conocimientos del adversario. (Schopenhauer).[5]

El sofisma populista es un simple variedad de esta falacia, en la que la opinión común se reviste de autoridad reverenda. Por ejemplo:

 

Polo¿No crees que quedas refutado, Sócrates, cuando dices cosa tales que ningún hombre se atrevería a decir?. En efec­to, pregunta a alguno de éstos.[6]

 

Véase también Sofisma patético.

 

 

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[1]  Platón: Gorgias, 483a.

[2]  Aristóteles: Retórica, 1408a.

[3]  Euripides: Andrómaca.

[4]  Platón: Gorgias, 473d.

[5] Schopenhauer: Dialéctica erística. Estratagema 30.

[6]  Platón: Gorgias, 473e.

[7] Locke, Ensayo sobre el conocimiento humano, IV, XVII, 19.