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El vampiro de Sussex de Sir
Arthur Conan Doyle

Sir
Arthur Conan Doyle (1859-1930), médico, novelista y
escritor de novelas policiacas, creador del inolvidable maestro de
detectives Sherlock Holmes.
Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo y estudió en
las universidades de Stonyhurst y de Edimburgo. De 1882 a 1890
ejerció la medicina en Southsea (Inglaterra). Estudio en
escarlata, el primero de los 68 relatos en los que aparece
Sherlock Holmes, se publicó en 1887. El autor se basó en un profesor
que conoció en la universidad para crear al personaje de Holmes con
su ingeniosa habilidad para el razonamiento deductivo. Igualmente
brillantes son las creaciones de los personajes que le acompañan: su
amigo bondadoso y torpe, el doctor Watson, que es el narrador de los
cuentos, y el archicriminal profesor Moriarty. Conan Doyle tuvo
tanto éxito al principio de su carrera literaria que en cinco años
abandonó la práctica de la medicina y se dedicó por entero a
escribir.
Los mejores relatos de Holmes son El signo de los cuatro
(1890), Las aventuras de Sherlock Holmes (1892), El
sabueso de Baskerville (1902) y Su último saludo en el
escenario (1917), gracias a los cuales se hizo mundialmente
famoso y popularizó el género de la novela policiaca. Surgió, y
todavía pervive, el culto al detective Holmes. Gracias a su
versatilidad literaria, Conan Doyle tuvo el mismo éxito con sus
novelas históricas, como Micah Clarke (1888), La compañía
blanca (1890), Rodney Stone (1896) y Sir Nigel
(1906), así como con su obra de teatro Historia de Waterloo
(1894).
En enero de 1880 publica una aventura de Sherlock Holmes llamada
"El caso Vanderbilt y el ladrón de Cajas Fuertes", también conocida
como "La aventura del Vampiro de Sussex".
Durante la guerra de los bóers fue médico militar y a su regreso a
Inglaterra escribió La guerra de los Bóers (1900) y La
guerra en Suráfrica (1902), justificando la participación de su
país. Por estas obras se le concedió el título de sir en
1902. Durante la I Guerra Mundial escribió La campaña británica
en Francia y Flandes (6 volúmenes, 1916-1920) en homenaje a la
valentía británica. La muerte en la guerra de su hijo mayor le
convirtió en defensor del espiritismo, dedicándose a dar
conferencias y a escribir ampliamente sobre el tema. Su
autobiografía, Memorias y aventuras, se publicó en
1924. Murió el 7 de julio de 1930 en Crowborough (Sussex).

EL VAMPIRO DE SUSSEX
Holmes acabó de leer cuidadosamente
una nota que le había llegado en el último reparto de correo. Luego,
con una risita contenida, que era en él lo más cercano a la risa, me
la tendió.
-Como ejemplo de mezcla de lo
moderno y lo medieval, de lo práctico y lo demencialmente
fantástico, creo que éste debe ser indudablemente el límite -dijo-.
¿Qué le parece, Watson?
Leí lo que sigue:
»46 OLD JEWRY
»19 de noviembre.
»Asunto: Vampiros.
»Señor,
»Nuestro cliente, el señor
Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead, mayorista de té, de Mincing
Lane, nos ha dirigido una consulta con fecha de la presente en
relación a los vampiros. Dado que nuestra firma está enteramente
especializada en impuestos de maquinaria, el asunto difícilmente
queda dentro de nuestra esfera de actividades, y, en consecuencia,
hemos recomendado al señor Ferguson que le visite a usted y le
exponga el caso. No hemos olvidado el éxito de su actuación en el
caso Matilda Briggs.
»Quedamos, querido señor,
sinceramente suyos.
»MORRISON, MORRISON Y DODD.
»per E.J.C.»
-Matilda Briggs no era el nombre de ninguna joven, Watson -dijo
Holmes, en tono reminiscente-. Era un buque relacionado con la rata
gigante de Sumatra. Es una historia que el mundo no está todavía
preparado para oír. Pero, ¿qué sabemos de vampiros? ¿Entra eso en
nuestra esfera de actividades? Cualquier cosa es mejor que la
inactividad, pero lo cierto es que parece como si nos hubieran
trasladado a un cuento fantástico de los hermanos Grimm. Extienda el
brazo, Watson, y veamos qué nos cuenta la V.
Me eché hacia atrás y tomé el
enorme fichero al que Holmes había aludido. Lo sostuvo sobre las
rodillas, y su mirada fue pasando, lenta y amorosamente, por el
registro donde los viejos casos se mezclaban con la información
acumulada a lo largo de su vida.
-Viaje del Gloria Scott -leyó-. Fue
un feo asunto. Me parece recordar que usted lo puso por escrito,
Watson, aunque no puedo felicitarle por el resultado. Victor Lynch,
el falsificador. Veneno... lagarto venenoso, o gila. Un caso
notable, ése. Vittoria, la bella del circo. Vanderbilt y el ladrón
ambulante. Víboras. Victor, el asombro de Hammersmith. ¡Vaya, vaya!
¡Querido viejo índice! Nada se le escapa. Escuche esto, Watson:
Vampirismo en Hungría. Y también: Vampiros en Transilvania.
Recorrió impacientemente las
páginas con la mirada, pero al cabo de una breve lectura ensimismada
dejó a un lado el enorme registro con un gruñido de decepción.
-¡Basura, Watson! ¡Basura! ¿Qué
tenemos nosotros que ver con cadáveres andarines que sólo se quedan
en sus tumbas si se les clava una estaca en el corazón? Es pura
chifladura.
-Pero, indudablemente -dije yo-, el
vampiro no es necesariamente un muerto. Una persona viva podría
tener la costumbre. He leído algo, por ejemplo, de viejos que
chupaban la sangre de jóvenes para apoderarse de su juventud.
-Tiene usted razón, Watson. En una
de esas referencias se menciona esta leyenda. Pero, ¿vamos a prestar
seriamente atención a esta clase de cosas? Esta agencia pisa
fuertemente el suelo, y así debe seguir. El mundo es suficientemente
ancho para nosotros. No necesitamos fantasmas. Me temo que no
podemos tomarnos al señor Robert Ferguson demasiado en serio. Quizá
esta nota sea suya, y pueda arrojar alguna luz sobre lo que le
preocupa.
Tomó una segunda carta que había
permanecido olvidada sobre la mesa mientras había estado absorto en
la primera. Empezó a leerla con una sonrisa divertida en el rostro,
pero esa expresión se fue mutando en otra de intenso interés y
concentración. Cuando terminó, permaneció algún rato perdido en
meditaciones, jugueteando con la carta entre los dedos. Finalmente,
se despertó sobresaltado de su ensueño.
-Mansión Cheeseman, Lamberley.
¿Dónde está Lamberley?
-Está en Sussex, al sur de Horsham.
-No muy lejos, ¿eh? ¿Y la mansión
Cheeseman?
-Conozco esa zona, Holmes. Está
llena de viejas casas que llevan los nombres de los hombres que las
construyeron hace siglos. Tiene usted las mansiones Odley, y Harvey,
y Carriton... A la gente se la ha olvidado, pero sus hombres viven
en sus casas.
-Precisamente -dijo Holmes,
fríamente. Era una de las peculiaridades de su modo de ser,
orgulloso y reservado, el que, si bien almacenaba muy rápida y
cuidadosamente en el cerebro toda nueva información, raras veces
daba muestras de agradecimiento a aquel que se la hubiera
proporcionado-. Estoy por afirmar que sabremos muchas más cosas de
la mansión Cheeseman, en Lamberley, antes de haber terminado con
esto. La carta es, tal como esperaba, de Robert Ferguson. A
propósito, dice que le conoce a usted.
-¿Que me conoce?
-Mejor lea la carta.
Me tendió la carta. Llevaba el
encabezamiento citado. Decía así:
«Estimado señor Holmes,
»Me ha sido usted
recomendado por mis abogados, pero, a decir verdad, el asunto es tan
extraordinariamente delicado que resulta sumamente difícil hablar de
él. Concierne a un amigo mío en cuyo nombre actúo. Este caballero se
casó hará como cinco años con una dama peruana, hija de un
negociante peruano al que había conocido en relación con la
importancia de nitratos. La dama era muy hermosa, pero su cuna
extranjera y su distinta religión determinaron siempre una
separación de intereses y de sentimientos entre marido y mujer, de
modo que, al cabo de un tiempo, el amor de mi amigo hacia ella pudo
enfriarse, y pudo considerar aquel matrimonio como un error. Sentía
que había aspectos del modo de ser de su mujer que nunca podría
explorar ni entender. Esto era tanto más penoso cuanto que ella era
la esposa más amante que hombre pueda desear, y, según toda
apariencia, absolutamente leal.
»Ahora vayamos al punto
que le expondré más claramente cuando hablemos. Lo cierto es que
esta nota pretende solamente darle una idea general de la situación
y averiguar si está usted dispuesto a intervenir en el asunto. La
dama empezó a mostrar ciertos rasgos extraños, totalmente ajenos a
su carácter habitual, que es dulce y apacible. El hombre había
estado ya casado, y tenía un hijo de su primera mujer. El muchacho
tenía quince años, y era un chico muy simpático y afectuoso, aunque
desdichadamente lisiado a consecuencia de un accidente en su
infancia. En dos ocasiones se sorprendió a la mujer en el momento de
atacar al pobre muchacho, sin la menor provocación por parte de
éste. Una de las veces le golpeó con un bastón, causándole un gran
moretón en el brazo.
»Eso no fue nada, sin
embargo, si se compara con su conducta con su propio hijo, un niñito
que aún no ha cumplido el año. En cierta ocasión, hace cosa de un
mes, este niño había sido dejado solo por su aya durante unos pocos
minutos. Un fuerte grito del niño, como de dolor, hizo volver al
aya. Cuando ésta entró corriendo en la habitación, vio a su ama, la
señora de la casa, inclinada sobre el niño y, aparentemente
mordiéndole en el cuello. El niño tenía en el cuello una pequeña
herida por la que salía un hilillo de sangre. El aya quedó tan
horrorizada que quiso llamar al marido, pero la dama le imploró que
no lo hiciera, e incluso le dio cinco libras como precio de su
silencio. No dio ninguna explicación, y de momento, no se habló más
del asunto.
»Aquello dejó, sin
embargo, una impresión terrible en el aya, y, desde entonces, vigiló
estrechamente a su ama, y montó una guardia más cuidadosa sobre el
niño, al que quería tiernamente. Le pareció que, del mismo modo que
ella vigilaba a la madre, la madre la vigilaba a ella, y que, cada
vez que se veía obligada a dejar solo al niño, la madre esperaba
llegar hasta él. El aya guardó al niño día y noche, y día y noche la
silenciosa madre vigilante parecía estar al acecho como el lobo
acecha al cordero. Esto le parecerá increíble, y, sin embargo, le
ruego que se lo tome con toda seriedad, porque la vida de un niño y
la cordura de un hombre puede depender de ello.
»Finalmente llegó el día
tremendo en que los hechos no pudieron seguir siendo ocultados al
marido. Los nervios del aya no resistieron; no podía seguir
soportando la tensión, y se lo contó todo al hombre. A él le pareció
aquello una historia tan descabellada como ahora puede parecérselo a
usted. Sabía que la suya era una esposa amante, y, salvo por los
ataques contra su hijastro, una madre amante. ¿Cómo, entonces, era
posible que hubiera herido a su querido niñito? Le dijo al aya que
estaba disparatando, que sus sospechas eran las de una demente, y
que no podían tolerarse semejantes infundios contra la señora.
Mientras hablaban, se oyó un grito de dolor. Aya y amo se
abalanzaron juntos hacia el cuarto del niño. Imagínese sus
sentimientos, señor Holmes, cuando vio a su mujer levantarse de la
posición de arrodillada, junto a la cuna, y vio sangre en el cuello
al descubierto del niño y sobre la sábana. Profiriendo un grito de
horror, volvió hacia la luz el rostro de su mujer y le vio sangre
alrededor de los labios. Era ella, ella, más allá de toda duda, la
que había bebido sangre del pobre niño.
»Así está la cosa. La
mujer está ahora confinada en su habitación. No ha habido
explicaciones. El marido está medio enloquecido. El sabe, como yo,
muy poco de vampirismo, aparte del nombre. Habíamos pensado que era
algún cuento fantástico de tierras lejanas. Y, sin embargo, aquí, en
Inglaterra, en el corazón mismo de Sussex... Bueno, todo esto
podríamos discutirlo mañana por la mañana. ¿Acepta usted recibirme?
¿Querrá emplear sus notables talentos en ayudar a un hombre
aturdido? Si es así, tenga la amabilidad de cablegrafiar a Ferguson,
Mansión Cheeseman, Lamberley, y estaré en sus habitaciones a las
diez.
»Sinceramente suyo,
»ROBERT FERGUSON.
»P.S.-Creo que su amigo Watson
jugaba al rugby en el equipo de Blackheath cuando yo era tres
cuartos en el de Richmond. Es la única referencia de orden personal
que puedo darle.»
-Claro que lo recuerdo -dije, dejando la carta-. El grandullón Bob
Ferguson, el mejor tres cuartos que nunca tuvo Richmond. Fue siempre
un tipo excelente. Es muy suyo el preocuparse por el problema de un
amigo.
Holmes me miró pensativamente y
meneó la cabeza.
-Watson, jamás lograré alcanzar
sus fronteras -dijo-. Hay en usted posibilidades inexploradas. Haga
el favor de enviar un cable, como un buen chico: «Estudiaré su caso
gustosamente.»
-¡Su caso!
-No debemos permitir que piense
que esta agencia es un asilo de retrasados mentales. Claro que es su
caso. Envíele el cable y olvídese del asunto hasta mañana.
La mañana siguiente, puntualmente a
las diez, Ferguson entraba en nuestra salita. Yo le recordaba como
un hombre alto y flaco, de miembros sueltos, con una veloz carrera
que le había permitido burlar a muchos defensas contrarios. Creo que
no hay cosa más penosa que encontrarse con los restos naufragados de
un atleta que se ha conocido en su plenitud. Su fuerte estructura
estaba abatida, su pelo rubio era ralo, y estaba cargado de hombros.
Temí suscitar en él impresiones correlativas.
-Hola, Watson -dijo; y su voz
seguía siendo grave y cordial-. No tiene usted exactamente el mismo
aspecto del hombre al que yo tiré por encima de las cuerdas en Old
Deer Park. Supongo que yo también debo estar un tanto cambiado. Pero
han sido estos últimos uno o dos días los que me han envejecido. He
visto por su telegrama, señor Holmes, que es inútil que me presente
como emisario de otra persona.
-Es más fácil el trato directo
-Desde luego. Pero puede usted
suponer lo difícil que resulta hablar así de la mujer que uno está
obligado a proteger y ayudar. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo voy a acudir a
la policía con semejante historia? Pero hay que proteger a los
niños. ¿Es que está loca, señor Holmes? ¿Llevará esto en la sangre?
¿Ha conocido usted algún caso parecido en su carrera? Por el amor de
Dios, deme algún consejo, porque ya no doy más de mí.
-Es muy natural, señor Ferguson.
Ahora siéntese y cálmese, y deme algunas respuestas claras. Puedo
asegurarle que yo sí puedo dar muchísimo más de mí, y que confío en
encontrar alguna solución. Ante todo, dígame qué pasos ha dado.
¿Sigue su mujer cerca de los niños?
-Tuvimos una escena terrible. Es
una mujer amantísima, señor Holmes. Si alguna vez una mujer ha amado
a su marido en cuerpo y alma, ésa es ella. Le partió el corazón el
que yo hubiera descubierto ese secreto, ese horrible e increíble
secreto. Ni siquiera dijo nada. No dio a mis reproches otra
respuesta que una expresión como enloquecida y desesperada en sus
ojos al mirarme, luego se fue corriendo a su habitación y se encerró
en ella. Desde entonces se ha negado a verme. Tiene una doncella
llamada Dolores que ya estaba a su servicio antes de que se
casara... Es una amiga más que una criada. Le lleva la comida.
-Entonces, ¿el niño no está en
peligro inmediato?
-La señora Mason, el aya, ha jurado
que no le dejará ni de día ni de noche. Puedo confiar por entero en
ella. Más que por él estoy inquieto por el pobrecito Jack, porque
tal como le dije en mi nota, ha sido atacado por ella dos veces.
-¿Pero sin sufrir heridas?
-No. Le golpeó salvajemente. Es una
cosa todavía más terrible si se tiene en cuenta que es un pobre
inválido inofensivo -las duras facciones de Ferguson se dulcificaron
al hablar de su chico-. Uno pensaría que la condición del muchacho
ablandaría el corazón de cualquiera. Una caída en la niñez y la
columna vertebral deformada, señor Holmes. Pero, por dentro, el más
dulce y afectuoso de los corazones.
Holmes había tomado la carta del
día anterior y la estaba releyendo.
-¿Qué otros ocupantes tiene su
casa, señor Ferguson?
-Dos criados que no hace mucho que
están a nuestro servicio. Un mozo de cuadras, Michael, que duerme en
la casa. Mi mujer, yo mismo, mi chico Jack, el pequeño, Dolores y la
señora Mason. Eso es todo.
-Conjeturo que no conocía usted
bien a su esposa en la época de su matrimonio.
-Hacía sólo unas pocas semanas que
la conocía.
-¿Cuánto tiempo ha estado con ella
la doncella Dolores?
-Algunos años.
-Entonces, ¿Dolores debe conocer
mejor que usted el carácter de su mujer?
-Sí, podría decirse que sí.
Holmes anotó algo.
-Imagino -dijo- que puedo ser más
útil en Lamberley que aquí. Es eminentemente un caso de
investigación personal. Si la dama permanece en su habitación,
nuestra presencia no puede irritarla ni incomodarla. Naturalmente,
nos alojaremos en la posada.
Ferguson tuvo un gesto de alivio.
-Esto es lo que yo esperaba, señor
Holmes. Hay un tren excelente que sale a las dos de la estación
Victoria, si puede venir.
-Claro que iremos. Ahora tenemos un
bache de trabajo. Puedo concederle indivisamente mis energías.
Naturalmente, Watson nos acompaña. Pero hay uno o dos puntos de los
que quisiera estar seguro antes de partir. Esa desdichada dama, tal
como lo entiendo, ha atacado, aparentemente, a ambos niños: a su
propío hijo y al del primer matrimonio de usted.
-Así es.
-Pero estos ataques toman formas
diferentes, ¿no es cierto? Golpeó a su hijastro.
-Una vez con un bastón, y otra muy
salvajemente con las manos.
-¿No dio ninguna explicación de
porqué le golpeaba?
-Ninguna, salvo que le odiaba. Una
y otra vez dijo esto.
-Bueno, no se desconoce esto en las
madrastras. Celos póstumos, por decirlo de algún modo. ¿Es celosa la
dama por naturaleza?
-Sí, es muy celosa... Es celosa con
toda la fuerza de su vehemente amor tropical.
-Pero el muchacho... Tiene quince
años, creo haber entendido, y probablemente estará muy desarrollado
mentalmente, puesto que su cuerpo está tan limitado en la acción.
¿No dio él ninguna explicación de esos ataques?
-No. Declaró que no había ninguna
razón para ellos.
-¿Hicieron buenas migas en otro
tiempos?
-No; nunca hubo amor entre ellos.
-Y, sin embargo, dice usted que es
un chico muy afectuoso.
-En todo el mundo no puede haber
otro hijo tan ferviente. Mi vida es su vida. Está absorto en todo lo
que digo y hago.
Holmes anotó nuevamente algo.
Permaneció un rato perdido en sus pensamientos.
-Sin duda, usted y su hijo eran
grandes camaradas antes de este segundo matrimonio. Estaban muy
cerca el uno del otro, ¿no es cierto?
-Sí, muy cierto.
-Y el chico, siendo tan afectuoso
de naturaleza, estaría muy apegado, sin duda, a la memoria de su
madre.
-Sí, mucho.
-Parece ser, desde luego, un
interesantísimo muchacho. Otro punto acerca de esos ataques. ¿Los
extraños ataques contra el niño pequeño, y las agresiones contra su
hijo, se produjeron en los mismos períodos?
-En el primer caso, así fue. Fue
como si se hubiera adueñado de ella una especie de frenesí, y
hubiera descargado su furia contra ambos. En el segundo caso Jack
fue la única víctima. La señora Mason no tenía quejas en torno al
niño.
-Eso, ciertamente, complica las
cosas.
-No acabo de seguirle, señor Holmes.
-Probablemente no. Uno se forma
teorías provisionales, y espera a que el tiempo o nuevos
conocimientos las desbaraten. Una mala costumbre, señor Ferguson,
pero el hombre es débil. Me temo que su viejo amigo, aquí presente,
haya dado una visión exagerada de mis métodos científicos. Sin
embargo, en el punto en que estamos, me limitaré a decir que su
problema no me parece insoluble, y que puede contar con que
estaremos en la estación Victoria a las dos.
Era ya entrada la tarde de un
triste y brumoso día de noviembre cuando, tras dejar el equipaje en
la posada Chequers, de Lamberley, viajamos en coche por un largo y
serpenteante camino arcilloso de Sussex, y llegamos finalmente a la
vieja casa de campo aislada en que vivía Ferguson. Era un edificio
grande y complicado, muy antiguo en su parte central, muy nuevo en
las alas, con altas chimeneas estilo Tudor y un techo picudo de
lajas de Horsham cubiertas de liquen. Los peldaños de la entrada
estaban redondeados por el desgaste, y los viejos azulejos que
adornaban el pórtico tenían el emblema de un queso y un hombre, en
honor al constructor original (1).
En el interior, los techos estaban estriados por macizas vigas de
roble, y los suelos irregulares se combaban en pronunciadas curvas.
Un olor a cosa vieja y enmohecida invadía todo aquel vetusto
edificio.
(1) El nombre de la mansión, «Cheeseman», está
formado por «cheese», queso, y «man», hombre. Literalmente: «hombre
de queso».
Había una gran sala central, y a
ella nos condujo Ferguson. Allí, en una gran chimenea anticuada cuyo
manto de hierro llevaba inscrita la fecha 1670, brillaba y
chisporroteaba un espléndido fuego de troncos.
Mirando a mi alrededor, vi que la
habitación era una singularísima mezcla de fechas y sitios. Las
paredes medio artesonadas podían muy bien haber pertenecido al
caballero campesino del siglo diecisiete. Estaban ornamentadas, sin
embargo, en la parte inferior por una línea de acuarelas modernas
elegidas con gusto, mientras que en la parte superior, donde un yeso
amarillento ocupaba el lugar del roble, colgaba una hermosa
colección de utensilios y armas sudamericanos, que se había traído
sin duda consigo la dama peruana que estaba en el piso de arriba.
Holmes se puso en pie, con esa pronta curiosidad que surgía de su
impaciente cerebro, y la examinó con bastante atención. Volvió con
mirada pensativa.
-¡Vaya! -exclamó- ¡Vaya!
Un spaniel, que había permanecido
en una cesta en un rincón, se echó a andar lentamente hacia su amo,
avanzando con dificultad. Sus patas traseras se movían
irregularmente, y la cola le arrastraba por el suelo. Lamió la mano
de Ferguson.
-¿Qué ocurre, señor Holmes?
-El perro. ¿Qué le ocurre?
-Eso quisiera saber el veterinario.
Una especie de parálisis. Meningitis espinal, pensó él. Pero se le
va pasando. Pronto estará bien... ¿no es verdad, Carlo?
Un temblor de asentimiento recorrió
la cola fláccida. Los ojos tristones del animal nos miraron a todos
sucesivamente. Sabia que estábamos hablando de su caso.
-¿Le vino de repente?
-En una sola noche.
-¿Cuánto tiempo hace?
-Puede que cuatro meses.
-Muy notable. Muy sugerente.
-¿Qué ve usted en ello, señor
Holmes?
-Una confirmación de lo que ya
pensaba.
-Por el amor de Dios, ¿qué piensa
usted, señor Holmes? ¡Puede que para usted sea un simple ejercicio
intelectual, pero para mí es la vida o la muerte! ¡Mi mujer una
asesina frustrada! ¡Mi hijo en constante peligro! No juegue conmigo,
señor Holmes. Esto es terriblemente serio, demasiado serio.
El grandullón tres cuartos de rugby
temblaba de pies a cabeza. Holmes le puso la mano en el hombro,
tranquilizadoramente.
-Me temo que la solución, señor
Ferguson, sea cual sea, le reserva un dolor -dijo-. Se lo atenuaré
todo lo que pueda. Por el momento no puedo decir más, pero espero
tener algo definitivo antes de salir de esta casa.
-¡Dios quiera que así sea! Si
ustedes me disculpan, caballeros, subiré a la habitación de mi
mujer, y veré si se ha producido algún cambio.
Estuvo ausente algunos minutos,
durante los cuales Holmes reanudó su examen de los objetos curiosos
de la pared. Cuando nuestro anfitrión volvió, estaba claro, por su
expresión abatida, que no había hecho ningún progreso. Le acompañaba
una joven, alta, esbelta, de tez morena.
-El té está listo, Dolores -dijo
Ferguson-. Cuídese de que su ama tenga todo lo que desee.
-Está muy mala -exclamó la
muchacha, mirando a su amo con ojos indignados-. No pide comida.
Está muy mala. Necesita un médico. Me daba miedo estar sola con ella
sin un médico.
Ferguson me miró con una
interrogación en los ojos.
-Me encantaría ser de alguna
utilidad.
-¿Recibirá su ama al doctor Watson?
-Que venga. No se lo preguntaré.
Necesita un médico.
-Entonces, iré con usted de
inmediato.
Seguí a la muchacha, que temblaba
presa de un fuerte nerviosismo, por las escaleras y por un viejo
pasillo. A su extremo había una maciza puerta lacada de hierro. Se
me ocurrió, al verla, que si Ferguson trataba de llegar por la
fuerza junto a su mujer la cosa no le resultaría fácil. La muchacha
se sacó una llave del bolsillo, y las pesadas planchas de roble
crujieron sobre sus viejos goznes. Entré, y ella me siguió
rápidamente, cerrando la puerta detrás suyo.
En la cama había una mujer,
evidentemente con mucha fiebre. Estaba consciente sólo a medias,
pero cuando entré unos ojos asustados, pero hermosos, me miraron con
miedo. Al ver a un extraño, pareció sentir alivio, y con un suspiro
dejó caer nuevamente la cabeza sobre la almohada. Avancé hacia ella
pronunciando algunas palabras de confortación, y permaneció quieta
mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Uno y otra estaban
altos, y, sin embargo, mi impresión fue que su condición era más de
excitación mental y nerviosa que no de auténtica enfermedad.
-Ha estado así un día, dos días.
Temo que se muera -dijo la muchacha.
La mujer volvió hacia mí su hermoso
rostro encendido.
-¿Dónde está mi marido?
-Está abajo, y le gustaría verla.
-No le veré. No le veré -y pareció
entrar de nuevo en el delirio-. ¡Un diablo! ¡Un diablo! ¡Oh! ¿Qué
puedo hacer con ese demonio?
-¿Puedo ayudarla en algo?
-No. Nadie puede ayudarme. Se
acabó. Todo está destruido. Haga lo que haga, todo está destruido.
La mujer debía sufrir alguna
extraña ilusión. Yo era incapaz de imaginarme al honrado Bob
Fergusón como diablo o demonio.
-Señora -dije-, su marido la quiere
a usted tiernamente. Está muy apenado por lo que ocurre.
De nuevo volvió hacia mí aquellos
ojos magníficos.
-Me quiere. Sí. Pero, ¿es que yo no
le quiero a él? ¿No le quiero hasta el punto de sacrificarme antes
que romper su querido corazón? Así es como le quiero. Y, sin
embargo, él podría pensar de mí... pudo hablarme de aquel modo...
-Está muy dolorido, pero es incapaz
de entender.
-No, no puede entender. Pero
debería confiar.
-¿Por qué no habla con él? -sugerí.
-No, no; no puedo olvidar aquellas
palabras terribles, ni su expresión. No le veré. Ahora váyase. No
puede hacer nada por mí. Dígale solamente una cosa. Quiero a mi
hijo. Tengo derecho a mi hijo. Este es el único mensaje que puedo
enviarle.
Se volvió de cara a la pared y no
dijo más.
Volví a la sala de abajo donde
Ferguson y Holmes seguían todavía sentados junto al fuego. Ferguson
escuchó pensativamente mi narración de la entrevista.
-¿Cómo puedo mandarle a su hijo?
-dijo-. ¿Cómo voy a saber qué extraño impulso puede entrarle? ¿Cómo
podré jamás olvidar cómo se levantó del lado de la cuna con sangre
en los labios? -se estremeció al recordar-. El niño está seguro con
la señora Mason, y debe seguir con ella.
Una doncella de elegante uniforme,
la única cosa moderna que podía verse en la casa, había traído un
poco de té. Mientras lo estaba sirviendo, se abrió la puerta y un
jovencito entró en la habitación. Era un muchacho que llamaba la
atención: cara pálida, cabello rubio, expresivos ojos azul pálido
que se encendían en súbita llama de emoción y alegría cuando su
mirada se posaba en su padre. Se abalanzó hacia él y le rodeó el
cuello con los brazos, con el abandono de una adolescente enamorada.
-Oh, papá -gritó-, no sabía que ya
estuvieras de vueltas. Habría estado aquí esperándote. ¡Oh! ¡Qué
contento estoy de verte!
Ferguson se liberó suavemente del
abrazo, con ciertas muestras de turbación.
-Querido muchacho -dijo, dando unos
tiernos golpecitos en la rubia cabeza-, he vuelto pronto porque he
podido convencer a mis amigos, el señor Holmes y el doctor Watson,
para que vinieran a pasar la velada con nosotros.
-¿Es el señor Holmes, el detective?
-Sí.
El jovencito nos miró de un modo
penetrante y, según me pareció, poco amistoso.
-¿Qué me dice de su otro hijo,
señor Ferguson? -preguntó Holmes- ¿Podríamos ver al bebé?
-Pídele a la señora Mason que baje
al niño -dijo Ferguson. El muchacho se marchó con un andar extraño,
bamboleante, que delató a mis ojos médicos que sufría de una
afección espinal. Volvió al poco rato, y, detrás suyo, venía una
mujer alta y delgada que llevaba en sus brazos a un hermosísimo
niño, de ojos negros y pelo rubio, una maravillosa mezcla de lo
sajón y lo latino. Ferguson, evidentemente estaba loco por aquel
niño, ya que lo tomó en sus brazos y lo acarició tiernamente.
-Y pensar que alguien pueda tener
el corazón tan duro como para hacerle daño -murmuró, bajando la
mirada hacia la pequeña mancha rojo vivo del cuello del querubín.
Fue en aquel momento cuando
casualmente miré a Holmes, viéndole una expresión singularísimamente
concentrada. Su cara estaba inmóvil, como tallada en marfil, y sus
ojos, que por un momento habían mirado a padre e hijo, estaban ahora
enfocados, con vehemente curiosidad, en algo que se encontraba al
otro extremo de la habitación. Siguiendo su mirada, no pude suponer
otra cosa sino que a través de la ventana contemplaba el melancólico
jardín mojado. Cierto que había una persiana medio cerrada por la
parte de fuera, obstruyendo la visión, pero, con todo, era
indudablemente la ventana lo que Holmes miraba con concentrada
atención. Luego sonrió, y su mirada volvió al bebé. En su cuello
regordete estaba la pequeña señal hinchada. Sin decir nada, Holmes
la examinó atentamente. Finalmente, tomó y agitó levemente uno de
los pequeños puños que revoloteaban ante su cara.
-Adiós, hombrecito. Has tenido un
extraño comienzo en la vida. Aya, quisiera tener unas palabras con
usted en privado.
Se la llevó aparte y le habló
vehemente durante algunos minutos. Sólo pude oír las últimas
palabras, que fueron: «Espero que su inquietud no tarde en quedar
apaciguada.» La mujer, que parecía ser una criatura de la especie
huraña y silenciosa, se retiró con el niño.
-¿Como es la señora Mason?
-preguntó Holmes.
-No muy convincente externamente,
como puede ver, pero tiene un corazón de oro, y quiere muchísimo al
niño.
-¿Te gusta la señora Mason, Jack? -Holmes
se volvió repentinamente hacia el muchacho, cuya expresiva cara se
ensombreció. Negó con la cabeza.
-Jacky tiene agrados y desagrados
muy acentuados -dijo Ferguson, rodeando con el brazo los hombros del
muchacho-. Afortunadamente, yo estoy entre sus agrados.
El chico apoyó arrulladoramente la
cabeza en el pecho de su padre. Ferguson lo separó suavemente.
-Vete ya, Jacky, pequeño -dijo; y
contempló a su hijo con mirada amorosa hasta que hubo desaparecido-.
Ahora, señor Holmes -prosiguió, cuando el chico se hubo ido-,
realmente me doy cuenta de que le he metido en un problema sin
solución, porque ¿qué puede hacer aparte de concederme su simpatía?
Debe ser un asunto extremadamente delicado y complejo desde su punto
de vista.
-Es ciertamente delicado -dijo mi
amigo, con una sonrisa divertida-, pero ahora no se me representa
complejo. Ha sido un caso propio para la deducción intelectual; pero
cuando esta deducción intelectual original se ve confirmada punto
por punto por numerosos incidentes independientes, entonces lo
subjetivo se hace objetivo, y podemos decir confiadamente que hemos
llegado a la meta. De hecho, ya había llegado a ella antes de salir
de Baker Street; el resto ha sido meramente observación y
confirmación.
Ferguson se llevó su manaza a la
arrugada frente.
-Por el amor del cielo, Holmes
-dijo, roncamente-, si es usted capaz de ver la verdad de este
asunto, no me mantenga en la inquietud. ¿En qué posición me
encuentro? ¿Qué debo hacer? No me importa cómo haya llegado usted a
establecer los hechos, mientras realmente los conozca.
-Desde luego, le debo una
explicación, y la tendrá. Pero, ¿me permite llevar las cosas a mi
manera? ¿Puede recibirnos la dama, Watson?
-Está enferma, pero goza de toda su
razón.
-Muy bien. Sólo en su presencia
podremos aclararlo todo. Subamos a verla.
-No me recibirá -exclamó Ferguson.
-Oh, sí, lo hará -dijo Holmes.
Garrapateó unas pocas líneas en un papel-. Usted, al menos, tiene la
entrée, Watson. ¿Tendrá la bondad de entregarle esta nota a la dama?
Subí nuevamente, y entregué la nota
a Dolores, que abrió la puerta cautamente. Al cabo de un minuto oí
un grito en el interior, un grito en el que parecían mezclarse la
alegría y la sorpresa, Dolores sacó la cabeza por la puerta.
-Les recibirá. Escuchará -dijo.
Ferguson y Holmes subieron a mi
llamada. Cuando entramos en la habitación, Ferguson dio uno o dos
pasos hacia su mujer, que se había incorporado en la cama; pero ella
hizo con la mano ademán de detenerle. Ferguson se dejó caer en un
sillón, y Holmes y yo nos sentamos a su lado, después de una
inclinación de cabeza a la dama, que miró a Holmes con los ojos
dilatados por el asombro.
-Creo que podríamos prescindir de
Dolores -dijo Holmes-. Oh, muy bien, señora, si prefiere que se
quede, no tengo nada que objetar. Mire, señor Ferguson, soy un
hombre ocupado, con muchas visitas, y mis métodos tienen que ser
breves y directos. La operación quirúrgica más rápida es la menos
dolorosa. Permítame que antes que nada le diga algo que
tranquilizará su espíritu. Su mujer es muy buena, muy amante, y ha
sido tratada muy mal.
Ferguson se puso en pie con un
grito de alegría.
-Demuéstreme esto, señor Holmes, y
estaré en deuda con usted para siempre.
-Lo haré, pero al hacerlo le heriré
profundamente en otra dirección.
-No me importa, si libera de culpa
a mi mujer. Todo lo demás que hay en el mundo no es nada comparado
con eso.
-Permítame contarle, entonces, el
curso de los razonamientos que pasaron por mi mente en Baker Street.
La idea de un vampiro me resultaba absurda. Y, sin embargo, su
observación era precisa. Usted había visto a la dama levantarse de
junto a la cuna del niño con sangre en los labios.
-Cierto.
-¿No se le ocurrió que puede
chuparse una herida con propósitos distintos al de extraer sangre?
¿Acaso no hubo una reina en la historia de Inglaterra que chupó una
herida para sacar de ella el veneno?
-¡Veneno!
-Cosa corriente en Sudamérica. Mi
instinto percibió la presencia de esas armas de la pared antes de
haberlas visto. Hubiera podido tratarse de otro veneno, pero eso fue
lo que se me ocurrió. Cuando vi el pequeño carcaj vacío junto al
pequeño arco de cazar pájaros, eso era exactamente lo que esperaba
ver. Si el niño resultaba pinchado con una de esas flechas
impregnadas en curare o en cualquier otro alcaloide diabólico,
moriría a menos que se chupara el veneno de la herida. ¡Y el perro!
Si alguien fuera a usar un veneno como ése, ¿no lo probaría primero
para comprobar que no había perdido sus virtudes? No había previsto
al perro, pero al menos lo entendí, y encajó en mi reconstrucción.
¿Entiende ahora? Su mujer temía un ataque de esa clase. Vio que se
producía, y salvó la vida del niño; y, sin embargo, no quiso
contarle a usted la verdad, porque sabía cuánto quería usted al
muchacho, y temió romperle el corazón.
-¡Jacky!
-Le estuve observando hace unos
momentos, cuando usted acariciaba al pequeño. Su cara se reflejaba
claramente en la ventana, porque la persiana cerrada convertía al
cristal en espejo. Vi en esa cara tantos celos, tanto odio cruel,
como raras veces he visto en un rostro humano.
-¡Mi Jacky!
-Tiene usted que afrontarlo, señor
Ferguson. Es todavía más penoso por cuanto que ha sido un amor
deformado, un amor demencialmente exagerado hacia usted, y
probablemente hacia su difunta madre, el que le ha inducido a
actuar. Su alma entera está consumida por el odio a ese espléndido
niñito, cuya salud y belleza contrastan con su propia deficiencia.
-¡Santo Dios! ¡Es increíble!
-¿He dicho la verdad, señora?
La mujer sollozaba, con la cara
hundida entre las almohadas. En aquel momento se volvió hacia su
marido.
-¿Cómo podía decírtelo, Bob? Sabía
qué golpe sería para ti. Era mejor que esperara, y que lo supieras
por otros labios que los míos. Cuando este caballero, que parece
poseer poderes mágicos, me escribió que lo sabía todo, me sentí
extremadamente feliz.
-Creo que mi receta para el
señorito Jacky sería un año de viaje por mar -dijo Holmes,
poniéndose en pie-. Sólo me queda una cosa oscura, señora. Podemos
entender perfectamente sus ataques contra Jacky. La paciencia de una
madre tiene un limite. Pero, ¿cómo se atrevió a dejar solo al niño
estos últimos dos días?
-Se lo había contado a la señora
Mason. Ella sabía.
-Exacto. Eso pensé.
Ferguson estaba junto a la cama,
conteniendo los sollozos, con las manos tendidas, tembloroso.
-Creo, Watson, que es el momento de
marchamos -dijo Holmes, en un susurro-. Si coge usted de un brazo a
la excesivamente fiel Dolores, yo la cogeré del otro. Eso. Ahora
-añadió, cerrando la puerta detrás suyo-, creo que podemos dejar que
arreglen entre ellos lo que queda pendiente.
Sólo tengo una anotación más
sobre este caso. Se trata de la carta que escribió Holmes como
respuesta final a aquella con que empezaba este relato. Decía así:
»Baker Streeet,
»21 de noviembre.
«Asunto: Vampiros.
»Caballero,
»En respuesta a su carta
del 19, me permito comunicarle que he estudiado el caso de su
cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead,
mayoristas de té, de Mincing Lane, y que el asunto ha sido llevado a
una satisfactoria conclusión. Agradeciéndole su recomendación,
»Queda, señor,
sinceramente suyo,
»SHERLOCK HOLMES.
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