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"Carmilla" de Sheridan Le
Fanu

Joseph Sheridan Le
Fanu (1814-1873) nació en Dublín en 1814 en el seno de una
familia irlandesa de extracción hugonota, emparentada políticamente
a la del dramaturgo Richard Brinsley Sheridan.
Fue
educado por su padre, que era clérigo, por tutores privados y,
finalmente, en el Trinity College de Dublín. Se colegió de abogado
en 1839, pero nunca llegó a ejercer y pronto abandonaría el derecho
por el periodismo. Escribió baladas, cuentos y poemas para la
Dublin University Magazine, revista de la que llegaría a ser
editor y propietario en 1861, convirtiendo lo que no era más que una
publicación estudiantil en una importante cabecera a nivel europeo.
Tras la muerte de su
mujer en 1858, se retiró de la vida social, llegando a ser conocido
como el "Príncipe Invisible". Se convirtió en poco menos que un
recluso, dedicándose por completo a su obra literaria.
Así, poco a poco, fue
aumentado su pesimismo sobre la vida en general y sobre el rumbo que
estaba tomando la política en Irlanda en particular. Parece como si
se hubiera centrado en los aspectos negativos de su propia vida para
escribir algunos de los mejores cuentos fantásticos y de terror de
su tiempo.
Aunque fue autor de
best-sellers durante más de veinte años, la reputación de Le
Fanu cayó en casi un siglo de oscuridad, pese a tener como
seguidores a escritores como Henry James y Dorothy Sayers. Una razón
importante que explique este olvido por parte de la elite literaria
es el tema de sus obras, puesto que durante muchas décadas la gran
mayoría de críticos literarios despreciaron la ficción fantástica y
de terror.
Murió el 7 de febrero
de 1873.
Se
adelantó en más de veinte años a la obra de Bram Stoker, Drácula,
obra que debe mucho a este sobrio y desconocido (quizás por su
inciso en el tema lésbico) precedente que es Carmilla, cuyas páginas
viven impregnadas del malditismo y la decadencia que hemos acabado
asociando a la figura del vampiro.
En poco más de ochenta páginas se nos narra la venenosa seducción
que esta criatura ejerce sobre una joven noble que vive recogida en
un
castillo de la provincia de Estiria con su padre. El personaje de
Carmilla posee ciertos rasgos aristocráticos que definitivamente
popularizaría el conde transilvano: educación, rancio abolengo,
magnetismo personal,... Es sintomático que el vampiro sea recibido
con los brazos abiertos en las casas que lo habrán de padecer y que,
por lo mismo, contraen la obligación moral de destruirlo.
Hammer Films realizo una pelicula basada en esta novela, que se
titulo "The vampire lovers" (1970)

CARMILLA de J.T.S. Le Fanu
Presentacion
El
texto que aquí publicamos, escrito por el novelista irlandés Joseph
Thomas Sheridan Le Fanu en el año de 1871, fue publicado por
entregas, en la revista The Dark Blue en sus ediciones de diciembre
de 1871 y enero, febrero y marzo de 1872.
En primerísimo lugar, el enorme contenido erótico
que por lo general siempre se encuentra presente en el tema del
vampirismo, es por completo resaltado en el escrito. En este caso, el autor aborda el erotismo lésbico
a través de su personaje central y de su anfitriona, la muchacha que
es fascinada por el atractivo de Carmilla.
Esta novela constituye, sin lugar a dudas, un
auténtico clásico de la literatura sobre vampiros, que se lee con
soltura por su ligereza.
Capitulo 1
Vivíamos
en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera
principesca, pero en aquel rincón del mundo era suficiente una
pequeña renta anual para poder llevar una vida de gran señor. En
cambio, en nuestro país y con nuestros recursos sólo habríamos
podido llevar una existencia acomodada. Mi padre es inglés y yo,
naturalmente, tengo un apellido inglés, pero no he visto nunca
Inglaterra.
Mi padre servía en el ejército austríaco. Cuando
alcanzó la edad del retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir
aquella pequeña residencia feudal, rodeada de varias hectáreas de
tierra.
No creo que exista nada más pintoresco y
solitario. El castillo está situado sobre una suave colina y domina
un extenso bosque. Una carretera angosta y abandonada pasa por
delante de nuestro puente levadizo, que nunca he visto levantar: en
su foso nadan los cisnes entre las blancas corolas de los nenúfares.
Dominando este conjunto se levanta la amplia
fachada del castillo con sus numerosas ventanas, sus torres y su
capilla gótica. Delante del castillo se extiende el pintoresco
bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente
gótico tendido sobre un torrente que serpentea a través del bosque.
He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad
vosotros mismos si digo la verdad. Mirando desde la puerta de
entrada hacia la carretera, el bosque que rodea nuestro castillo se
extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. El pueblo
habitado mas próximo está en esa última dirección, a una distancia
aproximada de siete millas.
El castillo más cercano y de cierta notoriedad
histórica es el del general Spieldorf, a unas veinte millas a la
derecha.
He dicho el pueblo habitado más próximo, porque
al oeste, sólo a tres millas, en dirección al castillo del general
Spieldorf, hay un pueblecito en ruinas con su iglesia gótica también
en ruinas; allí están las tumbas, casi ocultas entre piedras y
follaje, de la orgullosa familia Karnstein, extinguida hace tiempo.
La familia Karnstein poseía antaño el desolado castillo que, desde
la espesura del bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.
Hay una leyenda que explica por qué fue
abandonado por sus habitantes este extraño y melancólico paraje.
Pero ya hablaré de ella más adelante.
El número de habitantes de nuestro castillo era
muy exiguo. Excluyendo a los criados y a los habitantes de los
edificios anexos, estábamos solamente mi padre, el hombre más
simpático del mundo pero de edad bastante avanzada, y yo, que en la
época en que ocurrieron los hechos que voy a narrar tenía solamente
diecinueve años.
Mi padre y yo constituíamos toda la familia. Mi
madre, de una familia noble de Estiria, murió cuando yo era aún una
niña. Sin embargo, tuve una inmejorable nana, la señora Perrodon, de
Berna. Era la tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era
la señorita Lafontaine, una dama en toda la extensión de la palabra,
que ejercía las funciones de institutriz, para completar mi
educación.
Algunas muchachas amigas mías venían de vez en
cuando al castillo y, algunas veces, yo les devolvía la visita.
Éstas eran nuestras habituales relaciones sociales. Naturalmente,
también recibíamos visitas imprevistas de vecinos. Por vecinos se
entienden a las personas que habitaban dentro de un radio de cuatro
o cinco leguas.
Puedo aseguraros que, en general, era una vida
muy aislada.
El primer acontecimiento que me produjo una
terrible impresión y que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al
propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo
recordar.
La nursery, como la llamábamos, aunque era sólo
para mí, estaba en una habitación grandiosa del último piso del
castillo, y tenía el techo inclinado, con molduras de madera de
castaño. Tendría yo unos seis años cuando una noche, despertándome
de improviso, miré a mi alrededor y no vi a la camarera de servicio.
Creí que estaba sola. No es que tuvieda miedo... pues era una de
aquellas afortunadas niñas a quienes han evitado expresamente las
historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven a los
niños temerosos ante una puerta que chirría o ante la sombra
danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una
vela que se extingue. Si me eché a llorar fue seguramente porque me
sentí abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un
rostro bellísimo que me contemplaba con aire grave. Era una joven
que estaba arrodillada y tenía sus manos bajo mi manta. La observé
con una especie de placentero estupor, y cesé en mi lloriqueo. La
joven me acarició, se echó en la cama a mi lado y me abrazó,
sonriendo. De repente, me sentí calmada y contenta, y me dormí de
nuevo.
De súbito, me desperté con la escalofriante
sensación de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y
simultáneamente. Proferí un grito. La joven dio un salto hacia
atrás, cayendo al suelo, y me pareció que se escondía debajo de la
cama.
Por primera vez sentí miedo y me puse a gritar
con todas mis fuerzas. La niñera, la camarera y el ama acudieron
precipitadamente, pero cuando les conté lo que me había ocurrido
estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque
yo era solamente una niña, recuerdo sus rostros pálidos y su
angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo de la cama, por todos
los rincones de la habitación, en el armario, y oí a mi ama susurrar
a la niñera:
-- ¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto
a la niña. Aún está caliente.
Recuerdo que la camarera me acarició y que las
tres mujeres examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que
había sentido la punzada. Me aseguraron que no se veía ninguna
señal.
El día siguiente lo pasé en un continuo estado de
terror: no podía quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz
del día.
Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome
en tono festivo, asi como preguntando a la niñera y riéndose de sus
respuestas. Luego hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo
había sido un sueño sin importancia.
Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la
visita de aquella extraña criatura no había sido un sueño.
He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este
acontecimiento, y muchos de los posteriores, pero la escena que
acabo de describir aparece vivida en mi mente como los cuadros de
una fantasmagoría surgiendo de la oscuridad.
Una tarde de verano, particularmente apacible, mi
padre me pidió que le acompañara a dar un paseo por el maravilloso
bosque que se extiende ante el castillo.
- El general Spieldorf no vendrá a visitarnos,
como esperábamos -me dijo, durante el paseo.
Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el
castillo. Con él debía venir también su joven sobrina y pupila, la
señorita Reinfelt. Yo no conocía a la señorita Reinfelt, pero me la
habían descrito como una joven encantadora. Quedé muy desilusionada
ante la noticia que acababa de darme mi padre; mucho más de lo que
pueda imaginar alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella
visita, y la nueva amistad que seguramente había de surgir de ella,
había sido objeto diario de mis pensamientos durante muchas semanas.
- ¿Cuándo vendrán? - pregunté.
- El próximo otoño. Dentro de un par de meses -
respondió mi padre, y añadió: - Me alegro, querida, de que no hayas
conocido a la señorita Reinfelt.
- ¿Por qué? -inquirí, molesta y curiosa al mismo
tiempo.
- Porque la pobre muchacha ha muerto.
Quedé sumamente impresionada. El general
Spieldorf decía en su última carta, seis o siete semanas antes, que
su sobrina no se encontraba muy bien, pero nada hacía pensar en la
posibilidad, ni siquiera remota, de un grave peligro.
- Aquí tienes la carta del general -continuó mi
padre, entregándomela-. Me parece que está muy trastornado.
Indudablemente, cuando escribió la carta se hallaba muy excitado.
Nos sentamos en un banco de piedra, junto al
sendero de los tilos. El sol desaparecía con todo su melancólico
esplendor detrás del horizonte selvático, y el torrente que
discurría junto a nuestra mansión reflejaba el colorido escarlata
del cielo, cada vez más pálido.
La carta del general Spieldorf era tan insólita y
apasionada, que la releí detenidamente para comprender su sentido.
Quizás el dolor había trastornado su mente.
Decía así:
He perdido a mi querida sobrina: la quería como a
una hija. La he perdido, y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en
la paz de la inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo
que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de
todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una
compañía querida para mi Berta. ¡Dios mío! iQué loco he sido!
Consagraré los días que me quedan de vida a la caza y destrucción
del monstruo. Sólo me guía una débil luz. Maldigo mi ceguera y mi
obstinación... todo... Es demasiado tarde. En estos momentos no
puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado.
En cuanto esté mejor me dedicaré a la búsqueda e iré posiblemente
hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el otoño, iré a
visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo os contaré lo
que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por mí,
queridos amigos.
Aquí terminaba la carta. Si bien yo no había
conocido a Berta Reinfelt, mis ojos se llenaron de lágrimas. La
noticia de su muerte me impresionó muchísimo.
Devolví a mi padre la carta del general. El sol
se hundía cada vez más en el ocaso y la tarde era dulce y clara.
Paseando bajo la tibia luz del atardecer, nos entretuvimos haciendo
cábalas sobre el posible sentido de las incoherentes y violentas
afirmaciones de aquella carta. En el puente levadizo encontramos a
la señorita Lafontaine y a la señora Perrodon, que habían salido a
admirar el magnífico claro de luna.
Frente a nosotros se extendía el prado por el
cual nos habíamos paseado. A la izquierda, el camino discurría bajo
unos venerables árboles y desaparecía en la espesura del bosque. A
la derecha, la carretera pasaba sobre un puente severo y pintoresco
a la vez, junto al cual se erguía una torre en ruinas. En el fondo
del prado, una ligera neblina delimitaba el horizonte con un velo
transe, y de cuando en cuando se veían brillar las aguas del
torrente a la luz de la luna.
Lo mismo a mi padre que a mí, nos seducía lo
pintoresco y nos quedamos contemplando en silencio la espléndida
llanura que se extendía ante nosotros. Las dos buenas señoras, a
pocos pasos, discutían acerca del paisaje y hablaban de la luna.
La señora Perrodon era más bien gruesa y veía
todas las cosas desde un punto de vista romántico. La señorita
Lafontaine pretendía ser psicóloga y algo mística. Aquella tarde
afirmó que la intensa luminosidad de la luna estaba en relación
directa con una especial actividad espiritual. Los efectos de una
luna llena como aquélla podían ser múltiples. Influía en los sueños,
en la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.
- Esta noche -dijo-, la luna está llena de
influjos magnéticos. Mirad cómo brillan las ventanas con un
resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran
iluminado las estancias para recibir huéspedes espectrales.
Capitulo 2
En
aquel momento, el insólito rumor de las ruedas de un carruaje y del
galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra
atención. Parecía aproximarse descendiendo de la colina que dominaba
el viejo puente; muy pronto, un pequeño tropel desembocó por aquel
punto. Primero cruzaron el puente dos caballeros, luego apareció un
carruaje tirado por cuatro corceles, y finalmente otros dos
caballeros que cerraban el cortejo.
Parecía el coche de una persona de rango. Nuestra
atención quedó prendida en aquel espectáculo inusitado, que no tardó
en hacerse aún más interesante, porque, cuando apenas habían pasado
la curva del puente, uno de los caballos del tiro se desbocó y,
contagiando su pánico a los otros, arrancó a todo el tiro con un
galope desenfrenado, irrumpiendo entre los caballeros que precedían
al carruaje y avanzando hacia nosotros con la violencia y la furia
de un huracán.
En aquel momento culminante, la escena adquirió
caracteres de tragedia, debido a unos gritos femeninos procedentes
del interior del vehículo.
Mi padre permaneció en silencio, mientras
nosotras lanzábamos exclamaciones de terror. El final no se hizo
esperar. El punto de enlace de la carretera con el puente levadizo
estaba delimitado a un lado por un soberbio tilo, y al otro por una
cruz de piedra. Los caballos, que marchaban a una velocidad
vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las
ruedas contra las raíces salientes del árbol. Asustada por lo que
podía ocurrir, me tapé el rostro con las manos, no resistiendo la
idea de ver cómo la carroza se salía del camino. En aquel mismo
instante oí el grito de mis compañeras, que estaban un poco más
adelantadas que yo. Abrí los ojos, impulsada por la curiosidad, y
contemplé una escena sumamente confusa. Dos caballos yacían en el
suelo. El carruaje estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados,
con dos ruedas al aire. Los hombres se afanaban arreglando el
vehículo, de cuyo interior había salido una señora de aspecto
autoritario, que retorcía nerviosamente entre sus manos un pañuelo.
Ayudamos a salir del carruaje a una joven, al parecer desmayada. Mi
padre se había acercado a la señora de más edad, sombrero en mano,
ofreciéndole ayuda y cobijo en el castillo. La señora no parecía oír
nada, y sólo tenía ojos para la frágil muchachita que había sido
reclinada en el respaldo de un banco.
Me acerqué. La joven había perdido el
conocimiento, pero sin duda estaba con vida. Mi padre, que se
preciaba de tener algunos conocimientos médicos, le tomó el pulso y
aseguró a la señora, que se había presentado a sí misma como madre
de la joven, que la pulsación, si bien débil e irregular, era
perceptible. La señora juntó sus manos y alzó los ojos al cielo, al
parecer en un momentáneo transporte de gratitud; luego,
repentinamente, se desahogó haciendo gestos teatrales, que, sin
embargo, son espontáneos en cierto tipo de personas. Era una mujer
de buen ver, que en su juventud debió haber sido seductora. Delgada,
aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su pálida
fisonomía conservaba una expresión orgullosa y autoritaria, a pesar
de la agitación del momento.
-¡Qué desgracia la mía! -exclamó, retorciéndose
las manos-. Estoy efectuando un viaje que es cuestión de vida o
muerte. Una hora de retraso puede tener consecuencias irreparables.
No es posible que mi hija pueda restablecerse del golpe recibido y
continuar un viaje cuya duración no es posible prever. Deberé
dejarla forzosamente en el trayecto. No quiero correr el riesgo de
llegar con retraso. ¿A qué distancia se encuentra el pueblo más
próximo? Es necesario que la lleve hasta allí, para recogerla a mi
regreso. ¡Y pensar que tendré que pasar por lo menos tres meses sin
ver a mi querida hija, sin tener noticias suyas!
Tiré a mi padre de la chaqueta y le susurré al
oído:
- Padre, dile que la deje con nosotros ... me
gustaría mucho. Hazlo por mí.
- Si la señora quiere confiar su hija a los
cuidados de la mía y de nuestra ama, la señora Perrodon, si permite
que su hija se quede con nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su
regreso, lo consideraremos como un gran honor y tendremos para ella
los cuidados y la devoción que el deber de la hospitalidad imponen
-dijo mi padre solemnemente.
- No puedo aceptarlo - respondió la desconocida,
con mucha circunspección - ; sería abusar demasiado de su
amabilidad.
- Al contrario, nos haría un gran favor.
Precisamente vendría a llenar un inesperado vacío. Hoy mismo, mi
hija ha sufrido una gran desilusión, debido a la noticia de que se
ha frustrado una visita que esperábamos. Si confía su hija a
nuestros cuidados, será su mejor consuelo.
En el aspecto y actitudes de aquella señora había
algo tan especial e imponente, y en cierto sentido fascinante, que,
aun prescindiendo del séquito que la acompañaba, daba la impresión
de ser una persona de rango.
Entretanto, el carruaje había sido levantado y
los caballos, ya calmados, estaban de nuevo enganchados.
La señora dirigió a su hija una mirada que a mí
no me pareció afectuosa, como era de esperar después de la terrible
escena, y seguidamente llamó a mi padre con un gesto y se apartaron
unos pasos de nosotros. Mientras hablaba, la señora mantuvo una
expresión fría y grave, muy poco acorde con su anterior conducta.
Conversaron unos minutos; luego, la señora
regresó y dio unos pasos hacia su hija, que yacía entre los brazos
de la señora Perrodon. Se arrodilló a su lado y le susurró algo al
oído. La besó apresuradamente y luego entró precipitadamente en el
carruaje, cerrando la portezuela, mientras los portillones trepaban
al pescante y los batidores espoleaban sus caballos. Los postillones
hicieron restallar sus látigos y los caballos se lanzaron al galope;
el carruaje desapareció entre una nube de polvo, seguido de los dos
caballeros que cerraban el cortejo.
Seguimos con la mirada su carrera hasta que
desapareció definitivamente entre la niebla y dejó de oírse el
chirrido de sus ruedas y fragor de los cascos de los caballos
lanzados al galope.
Para demostrar que no habíamos sido víctimas de
una alucinación quedaba entre nosotros la muchacha, que precisamente
en aquel momento estaba recobrando el sentido. No pude verla, porque
tenía el rostro vuelto hacia la parte opuesta al lugar donde yo me
encontraba, pero oí su voz, muy dulce, que preguntaba en tono
suplicante:
- ¿Dónde está mi madre? ¿Dónde estoy? No veo el
carruaje ...
La señora Perrodon contestó a sus preguntas lo
mejor que pudo, y, paulatinamente, la joven fue recordando lo que
había sucedido. Al enterarse de que nadie había sufrido el menor
daño, quedó muy aliviada. Pero cuando le dijimos que su madre la
había dejado a nuestro cuidado y que tardaría unos tres meses en
regresar a buscarla, se echó a llorar. Iba a acercarme a ella para
ayudar a la señora Perrodon en sus esfuerzos por consolarla, pero la
señorita Lafontaine me detuvo, diciendo:
- No se acerque a ella, señorita. En el estado en
que se encuentra, no podría soportar más de una persona a la vez.
Pensé que podría visitarla en cuanto la hubieran
acomodado en su habitación. Entretanto, mi padre había enviado en
busca del médico que vivía a unas dos leguas de distancia, y ordenó
preparar una habitación para alojar a la muchacha.
La desconocida se puso en pie y, apoyándose en el
brazo de la señora Perrodon, cruzó lentamente el puente levadizo y
entró en nuestro jardín. La camarera la acompañó inmediatamente a la
habitación que le había sido destinada.
- ¿Le agrada nuestra invitada? - pregunté a la
señora Perrodon -. Dígame qué impresión le ha causado.
- Me agrada mucho - contesto -. Creo que es la
muchacha más bonita que he visto en toda mi vida. Tiene
aproximadamente la edad de usted y es verdaderamente encantadora.
- ¿No se han dado cuenta de que en el carruaje
había otra persona? - intervino la señorita Lafontaine-. Una mujer
que ni siquiera ha asomado la cabeza.
No, no la habíamos visto. La señorita Lafontaine
nos describió a un extraño personaje, vestido de negro, con un
turbante rojo en la cabeza, que miraba continuamente por la
ventanilla, haciendo gestos y muecas de desprecio en dirección a las
dos mujeres. Tenía unos ojos saltones y sus dientes salientes
parecían los de una arpía.
- ¿Han notado ustedes el desagradable aspecto que
tenían los sirvientes? -preguntó a su vez la señora Perrodon.
- Sí - convino mi padre -, parecían mastines.
Nunca había visto tipos como ésos. Espero que cuando crucen el
bosque no desvalijen a la señora. Pero, deben ser unos bribones muy
hábiles. Lo han arreglado todo en un momento.
-- Quizás estaban cansados del largo viaje - dijo
la señora Perrodon -. Además de su aspecto poco recomendable, tenían
la cara demacrada y parecían estar furiosos. Debo confesar que han
despertado mi curiosidad, pero confío en que la muchacha nos lo
explicará todo mañana, cuando se encuentre mejor.
- No creo que lo haga - dijo mi padre con una
sonrisa ambigua, como si supiera más de lo que decía.
Esto excitó mi curiosidad por saber lo que la
señora vestida de negro le había dicho a mi padre en el curso de la
breve conversación que sostuvieron. Apenas me quedé a solas con él
intenté sonsacarle. Mi padre no se hizo rogar.
- No hay ningún motivo para que te lo oculte. La
señora me dijo que temía dejarnos a su hija, porque se trata de una
muchacha de salud delicada y tiene los nervios alterados, aunque no
padece ataques ni alucinaciones.
- ¿No te parece algo raro que te dijera esto? No
tenía ninguna necesidad de aclarar ese extremo...
- De todos modos, eso es lo que me dijo - me
interrumpió mi padre -. Me explicó que está efectuando un largo
viaje, de vital importancia para ella. Está obligada a viajar con la
mayor rapidez y discreción posibles. Dentro de tres meses vendrá a
recoger a su hija. Entretanto, no debe decir nada acerca de su
personalidad y del lugar a donde se dirige. Al pronunciar la palabra discreción , la ha subrayado
con una pausa, mirándome a los ojos con cierta dureza. Creo que es
importante. ¿Has visto la rapidez con que se ha marchado? Espero no
haber cometido una tontería al hacerme cargo de esa muchacha.
Capitulo 3
Aunque el médico no llegó hasta la una de la madrugada, no pude irme
a la cama. Cuando el doctor regresó al salón, su informe fue muy
optimista. La paciente se había levantado y su pulsación era
regular. No tenía ninguna herida y el trauma nervioso no había
dejado huella. Nada se oponía a que yo la visitara, si ella lo
consentía. En consecuencia, le envié recado por medio de la
camarera, preguntándole si podía hacerle una breve visita.
La camarera regresó inmediatamente, diciendo que
la joven se alegraría mucho con mi visita. No perdí un solo
instante.
Habíamos alojado a nuestra invitada en una de las
habitaciones más hermosas del castillo. La joven estaba recostada, a
la luz de los candelabros, en la cabecera de la cama. Su graciosa
figura aparecía envuelta en una bata de seda encarnada de flores y
orlada con una cinta de raso que su madre le había echado a los
pies, cuando aún estaba en el suelo.
Pero, apenas me acerqué a la cama para saludarla,
algo me hizo enmudecer y retroceder unos pasos.
Trataré de explicarme. El rostro que tenía ante
mí era el mismo que se me había aparecido durante aquella terrible
noche de mi infancia, el rostro que tanto me había impresionado y
sobre cuya aparición había reflexionado durante años, horrorizándome
en secreto.
Era un rostro encantador, y su expresión
conservaba la melancólica dulzura que tenía cuando lo vi por primera
vez. De repente, se iluminó con una sonrisa, como si también la
joven acabara de reconocer a una vieja amiga.
Se produjo un silencio que duró unos instantes.
Finalmente, la joven habló: yo no podía hacerlo.
- ¡Qué raro! -exclamó-. Hace unos años vi tu
rostro en sueños, y desde entonces me ha obsesionado de tal modo,
que no he podido olvidarlo.
- Sí que es curioso -dije, tratando de
sobreponerme al horror que me había impedido pronunciar una palabra
hasta aquel momento-. También yo te vi hace unos años - doce,
exactamente -, no sé si en un sueño o en la realidad. Y tampoco he
podido olvidar tu rostro desde entonces.
Su sonrisa se hizo más dulce y desapareció el
aire de curiosidad que había notado en los primeros momentos en la
joven. Me sentí más confiada, y cumplí con mis deberes de
anfitriona, dándole la bienvenida a nuestro hogar y expresándole la
satisfacción que a todos los de la casa, y especialmente a mí, nos
había producido su imprevista llegada. Mientras hablaba, le cogí la
mano. Yo era algo tímida, hecho muy comprensible si se tiene en
cuenta la soledad en que vivía, pero aquella situación especial me
hizo elocuente, casi audaz. La joven apretó súbitamente mi mano y la
estrechó entre las suyas, mirándome con sus ojos brillantes.
Sonrojándose, sonrió de nuevo y contestó a mi saludo. Aunque yo no
me había recobrado del todo de mi primera impresión, me senté a su
lado y la joven me dijo:
- Ante todo, es necesario que te cuente cómo y
dónde te ví por primera vez. Es realmente extraordinario que nos
hayamos soñado mutuamente tal como somos ahora, a pesar de que el
sueño tuvo lugar cuando éramos unas niñas. Yo no tenía más de seis
años. Desperté de repente de un sueño agitado y me pareció
encontrarme en una habitación muy distinta a mi
nursery, una estancia cuyas paredes estaban
revestidas de madera de color oscuro y que aparecía llena de camas,
sillas y otros muebles. Recuerdo que las camas estaban vacías y que
en la habitación no había nadie más que yo. Contemplé la habitación
con gran curiosidad, admirando, entre otras cosas, un gran
candelabro de hierro de dos brazos que reconocería entre mil si
volviera a verlo. Luego me subía a una de las camas para llegar
hasta la ventana, pero en aquel mismo instante oí un llanto
procedente de una de las camas. Entonces fue cuando te vi. Eras tal
como ahora te veo, una muchacha bellísima, de cabellos dorados y
enormes ojos azules. También tus labios eran los mismos. Tu modo de
mirar me conquistó inmediatamente. Salté a la cama y te abracé; creo
que nos quedamos dormidas durante un rato. Me despertó un grito: te
habías despertado y estabas chillando. Me asusté y caí al suelo,
donde perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido me hallaba de
nuevo en mi casa, en mi habitación. Nunca he podido olvidar tu
rostro. No es posible que todo aquello fuese un simple sueño.
Realmente, la muchacha que ví eres tú.
Le conté entonces mi visión, que suscitó en mi
nueva amiga una admiración que no me pareció simulada.
- No sé cuál de las dos se asustó más - dijo,
sonriendo -. Si no hubieras sido tan encantadora, creo que me habría
asustado más... ¿No te parece que lo mejor será pensar que nos
conocimos hace doce años y que, por tanto somos viejas amigas? Yo,
por lo menos, creo que desde nuestra infancia estábamos
predestinadas a serlo. Y por mi parte nunca he tenido una verdadera
amiga. ¿La encontraré ahora?
Suspiró, y me miró apasionadamente con sus
hermosos ojos negros. En realidad, aquella joven me atraía de un
modo inexplicable, pero al propio tiempo me inspiraba una
indefinible repulsión. Sin embargo, pese a lo contradictorio de mis
sentimientos, lo que predominaba era la atracción. Aquella joven
desconocida - hasta cierto punto - me interesaba y me conquistaba.
¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que noté en ella cierto
cansancio y me apresuré a desearle las buenas noches. Añadí:
- Será mejor que esta noche duerma una camarera
contigo. Fuera, en el pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy
seria y no te molestará.
- Eres muy amable - respondió la joven -, pero si
hay otra persona en mi habitación no puedo dormir. No necesito
ayuda, y quiero confesarte una pequeña debilidad mía: tengo horror a
los ladrones. En cierta ocasión, mi casa fue desvalijada y
asesinaron a dos camareras. Desde entonces tengo la costumbre de
cerrar la puerta con llave. Tendrás que disculparme, pero no puedo
evitarlo.
Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego
me susurró al oído:
- Buenas noches, querida. Me desagrada separarme
de ti, pero es hora de descansar. Hasta mañana. No pasaremos mucho
rato separadas.
Se dejó caer sobre la almohada, suspirando,
mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresión amorosa y
melancólica. Suspiró de nuevo.
- Buenas noches, amiga mía.
Los jóvenes se enamoran y encariñan al primer
impulso. Me lisonjeaba el evidente afecto que me demostraba aquella
joven, aunque me parecia que yo no habia hecho nada para merecerlo.
Me encantó la confianza que me habia demostrado desde el primer
momento. Parecia indudable que estábamos predestinadas a ser amigas
intimas.
Llegó el día siguiente, y volvimos a vernos. Su
compañia me hacía feliz por muchas razones. A la luz del dia no
había perdido su encanto. Era, sin duda, la más hermosa criatura que
jamás había visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su
aparición en el curso de mi sueño infantil se había trocado en una
placentera sensación.
La joven me confesó que también ella había
experimentado un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento
de repulsión que se mezclaba a mi simpatía. Las dos nos reimos de
nuestro asombro.
Capitulo 4
He
dicho que había en ella muchas cosas que me fascinaban, pero también
otras que me desagradaban.
Empezaré por describirla físicamente: era de
estatura mediana, delgada y de formas muy armoniosas. Aparte de que
sus movimientos eran lánguidos - verdaderamente muy lánguidos -,
nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Tenía una tez
sonrosada y luminosa, y sus facciones eran pequeñas y correctas. Sus
ojos eran negros y brillantes, sus cabellos realmente espléndidos:
no he visto nunca una cabellera tan larga y sedosa como la suya
cuando la soltaba sobre sus hombros. A menudo sumergía mi mano entre
sus cabellos y reía tontamente ante lo insólito de su peso. Eran
unos cabellos mórbidos y vivos, de color castaño oscuro con reflejos
dorados. Me gustaba sentirlos en mi mano y luego soltarlos mientras
mi amiga, sentada en un sillón, hablaba sin cesar. Me gustaba
retorcerlos, entrelazarlos, jugar con ellos. ¡Cielo santo! Si lo
hubiese sabido todo!
He señalado que algunas de sus particularidades
no me convencían. He dicho que la confianza que me había otorgado
desde el primer momento me había conquistado. No obstante, todo
cuanto hacía referencia a ella misma, a su madre o a cualquier
aspecto de su vida particular o familiar, despertaba en la joven una
extraña reticencia. Desde luego, no era razonable por mi parte
insistir en esos aspectos, y tal vez no me portaba bien. Mi
obligación era la de respetar la solemne orden dada a mi padre por
la señora vestida de negro. Pero la curiosidad es un sentimiento que
carece de escrúpulos, y ninguna muchacha soporta de buen grado verse
desilusionada por lo que le interesa: ¿Qué podía haber de malo en el
hecho de que mi amiga me contara lo que tan ardientemente deseaba
saber? ¿Acaso no tenía confianza en mi sentido del honor? ¿Por qué
no me creía cuando le aseguraba que jamás divulgaría una sola
palabra de lo que me dijera?
Su persistente negativa, acompañada siempre de
una sonrisa, me parecía una actitud totalmente en desacuerdo con su
edad. No puedo decir que el hecho fuera motivo de discusiones entre
nosotras, porque resultaba imposible enfadarse con la joven. Tal vez
lo inconveniente, e incluso descortés, fuera mi insistencia, pero me
sentía realmente acuciada por Ia curiosidad.
Sus explicaciones no me aclaraban nada, o por lo
menos eso creía yo. Pueden resumirse en tres vagas revelaciones.
La primera era su nombre: Carmilla.
La segunda, que los miembros de su familia eran
nobles o intelectuales.
Y la tercera, que su casa estaba situada al
occidente de la nuestra.
No me dijo su apellido, ni sus títulos
nobiliarios, ni el nombre de sus propiedades, ni siquiera la región
donde vivía. Y no es que yo la atosigara continuamente con mis
preguntas: me limitaba, simplemente, a intercalarlas siempre que la
ocasión era propicia. Prefería las fórmulas indirectas. Una o dos
veces, en realidad, la ataqué frontalmente. Pero, cualquiera que
fuese la táctica que empleaba, el resultado era siempre el mismo: un
rotundo fracaso. Los reproches y las caricias no servían de nada,
aunque debo confesar que sabía eludir las preguntas con una evidente
destreza, y que parecía francamente disgustada por no poder
satisfacer mi curiosidad. Siempre que se planteaba una de estas
situaciones, me echaba los brazos al cuello, me estrechaba contra su
pecho y apoyaba su mejilla en la mia, murmurándome al oído:
- Querida, sé que tu corazón se siente herido. No
me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que
constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está herido, el
mío sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu
exuberante vida, y tú morirás, morirás dulcemente por la mía. Es
algo inevitable. Y así como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te
acercarás a otros y aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una
forma del amor. No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero
ten confianza con todo tu amor.
Y después de haber hablado con una voz suave,
queda, me estrechaba entre sus brazos, y sus labios, besándome
tiernamente, me inflamaban las mejillas.
Aquella excitación y aquel lenguaje me resultaban
incomprensibles. Intentaba eludir sus abrazos, no demasiado
frecuentes, pero me faltaban energias. Sus palabras resonaban en mis
oídos como una canción de cuna y domeñaban mi resistencia
sumergiéndome en una especie de sopor, del cual sólo despertaba
cuando me libraba de sus brazos. Aquellas incomprensibles
expansiones no me gustaban. Experimentaba una extraña y tumultuosa
sensación que, si bien en cierto sentido me resultaba agradable, me
inundaba al mismo tiempo de temor y de repulsión. Siempre que tenía
lugar una de esas escenas me sentía sumamente turbada, y, al tiempo
que aumentaba el placer que me producía, aumentaba también mi
repugnancia.
Sé que lo que acabo de explicar podrá parecer
paradójico, pero no puedo expresar de otra forma Io que sentía.
Han transcurrido diez años desde que tuvieron
lugar aquellos hechos, y la mano me tiembla aún al escribir acerca
de la situación en que inconscientemente me vi envuelta.
A veces, después de un largo período de
indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente Ia
mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos
ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de
un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba
evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía
entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios
ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro
apenas audible, me decía:
- Serás mía.., debes ser mía... Tú y yo debemos
ser una sola cosa, y para siempre.
Después se echaba hacia atrás, apoyándose en el
respaldo del sillón, cubriéndose los ojos con las manos; y yo me
sentía trastornada en lo más profundo de mi ser.
- ¿Qué quieres decir con tus palabras? -
intentaba saber-. ¿Te recuerdo acaso a alguna persona a la que
amaste mucho? No me gusta que me hables así. Cuando lo haces no
pareces la misma. Y tampoco yo me reconozco a mí misma cuando me
miras y me hablas de este modo.
No hallaba una explicación satisfactoria a
aquellas efusiones. Sin embargo, no parecían afectadas, ni falsas.
Indudablemente, se trataba de una explosión espontánea de un
instinto o sentimiento reprimido.
¿Acaso Carmilla sufría alucinaciones? ¿Estaría
loca, a pesar de lo que afirmó su madre antes de marcharse? ¿O se
trataba, simplemente, de una argucia romántica? En más de una
ocasión había leído la historia de un joven que se introducía en
casa de su amada vestido de mujer y con la ayuda de una
aventurera... ¿Sería éste el caso? La hipótesis lisonjeaba mi
vanidad, pero no tenía la menor consistencia. Durante largos
períodos de tiempo, yo no representaba absolutamente nada para
Carmilla, la cual se limitaba a dirigirme alguna mirada ardiente,
eso sí. Y aparte de aquellos fugaces momentos de excitación, sus
modales eran absolutamente femeninos. Sus costumbres, por otra
parte, eran bastante raras. Generalmente, se levantaba muy tarde,
nunca antes del mediodía. Entonces tomaba únicamente una taza de
chocolate, muy caliente. A continuación paseábamos juntas un rato,
muy corto, ya que no tardaba en sentirse fatigada; regresábamos al
castillo o nos sentábamos en un banco, debajo de los árboles. Lo más
curioso era que su languidez física no iba nunca acompañada de
postración mental. Su conversación era siempre chispeante y vivaz.
De cuando en cuando hacía alguna vaga alusión a
su hogar, a su infancia o a algún recuerdo de su existencia, y a
través de sus palabras se adivinaba que sus hábitos y costumbres
eran muy dispares a los nuestros. De esas ocasionales alusiones
llegué a colegir que su país natal estaba mucho más lejos de lo que
había creído al principio.
Una tarde en que nos hallábamos sentadas bajo los
árboles, desfiló ante nosotros un cortejo fúnebre. Se trataba del
entierro de una muchacha muy bonita y a la cual yo conocía porque
era hija del guarda forestal. El pobre hombre marchaba detrás del
féretro que contenía los restos de su querida y única hija y parecía
tener el corazón destrozado. Le seguían algunos aldeanos, cantando
un himno funerario.
Cuando el cortejo pasó delante nuestro me puse en
pie en señal de respeto, y uní mi voz a las suyas. Mi amiga me tiró
rudamente del vestido y yo me volví, sorprendida. En tono irritado,
me dijo:
-¿Es que no te das cuenta de lo desafinado de sus
voces?
- Pues a mí me parece un canto muy dulce-
respondí, molesta por aquella intempestiva intromisión, y porque
temía que los acompañantes del entierro observaran nuestra
discusión.
El canto continuó.
-¡Me destrozan los tímpanos!- exclamó Carmilla en
tono rabioso, tapándose los oídos con las manos -. Detesto los
entierros y los funerales. iCuántas cosas inútiles! Porque tú has de
morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho
más felices. ¡Regresemos a casa!
- Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo
sabías?
-No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el
muerto - replicó mientras sus ojos centelleaban.
- Se trata de aquella muchacha que hace unos
quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido
empeorando, y ayer por la mañana falleció.
- No me hables de fantasmas: esta noche no podría
dormir.
- Espero que no haya una epidemia por estos
alrededores. Existen algunos síntomas - continué -. La mujer del
pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una
extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla.
Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de
fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día
anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente
y al cabo de una semana falleció.
- Bien, supongo que ya habrán terminado con los
cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados de nuevo.
Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca.
Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte...
Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se
sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo,
que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y
apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus
energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque.
Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó
paulatinamente, superada la crisis de histerismo.
- Esto sucede cuando se agobia a la gente con
himnos funerarios - dijo -. No me sueltes, me siento ya mucho mejor.
Tal vez para desvanecer la profunda impresión que
me había producido el verla sumida en aquella crisis, mientras
regresábamos a casa se mostró muy animada y parlanchina.
Aquello pasó como una nube de verano. Pero aún
tuve ocasión de asistir a una nueva explosión de cólera de Carmilla.
Cierto día estábamos contemplando el paisaje
desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando vimos a un
vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encaminándose hacia el
patio del castillo. Le conocía perfectamente. Cada seis meses venía
al castillo.
Era un jorobado, y su rostro tenía la expresión
mordaz que suele verse en los hombres que son víctimas de una
deformidad física. Llevaba una barbita oscura y puntiaguda y al
sonreír abría la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes
blanquísimos. Vestía con una zamarra de piel de búfalo, adornada con
numerosas cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna
y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas
guardaba una salamandra, y en la otra una mandrágora. Llevaba
también un violín, una caja de amuletos contra el mal de ojo y
varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bastón de
madera negra, con una contera de cobre. Iba acompañado de un perro
esquelético que le seguía fielmente a todas partes. Pero el animal
se detuvo en medio del puente levadizo, erizó el pelo y prorrumpió
en lúgubres aullidos, negándose a avanzar.
Entretanto, el vagabundo había llegado al centro
del patio y, quitándose el grotesco sombrero, se inclinó en una
cómica reverencia. Luego empuñó el violín y empezó a tocar una
alegre melodía, acompañándola con un canto tan desafinado y unos
pasos de danza tan cómicos, que me eché a reír a pesar de lo mucho
que me habían impresionado los siniestros aullidos del perro.
- ¿Desean las señoritas comprar un amuleto contra
el vampiro, que según he oído decir merodea por estos alrededores
como un lobo? -dijo el vagabundo, dejando caer el sombrero al
suelo-. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no
falla; sólo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se
presenta puede uno reírse de él en sus propias barbas.
Los amuletos consistían en unas cintas de papel
transe, con cifras y dibujos cabalísticos.
Inopinadamente, Carmilla compró un talismán y yo
la imité. El vagabundo nos observaba y nosotras sonreíamos
divertidas; al menos yo. Pero, de repente, mientras nos miraba, los
ojos del vagabundo - unos avispados ojos azules - parecieron
descubrir algo que por un instante atrajo su atención.
Inmediatamente sacó un estuche de cuero repleto de toda clase de
pequeños instrumentos de acero.
- Mire, señorita - me dijo, mostrándome el
estuche -, además de algunas actividades menos útiles, practico la
de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras
de aullar, la señorita no oirá lo que le digo. Como le iba diciendo,
soy dentista, y su amiga tiene los dientes más afilados que he visto
en mi vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un
alfiler. Sí, los he visto perfectamente; son unos dientes
peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aquí estoy con mi lima, mi
punzón y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y bonitos. Si la
señorita consiente, en vez de dientes de pez tendrá una dentadura
digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la señorita? ¿He sido demasiado
atrevido? ¿La he ofendido?
Carmilla, en efecto, le miraba con una expresión
de odio. Se apartó de la ventana, acusándome:
- ¿Y permites que ese charlatán me insulte de ese
modo? ¿Dónde está tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo.
Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego
vivo.
Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al
hombre que la había insultado, su cólera desapareció tan rápidamente
como había surgido; al cabo de unos instantes había olvidado ya al
jorobado y sus extravagantes palabras.
Aquella misma tarde, mi padre llegó muy excitado.
Nos contó que se había presentado otro caso parecido a los
anteriores y de los cuales ya he hablado. La hermana de un colono de
nuestra finca, que vivía a una milla de distancia de nuestro
castillo, había enfermado repentinamente. Decía que había sido
atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero
inexorablemente.
- En rigor - dijo mi padre -, todo esto puede ser
atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con
narraciones inverosímiles, y de este modo provocan sus
alucinaciones.
- No deja de ser una cosa terrible -observó
Carmilla.
- Desde luego - asintió mi padre. - Me asusta
pensar que puedo ser víctima de una alucinación semejante. Aunque
sólo fuera una alucinación, ha de ser tan horrible como si se
tratara de un hecho real.
- Estamos en las manos de Dios - afirmó mi padre
-. Nada puede ocurrir sin su consentimiento, y todo terminará bien
para aquellos que le aman. Es nuestro Creador. El nos ha hecho y
cuidará de nosotros.
- Yo creo - replicó Carmilla - que todas las
cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad
que se propaga por la comarca es también cosa de la naturaleza. ¿No
le parece?
- Hoy vendrá el médico - dijo mi padre, eludiendo
contestar a la pregunta de la muchacha -. Me gustará saber qué opina
el doctor de este fenómeno, y qué nos aconseja.
- Los médicos nunca me han servido para nada -
replicó Carmilla.
- ¿Has estado enferma? - le pregunté.
- Más enferma de lo que tú hayas estado jamás.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Sí, mucho: lo he olvidado todo, excepto el
dolor y la debilidad.
- Entonces, serías muy joven...
- Creo que sí. Pero, no hablemos más de esto. No
quieras hacer sufrir a tu amiga.
Me miró lánguidamente a los ojos y, cogiéndome
del talle, me sacó de la habitación.
- ¿Por qué se divierte tanto tu padre
asustándome?- me preguntó, una vez estuvimos fuera, temblando
ligeramente.
- No lo creas, querida, no es ésa su intención.
- Y tú, ¿estás asustada?
- Lo estaría si pensara que también nosotras
corremos el mismo peligro que esa pobre gente.
- ¿Te asusta la idea de la muerte?
- Desde luego, a todo el mundo le asusta esa
idea.
- ¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir
mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos.., y de este modo
pueden vivir juntos para siempre... Las muchachas no son más que
orugas y sólo se transforman en mariposas cuando llega el verano.
Entretanto, son crisálidas y larvas, cada una con sus formas e
inclinaciones particulares. Hay un cierto señor Buffon que así lo
cuenta.
Por la noche vino el médico y se encerró con mi
padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un
médico con mucha experiencia, de unos sesenta años. Su rasurado
rostro aparecía tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando
salían del despacho, oí que mi padre decía, riendo:
- Me admira oír esas palabras en boca de un
hombre tan sensato como usted. ¿Qué opina, entonces, de los
hipógrifos y de los dragones?
También el médico se reía, sacudiendo la cabeza.
- En todo caso, la vida y la muerte han sido
siempre un misterio y sabemos muy poco acerca de lo que puede
suceder.
Se alejaron charlando y yo no pude oír nada más.
En aquel momento ignoraba cuáles habían sido las hipótesis
aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.
Capitulo 5
Una
tarde llegó de Gratz el hijo del restaurador de cuadros,
transportando en su carro dos grandes cajas llenas de cuadros. Su
llegada constituyó un verdadero acontecimiento. Las cajas quedaron
en el atrio; los criados se encargaron del joven y lo acompañaron a
la cocina para que le dieran de cenar. Luego se unió a nosotros en
el atrio grande, donde nos habíamos reunido previamente para abrir
las cajas.
Carmilla estaba sentada y miraba distraídamente
los viejos cuadros, casi todos retratos, que habían sido enviados a
restaurar. Mi madre pertenecía a una antigua familia húngara, y la
mayor parte de los cuadros procedían de mi familia materna. Mi padre
iba leyendo en una lista los títulos de los cuadros, y el artesano
los iba sacando de las cajas. Ignoro el valor que podían tener,
aunque eran antiguos y algunos muy curiosos. Yo los veía por primera
vez en mi vida, ya que la humedad y el polvo habían ocultado las
telas durante mucho tiempo.
- No había visto nunca este cuadro - comentó mi
padre, señalando la tela que el restaurador tenía en la mano-. Aquí,
en un ángulo, figura el nombre, que pude descifrar antes de enviarlo
al restaurador: Marcia Karstein. Lleva la fecha de 1768. Será
interesante ver lo que ha surgido ahora...
Me acordé de aquel cuadro. Se trataba de una
pequeña tela, sin marco, de forma cuadrangular y tan ennegrecida por
el paso del tiempo que jamás pudimos contemplar a aquella Marcia
Karstein, si es que en realidad se trataba de su retrato.
El restaurador exhibió la tela con evidente
orgullo. Era una joven de rostro hermosísimo, y quedé asombrada por
la viveza de su expresión. Pero lo que más me asombró fue su
extraordinario parecido con Carmilla.
- ¿Te das cuenta, querida? - le pregunté -. Esto
es un verdadero milagro. Eres tú misma, viva y sonriendo. Sólo le
falta hablar. ¿No te parece extraordinario? ¡Mira, papá! Tiene
también un pequeño lunar en la garganta...
Mi padre esbozó una sonrisa y dijo:
- Realmente, es de un parecido extraordinario.
Pero, ante mi sorpresa, no prestó mayor atención
al hecho y continuó su tarea con el restaurador. Por mi parte,
sentía aumentar mi admiración a medida que contemplaba el retrato.
- ¿Me permites que lo cuelgue en mi habitación,
papá? - le pedí a mi padre.
- Desde luego, querida - dijo -. Me alegra que te
guste. Debe ser más hermoso de lo que yo creía, si es que se parece
tanto a tu amiga.
Carmilla no pareció haber oído el cumplido.
Estaba retrepada en un sillón y me contemplaba fijamente con sus
hermosos ojos, con la boca ligeramente entreabierta y sonriendo como
en éxtasis.
- Ahora sí que puede leerse bien el nombre - dije
-. No es Marcia. Parece escrito con letras de oro. El nombre es
Mircalla, condesa de Karstein. Encima del nombre hay una pequeña
corona, y debajo una inscripción: Anno Domini
1698 . Yo desciendo de los Karstein.
- iAh! - exclamó lánguidamente Carmilla -.
También yo creo que soy una descendiente lejana de esa familia.
¿Viven aún algunos de sus miembros?
- No creo que exista nadie que lleve el apellido.
La familla quedó extinguida a raíz de la guerra civil, hace
muchísimo tiempo. Las ruinas del castillo se encuentran a sólo unas
leguas de aquí.
- Muy interesante - murmuró distraídamente
Carmilla -. Pero, mira qué hermoso claro de luna tenemos hoy. Miró a
través de la entornada puerta. ¿Y si fuésemos a dar un paseo?
- Esta noche me recuerda la de tu llegada - dije.
Carmilla suspiró, esbozando una sonrisa.
Se puso en pie y salimos al patio cogidas por la
cintura. Anduvimos lentamente y en silencio hasta el puente
levadizo. Ante nuestros ojos se extendía una hermosa llanura, bañada
por la luz de la luna.
- ¿De modo que recuerdas aún el día de mi
llegada? - me susurró Carmilla al oído-. ¿Te alegra tenerme aquí?
- Soy muy feliz, querida Carmilla - respondí.
- Y has pedido que te dejaran colgar aquel cuadro
en tu habitación - murmuró mi amiga, con un suspiro. Luego me apretó
más estrechamente con el brazo que ceñía mi talle y apoyó su cabeza
en mi hombro.
- ¡Qué romántica eres, Carmilla! - exclamé.
Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será
como si me leyerás una novela de amor.
Me besó silenciosamente.
- Estoy convencida, Carmilla, de que has estado
enamorada - proseguí -. Y me atrevería a afirmar que sigues
preocupada por algún asunto amoroso.
- Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré -
afirmó Carmilla -. A no ser que me enamore de ti...
A la luz de la luna, aparecía más hermosa que
nunca. Tras dirigirme una extraña y tímida mirada, ocultó la cara en
mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parecía a
punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su
mórbida mejilla quemaba contra la mía. Murmuró:
- ¡Querida! Yo vivo en ti, y tú morirás en mí.
¡Te quiero tanto!
Me separé de ella. Carmilla me miraba ahora con
unos ojos de los que habían desaparecido el fuego y la vida. Y como
si saliera de un sueño, añadió:
- Regresemos. Vámonos a casa.
- Me parece que estás enferma, Carmilla; deberías
tomar un vasito de vino - le dije.
- Sí, creo que sí. Ahora me encuentro mucho
mejor. Dentro de unos minutos estaré completamente bien. Sí, tomaré
un vaso de vino. Y, acercándose a la puerta, añadió: Déjame mirar un
instante; quizá sea la última vez que veo la luna contigo.
- ¿De veras te sientes mejor, Carmilla? -
pregunté.
Por un instante, temí que se hubiera contagiado
de aquella extraña epidemia que azotaba la comarca.
- Papá se apenaría mucho si supiera que te
encuentras mal y no lo dices. Nuestro médico es un hombre muy
inteligente.
- Todos sois excesivamente buenos conmigo. Pero
lo que yo tengo no es cosa de médicos. No estoy enferma, sino
solamente un poco débil. El menor esfuerzo me deja agotada. Pero me
recobro muy fácilmente. ¿Ves? Ya estoy bien.
Así lo parecía. Seguimos charlando durante un
rato, y Carmilla se mostró muy animada. El resto de aquella tarde
transcurrió sin que se produjera ninguna recaída en lo que yo
llamaba su exaltación.
Las ardientes miradas de Carmilla, su modo
absurdo de expresarse, me asustaban a veces, lo confieso.
Pero aquella noche ocurrió algo que debía
provocar un cambio radical en el curso de mis pensamientos.
Acompañé a Carmilla a su habitación, como de
costumbre, y me quedé charlando con ella mientras se preparaba para
acostarse.
- Creo que llegará un día - dije - en que tendrás
una absoluta confianza en mí.
Se volvió, sonriente, pero no contestó.
- No contestas - le dije -, porque no puedes
darme una respuesta satisfactoria, ¿verdad? No debería habértelo
sugerido...
- Tienes perfecto derecho a hacerlo - replicó
Carmilla-. Te quiero mucho, y te considero merecedora de recibir
todas mis confidencias, puedes creerlo. Pero estoy atada a una
promesa, más atada que una religiosa a sus votos, y no puedo hablar
de mí, ni siquiera contigo. Pero se acerca el momento en que lo
sabrás todo. Me juzgarás cruel y egoísta, muy egoísta, pero recuerda
que el amor es siempre así. Cuanto más intensa es la pasión, más
egoísta resulta. No puedes imaginarte lo celosa que estoy de ti. Tú
has de venir conmigo; has de quererme hasta la muerte. O puede que
me odies, da lo mismo. Pero ven conmigo y ódiame a través de la
muerte y del más allá. En mi vocabulario no existe la palabra
indiferencia.
- Ya estás otra vez diciendo cosas que no tienen
sentido - objeté.
- Soy extravagante, tonta y caprichosa. Pero
tranquilízate: en adelante hablaré cuerdamente. ¿Has bailado alguna
vez?.
- No. Debe ser encantador, ¿verdad?
- Casi lo he olvidado. Hace tantos años...
Me eché a reír.
- No eres tan vieja como todo eso... No puedes
haber olvidado aún tu primer baile.
- Sólo haciendo un gran esfuerzo puedo
recordarlo. Lo veo todo a través de algo que se interpone entre el
recuerdo y yo, como una cortina tupida y, al mismo tiempo, transe.
Aquella noche estaba como muerta en mi cama. Me hirieron aquí - se
tocó el pecho - y nunca he vuelto a ser la misma.
- ¿Has estado a punto de morir?
- Sí. Un amor cruel, un amor caprichoso había
invadido mi vida. El amor exige sacrificios, y en los sacrificios
corre la sangre. Ahora deja que me abandone al sueño. Estoy muy
cansada. ¿Cómo podré levantarme a cerrar la puerta con llave?
Le di las buenas noches y salí de la estancia con
una sensación de inquietud.
Los delirios de las personas nerviosas son
contagiosos, y casi siempre acaban por ser imitadas por los que
tienen un temperamento afin. También yo había adoptado las
costumbres de Carmilla; cerraba con llave la puerta de mi
habitación, sugestionada por su fantástico miedo a unos hipotéticos
agresores nocturnos, asesinos o ladrones. También, como Carmilla,
inspeccionaba minuciosamente mi habitación cada noche, antes de
acostarme, para asegurarme de que no había nadie escondido en ella.
Después de tomar todas aquellas prudentes
medidas, me acosté y me quedé dormida casi inmediatamente. Tenía una
luz encendida en mi habitación. Era una antigua costumbre, de cuya
inutilidad nadie había podido convencerme. Sólo así podía descansar
tranquila. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan
las habitaciones vacías y oscurecen las iluminadas, y los personajes
que intervienen en el sueño entran y salen a placer, burlándose de
los cerrojos.
Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo
de una extraña angustia. No podría llamarlo una obsesión, porque
tenía la certeza de que estaba dormida, de que me hallaba en mi
habitación y yacía en mi cama. Vi, o creí ver, la habitación con sus
muebles de siempre, pero más a oscuras; a los pies de mi cama se
movía algo escurridizo, que no pude distinguir claramente. De
repente, me di cuenta de que se trataba de un animal grande y negro,
como cubierto de hollín. Parecía un monstruoso gato. Tendría
aproximadamente un metro y medio de longitud, y lo deduje porque
cuando se paseaba al pie de la cama ocupaba toda su anchura. Se
paseaba como una fiera enjaulada. Me sentí tan aterrorizada, que no
tenía fuerzas ni para gritar. Los pasos del animal eran cada vez más
rápidos, y la habitación se oscurecía por momentos. Noté que algo se
encaramaba a mi cama. Unos ojos enormes se acercaron a Ios míos y de
pronto sentí un penetrante dolor en el pecho, como si me hubiesen
clavado dos alfileres. Me desperté con un grito. La habitación
estaba iluminada por la luz que dejaba encendida cada noche, y a Ios
pies de mi cama había una figura femenina vestida de negro y con la
cabellera caída en cascada sobre los hombros. Estaba inmóvil como
una estatua. No se oía ningún rumor, ni siquiera el de su
respiración. La miré, y la figura pareció moverse; se deslizó hasta
la puerta, que estaba abierta, y desapareció. Inmediatamente, me
sentí como liberada de un gran peso y pude moverme y respirar. Mi
primer pensamiento fue que Carmilla había querido gastarme una broma
y que yo me había olvidado de cerrar la puerta. Pero me levanté y la
encontré cerrada por dentro, como siempre. La idea de abrirla me
aterrorizaba. Volví a acostarme y escondí la cabeza debajo de las
sábanas, más muerta que viva.
Al día siguiente no quise quedarme sola ni un
momento. Debí de habérselo contado todo a mi padre, pero no lo hice
por dos motivos opuestos. Primero, porque temí que se burlase de mi
historia y me dolían sus burlas; y, segundo, porque temí que creyese
que también yo era víctima de aquella misteriosa enfermedad que se
propagaba por la comarca. Mi padre tenía el corazón débil y no
quería asustarlo.
Pero se lo conté todo a la señora Perrodon y a la
señorita Lafontaine. Las dos se dieron cuenta de que me hallaba en
un estado de anormal excitación. La señorita Lafontaine se echó a
reír, pero vi que la señora Perrodon me miraba preocupada.
- A propósito - dijo la señorita Lafontaine,
riendo -, en el camino de los tilos, detrás de la habitación de la
señorita Carmilla, hay fantasmas.
- ¡Tonterías! -exclamó la señora Perrodon, la
cual debió encontrar inoportuna aquella asociación de ideas -.
¿Quién le ha contado esa historia, querida?
- Martin dice que ha ido dos veces a reparar la
vieja balaustrada antes del amanecer, y siempre ha visto la misma
figura de mujer andando por el camino de los tilos.
- No le diga nada a Carmilla - supliqué -. Su
ventana da al camino, y es una muchacha más impresionable aún que
yo.
Aquel día, Carmilla se levantó más tarde que de
costumbre.
- Esta noche me he asustado mucho - dijo -. Estoy
segura de haber visto algo horrible. Menos mal que tenía el amuleto
que le compré al pobre jorobado. ¡Y pensar que lo traté tan mal! He
soñado que una cosa negra se acercaba a mi cama, y me he despertado
aterrorizada. Durante unos segundos, he visto realmente una figura
negra al lado de la chimenea, pero he tocado el amuleto que guardo
debajo de la almohada y la figura ha desaparecido. Estoy convencida
de que, si se hubiese acercado más, habría terminado degollada como
aquellas pobres mujeres...
- Bien, escucha lo que voy a contarte...
Le conté mi aventura nocturna. Pareció asustarse.
- ¿Y tenías el amuleto contigo? - me preguntó.
- No. Lo metí en un jarrón de porcelana del
salón, pero esta noche me lo llevaré a la cama, ya que tú crees
tanto en su eficacia.
Capitulo 6
Después
de tanto tiempo, no acierto a comprender cómo pude dominar mi terror
y dormir sola en mi habitación aquella noche. Recuerdo perfectamente
que puse el amuleto debajo de mi almohada y que me quedé casi
inmediatamente dormida, con un sueño mucho más profundo que la noche
anterior.
También la noche siguiente fue tranquila. Dormí
profundamente y sin sueños, pero me desperté cansada y melancólica;
aunque no puedo decir que fuese una sensación desagradable.
- También yo he pasado una noche magnífica - me
dijo Carmilla por la mañana-. He cosido el amuleto a mi camisón. La
noche anterior lo tenía demasiado lejos. Estoy segura de que todo es
pura imaginación. Creía que los sueños eran engendrados en nosotros
por el espíritu del mal, pero el médico me dijo que no es cierto. Se
trata de una fiebre o una enfermedad que llama a la puerta, y al no
poder pasar deja aquella señal de alarma.
- ¿Y por qué crees en la eficacia del amuleto?
- Supongo que está empapado en alguna droga que
sirve de antídoto contra la malaria.
- Pero, ¿actúa solamente sobre el cuerpo?
- Desde luego. ¿Crees que los espíritus maléficos
se asustarían de unas cintas de colores o de un poco de perfume
barato? No, seguro que no. Esos males flotan en el aire, atacan
primero a los nervios y luego infectan el cerebro, pero antes de que
puedan instalarse definitivamente, el antídoto entra en acción y los
destruye. Estoy convencida de que ése ha sido el efecto del amuleto.
No se trata de magia, sino de un remedio natural.
Durante algunas noches más dormí perfectamente.
Pero cada mañana sentía el mismo cansancio, y todo el día estaba
dominada por la misma sensación de languidez. Me parecía haber
cambiado. Una extraña melancolía se apoderaba de mí. La idea de la
muerte se abría camino en mi mente. El estado en que me hallaba
sumida era triste, pero también dulce. Y de todos modos, fuera lo
que fuese, mi alma lo aceptaba. No quería admitir que estaba
enferma, ni decírselo a mi padre; ni llamar al médico.
Durante aquellos días, Carmilla me prodigó sus
atenciones mucho más que antes y sus momentos de exaltación fueron
también más frecuentes.
Sin darme cuenta la enfermedad se había apoderado
de mí, la enfermedad más extraña que jamás haya afectado a un ser
mortal. Me acostumbraba cada vez más a la sensación de impotencia
que invadía todo mi ser. La primera transformación que descubrí en
mí era casi placentera; algo parecido a la curva que inicia el
descenso al infierno. Mientras dormía experimentaba una vaga y
curiosa sensación. Generalmente era un súbito temblor, agradable,
helado, como el que se experimenta cuando uno se baña en un río y
nada contra la corriente. Una serie de sueños que parecían
interminables seguían al temblor, pero eran sueños tan confusos que
nunca conseguía recordar, después, ni el escenario, ni los
personajes, ni sus actos. Me dejaban una sensación de terror y de
cansancio, como si acabara de realizar un gran esfuerzo mental o de
correr un grave peligro. Los únicos recuerdos que me quedaban de
todos esos sueños eran la sensación de haber permanecido en un lugar
tenebroso, la de haber conversado con gente a la que no podía ver y
el eco de una voz femenina tan profunda que parecía hablarme desde
muy lejos: una voz que me intimidaba y me sojuzgaba siempre. A veces
sentía el roce de una mano que me acariciaba las mejillas; otras, la
presión de unos labios ardientes que me besaban, más apasionadamente
a medida que los besos descendían hacia mi garganta. Allí sentía el
último beso. Mi corazón latía más de prisa, mi respiración se hacía
más entrecortada. Luego experimentaba una sensación de ahogo y, en
medio de una terrible convulsión, perdía la consciencia.
Estos terribles hechos me sucedían ahora tres
veces a la semana y dejaban en mí una profunda huella. Estaba
pálida, el círculo morado que rodeaba mis ojos era cada vez más
visible y mi languidez aumentaba día a día.
Mi padre me preguntaba frecuentemente si me
encontraba mal, pero con una obstinación que ahora me parece
inexplicable, le aseguraba una y otra vez que estaba perfectamente
bien. En cierto sentido, era verdad. No sentía dolor alguno ni podía
quejarme de ningún malestar físico. Mi dolencia me parecía
imaginaria y, por penosos que fueran mis sufrimientos, los cultivaba
amorosamente y en secreto.
Carmilla se quejaba de sueños y de sensaciones
febriles parecidas a las mías, aunque menos alarmantes. Si hubiera
sido capaz de comprender mi situación, habría pedido ayuda y consejo
de rodillas. Pero el narcótico de una influencia insospechada obraba
en mí y mis sentidos estaban embotados.
Hablaré ahora de un sueño que me condujo a un
extraño descubrimiento.
Una noche, en vez de la solitaria voz que oía en
el vacío, oí otra voz más dulce y más tierna, y al mismo tiempo más
terrible, que decía: Tu madre te advierte que tengas cuidado con el
asesino. En el mismo instante apareció inesperadamente una luz y vi
a Carmilla de pie cerca de mi cama, embutida en su blanco camisón
completamente manchado de sangre.
Me desperté sobresaltada, convencida de que
Carmilla había sido asesinada. Salté de la cama pidiendo socorro. La
señora Perrodon y la señorita Lafontaine salieron de sus
habitaciones, alarmadísimas, y encendieron una lámpara del rellano
de !a escalera. Les conté lo que me había sucedido e insistí en ver
a Carmilla. Acudimos a su dormitorio y la llamamos a través de la
puerta. No respondió, a pesar de nuestros gritos, y el hecho nos
alarmó a todas, ya que la puerta estaba cerrada por dentro.
Regresamos a mi habitación y agitamos furiosamente la campanilla que
había a la cabecera de mi cama. Si mi padre hubiese dormido en
nuestro mismo piso le hubiesemos llamado inmediatamente, pero dormía
en el piso bajo, fuera del alcance de nuestras voces, y para llegar
hasta su habitación era necesario organizar una expedición para la
cual ninguna de nosotras se sentía con fuerzas. Los criados llegaron
corriendo. Entretanto, nos habíamos puesto una bata y calzado unas
zapatillas. Volvimos a la habitación de Carmilla, y, después de
llamarla de nuevo repetidas veces, ordené a los criados que forzaran
la puerta. Una vez abierta, penetramos en el dormitorio: todo estaba
en orden, tal como lo había visto al dar las buenas noches a
Carmilla. Pero mi amiga había desaparecido.
Al ver que la única señal de desorden en la
habitación era la producida por nuestra irrupción, nos
tranquilizamos un poco y no tardamos en recobrar el buen sentido y
en despedir a los criados. La señorita Lafontaine aventuró la
opinión de que Carmilla, despertada repentinamente al sentir que
forzaban la puerta, se había asustado y se había escondido debajo de
la cama o dentro del armario: era natural que no saliera mientras el
mayordomo y los criados se hallaran en la habitación. La llamamos de
nuevo, pero no respondió. Eso aumentó nuestra perplejidad y nuestra
zozobra. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Supliqué a
Carmilla, si estaba escondida, que no prolongara por más tiempo
aquella burla y acabara con nuestra ansiedad, saliendo de su
escondite. Pero todo fue en vano. Era evidente que no estaba en el
dormitorio, ni en el tocador. Yo estaba intrigadísima. Tal vez
Carmilla había descubierto un pasadizo secreto... El viejo guarda
decía que existía uno en el castillo, pero nadie recordaba dónde,
exactamente. El misterio se aclararía, indudablemente, pero de
momento estábamos perplejas.
Eran las cuatro de la madrugada y preferí pasar
el resto de la noche en la habitación de la señora Perrodon. Pero la
luz del día no trajo la solución al enigma: Carmilla había
desaparecido. Mi padre estaba desesperado, pensando en lo que iba a
ocurrir cuando regresara la madre de la muchacha... Yo también
estaba desesperada, pero mi desesperación tenía otras causas.
Transcurrió la mañana en medio de la mayor alarma
y agitación. Se habló incluso de rastrear el río. Llegó el mediodía
y la situación no había cambiado. A eso de la una se me ocurrió
echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi
asombro no tuvo limites: ¡Carmilla estaba en su habitación,
mirándose al espejo! No podía creer en lo que estaban viendo mis
ojos. Mi amiga me llamó con un gesto. En su rostro se leía el miedo.
Corrí hacia ella, la abracé y besé repetidas veces, y luego me
precipité hacia la campanilla y la agité desesperadamente para que
acudieran todos y se tranquilizaran.
- ¡Querida Carmilla! - exclamé -. ¿Qué te ha
sucedido? ¿Dónde has estado?
- Ha sido una noche prodigiosa - me respondió -.
Después de cerrar la puerta del dormitorio, como de costumbre, me
acosté. He dormido sin interrupción y sin sueños, pero al despertar
me he encontrado sobre el diván del tocador, con su puerta abierta y
la de la habitación forzada. ¿Cómo es que no me he despertado? Tiene
que haberse producido un gran alboroto, y yo tengo el sueño muy
ligero... ¿Cómo puede ser que me haya encontrado fuera de mi cama
sin haberme enterado de nada?
Entretanto, habían llegado mi padre, la señora
Perrodon, la señorita Lafontaine y varios criados. Naturalmente,
Carmilla fue asediada a preguntas, pero su respuesta fue siempre la
misma. Mi padre daba vueltas por la habitación, sumido, al parecer,
en hondas reflexiones. Vi que Carmilla le seguía con la mirada, y en
sus ojos había una expresión preocupada. Finalmente, mi padre
despidió a los criados, se acercó a mi amiga y, cogiéndola
delicadamente por la mano, la condujo hasta el diván, donde se
sentaron.
- ¿Me permites que te haga una pregunta, querida?
- inquirió mi padre.
- Desde luego. Tiene usted perfecto derecho a
preguntar lo que quiera, siempre que no traspase los límites
impuestos por mi madre.
- Bien, querida, no hablaremos de lo que tu madre
me prohibió, sino de lo ocurrido esta noche. Te has levantado de la
cama y has salido de la habitación, sin despertarte. Y todo esto
estando puertas y ventanas cerradas por dentro. Tengo una teoría,
pero antes quiero hacerte una pregunta.
Todos conteníamos la respiración.
- La pregunta es ésta: ¿eres sonámbula?
- No, ahora no. Pero lo fui en mi infancia.
- Ya. Y, en aquella época, ¿te levantabas con
frecuencia de la cama en sueños?
- Sí. Por lo menos, así me lo decía mi niñera.
Mi padre sonrió, asintiendo.
- Lo ocurrido tiene una fácil explicación.
Carmilla es sonámbula; abre la puerta y no deja, como de costumbre,
la llave en la cerradura, sino que, siempre en sueños, cierra por la
parte de afuera y se lleva la llave. Luego recorre las veinticinco
habitaciones de este piso, y quizá también las de las otras plantas.
Esta casa está llena de escondrijos, de desvanes y de trastos
viejos. Se tardaría una semana en explorarla a fondo. ¿Entiendes lo
que quiero decir?
- Sí, pero no del todo - respondió Carmilla.
- ¿Y cómo explicas, papá, que se haya despertado
en el tocador, que yo había registrado minuciosamente?
- Carmilla regresó cuando vosotras os habíais ya
marchado. Regresó dormida, naturalmente, y al despertarse se asombró
de encontrarse allí. Ojalá todos los misterios tuvieran una
explicación tan sencilla como éste, Carmilla -añadió mi padre,
satisfecho.
En aquel momento, Carmilla estaba más hermosa que
nunca. Creo que fue entonces cuando mi padre comparó su aspecto con
el mío, porque súbitamente dijo:
- Tienes muy mal aspecto, Laura.
Capitulo 7
Como
sea que Carmilla no quería que ninguna sirvienta pasara la noche en
su habitación, mi padre ordenó que uno de los criados durmiera
delante de la puerta de su dormitorio, a fin de que la muchacha no
pudiera salir sin ser vista por nadie.
Aquella noche transcurrió tranquila, y a la
mañana siguiente, el médico, que mi padre había enviado a buscar sin
yo saberlo, vino a visitarme. La señora Perrodon me acompañó a la
biblioteca, donde me aguardaba el doctor. Le expliqué lo que me
sucedía de un tiempo a esta parte, y mientras avanzaba en mi relato
noté que su aspecto se hacía más pensativo. Nos hallábamos ante una
ventana, uno al lado del otro. Cuando terminé de hablar se apoyó en
la pared y me miró con un interés que dejaba traslucir cierto
horror. Tras meditar unos instantes, mandó llamar a mi padre. Éste
llegó sonriendo, pero su sonrisa desapareció al ver la expresión
preocupada del médico. Inmediatamente se enfrascaron en una
conversación que sostuvieron en voz baja, como si temiendo que la
señora Perrodon o yo, que nos manteníamos apartadas, pudiéramos oír
lo que hablaban. De pronto, mi padre volvió los ojos hacia mí.
Estaba pálido y parecía intensamente preocupado.
- Laura, querida, acércate.
Obedecí, sintiéndome alarmada por primera vez, ya
que a pesar de mi creciente debilidad no creía estar enferma.
- Me ha dicho usted antes que tuvo la sensación
de que le clavaban dos alfileres en el cuello, la noche en que
sufrió aquella pesadilla - me dijo el médico -. ¿Le duele aún en el
lugar donde sintió los pinchazos?
- No, en absoluto - respondí.
- ¿Puede señalarme con el dedo el punto exacto?
- Debajo mismo de la garganta, aquí - respondí.
Llevaba un vestido de cuello alto, que cubría la
parte señalada.
- ¿Quiere pedirle a su padre, por favor, que le
desabroche el cuello? Es necesario que conozca todos los síntomas.
Obedecí: el punto señalado estaba unas dos
pulgadas más abajo del cuello.
-¡Dios mío! - exclamó mi padre, palideciendo.
- ¿Se da usted cuenta? - inquirió el médico, con
expresión de triunfo.
- ¿Qué pasa? - pregunté, alarmada.
- Nada, señorita, no hay más que una pequeña
marca azulada, tan diminuta como una cabeza de alfiler - dijo el
médico. Y, volviéndose hacia mi padre, añadió: Veremos lo que se
puede hacer.
- ¿Es peligroso? - insistí, angustiada.
- No lo creo - respondió el médico -. Estoy
convencido de que mejorará rápidamente. Quisiera hablar con la
señora Perrodon -añadió, dirigiéndose a mi padre.
Mi padre llamó a la señora Perrodon.
- La señorita Laura no se encuentra tan bien como
sería de desear - le dijo el médico -. No creo que sea nada de
cuidado. Sin embargo, hay que adoptar ciertas precauciones, en
beneficio suyo. Es indispensable que no deje sola a la señorita
Laura ni un solo instante. Por ahora, es el único remedio que puedo
prescribir, pero deseo que cumpla mis instrucciones al pie de la
letra. ¿Entendido?
Mi padre salió para acompañar al médico. Les ví
cruzar el puente levadizo, absortos en una animada discusión. Luego
vi cómo el médico montaba a caballo, saludaba a mi padre y se
alejaba hacia oriente.
Casi al mismo tiempo llegó el correo de Dranfeld,
con un paquete de correspondencia para mi padre.
Capitulo 8
Media
hora después, mi padre se reunió conmigo: tenía una carta en la
mano.
- Es del general Spieldorf - dijo. Llegará
mañana, o quizás hoy mismo.
Me entregó la carta abierta, pero no parecía
satisfecho como de costumbre cuando un huésped, especialmente un
buen amigo como el general, venía a visitarnos. Parecía estar
ocultándome algo.
- Querido papá, ¿quieres explicármelo todo? - le
dije, cogiéndole del brazo y mirándole con expresión suplicante -.
¿Qué te ha dicho el médico? ¿Me ha encontrado muy enferma?
- No, querida. Dice que te repondrás pronto. -
Pero su tono era seco -. De todos modos, preferiría que nuestro
amigo el general hubiese escogido otro momento para su visita.
- Pero... dime, papá, ¿qué enfermedad tengo?
- Ninguna. No me atormentes con tus preguntas -
respondió.
Nunca había dado muestras de tanta irritación al
hablar conmigo. Después se dio cuenta de que me había lastimado, y
añadió:
- Lo sabrás todo dentro de un par de días, es
decir, sabrás lo que sé yo. Entretanto, no me hagas preguntas.
Dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero
luego, antes de que yo tuviera tiempo de detenerme a pensar en lo
raro que resultaba todo lo que estaba sucediendo, volvió sobre sus
pasos para decirme que quería ir a Karstein y que había hecho
preparar el carruaje para las doce. La señora Perrodon y yo le
acompañaríamos. Quería visitar al sacerdote que vivía en aquel
lugar, y, dado que Carmilla no le conocía, podía reunirse con
nosotros más tarde, cuando se levantara. Podía venir en compañía de
la señorita Lafontaine, la cual llevaría también lo necesario para
un almuerzo en las ruinas del castillo.
A las doce en punto nos pusimos en marcha. Pasado
el puente levadizo giramos a la derecha y tomamos el camino que
conducía al pueblo deshabitado y a las ruinas del castillo de
Karstein. Debido a lo accidentado del terreno, la carretera da
muchas vueltas y serpentea ora junto a un precipicio, ora por la
ladera de una colina, en una inagotable variedad de paisajes. En una
de las innumerables revueltas del camino nos encontramos
inesperadamente en presencia de nuestro amigo el general, que
avanzaba a caballo hacia nosotros, seguido de su criado, también a
caballo. Tras las cordiales efusiones de bienvenida, pasó a ocupar
el sitio que quedaba libre en nuestro carruaje y envió el caballo al
castillo con su criado.
Habían transcurrido solamente diez meses desde la
última vez que le habíamos visto, pero su aspecto había cambiado
como si hubiesen pasado diez años. Una expresión angustiada había
sustituido a su habitual aire de tranquila serenidad. No era sólo la
transformación que cabe esperar en una persona que ha sufrido un
gran dolor: una especie de furor apasionado parecía haber
contribuido a llevarle a la actual situación.
Apenas reemprendimos la marcha, el general
comenzó a contarnos el engaño - según su propia expresión - que
había conducido a la muerte a su joven sobrina. De repente se dejó
arrastrar por una ola de furor y de amargura, profiriendo invectivas
contra las artes diabólicas de que había sido víctima. Mi padre,
comprendiendo que debían existir motivos extraordinarios para que el
ecuánime general se expresara en aquellos términos, le pidió que nos
contara, si no le resultaba demasiado penoso, los hechos que
justificaban tan violentas expresiones.
- Con mucho gusto - replicó el general -. Pero no
van a creerlo.
- ¿Y por qué no? - inquirió mi padre.
- Porque usted, amigo mío, sólo cree en lo que
responde a sus prejuicios y a sus ilusiones. También yo era como
usted. Pero ahora he aprendido algo más.
- Póngame a prueba - insistió mi padre-. Soy
menos dogmático de lo que usted cree. Además, me consta que usted
basa siempre sus opiniones en pruebas fehacientes, y por lo tanto
estoy dispuesto a respetar sus conclusiones.
- Tiene usted razón: si he llegado a creer en la
existencia de hechos prodigiosos, no ha sido a la ligera. Y puedo
asegurarle que he sido víctima de una verdadera conspiración
sobrenatural.
Vi que mi padre, a pesar de su promesa, miraba al
general con ojos que reflejaban evidentes dudas acerca de la
capacidad intelectual de su viejo amigo. Afortunadamente, el general
no se dio cuenta. Miró con ojos impregnados de tristeza el paisaje
selvático que se extendía ante nosotros.
- ¿Van ustedes a las ruinas de Karstein? -
preguntó -. Curiosa coincidencia... Precisamente quería pedirles que
me acompañaran allí. Quiero examinarlas detenidamente. ¿Es cierto
que hay una capilla en ruinas con numerosas tumbas de aquella
extinguida familia?
- Sí, y son muy interesantes - respondió mi padre
-. ¿Se propone usted, quizá, reivindicar su propiedad?
Mi padre hizo aquella pregunta en tono de broma,
pero el general respondió completamente en serio.
- De ningún modo - exclamó secamente -. Tengo la
intención de exhumar algunos ejemplares de aquella hermosa raza.
Espero, con la ayuda de Dios, llevar a cabo un piadoso sacrilegio
que librará a la tierra de algunos monstruos y permitirá dormir
tranquilamente a personas de bien que tienen derecho a acostarse en
paz, sin que sobre sus cabezas penda la amenaza de unos malvados
asesinos.
Mi padre le miró de nuevo. Pero esta vez no había
desconfianza en su mirada, sino que trataba de ser penetrante y
perspicaz.
- La casta de los Karstein - dijo - se extinguió
hace mucho tiempo. Cien años, por lo menos. Mi mujer descendía de
los Karstein por línea materna. Pero el apellido y el título
desaparecieron hace casi un siglo. El castillo está en ruinas y el
pueblo deshabitado; hace más de cincuenta años que no sale humo por
sus chimeneas.
- Eso es lo que me han contado, exactamente. Y
otras cosas que le asombrarán. Pero será mejor que lo cuente
siguiendo un orden lógico. ¿Recuerda usted a mi sobrina? Era la
muchacha más hermosa del mundo, y hace sólo tres meses estaba aún
viva.
Mi padre apretó afectuosamente la mano del
general. Las lágrimas llenaron los ojos del anciano, que no trató de
ocultarlas.
- Mi sobrina era el consuelo de mi vejez. Y
ahora, todo ha terminado. No me queda mucho tiempo de vida, pero,
con la ayuda de Dios, confío en que antes de morir podré prestar un
gran servicio al género humano.
La cosa empezó así: mi sobrina se preparaba con
impaciencia para visitarles a ustedes. En el curso de aquellos
preparativos, fuimos invitados a una fiesta ofrecida por mi viejo
amigo el conde de Carlofed, cuyo castillo dista unas seis leguas del
de Karstein. La noche en que empezó mi desgracia se celebró un
fastuoso baile de máscaras. EI parque del castillo estaba, iluminado
con farolillos de colores, y los fuegos artificiales fueron de una
magnificencia nunca vista. ¡Y qué música! Usted ya sabe que la
música es mi debilidad. Las mejores orquestas del mundo, y los
mejores cantantes de ópera europeos. Nunca, había asistido a una
fiesta tan brillante, ni siquiera en París. Mi querida sobrina
estaba hermosísima. No iba disfrazada. La emoción y la alegría
ponían en su rostro un encanto indefinible. Me di cuenta de que otra
joven, que vestía lujosamente y llevaba un antifaz, miraba a mi
sobrina con especial interés. La había visto ya al comienzo de la
velada, en la terraza del castillo: estaba cerca de nosotros y su
actitud demostraba un vivísimo interés. La acompañaba una dama,
vestida con el mismo lujo y también cubierta con un antifaz, que
tenía el aire autoritario de una persona de rango.
En aquel momento estábamos en un salón. Mi pobre
sobrina había bailado mucho y descansaba sentada en una silla, cerca
de la puerta. Yo estaba sentado junto a ella. Las dos damas se
acercaron a nosotros y la más joven ocupó una silla vacía al lado de
mi sobrina en tanto que la de más edad venía a sentarse junto a mí.
Empezó hablando consigo misma, como si estuviera refunfuñando.
Luego, aprovechándose de la impunidad que le confería el antifaz, se
dirigió a mí en el tono de una antigua amiga, llamándome por mi
nombre. Sus palabras excitaron mi curiosidad. Se refirió a las
numerosas ocasiones en que nos habíamos encontrado, en la Corte o en
alguna casa elegante. Hizo alusión a incidentes que yo no recordaba,
pero que al serme citados por ella acudieron de nuevo a mi memoria.
Sentí que mi curiosidad iba en aumento. Deseaba
ardientemente saber quién se escondía detrás de aquel antifaz,
mientras la dama parecía divertirse con el juego. Entretanto, la
joven, a la cual la dama de más edad llamaba con el extraño nombre
de Millarca, había entablado conversación con mi sobrina. Se
presentó a sí misma diciendo que su madre era una antigua amiga mía,
elogió el vestido que llevaba mi niña y alabó discretamente su
belleza. La divirtió con sus agudas observaciones acerca de la gente
que se apiñaba en el salón, y, al poco rato charlaban como si se
conocieran de toda la vida. Luego, la joven desconocida se quitó al
antifaz; tenía un rostro bellísimo, de facciones tan agradables y
seductoras que resultaba imposible escapar a su atractivo. Mi pobre
sobrina quedó seducida al instante. También la desconocida parecía
haber sido fascinada por mi sobrina. Por mi parte, valiéndome de la
familiaridad que permite un baile de disfraces, dirigí algunas
preguntas personales a mi interlocutora.
Me ha puesto usted en un aprieto - confesé,
riendo -.¿Quiere ser clemente conmigo ahora? ¿Por qué no me hace el
honor de quitarse el antifaz, como ha hecho su hija?
- Es una petición descabellada - respondió-.
¡Pedir a una dama que renuncie a un privilegio! Por otra parte, no
podría usted reconocerme: han pasado demasiados años desde que me
vio por primera vez. Mire a mi hija Millarca y comprenderá que ya no
puedo ser joven. Prefiero que no tenga usted ocasión de compararme
con la imagen que conserva de mí. Además, usted no lleva antifaz y
no puede ofrecerme nada a cambio.
- Recurro a su clemencia - dije.
- Y yo a la suya -replicó.
- Por lo menos, ya que me ha honrado con su
conversación, le ruego que me diga su nombre. ¿Debo llamarla señora
condesa?
Se echó a reír de buena gana y sin duda hubiera
encontrado el medio de eludir mi pretensión, de no haberse producido
un hecho fortuito ... aunque ahora estoy convencido de que todo
había sido planeado minuciosamente.
- Mire ... - empezó a decir, pero se vio
interrumpida por la presencia de un caballero vestido de negro, de
extraña apariencia y rostro exangüe como el de un cadáver. Tampoco
iba disfrazado. Se inclinó cortésmente ante mi compañera y dijo:
- ¿Me permite la señora condesa unas palabras en
privado?
Mi interlocutora se volvió al instante hacia el
recién llegado, llevándose un dedo a los labios para indicarle
silencio. Luego, dirigiéndose a mí, se disculpó:
- Le ruego que me guarde el asiento, general:
regresaré en seguida.
Se alejó en compañía del caballero vestido de
negro. Vi cómo hablaban animadamente, antes de desaparecer entre la
multitud.
Mientras me torturaba tratando de identificar a
la dama que tan amablemente parecía recordarme, regresó acompañada
del mismo caballero de rostro cadavérico. Oí que este último le
decía: Le advierto, condesa, que el carruaje espera en la puerta. Y,
tras inclinarse profundamente, desapareció.
- ¿De modo que la perdemos a usted, señora
condesa? Espero que será por poco tiempo - aventuré. Y me incliné a
mi vez ante ella.
- Sí, tengo que marcharme - respondió -. Y es
posible que mi ausencia se prolongue unas semanas. Acabo de recibir
noticias muy desagradables ... y usted, ¿ha recordado ya quién soy?
- Ya le he dicho que no.
- Lo sabrá, descuide. Pero no ahora. Somos
amigos, más íntimos y más antiguos de lo que usted sospecha. Pero
ahora no le puedo revelar mi identidad. Dentro de tres semanas
pasaré por su castillo. Entonces tendré mucho gusto en que
reanudemos nuestra vieja amistad. De momento, estoy muy preocupada
por la noticia que acaban de darme. Tengo que recorrer más de cien
millas con la mayor rapidez posible. Y si no fuese por la reserva
que me veo obligada a guardar acerca de mi identidad, le pediría un
favor ... Mi pobre hija cayó del caballo durante una cacería y fue
arrastrada por el animal más de una milla. Quedó con los nervios
destrozados y nuestro médico le recomendó descanso absoluto. Yo
tendré que viajar día y noche, sin interrupción. Está en juego una
vida ... pero ya le hablaré de ello la próxima vez que nos veamos.
Y a continuación me pidió el favor a que había
aludido. Se trataba de alojar a su hija en mi casa durante su
ausencia. Era una petición un poco rara, por no decir atrevida. La
condesa me desconcertó adelantándose a todas mis posibles
suspicacias, diciéndome que comprendía lo incorrecto de su proceder,
pero que, conociéndome como me conocía, sabía que yo me haría cargo
de lo insólito de las circunstancias que la obligaban a comportarse
de aquel modo. Y en aquel mismo instante, por una fatalidad que
debió ser tan premeditada como todo lo que estaba sucediendo, se
acercó mi sobrina pidiéndome que invitara a su nueva amiga Millarca
a pasar unos días en nuestra casa.
En cualquier otra ocasión hubiera salido del paso
diciéndole que aguardara hasta que pudiésemos enterarnos de la
identidad de aquellas damas. Pero debo confesar que las facciones
delicadas de la joven desconocida, con su extraordinario poder de
fascinación, me habían conquistado. De modo que consentí
estúpidamente en hacerme cargo de la muchacha mientras durase la
ausencia de su madre.
El caballero vestido de negro regresó en busca de
mi interlocutora. Lo último que me pidió la dama fue que no tratara
de averiguar la identidad de la joven hasta su regreso. Luego
susurró algunas palabras al oído de su hija; la abrazó fríamente y
se alejó acompañada del fúnebre personaje.
A la mañana siguiente Millarca se instaló en
nuestra casa. En el fondo, me sentía satisfecho de haber encontrado
a una joven tan agradable para que hiciera compañía a mi sobrina.
Pero no tardó en surgir el reverso de la medalla.
Al principio, Millarca se quejaba de una gran debilidad; estaba aún
convaleciendo del accidente que había sufrido, y no salía de su
habitación antes del mediodía. Luego descubrimos de un modo casual
que, a pesar de que cerraba siempre la puerta de su habitación con
llave, no estaba en ella todas las horas que la creíamos allí. Un
día, de madrugada, la vi andar bajo los árboles, en dirección a
oriente: miraba como una persona en trance. Pensé que era sonámbula.
Pero esta hipótesis no resolvía las dudas que se me habían
planteado. ¿Cómo salía de la habitación, si estaba cerrada por
dentro? ¿Cómo salía de la casa sin abrir puertas ni ventanas?
Mientras me debatía en esta situación contradictoria, se me presentó
una preocupación más grave.
Mi sobrina languidecía de un modo misterioso.
Empezó por tener espantosas pesadillas, luego dijo que recibía la
visita de un espectro que a veces se parecía a Millarca y otras
tenía el aspecto de una bestia inidentificable que daba vueltas
alrededor de su cama. No tardaron en presentarse otros síntomas: una
sensación dolorosa debajo de la garganta, como si la pincharan con
dos alfileres, la impresión de que se ahogaba y una subsiguiente
pérdida del conocimiento ...
Capitulo 9
¡Cuál
no sería mi emoción al oír describir los síntomas que yo misma había
experimentado! Especialmente, después de haber oído la descripción
de las costumbres y características de nuestra hermosa invitada,
Carmilla.
Habíamos llegado al término de nuestro viaje.
Ante nosotros se extendían las ruinas de un pueblo, entre
gigantescos árboles.
Descendimos en silencio del carruaje; todos
estábamos absortos en nuestros pensamientos. Subimos una empinada
cuesta y nos encontramos ante el castillo de Karstein.
- He aquí su palacio - dijo el general -. Era una
estirpe malvada. Resulta difícil creer que incluso después de
muertos puedan seguir infectando a la humanidad con su horrible
concupiscencia. Miren: alli está la capilla.
Señaló un edificio de estilo gótico escondido
entre el follaje.
- Oigo el hacha de un leñador muy cerca de aquí -
continuó -. Quizá pueda facilitarnos la información que buscamos y
señalarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karstein. A veces, estos
aldeanos conservan el recuerdo de las tradiciones locales acerca de
las grandes familias.
- En casa tengo un retrato de Mircalla, condesa
de Karstein - dijo mi padre -. ¿Le gustaría verlo?
- Desde luego. Pero tenemos tiempo de sobra -
respondió el general -. Creo haber visto el original, y espero
convencerme después de explorar la capilla.
- ¡Cómo! - exclamó mi padre -. ¿Pretende haber
visto a la condesa Mircalla? Pero, ¡si hace más de un siglo que
murió!
- No está tan muerta como la gente cree - replicó
el general.
Cuando pasábamos por debajo del arco que daba
acceso a la capilla gótica en ruinas, añadió:
- En los pocos años que me quedan de vida sólo
deseo tener ocasión de una cosa: vengarme. Y, afortunadamente, la
venganza puede realizarse aún por medio de un brazo mortal.
- ¿De qué venganza está hablando? - preguntó mi
padre, cada vez más asombrado.
- Quiero cortar la cabeza del monstruo -respondió
el general en un acceso de cólera, golpeando el suelo con el pie y
alzando sus manos como si empuñara un hacha invisible y la blandiera
ferozmente en el aire.
- ¡Qué es lo que dice! - gritó mi padre.
- Le cortaré la cabeza con un hacha, con una hoz,
con cualquier herramienta que pueda servir para rebanarle el cuello
a un criminal ¡Mirad! - gritó, temblando de rabia -. Esta madera
servirá de cepo. Veo que su hija está cansada, déjela reposar.
Me dejé caer sobre un bloque de madera medio
oculto entre los hierbajos que salían por entre las losas del
pavimento de la capilla. Entretanto, el general llamó al leñador que
estaba podando las ramas secas de los árboles, muy cerca de allí. Se
nos acercó un viejo fornido, que llevaba un hacha en la mano, pero
resultó que no sabía nada acerca de aquellas ruinas. Sin embargo,
nos informó que conocía a un guarda forestal que vivía a unas leguas
de distancia y que podría hablarnos de todas y cada una de las
piedras de la capilla.
- ¿Hace mucho tiempo que trabaja usted en este
bosque? - le preguntó mi padre.
- Hasta hace poco tiempo he sido leñador a las
órdenes del guarda forestal. Mi padre, mi abuelo y toda mi familia,
durante generaciones, hemos tenido el mismo oficio. Podría
mostrarles las casas en que vivieron mis antepasados.
- ¿Por qué quedó deshabitado el pueblo?
- Porque recibía la visita de los espectros.
Parece ser que los persiguieron hasta sus tumbas, exhumaron los
cadáveres con los medios acostumbrados y fueron destruidos en la
forma habitual: decapitados, traspasados con un palo y quemados. Sin
embargo, muchos aldeanos habían perdido la vida. A pesar de todos
los esfuerzos que se hicieron, a pesar de abrir tantas tumbas y de
privar a tantos vampiros de su horrible existencia, el pueblo no
quedó totalmente libre de la influencia diabólica. Pero un noble
moravo, que vino a estudiar esta parte del país, oyó hablar de estos
hechos y, siendo experto en la materia como otros muchos
compatriotas suyos, se ofreció para librar al pueblo de aquella
obsesión. Y he aquí lo que hizo: una noche de luna llena, trepó a la
torre de la capilla poco después de ponerse el sol. Se quedó allí de
guardia hasta que vio salir al vampiro de la tumba y despojarse de
su blanco sudario para dirigirse al pueblo, a fin de atormentar a
sus habitantes. Una vez se hubo alejado el vampiro, el extranjero
descendió de la torre, recogió el sudario y volvió a encaramarse a
su observatorio. Cuando el vampiro regresó de su expedición y no
encontró el sudario en el lugar donde lo había dejado, empezó a
aullar, enfurecido por la pérdida de su atavío fúnebre. El moravo,
entonces, llamó al vampiro y le desafió a que subiera a lo alto de
la torre para recuperar su sudario. El vampiro aceptó el reto y
empezó a trepar por el campanario. Pero cuando estaba a punto de
alcanzar la cima, el moravo le golpeó con su sable en la cabeza,
partiéndole el cráneo en dos y haciéndole caer al fondo de la
capilla. Luego bajó de la torre, decapitó al vampiro y al día
siguiente entregó la cabeza y el cuerpo a Ios aldeanos, que lo
atravesaron con un palo y lo quemaron, según las reglas establecidas
para estos casos. El noble moravo estaba autorizado por un documento
de la familia Karstein a cambiar el emplazamiento de la tumba de la
condesa Mircalla, cosa que hizo, sin que nadie sepa el lugar donde
está enterrada actualmente.
- ¿Puede usted decirme dónde estaba antes?
-preguntó el general.
Pero el leñador debía tener un trabajo urgente
porque, olvidándose de recoger su hacha, se marchó sin contestar a
la pregunta. Y mi padre y yo nos quedamos a escuchar el final del
relato del general.
- Mi querida sobrina empeoraba a ojos vista. El
médico ignoraba la naturaleza exacta de su enfermedad. Al darse
cuenta de mi preocupación, propuso una consulta con uno de los
mejores médicos de Gratz. Era un hombre que conocía a fondo su
profesión y tenía mucha experiencia. Después de haber examinado a mi
sobrina, los dos médicos se encerraron en la biblioteca para
conferenciar. Desde la habitación contigua pude oír sus voces, de un
tono mucho más violento de lo que cabía esperar en una discusión
puramente científica. Llamé a la puerta y entré. El viejo médico de
Gratz defendía su teoría. Su colega la impugnaba con evidente
ironía, y de cuando en cuando no podía evitar el reírse francamente
de las sugerencias de su colega. Mi entrada interrumpió la
discusión.
- General - me dijo nuestro médico -, parece ser
que mi ilustre colega opina que tenemos más necesidad de un brujo
que de un médico.
- Perdone, perdone - replicó el viejo médico de
Gratz con evidente disgusto -. Daré mi opinión - y a mi modo - en
otra ocasión. De momento, siento decirle que mi intervención no
puede ser de ninguna utilidad. De todos modos, antes de marcharme
tendré el honor de hacerle una sugerencla.
Se sentó ante una mesa y empezó a escribir.
Parecía que la consulta no había dado resultado
alguno. Me estaba paseando por el jardín, sumamente agitado, cuando
se me acercó el viejo médico de Gratz. Se disculpó por molestarme y
me dijo que, en conciencia, no podía marcharse sin ofrecerme una
explicación. Dijo que tenía la seguridad de no equivocarse: no
existía ninguna enfermedad con aquellos síntomas, y la muerte de mi
sobrina era inminente. Le quedaba solamente un día, tal vez dos, de
vida. Si lograba detener el proceso fatal, quizá pudiese recobrar
las fuerzas. Pero, en su estado actual, bastaría otro ataque para
extinguir la última llama de vida.
¿Y de qué naturaleza es el ataque a que alude
usted? - le pregunté.
En esta nota se lo explico todo. Llame a un
sacerdote y abra y lea la carta solamente en su presencia. Puede que
no la comprenda, pero tenga en cuenta que es una cuestión de vida o
muerte. Si no encuentra un sacerdote inmediatamente, puede leerla
usted solo.
En los alrededores no había ningún sacerdote, por
lo que me decidí a leer la carta. En cualquier otro momento me
hubiese reído de su contenido. Pero, ¡a cuántas charlatanerías se
somete uno cuando está en una situación apurada, cuando todos los
medios conocidos han fracasado y está en peligro la vida de un ser
querido! El médico decía en su carta que la enferma recibía la
visita de un vampiro. Las punzadas que había notado en la garganta
habían sido producidas por los dientes afilados y largos de uno de
aquellos horripilantes seres. No cabía la menor duda, añadía, dado
el lugar donde se habían producido los pinchazos, que se trataba de
la mordedura típica de un vampiro, cosa que confirmaría cualquier
experto.
Yo era bastante escéptico en lo que respecta a la
existencia de fantasmas y vampiros en general. En aquel momento, al
pensar en la teoría expuesta por el anciano médico, me dije a mí
mismo que una gran erudición y una despejada inteligencia pueden ir
aliadas con la locura. Pero estaba tan desesperado, que decidí
seguir las instrucciones contenidas en la carta.
Me escondí en el tocador que comunicaba con el
cuarto de la pobre enferma, alumbrada toda la noche por una vela, y
esperé a que mi sobrina se durmiera. A través de la rejilla situada
encima de la puerta del tocador miraba el sable que había colocado
sobre una mesa, por prescripción del médico. Al cabo de un rato vi
una forma oscura que se arrastraba a los pies de la cama y que se
lanzaba súbitamente al cuello de mi sobrina, al tiempo que se
transformaba en una gran masa palpitante. Me quedé como petrificado
por espacio de unos segundos. Luego abrí la puerta del tocador,
empuñé el sable y me acerqué a la cama. El monstruo se dejó caer al
suelo y se quedó inmóvil junto al lecho. Me miraba fijamente, con
una expresión de ferocidad en sus pupilas. A pesar de lo horrible de
su aspecto, pude reconocer a Millarca. Descargué el sable con todas
mis fuerzas, pero el monstruo estaba ya junto a la puerta, ileso.
Corrí detrás de él, pero desapareció como por ensalmo. Mi sable se
rompió contra la puerta. No sé cómo describir lo que sucedió aquella
horrible noche. Todos los moradores de la casa se despertaron y se
pusieron en movimiento. El espectro de Millarca había desaparecido.
Pero su víctima se agravó rápidamente y a primeras horas de la
madrugada falleció.
El anciano general estaba descompuesto. Mi padre
y yo permanecimos en silencio. Al cabo de un rato, mi padre avanzó
por la capilla, leyendo cuidadosamente las inscripciones de las
lápidas. El general, por su parte, se había apoyado en el muro y se
enjugó los ojos con un pañuelo. Las voces familiares de Carmilla y
de la señorita Lafontaine, que en aquel momento se acercaban, me
reanimaron.
De repente, por debajo de un arco rematado por
uno de aquellos monstruos grotescos que brotaban de la imaginación
de los antiguos escultores góticos, vi aparecer la seductora figura
de Carmilla. Me puse en pie para contestar a su sonrisa,
particularmente atractiva, cuando el viejo general lanzó un grito y
se interpuso entre nosotras, blandiendo el hacha que el leñador
había dejado olvidada.
El rostro de Carmilla había sufrido una
transformación brutal. Retrocedió. Pero, antes de que yo pudiera
gritar, el general descargó el hacha sobre ella con todas sus
fuerzas. Carmilla pareció inclinarse hacia delante a consecuencia
del golpe, pero en realidad lo que hizo fue coger la muñeca del
general con su delicada mano. El anciano se debatió vigorosamente,
luchando por soltarse, pero se vio obligado a abrir la mano y dejar
caer el hacha. Carmilla desapareció como si se la hubiera tragado el
aire. El general, tambaleándose, se apoyó en el muro. Sus cabellos
estaban erizados y su rostro aparecía empapado en sudor. Estaba
pálido como un muerto. Todo lo que acabo de contar sucedió en un par
de segundos. No sé si llegué a perder el conocimiento. Lo primero
que recuerdo después de la desaparición de Carmilla es la voz de la
señora Perrodon, preguntándome:
- ¿Dónde está la señorita Carmilla?
Por fin pude contestar que no lo sabía.
- Ha salido de aquí hace un momento - dije,
señalando la puerta por la cual había entrado la señora Perrodon.
- Yo estaba allí y no la he visto.
Inmediatamente empezó a llamarla por su nombre,
sin obtener respuesta.
- ¿Se hace llamar Carmilla? - inquirió el
general, que no se había recobrado totalmente.
- Efectivamente - respondí.
- Carmilla... Millarca... - murmuró el general -.
No cabe ninguna duda, es la misma que en otro tiempo se llamó
Mircalla de Karstein. Querida Laura, márchese inmediatamente de esta
tierra maldita. Creo que no verá nunca más a Carmilla.
Mientras el general pronunciaba estas palabras,
entró en la capilla uno de los hombres más extraños que he visto en
mi vida. Era alto, delgado, muy cargado de hombros y vestía de
negro. Tenía la tez morena y surcada de profundas arrugas. Llevaba
un sombrero pasado de moda, adornado con una enorme pluma. Sus
cabellos largos y grasientos caían sobre su espalda. Andaba
lentamente, arrastrando los pies. Usaba anteojos con montura de oro
y su mirada se fijaba alternativamente en el techo de la capilla y
en el pavimento. Sus largos y delgados brazos oscilaban
continuamente, como el péndulo de un reloj.
¡Éste es mi hombre! - gritó el general al verlo,
precipitándose a su encuentro con manifiesta alegría-. ¡Mi querido
barón! ¡Cuánto me alegra verle! No esperaba encontrarle tan pronto.
Llamó con un gesto a mi padre, que, entretanto,
había regresado de su exploración, y le presentó a aquel extraño
personaje, llamándole simplemente barón. Inmediatamente, los tres
hombres se enfrascaron en una animada conversación. El desconocido
sacó de su bolsillo un raído plano y lo extendió sobre el granito
rosado de una tumba. Con un lápiz, empezó a trazar líneas de un
extremo a otro del plano, consultando con la vista determinados
lugares de la capilla, lo cual me hizo suponer que se trataba de un
plano del edificio en que nos hallábamos. También consultaba a
menudo un cuaderno de notas sucio y amarillento, cuyas páginas
estaban llenas de una apretada escritura.
Los tres hombres acabaron por dirigirse hacia el
lado opuesto a aquel en que yo me encontraba y luego empezaron a
medir la distancia en pasos entre las tumbas. Finalmente, se
detuvieron ante el muro y lo examinaron atentamente, levantando la
hiedra que lo cubría en aquel lugar. No tardaron en descubrir una
lápida de marmol, sobre la cual aparecían esculpidas unas letras.
Ayudados por el leñador, que había regresado en
busca de su hacha, arrastraron hasta un lugar iluminado la enorme
lápida. Se trataba, en efecto, del sepulcro de Millarca, condesa de
Karstein. El general alzó las manos al cielo en silenciosa acción de
gracias.
- Mañana - oí que decía - vendrá el Comisario.
Actuaremos de acuerdo con los preceptos legales.
Luego, encarándose con el anciano de los lentes
con montura de oro, le estrechó calurosamente las manos.
- ¿Cómo puedo agradecerle su ayuda, barón? ¿Cómo
podríamos expresarle nuestra gratitud? Ha librado usted a esta
comarca de una horrible plaga. Gracias a usted, hemos podido
localizar al más odioso de Ios monstruos.
Mi padre se acercó a mí y me abrazó y besó
repetidas veces.
- Ya es hora de que regresemos a casa - dijo.
Sus palabras sonaron a mis oídos como música
celestial, pues nunca me había sentido tan cansada como en aquel
momento.
Una vez en el castillo, mi satisfacción se trocó
en espanto al descubrir que no había noticias de Carmilla. No me
dieron ninguna explicación acerca de lo que había ocurrido en las
ruinas del castillo, y era evidente que mi padre prefería, por el
momento, conservar el secreto.
La ausencia de Carmilla, que en aquellas
circunstancias resultaba de lo más siniestro, me tenía en vilo. Y mi
inquietud aumentó con Ios preparativos que se hicieron para pasar
aquella noche. Dos sirvientas, además de la señora Perrodon, se
quedaron en mi habitación, en tanto que mi padre y uno de los
criados montaban guardia ante la puerta.
Al día siguiente, tuvieron lugar en la capilla de
Karstein, con las formalidades de rigor, los actos previstos. Se
abrió la tumba de la condesa de Karstein. El general y mi padre
reconocieron en ella a la bellísima y pérfida invitada. A pesar de
que llevaba enterrada más de ciento cincuenta años, sus facciones
estaban llenas de vida. Tenía los ojos completamente abiertos. El
cadáver no parecía haber sufrido el proceso de descomposición.
Los dos médicos que asistían a la ceremonia
atestiguaron el hecho prodigioso de que el cadáver respiraba, aunque
muy débilmente, y que era posible captar los leves latidos de su
corazón. Los miembros conservaban su flexibilidad y la carne era
elástica. El féretro de plomo estaba lleno de sangre, que empapaba
al cadáver. Se trataba de un caso irrefutable de vampirismo. De
acuerdo con las antiguas prácticas, alzaron el cadáver y atravesaron
su pecho con una estaca. Luego le cortaron la cabeza, y del cuello
seccionado brotó un chorro de sangre. A continuación colocaron el
cuerpo y la cabeza sobre un montón de leña y le prendieron fuego,
hasta que no quedó más que un montón de cenizas. Las cenizas fueron
dispersadas a los cuatro vientos, y a partir de entonces la región
quedó libre de vampiros.
Mi padre conserva una Copia del informe de la
Comisión Imperial, con la firma de todos los que presenciaron
aquella horrible ceremonia. De este documento oficial he copiado la
descripción de la macabra escena.
No he contado estos hechos serenamente. ¡Oh, no!
No puedo pensar en aquellos sucesos sin sentirme profundamente
trastornada. Si no me lo hubieran solicitado tantas veces, nunca me
hubiese decidido a escribir la historia de unos sucesos que
destrozaron - quizá para siempre - mis nervios, proyectando la
sombra de aquel horror indecible que, a pesar de los años
transcurridos, continúa acosándome día y noche, haciéndome
insoportable la soledad.
Añadiré algunas palabras acerca del extraño barón
de Vonderburg, gracias a cuya erudición fue posible el
descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.
Vivía en Gratz, de una pequeña renta - todo lo
que le quedaba de la fortuna de su familia -, y se dedicaba al
estudio del vampirismo, en todas sus formas. Había leído todo lo que
se había escrito sobre la materia: la Magia Posthuma, el Phlegon de
mirabilibus, el Agustinus de cura pro mortuis, el Philosophicae et
christianae cogitationes de vampiriis, de John Chistofer Heremberg,
y muchos otros libros de los cuales sólo recuerdo algunos de los que
prestó a mi padre.
Tenía un voluminoso archivo de todos los casos
judiciales incoados por vampirismo, y de ellos había deducido
algunos principios fundamentales acerca de los vampiros.
Por ejemplo, la palidez mortal que se atribuye a
esa clase de espectros es pura ficción literaria. En realidad, tanto
en la tumba como cuando se muestran públicamente tienen un aspecto
saludable. Cuando se abre su féretro aparecen las mismas señales que
demostraron que la condesa de Karstein, fallecida siglo y medio
antes, era un vampiro.
Lo más inexplicable era y sigue siendo cómo
pueden salir de su tumba y regresar a ella. La doble vida de los
vampiros se mantiene gracias al sueño cotidiano en la tumba. Su
monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona la
energía necesaria para subsistir durante las horas de vigilia. El
vampiro está propenso a ser víctima de vehementes pasiones,
parecidas a las del amor, ante determinadas personas. Pera obtener
su sangre, pone en juego una paciencia infinita y recurre a toda
clase de estratagemas a fin de superar los obstáculos que le separan
del objeto deseado. No desiste de su empresa hasta que su pasión ha
sido colmada y ha podido sorber la vida de la codiciada víctima.
Llegan incluso a contraer matrimonio con ella, prorrogando su placer
criminal con el refinamiento de un epicúreo. Pero con más frecuencia
se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora
a su víctima en un solo festín.
Parece que el vampiro, algunas veces, debe
sujetarse a determinadas condiciones. En el ejemplo que acabo de
relatar, Mircalla debía limitarse al uso de un nombre que, si no era
siempre exactamente el suyo, debía contener todas las letras que lo
componían: Mircalla, Carmilla, Millarca ...
Mi padre explicó al barón de Vordenburg, que fue
nuestro huésped durante un par de semanas, la historia del caballero
moravo y del vampiro de la capilla de Karstein, y le preguntó al
barón cómo había podido descubrir el emplazamiento exacto de la
tumba, tanto tiempo ignorada, de la condesa Mircalla.
El barón sonrió enigmáticamente. Miró el estuche
de sus anteojos, que tenía en la mano, lo sopesó unos instantes y
luego, alzando de nuevo la mirada, dijo:
- Poseo muchos escritos y documentos de aquel
notable personaje. El más curioso es una especie de narración acerca
de su visita a Karstein, que usted acaba de mencionar. Naturalmente,
la leyenda deforma siempre los hechos. Es posible que le tomaran por
un noble moravo, ya que se había cambiado de nombre. En realidad era
un noble que había nacido en la Alta Estiria. En su juventud había
sido el amante apasionado y predilecto de la bellísima Mircalla,
condesa de Karstein. La muerte prematura de su amada le abismó en un
dolor inconsolable. Creo necesario aclarar que los vampiros pueden
multiplicarse y crecer, de acuerdo con una ley que rige para esos
monstruos. Suponed un lugar completamente libre de esta amenaza.
¿Cómo es que se presenta y desarrolla?
Imaginen ustedes que un individuo,
suficientemente perverso, se mata. En determinadas circunstancias,
los suicidas pueden transformarse en vampiros. Este vampiro empieza
a visitar a los seres vivos mientras duermen. Estos últimos se
mueren y, una vez sepultados, se transforman casi invariablemente en
vampiros. Eso fue lo que le sucedió a la bellísima Mircalla, que era
visitada por uno de esos monstruos. Mi antepasado Vordenburg, cuyo
título llevo, descubrió esta historia y en el curso de los estudios
a los cuales se había dedicado profundizó mucho en esta materia.
Entre otras cosas, llegó a la conclusión de que se sospechaba del
vampirismo de la condesa que, en vida, fue su ídolo. Se horrorizó
ante la idea de que sus restos pudieran ser profanados en una
póstuma ejecución. Dejó un curioso documento que demuestra que el
vampiro, una vez privado de su doble existencia, queda condenado a
otra aún más terrible. Y decidió, en consecuencia, preservar de esa
posibilidad a su amada Mircalla. Simulando un viaje de estudios, se
trasladó a Karstein y consiguió hacer desaparecer el rastro y el
recuerdo de la tumba de Mircalla. Pero, pasados unos años y próximo
el final de sus días, pensando en el mundo que pronto iba a
abandonar, consideró bajo otro aspecto lo que había hecho y se
sintió aterrado.
Trazó los diseños y notas que me han servido de
guía, y confesó por escrito lo que había llevado a cabo. Tal vez
pensó hacer algo más positivo, pero la muerte se lo impidió. Sólo
valiéndose de la mano de uno de sus descendientes ha podido dirigir,
demasiado tarde para muchos, la búsqueda del monstruo.
Más tarde, en el curso de una conversación,
añadió:
- Una de las pruebas del vampirismo es la fuerza
de las manos. La frágil mano de Mircalla apretó como dogal de acero
la mano del general, cuando éste levantó el hacha para matarla. La
fuerza de la mano de un vampiro deja una huella indeleble en su
presa, produciendo una atrofia que se cura sólo muy lentamente, y no
en todos los casos.
Capitulo 10
La
primavera siguiente la pasé en Italia con mi padre. Viajamos durante
un año. Necesité mucho tiempo para que el horror de aquellos hechos
fueran disolviéndose en mi recuerdo. Incluso ahora, a muchos años de
distancia, la imagen de Carmilla se me aparece frecuentemente en sus
diversos y cambiantes aspectos: unas veces es la hermosísima y
lánguida joven; otras, el monstruo que vi en las ruinas del
castillo. Y a menudo, en medio de una pesadilla, tiemblo de miedo
porque me parece oír los leves pasos de Carmilla que se acercan a la
puerta de mi habitación.

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