|
"La vampira amorosa" de Teophile Gautier

La presencia de los escritores
franceses en el tema vampírico tiene entre sus más notables
representantes a Gautier, Dumas, Lautréamont y Maupassant, además
—evidentemente— de Baudelaire. Con ellos, el género logra una
evolución y un enriquecimiento difícil de imaginar. En contraste con
la posición de los autores anglosajones, los escritores franceses
buscan criticar puntos de vista católicos basados en su alejamiento
de los dogmas tradicionales, sea de una manera encubierta, sea
explícitamente.
Sin lugar a dudas, el texto más
perfecto en este sentido se debe a Téophile Gautier, quien a lo
largo de su vida exploró con singular éxito aspectos de lo macabro y
lo fantástico. Gautier nació en agosto 31 de 1811, en Tarbes, y se
educó en París. Se sumó en la década de 1830 al movimiento
romántico. Destacan entre sus obras Poésies (1830) y Albertus
(1832); su poema más logrado es Émaux et camées (1852; ampliado en
1872). Más tarde, Gautier se convirtió en el líder de los
Parnasianos, que defendían que el poema debe estar más involucrado
con el efecto artístico que con la vida ; esto es, el arte por el
arte; e influyó ampliamente en la obra de Baudelaire. Como
novelista, se reconoce a Gautier principalmente por Mademoiselle de
Maupin (1835), y por sus relatos "La morte amoureuse" ("La muerta
amorosa" o "La macabra amante" de 1836) y "Une nuit de Cleopatre".
Fue también uno de los críticos más influyentes de su tiempo por su
Histoire de l'art dramatique depuis vingt-cinq ans (6 vol.,
1858-59), y por el Rapport sur le progrès des lettres depuis vingt-cinq
ans (1868). Gautier murió el 23 de octubre de 1872 en París.
"La muerta amorosa" ("La morte
amoureuse") —que preferimos traducir como La vampira amorosa— puede
considerarse como una de las narraciones de vampiros menos
convencionales y más sorprendentes por su aportación al género. En
su relato, Gautier logró una maestría y una concisión extremadamente
difícil de lograr en un texto de 22 cuartillas por la riqueza del
detalle y las sutilezas que alcanza el discurso del protagonista, el
padre Romualdo, un simple cura de aldea.
Romualdo relata a los 70 años, como en su juventud estuvo a punto de
perder el alma por caer en las redes amorosas de la cortesana
Clarimonda, a partir del mismo día de su ordenación. Clarimonda fue
la única mujer que conoció, y la única a la que pudo amar, tanto por
sus cualidades como por su belleza, en un amor intensamente
correspondido más allá de la vida. Sin embargo, durante casi 50
años, descubre el lector, Romualdo ha vivido en la confusión.
Como en la historia del "Sueño de
la mariposa" —de Chuang Tzu (300 a.C.) : "Chuang Tzu soñó que era
una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que
era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu"
—, Romualdo se debate en la inquietud de haber sido siempre un
mísero cura de aldea o il signor Romualdo, caballero veneciano y
amante de Clarimonda, que soñaba ser un cura de aldea que soñaba ser
un caballero veneciano amante de Clarimonda.
Sin embargo, esta dualidad nunca
queda explicada, para bien de la historia. Gautier da por hecho que
los sucesos que narra Romualdo no requieren de una explicación
científica, y que no tienen más lógica que la claridad de exposición
del viejo sacerdote: una narración lineal que a partir de la llegada
de Romualdo a la aldea de su ministerio, unos días después de
consagrado, cobra una dimensión distinta cuando Clarimonda parece
observarlo, alguna vez, secretamente.
Llama, sin embargo la atención, la
vigilante actitud del tutor de Romualdo, el anciano monje Serapion,
quien siempre conoce los acontecimientos que afectan la vida de su
pupilo, en particular los que atañen a la salud de su alma
directamente; como si Serapion estuviera informado constantemente de
lo que ocurriera alrededor de Clarimonda por considerarla una
temible contrincante a causa de su naturaleza.
Así, Romualdo aparece como la valiosa presa de dos contrincantes
formidables, Serapion y Clarimonda, que sólo se enfrentarán en un
definitivo y atroz instante.
Porque el destino de Romualdo
comenzará claramente a definirse a partir de la noche en que llegará
retrasado a dar la extremaunción a Clarimonda, que lo ha llamado —en
apariencia o paradójicamente— para salvar su alma. La declaración
del criado al servicio de la gran dama es definitiva:
<<Un pajecillo negro, el mismo que
me diera la esquela de Clarimonda y que reconocí al instante, me
ayudó a bajar de la silla, y un mayordomo, vestido de velludo negro,
vino hacia mí. apoyándose en un bastón de marfil. Gruesas lágrimas
le corrían de los ojos sobre la barba blanca. "¡Demasiado tarde!",
dijo, meneando la cabeza. "Demasiado tarde. Pero si no hizo a tiempo
para salvar el alma, venga al menos a velar su cuerpo">>.
El encuentro con los restos de
Clarimonda es definitivo, una promesa de amor por encima de la
muerte : <<La noche avanzaba y, sintiendo acercarse el momento de la
separación eterna, no pude evitar la triste y suprema dulzura de
poner un tenue beso sobre los labios de aquella que había tenido
todo mi amor.>>
Romualdo escucha la promesa de
Clarimonda de responder en breve a su amor, se desvanece, y es
llevado en andas para despertar "afirma el ama de llaves del curato"
en su parroquia tras tres días de haber perdido la consciencia. Es
ahí donde poco después le informará Serapion que Clarimonda murió
tras una orgía que duró una semana. Revela entonces éste a Romualdo
su abierta opinión acerca de Clarimonda: << Sobre Clarimonda han
corrido muchas extrañas leyendas, y todos sus amantes han terminado
de manera mísera o violenta. Se ha dicho también que era una vampira.
Pero para mí, es Belcebú en persona.>>
Y agrega, finalmente, una
revelación hasta entonces única en la mitología del vampiro: <<
Sería necesario cerrar la piedra tumbal de Clarimonda con triple
sello, porque parece que ésta ni siquiera es la primera vez que ha
muerto. >>
A partir de este momento la
narración alcanza su expresión más poética: el reencuentro de
Clarimonda y Romualdo, donde ella explica que ha viajado desde la
nada de la extinción y ha vencido los caminos de la muerte para
demostrar el poder de su amor: << ...por ti he forzado mi tumba y
vengo a dedicarte mi vida, que he retomado sólo para hacerte
feliz.>>
A partir de este encuentro se
suceden en el relato las revelaciones sobre la naturaleza de
Clarimonda, que en nada desmienten lo dicho por Serapion; aunque
confirman la certeza del amor que ambos se tienen y con el que se
engrandecen, sin que la vida de lujo y disipación que llevan turbe
la fuerza de su cada vez más intrincado compromiso.
Difícilmente el lector podría dejar de sentir justificada y
venturosa la pasión que los amantes se demuestran; y la naturaleza
del sueño invencible de Romualdo, encaprichada con mantener la
cotidianidad de su vida sacerdotal, es la única ruptura que puede
encontrarse en la felicidad del joven. Sin embargo la tensión en el
ánimo del amante es insufrible: alba con alba y crepúsculo con
crepúsculo le estremece la duda de su verdadera personalidad. Y
acepta un día el reto de Serapion: <<Quería saber de una vez por
todas quién, entre el sacerdote y el joven señor, era víctima de una
ilusión. Estaba decidido a matar en provecho del uno o del otro, a
uno de los dos hombres que vivían en mí, o también a aniquilar a
ambos, porque semejante vida no podía durar.>>
Ciertamente la victoria de Serapion
se muestra como un cruel asesinato. De ahí que Romualdo reconozca
que el desmoronamiento de su ser sea absoluto : "Una gran ruina se
hizo en mi interior"... Y a este acto prepotente más que el reclamo,
sólo le corresponde el desconcierto de la amante y la certeza de una
eterna separación, como el más absoluto castigo ante una falta que
no tiene una nueva oportunidad, ni perdón.
En contraste con la vampira de La
novia de Corinto de Goethe, Clarimonda posee una distinta
naturaleza. Ignoramos, como Romualdo, todo de ella; pero fascina que
su certidumbre para el amor rebase los límites de lo humano. Es de
admirar como Clarimonda vence hasta el límite su natural vampirismo,
la insaciable sed de sangre, y que sólo obtenga la que le es
necesaria de su amado para retribuirírsela en el amor. La gloria y
grandeza de Clarimonda, incluso, está en su capacidad de aceptar
nuevamente la vida para estar con Romualdo convencida de la promesa
de un amor perdurable. Y se contempla la derrota de la vampiro como
una derrota de lo humano.
De hecho, el lector llega a formular que el vampiro más terrible es
Serapion, incapaz de reconocer que el vínculo entre Clarimonda y
Romualdo posea una solidez extraordinaria, ejemplar, incomprensible
para él, a quien sólo conducen la ceguera que sus dogmas, y las
obligaciones que imponen. Así, él busca impedir que los amantes
alcancen una dimensión más vasta donde se logra una plenitud sin
precedentes.
Por ello, la historia de Clarimonda, la muerta amorosa, la macabra
amante, la vampira enamorada posee un encanto único en el género. Es
la única vampira capaz de inspirar piedad en su destrucción ante la
paradoja extraordinaria que propone entre la secreta lucha entre las
historias de muertos-vivos que se suceden en lucha irreconciliable.
Clarimonda ha trascendido el
proceso de destrucción de los hombres a los que pretendía amar y ha
conseguido una fuerza que la distingue entre las generaciones de
vampiros. Ella satisface el sueño de la novia de Corinto, cuya mayor
desdicha fue la pérdida del amor y la pérdida de su mundo, invertido
por el cambio de valores que la religión introdujo. Sus dioses se
habían convertido en demonios, y ella, a su vez, se transmutó como
sus ídolos.
El talento de Gautier genera una
opción diversa, cuyo único antecedente se encuentra en Jacques
Cazotte, autor de El diablo enamorado (1772). En esta novela, un
joven soldado, Álvaro, invoca a Belcebú, quien en un principio se
presenta con horrenda apariencia. El espíritu, no obstante, se
enamora de la galanura del invocante y se pone a su servicio bajo la
apariencia de una hermosísima mujer, Biondetta, quien le sirve con
fidelidad.
El Romualdo de Venecia y el hidalgo
Álvaro coinciden en costumbres y maneras de un modo notable.
Igualmente, el que Serapion mencione que Clarimonda es una
manifestación de Belcebú, subraya la relación entre las obras. Aun
la sumisión entre ambas mujeres en su trato al amado, coinciden.
No es difícil, por ello, encontrar
una buscada relación de la obra de Gautier con la de Cazotte, quien
a su vez fuera ampliamente respetado por Charles Nodier y Gérard de
Nerval, autores tan notables como el propio Gautier.
Distingamos, no obstante, las
características de Clarimonda como vampiro, quien determinará, a su
vez, sin duda, a Vera "la protagonista de la historia homónima de
Villiers de L’ Isle Adam ", quien sólo por su condición etérea se
distinguirá de la muerta amorosa, salvando y distinguiéndose a
través de esta pasión su inmortalidad en la leyenda.
Tras este comentario os ofrecemos
una traducción del texto de Gautier...

LA VAMPIRA
AMOROSA de Téophile Gautier (1836)
Padre, tiene curiosidad por saber
si yo nunca he gustado el amor: pues bien, sí. La mía es una
historia singular y terrible y, aunque tenga ahora setenta años, soy
siempre harto reacio a la idea de remover las cenizas de semejante
recuerdo. Pero a usted no quiero rehusarle nada: en todo caso, nunca
haría un relato de este género a un alma menos experta que la suya.
Se trata de sucesos tan extraños, que casi no me arriesgo a creer
que me hayan ocurrido verdaderamente. El hecho es que me he
encontrado, por algo más de tres años, a merced de una ilusión
diabólica. Yo, pobre sacerdote de campaña, he llevado todas las
noches en sueño (¡quiera Dios que sólo haya sido un sueño) una vida
de Sardanápalo. Me bastó echar una sola mirada, tal vez un tanto
complacido, sobre una criatura de sexo femenino, para casi llevar mi
alma a la pérdida; pero por fortuna, al fin, con la ayuda de Dios y
de mi santo patrono, logré expulsar al espíritu maligno que me
poseía. Mi existencia, en cierto momento, se había complicado con
una vida nocturna suplementaria y en completo contraste con la otra.
Durante el día, era un cura casto, enteramente ocupado en plegarias
y cosas santas; pero de noche, apenas cerraba los ojos, me
transformaba en un joven señor, fino conocedor de mujeres, perros y
caballos, jugador de dados, bebedor, blasfemo; y cuando, al alba, me
despertaba, la impresión que experimentaba era antes bien la de
estar entonces durmiendo y soñar que hacía de sacerdote. De esa vida
de sonámbulo me ha quedado el recuerdo desgraciadamente indeleble de
palabras y objetos que nunca debí haber visto; y, aunque jamás haya
salido de las paredes de mi presbiterio, se diría, sintiéndome
hablar, que yo fuera en cambio un hombre corrido que, después de
haber aprovechado de todos los placeres que ofrece el mundo, se ha
acercado a la religión para concluir en el seno de Dios su jornada
demasiado turbulenta, y no el humilde seminarista que fui en
realidad, envejecido luego en una parroquia ignorada por la mayoría,
perdida en el fondo de un bosque donde nunca tuve ocasión de
relacionarme con las cosas del siglo.
Sí, he amado como quizá nadie en el
mundo ha amado jamás, con un amor furioso, de tal modo violento,
hasta maravillarme yo mismo de que mi corazón no haya reventado
nunca, con tensión semejante. ¡Ah! ¡Qué noches! ¡Qué noches!
La vocación de hacerme sacerdote la
había sentido desde la más tierna infancia, por lo que todos mis
estudios fueron orientados a ese fin, y mi vida, hasta los
veinticuatro años, no fue sino un largo noviciado. Concluidos los
estudios de teología y pasados todos los grados menores, mis
superiores me consideraron digno, a pesar de mi extrema juventud, de
trasponer el último y más temible umbral. Quedó establecido que yo
sería ordenado sacerdote durante la semana de Pascua.
Hasta entonces nunca había estado
fuera del recinto que comprendía colegio y seminario: sabía
vagamente que existía algo que respondía al nombre de "mujer", pero
nunca detuve mi pensamiento en aquello: era de una inocencia
perfecta.
No lamentaba nada, y no sentía, por
eso, la menor vacilación ante el compromiso irrevocable que estaba
por contraer: me sentía lleno de regocijo e impaciencia. Creo que
nunca novio alguno ha contado las horas que le separan de las bodas
con ardor más febril que el mío: no podía siquiera dormir, excitado
por la idea de que podría decir misa. Ser sacerdote: no concebía
nada más bello en el mundo: hubiera rehusado convertirme en rey o
poeta.
Llegado el gran día, me dirigí
hacia la iglesia con paso tan ligero, que me parecía tener alas en
las espaldas. Me creía semejante a un ángel, y me extrañaba el
rostro sombrío y preocupado de mis compañeros: porque éramos muchos
los que debíamos recibir las órdenes. Había pasado la noche en
plegaria, y me encontraba en un estado de exaltación lindante con el
éxtasis. El obispo, anciano venerable, me parecía Dios, en actitud
de contemplar su propia eternidad. A través de las bóvedas del
templo entreveía el cielo.
Usted, hermano, conoce todos los
detalles de la ceremonia: bendición, comunión, unción de la palma de
las manos con el aceite de los catecúmenos, para terminar con el
santo sacrificio, que se ofrece al unísono con el obispo.
¡Oh, cuánta razón tenía Job! ¡Cuán
imprudente es no hacer un pacto anticipado con los propios ojos! Por
azar, levanté de pronto la cabeza y, de golpe, vi ante mí, tan
cercana que hubiera podido tocarla (aun cuando, en realidad,
estuviera más bien lejos), una joven mujer de rara belleza, vestida
como una reina. Fue como si me cayeran escamas de los ojos:
experimenté la sensación de un ciego, que recobra de improviso la
vista. El obispo, tan esplendoroso hasta ese momento, se apagó
inmediatamente, los cirios empalidecieron en sus candelabros de oro,
como las estrellas al sobrevenir la mañana, y en toda la iglesia se
hizo una tiniebla completa. La fascinadora criatura se destacaba de
aquel escenario de sombra como una revelación divina: parecía que se
iluminara por sí sola, y que ella misma fuera una fuente de luz.
Bajé los párpados, decidido a no
levantarlos nunca más, para sustraerme a toda sugestión que pudiera
provenir del exterior; porque, en realidad, me sentía siempre más
desviado y sabía siempre menos lo que debía hacer.
Un minuto después, reabrí los ojos, porque, aun a través de las
pestañas, la veía brillar en una penumbra enrojecida, como si
estuviera mirando el sol.
¡Oh, cuán bella era! Los más
grandes pintores, aun cuando tratan de hacer el retrato de la
Virgen, y buscan por eso representar un tipo ideal de belleza, no se
acercan ni siquiera lejanamente a aquella fabulosa realidad. Ninguna
paleta de pintor, ningún verso de poeta podría dar idea de ella. Yo
no sé aún si la llama que la iluminaba procedía del cielo o del
infierno, pero, de seguro, llegaba del uno ni del otro.
A medida que la observaba, sentía
abrirse en mí puertas de las que hasta entonces no sospechaba ni
siquiera su posibilidad, y la vida se me aparecía bajo una luz asaz
diversa. Era como si naciera a una nueva existencia, a otro orden de
ideas. Una espantosa angustia me oprimía el corazón, y cada minuto
que pasaba me parecía al mismo tiempo un segundo y un siglo. La
ceremonia, sea como fuere, proseguía, y me transportaba siempre más
lejos de aquel mundo, cuya entrada asediaban furiosamente mis deseos
recién nacidos. No obstante, en el momento fatal dije "sí". Hubiera
querido decir "no", todo en mí se rebelaba y protestaba contra la
violencia que mi lengua le estaba haciendo a mi alma: una fuerza
oculta me arrancaba las palabras de la garganta, a pesar mío. Algo
igual debe acontecerle a las muchas niñas que van al altar con la
firme resolución de rechazar el esposo que les ha sido impuesto de
penosamente: llegado el momento, ninguna realiza su propósito. Algo
igual debe acontecerle a todas las pobres novicias que terminan
tomando el velo, aun cuando estuvieran muy decididas a desgarrarlo
en pedazos en el momento de los votos. No se osa hacer estallar
escándalo semejante en presencia de todos, ni decepcionar la
expectativa de tantas excelentes personas. Se adivina, tejida y
concentrada en vuestra respuesta, toda la voluntad de cada uno de
los presentes: sus miradas fijas oprimen como una capa de plomo. Y
además cada cosa se halla tan perfectamente preparada, todo se halla
tan bien dispuesto por anticipado, y parece tan evidentemente
irrevocable, que cualquier reacción personal sucumbe bajo aquel peso
enorme y no puede sino ceder definitivamente.
La mirada de la bella desconocida
mudaba gradualmente de expresión, a medida que la ceremonia
continuaba. Al principio tierna y acariciadora, se teñía más y más
de una suerte de desdén y desaprobación, como expresando descontento
por no haber sido escuchada.
Hice un esfuerzo, que en sí hubiera
sido suficiente para mover una montaña, tratando de expresar en un
grito mi voluntad de no hacerme sacerdote. Pero nada logré. La
lengua estaba pegada al paladar, y me fue imposible traducir mi
intención con el más insignificante gesto negativo. Me encontraba,
aunque despierto, en una suerte de pesadilla.
Ella pareció sensible al martirio
que yo estaba sufriendo y, como si quisiera alentarme, me lanzó una
mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema, de los que
cada mirada constituía una canción.
Era como si me dijera:
"Si quisieras ser mío, yo te haría
ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte Dios en el Paraíso;
los ángeles se sentirían envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre,
con el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la
vida. Ven a mí: juntos seremos el amor. Nuestra existencia
transcurrirá como un sueño, y será sólo un largo, eterno beso. Tira
por tierra el vino del cáliz que te ofrecen, y serás libre. Yo te
guiaré hacia islas desconocidas: dormirás sobre mi seno, en un lecho
de oro macizo, bajo un baldaquín de plata, porque te amo, y quiero
arrebatarte a Dios, hacia el cual tantos nobles corazones derraman
inútilmente torrentes de amor, que ni siquiera llegan hasta él".
Me parecía sentir estas palabras
acompañadas por una música de infinita dulzura, porque su mirar
tenía algo de sonoro, y las frases que sus bellísimos ojos me
transmitían resonaban en lo profundo de mi corazón como si una boca
invisible me las soplara en el alma. Me sentía muy dispuesto a
renunciar a Dios, pero entretanto continuaba maquinalmente
cumpliendo todas las formalidades del rito. La hermosa me echó una
mirada tan suplicante como desesperada que fue como si aguzadas
hojas traspasaran mi corazón.
Pero ahora estaba hecho: era
sacerdote.
Creo que nunca rostro humano supo
expresar angustia más desgarradora: la muchacha que ve caer a su
lado al prometido, fulminado de improviso por un síncope, la madre
que encuentra vacía la cuna de su niño, el avaro que encuentra una
piedra en el sitio de su tesoro, el poeta que ha dejado caer en el
fuego la única copia del manuscrito de su obra más importante, no
tienen ciertamente una expresión más desolada e inconsolable. Púsose
blanca como el mármol, los bellísimos brazos se le cayeron a lo
largo del cuerpo. Apoyóse en un pilar, como si las piernas ya no
pudieran sostenerla. En cuanto a mí, estaba lívido, la frente bañada
de sudor más ardiente que el del Calvario. Me dirigí vacilante hacia
la puerta de la iglesia, me sofocaba; las bóvedas me parecían
aplastar mis espaldas: me sentía como si debiera sostener yo solo el
peso íntegro de la cúpula.
Estaba por trasponer el umbral
cuando una mano aferró bruscamente la mías: ¡una mano de mujer! No
la había tocado nunca: era fría como la piel de una serpiente, y sin
embargo me dejó una sensación ardorosa como la marca de un hierro
candente. Era ciertamente ella. "¡Desdichado! ¡Qué has hecho!", me
susurró. Luego, desapareció entre el gentío.
Pasó ante mí el viejo obispo. Me
escrutó con aire severo. En efecto, mi continente debía parecer
harto extraño: palidecía y enrojecía de continuo, y sin razón
aparente, la cabeza me daba vueltas. Uno de mis compañeros tuvo
piedad de mi estado, y se tomó la molestia de acompañarme de nuevo:
solo, no hubiera encontrado ciertamente el camino del seminario. A
la vuelta de una callejuela, mientras mi compañero miraba a otro
lado, un pajecito negro, extrañamente vestido, se me acercó y, sin
detenerse, me entregó una pequeña cartera preciosamente historiada,
haciéndome seña de que la ocultara. La deslicé en la manga, y no la
saqué sino cuando me volví a encontrar a solas en mi celda. Hice
saltar la manilla: dentro había nada más que dos hojitas de papel
con estas palabras: "Clarimonda, palacio Concini". Estaba tan poco
informado, en esa época, de las cosas del mundo, que nada sabía de
Clarimonda, si bien a la redonda se hablase mucho de ella, y además
ignoraba por completo donde estaba el palacio Concini. Hice mil
conjeturas, una más desaforada que la otra, pero, en verdad, lo que
contaba para mí era lograr volver a verla, y le daba muy poca me
importancia a lo que ella fuera, gran dama o cortesana.
Aquel amor recién nacido se había
arraigado de manera indestructible, y ni siquiera pensé en la
posibilidad de arrancarlo. Esa mujer me dominaba ahora
completamente, con una solo mirada había hecho de mí otro hombre,
besaba mi mano en el sitio en que ella la había rozado; horas
enteras repetía su nombre. No debía hacer más que cerrar los ojos
para verla tan claramente como si en realidad estuviera presente, y
me repetía de continuo las palabras que ella pronunciara en la
puerta de la iglesia: "Desdichado, ¿qué has hecho?". Me daba cuenta
del horror de mi situación y todos los aspectos más tristes de mi
estado se me descubrían con nitidez; ¡ser sacerdote quería decir
permanecer casto, no hacer el amor, no cuidarse nunca del sexo ni de
la edad, apartar los ojos de toda belleza, comportarse como un
ciego, arrastrarse siempre en la sombra gélida de un claustro o de
una iglesia, no tener contactos sino con moribundos, velar cadáveres
de desconocidos, y llevar siempre luto con esa sotana negra que, sin
ningún cambio, podría servir muy bien además como sudario para
envolverse en el ataúd!
¿Cómo hacer para ver nuevamente a
Clarimonda? No hallaba ningún pretexto para salir del seminario,
pues que no tenía amistades en la ciudad. Además, ni siquiera debía
quedarme en esos lugares, antes esperaba que me destinaran a una
parroquia. Intentaba arrancar las barras de mi ventana, pero estaba
a una altura impresionante, y además no tenía una escala de cuerdas,
por consiguiente era inútil pensar en ello. Por otra parte, sólo
hubiera podido bajar de noche, ¿y cómo habría podido salir de apuros
en el dédalo de calles, que apenas conocía? Todas estas
dificultades, que para otro tal vez hubieran sido insignificantes,
parecían insalvables al mísero seminarista, recién nacido al amor,
sin experiencia, sin dinero y sin ropas.
¡Ah! Si no hubiera sido sacerdote,
habría podido verla todos los días; habría sido su amante, su
esposo, me decía, enceguecido como estaba, y, en vez de encontrarme
aquí envuelto en este siniestro sudario, llevaría ropas de seda y
velludo, cadena de oro, espada y plumas, como todos los perfectos
caballeros. Mis cabellos, en vez de recibir la humillación de una
ancha tonsura, se ondularían alrededor de mi cuello en un movimiento
de rizos. Tendría hermosos bigotes untados, sería un galán. En
cambio, una sola horita pasada ante un altar, alguna media palabra
articulada de mala gana, habían bastado para sacarme completamente
del número de los vivos: ¡yo mismo había construido mi tumba, yo
mismo había echado el cerrojo de mi prisión! Me asomé a la ventana:
el cielo estaba maravillosamente azul, los árboles se habían puesto
sus ropajes primaverales, la naturaleza resplandecía con un gozo que
me parecía irónico. La plaza del lugar estaba llena de gente que iba
y venía. Jóvenes parejas se dirigían, abrazadas, hacia la sombra de
los jardines y los emparrados. Pasaban algunas comitivas, entre
cantos y estribillos de bebedores: tal movimiento, el ímpetu y la
alegría general, hacían resaltar aún más lastimosamente mi lucha y
mi soledad. No pude soportar ese espectáculo, cerré la ventana y me
arrojé en la cama, lleno el corazón de odio y celos irrefrenables,
mordiendo mis dedos y el cobertor, como haría una tigresa con hambre
de tres días.
No sé cuánto tiempo estuve así;
pero mientras me revolvía en la cama con rabioso espasmo, vi de
pronto al abad Serapion inmóvil en medio de la habitación,
estudiándome atentamente. Tuve vergüenza de mí mismo y, dejando caer
la cabeza sobre el pecho, me tapé los ojos con las manos.
"Romualdo, amigo mío, te está
ocurriendo algo anormal", me dijo apaciblemente Serapion, luego de
unos minutos de silencio. "Tu conducta es en verdad inexplicable. Un
ser pío, tranquilo y dulce como tú se agita en su celda como una
fiera. Cuídate, hermano, de no escuchar las sugestiones del diablo,
porque el espíritu maligno, irritado por saberte desde ahora
consagrado al Señor, te ronda y hace el último esfuerzo por atraerte
hacia él. En vez de dejarte abatir, querido Romualdo, hazte una
hermosa coraza de plegarias y mortificaciones, y combate con fuerza
a tu enemigo: sólo así vencerás. La prueba es necesaria a la virtud.
Las almas más aguerridas han padecido momentos semejantes. Reza,
medita, ayuna: el espíritu maligno se batirá en retirada".
El discurso del abad Serapion me
ayudó a volver a encontrarme a mí mismo, y a restituirme un poco de
calma.
"Venía a anunciarte tu nominación
en la parroquia de C. Ha muerto el sacerdote que la tenía hasta
ahora, y el obispo te ha designado para sucederle. Encuéntrate listo
mañana."
Asentí con un movimiento de cabeza,
y el abad me dejó de nuevo solo.
Abrí el misal y comencé a leer una
plegaria, pero las palabras se me confundían ante los ojos, y el
libro se me deslizó de la mano sin que yo hiciera nada para
retenerlo.
¡Partir mañana, sin haberla visto
de nuevo! Agregar una ulterior imposibilidad a todas las que ya se
interponían entre nosotros. Perder para siempre la esperanza de
encontrarla, de no ser por milagro. ¿Y si le escribiera? ¿A quién
jamás podía confiarme, vestido como lo estaba de los sacros
paramentos? Experimenté una angustia indecible. Me volvió a la mente
lo que el abad había dicho de los ardides del diablo, lo raro de
toda la aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el
resplandor fosforescente de sus ojos, el tacto ardiente de sus
manos, la turbación en que me sumiera, la transfiguración que en mí
se había operado, mi devoción que se deshiciera en un instante, todo
probaba con claridad la presencia de Satanás y acaso aquella sedeña
mano no fuese sino el guante que recubría su garra. Estos
pensamientos me provocaron un inmenso terror: recogí el misal, y
torné a orar.
Al día siguiente, Serapion vino a
buscarme. Dos mulas aguardaban en la puerta, con nuestros escasos
bagajes. Recorriendo las calles de la ciudad, escrutaba ansiosamente
cada ventana, para ver si en ella aparecía Clarimonda, pero todavía
era muy temprano, y la ciudad no había abierto aún los ojos. Mi
mirada trataba de penetrar más allá de los cortinados que cubrían
las ventanas de los palacios a lo largo de nuestro camino. Serapion
debía sin duda atribuir este interés mío a la admiración por la
elegante arquitectura de aquellos lugares, porque demoraba el paso
de su cabalgadura para darme tiempo de ver todas las cosas.
Llegamos, al fin, a las puertas de
la ciudad, y comenzamos a ascender la colina. Desde la cima, me
volví una última vez para ver de nuevo los lugares en que vivía
Clarimonda. La sombra de una nube cubría toda la ciudad. Los techos
azules y rojos estaban dispersos en una media tinta general, sobre
la que flotaban, con blancos copos de espuma, los humos de la
mañana. Por un singular efecto óptico resaltaba, dorado por el único
rayo de luz un edificio que sobrepasaba en altura a todas las
construcciones cercanas, inmersas en la niebla y, aunque se
encontraba en realidad a más de una legua de nosotros, me parecía
muy próximo, y podía distinguir todos sus detalles.
"¿Cuál es aquel palacio iluminado
por el sol?", pregunté a Serapion. Se resguardó de la luz con la
mano y me contestó: "Es el antiguo palacio que el príncipe Concini
ha regalado a la cortesana Clarimonda. Parece que es teatro de
orgías monstruosas".
Justamente en aquel instante, fuese
realidad o ilusión, me pareció advertir en la terraza una clara
pequeña figura que resplandeció un segundo y en seguida se apagó.
¡Era Clarimonda ! ¿Sabía acaso que en ese mismo momento, desde lo
alto de aquel áspero sendero que me alejaba aún más de ella, yo
cubría con los ojos su casa, que un burlón juego de luces parecía
poner al alcance de mi mano, casi invitándome a entrar en ella como
señor? Ciertamente, ella debía saberlo: su alma era demasiado afín a
la mía para no sentir mis propias turbaciones y era de seguro éste
el sentimiento que la había incitado, aun envuelta en sus velos
nocturnos, a salir a la terraza, al comenzar la mañana.
La sombra engulló también el
palacio quedándome delante sólo un océano inmóvil de techos, además
de los cuales no se distinguía sino una ondulación montañosa.
Serapion estimuló a su mula, y la mía la siguió. Una curva del
sendero quitó para siempre de mi vista la ciudad de S. a la que no
debía ya volver.
Después de tres días de camino, a
través de campos asaz desolados, vimos apuntar el gallo de la cima
del campanario de la iglesia donde debía servir. Tras un sendero
tortuoso, rodeado de cabañas y corrales, nos encontramos ante el
edificio, que no era de magnífico. Un vestíbulo ornado con algunas
nervaduras y dos o tres pilares de cerámica groseramente tallados,
un techo de tejas y contrafuertes de arenisca igual al de los
pilares, era todo. A la izquierda, el cementerio lleno de hierbas,
con una gran cruz de hierro en el centro. A la derecha, a la sombra
de la iglesia, el presbiterio, harto desnudo y mísero.
Era una casa de extrema sencillez,
de una árida dignidad. Entramos. Algunas gallinas picoteaban sobre
la tierra escasos granos de arena. Acostumbradas aparentemente al
negro hábito de los eclesiásticos, en nada se extrañaron con nuestra
presencia, y apenas se molestaron para dejarnos pasar.
Un ladrido flojo y enmohecido se
escuchó, y vimos a un perro acercarse. El animal perteneció a mi
predecesor. Tenía la mirada sin brillo, la pelambre gris y todos los
síntomas de la más alta vejez que puede un perro alcanzar. Con
ternura lo acaricié y él también se puso a caminar a mi lado con un
aire de inexpresable satisfacción.
Una mujer, igualmente añosa, y que
había sido la gobernanta del viejo cura, vino con prontitud a
nuestro encuentro, y después de haberme hecho entrar en una sala
baja, me preguntó si mi intención era conservarla.
Le respondí que yo la conservaría
conmigo, tanto a ella como al perro y, también, a las gallinas, y a
todo el mobiliario que su amo le había dejado a su muerte, lo que la
hizo entrar en un estado de euforia. Por su parte, el abad Serapion
pagó de inmediato el precio que ella pidió.
Arreglada mi estancia, el abad
Serapion regresó al seminario. Por tanto, quedé solo y sin más apoyo
que el mío propio. El recuerdo de Clarimonda volvió a obsesionarme
y, a pesar de los esfuerzos que hice por rechazarlo, no siempre lo
logré.
Una tarde paseando entre la alameda
bordeada de boj del jardincillo, me pareció ver a través de la
enramada una forma femenina que seguía todos mis movimientos, y el
destello entre el follaje de dos iris verdes de mar; pero no era
sino una ilusión; y tras pasar al otro lado de la alameda, no
encontré nada más que la huella de un pies sobre la arena, tan breve
que podía confundirse con la del pie de un niño. El jardín estaba
rodeado por muy altas murallas; registré todas las esquinas y
rincones, mas no había nadie. Jamás pude explicarme tales
circunstancias que, por lo demás, no fueron nada comparadas con los
extraños acontecimientos que me debían ocurrir.
Así viví más de un año, cumpliendo con exactitud las obligaciones de
mi estado. Rezaba, ayunaba, consolaba y socorría a los enfermos,
daba limosna hasta quedarme sólo con lo que satisficiera mis
necesidades fundamentales.
Pero sentía en el fondo de mí una aridez extrema. Y las fuentes de
la gracia se mantuvieron secas para mí. No gozaba de esa
satisfacción que otorga el cumplimiento de una santa misión; mi
ideal estaba más lejos, y las palabras de Clarimonda con frecuencia
regresaban a mis labios como un refrán involuntario. ¡Oh, hermano,
medita bien en esto!. Por haber levantado una sola vez la vista
hacia una mujer, por una falta tan ligera en apariencia, padecí
durante muchos años la agitación más miserable: mi vida se vio
afectada para siempre.No me detendré más en esta serie de desafíos y
obre estas victorias interiores, seguidas siempre de las recaídas
más profundas, y pasaré de inmediato a una circunstancia decisiva.
Una noche, tocaron con violencia a
la puerta. La vieja ama de llaves fue abrir, y un hombre de piel
morena, ricamente vestido, se recortó en el umbral. Algo en su
aspecto atemorizó al principio a la anciana, pero el hombre la
tranquilizó y le dijo que había venido a buscarme para una tarea que
incumbía a mi ministerio. Su dueña, una gran dama, se estaba
muriendo, y deseaba un sacerdote. Tomé lo que era menester para la
extremaunción, y me di prisa en seguirle. Ante la puerta resoplaban
impacientes dos caballos negros como la noche y un cándido humo
surgía de sus narinas. El hombre me ayudó a montar en uno de los dos
corceles, y saltó sobre el otro. Apretó las rodillas y dejó libres
las bridas de su caballo, que partió como una flecha. El mío lo
siguió, devorando el camino. Veía la tierra desaparecer bajo
nosotros, gris y surcada: los perfiles oscuros de los árboles huían
a los costados como un ejército en derrota. Atravesamos un bosque
tan sombrío y gélido que me corrió por la piel un escalofrío de
terror supersticioso. Las centellas, que las herraduras de nuestros
caballos arrancaban a las piedras, formaban tras de nosotros una
estela de fuego, y si alguien hubiera podido vernos a mí y a mi guía
en aquella hora de la noche, nos habría tomado por dos espectros a
caballo de un íncubo.
La crin de los dos caballos se
enmarañaba siempre más, arroyos de sudor corrían sobre sus flancos,
pero cuando los veía extenuarse, el escudero, para reanimarlos, daba
un grito gutural, que no tenía nada de humano, y la carrera
recobraba aun mayor furia. El paso de nuestras cabalgaduras resonó
más estrepitoso sobre un piso ferrado, y pasamos bajo una siniestra
arcada oscura que se abría entre dos inmensas torres. En el castillo
reinaba gran agitación: bandadas de domésticos, antorcha en mano,
atravesaban el patio en todas direcciones, y luces diversas salían y
bajaban lentamente. De modo confuso pude entrever inmensas
arquitecturas, arcadas, columnas, rampas, un conjunto de
construcciones digno de un palacio real.
Un pajecillo negro, el mismo que me
diera la esquela de Clarimonda y que reconocí al instante, me ayudó
a bajar de la silla, y un mayordomo, vestido de velludo negro, vino
hacia mí. apoyándose en un bastón de marfil. Gruesas lágrimas le
corrían de los ojos sobre la barba blanca. "¡Demasiado tarde!" ,
dijo, meneando la cabeza. "Demasiado tarde. Pero si no hizo a tiempo
para salvar el alma, venga al menos a velar su cuerpo."
Me tomó de un brazo, y me condujo a
la cámara mortuoria. Yo lloraba tanto como él, porque había
adivinado que la muerta no era otra que mi Clarimonda, tan
desesperadamente amada.
Me arrodillé, sin atreverme a mirar
el catafalco que se encontraba en medio de la estancia, y me puse a
recitar los salmos con fervor, agradeciendo a Dios haber puesto una
tumba entro aquella mujer y yo, lo que me permitía citar en mi
plegaria su nombre, ahora santificado. Pero poco a poco mi santo
fervor disminuyó y comencé a fantasear. Aquella cámara no tenía nada
de una cámara mortuoria. En vez del aire fétido y cadaverino que
respiraba siempre en tales lugares, un lánguido perfume de esencias
orientales, un no sé cuál afrodisíaco olor de mujer flotaba
dulcemente en el aire tibio. La pálida luz de la estancia parecía
más bien una iluminación sabiamente dispuesta para la voluptuosidad,
que el lívido reflejo que de ordinario palpita cerca de un cadáver.
Pensaba en el singular caso que me había hecho encontrar de nuevo a
Clarimonda justamente en el momento en que la perdía por siempre, y
un suspiro de pena escapó de mi pecho.
Me pareció sentir también un
suspiro a mis espaldas, y me volví instintivamente. Era sólo el eco,
pero en ese movimiento mis ojos cayeron sobre el catafalco que antes
había tratado de no mirar.
Las colgaduras de damasco purpúreo
dejaban ver a la muerta, extendida, con las manos juntas sobre el
pecho. Estaba cubierta de una sábana de lino, de una blancura
deslumbradora, que resaltaba aun más al lado del color sanguíneo de
las colgaduras y tan sutil que no lograba ocultar nada del seductor
relieve de su cuerpo. Antes bien se dijera una estatua de alabastro,
o mejor, una joven durmiente sobre quien hubiera caído la nieve.
No podía contenerme más: aquel aire
de alcoba me exaltaba, y yo caminaba a largos pasos por toda la
estancia, parándome continuamente a contemplar la hermosa difunta,
bajo la transparencia del sudario. Extraños pensamientos pasaban por
mi mente. Me imaginaba que no estuviera realmente muerta, y que todo
fuese una maña suya para atraerme al castillo y hablarme de su amor.
Y luego me dije: "¿Será de verdad
Clarimonda? ¿Y qué prueba tengo de ello? El pajecito negro podría
haber cambiado de amo. Soy un loco en desesperarme así". Me aproximé
al lecho mortuorio, y miré con intensidad aún mayor la causa de mi
tortura. ¿Debo confesarlo? La perfección de sus formas me turbaba
más de lo que fuera el caso, y ese reposo era tan semejante a un
simple sueño que cualquiera habría podido engañarse.
Olvidé que estaba en ese lugar para
un servicio fúnebre, y me creí un esposo por vez primera en la
cámara de la joven mujer que, púdica, se cubre el rostro.
Trastornado por el dolor, arrebatado del gozo, temblando de temor y
placer, me incliné hacia ella y levanté lentamente la punta del
sudario, reteniendo la respiración por temor de despertarla. Era en
efecto Clarimonda, como la viera en la iglesia el día en que había
sido ordenado sacerdote: estaba seductora como entonces, y la muerte
le agregaba sólo una coquetería complementaria. Permanecí largamente
absorbido en aquella muda contemplación, y entanto más la miraba,
menos podía convencerme de que la vida hubiera podido verdaderamente
abandonar ese cuerpo estupendo. Le toqué ligeramente el brazo,
estaba frío, pero no más que su mano cuando rozara la mía bajo el
portal de la iglesia. ¡Ah! Qué amargo sentimiento de desesperación y
de impotencia. Qué agonía aquella vigilia. La noche avanzaba y,
sintiendo acercarse el momento de la separación eterna, no pude
evitar la triste y suprema dulzura de poner un tenue beso sobre los
labios de aquella que había tenido todo mi amor. ¡Oh prodigio! Una
leve respiración se unió a la mía y los labios de Clarimonda
respondieron a la presión de mi boca: sus ojos se abrieron,
recobraron la luz, y ella, suspirando, separó los brazos y me los
echó alrededor del cuello, con un aire de inefable éxtasis.
"Romualdo", me dijo con voz
lánguida y dulce, como las vibraciones últimas de un arpa. "¿Qué
haces? Te he esperado tan largamente que me he muerto. Pero somos
prometidos. Podré verte y llegarme hasta ti. Adiós, Romualdo, adiós.
Te amo y te ofreceré esta vida que tu reclamaste en mí por un
instante con un beso. Hasta pronto."
Reclinó hacia atrás la cabeza,
mientras sus brazos aún me ceñían. Un torbellino de viento abrió
vivamente la ventana y entró en la estancia. La lámpara se extinguió
y yo caí desvanecido sobre el pecho de la hermosa difunta.
Cuando volví en mí, me encontré
tendido en mi lecho, en el pequeño dormitorio de mi presbiterio. La
anciana ama de llaves se afanaba en la habitación con senil
agitación, abriendo y cerrando gavetas, o mezclando polvillos en los
vasos. Viéndome abrir los ojos, la anciana dio un gritito de
alegría, pero yo estaba tan débil que no pude decir una palabra ni
hacer gesto alguno. Supe luego que había permanecido en aquel estado
durante tres días enteros, no dando otro signo de vida que una
respiración casi imperceptible. El ama de llaves me refirió que el
mismo hombre de la piel oscura que me viniera a buscar de noche, me
había traído a la mañana siguiente en una litera, marchándose en
seguida. Apenas pude discernir las ideas, repasé mentalmente todas
las circunstancias de aquella noche fatal. Al principio pensé que
quizás había sido víctima de una ilusión, pero la existencia de
circunstancias reales y palpables destruyó bien pronto esta
hipótesis. No podía creer que había soñado desde el momento que el
ama de llaves viera cómo el hombre de los dos caballos negros, del
cual recordaba cuanto me lo hizo extraño. Sin embargo, nadie sabía
de la existencia en el dintorno de un castillo, semejante a aquél
donde volviera a ver a Clarimonda.
Una mañana vi entrar al abad
Serapion. Mientras me pedía noticias de mi salud, con tono
hipócritamente meloso, fijaba en mí sus amarillas pupilas leoninas,
y me hundía sus miradas como una sonda en el fondo del alma.
Después, me hizo algunas preguntas sobre el modo como yo gobernaba
mi parroquia, si me encontraba bien en ella, cómo empleaba mi tiempo
libre, cuáles eran mis lecturas favoritas, y otras cuestiones
insignificantes de este género. La conversación no tenía, es
evidente, ninguna relación con aquello que en realidad él había
venido a decirme. De pronto, sin preámbulo alguno, como si de
improviso se hubiera acordado de algo que temiera olvidar, me dijo
con voz clara y vibrante, que resonó en mis oídos cual las trompetas
del Juicio Final:
"La cortesana Clarimonda murió días
pasados tras una orgía de ocho días y ocho noches. Ha sido cosa
fantástica e infernal. Se han repetido los hechos horripilantes de
los festines de Baltazar y de Cleopatra. Los convidados eran
servidos por esclavos de piel negra que hablaban una lengua
desconocida y que, a mi entender, no son sino demonios. Sobre
Clarimonda han corrido muchas extrañas leyendas, y todos sus amantes
han terminado de manera mísera o violenta. Se ha dicho también que
era una vampira. Pero para mí, es Belcebú en persona".
Calló, observándome aun más
atentamente, como para ver el efecto que en mí tenían sus palabras.
No había podido evitar un gesto, al sentir nombrar a Clarimonda, y
turbación y terror se manifestaron en mi rostro, aunque yo hiciera
de todo para dominarme. Serapion me lanzó una ojeada preocupada y
severa. Luego me dijo: "Hijo mío, debo ponerte en guardia. Tienes un
pie sobre un abismo: cuida de no precipitarte en él. Satanás usa de
pacientes argucias, y las tumbas no siempre son definitivas. Sería
necesario cerrar la piedra tumbal de Clarimonda con triple sello,
porque parece que ésta ni siquiera es la primera vez que ha muerto.
Dios vele sobre ti, Romualdo".
Y Serapion, volviéndome las
espaldas, se marchó con lentitud.
Estaba completamente restablecido,
y ahora había retomado mis funciones habituales. El recuerdo de
Clarimonda y las palabras del viejo abad estaban siempre presentes
en mi espíritu, a pesar de que ningún evento extraordinario hubiera
venido a confirmar las funestas prevenciones de Serapion. Comenzaba
a pensar que sus temores y mis terrores fueran excesivos, cuando una
noche tuve un sueño. Apenas me había dormido, cuando sentí
levantarse las cortinas de mi lecho.
Me levanté bruscamente y vi que una
sombra femenina estaba ante mí. Reconocí en seguida a Clarimonda.
Tenía en la mano una linternilla del tipo de las que se ponen en las
tumbas, cuyo resplandor tornaba aún más transparentes sus dedos
afilados. Por toda vestimenta tenía el sudario, cuyos pliegues
retenía sobre el vientre como si se avergonzara de estar tan
escasamente vestida; pero su pequeña mano no lograba por completo su
intención. Era tan blanca que la albura del lienzo se confundía con
la palidez de su carne bajo el tenue rayo de la lamparilla. Envuelta
en aquel fino tejido que traicionaba todos los contornos de su joven
cuerpo, se hubiera dicho más el marmóreo retrato de una antigua
bañista que una mujer viva. Pero muerta o viva, estatua o mujer,
sombra o cuerpo, su belleza era siempre la misma: sólo la luz
verdosa de sus pupilas estaba levemente apagada y pálida su boca.
Posó la lamparilla sobre la mesa y se echó a los pies del lecho,
luego me dijo, inclinándose sobre mí, con aquella su voz al mismo
tiempo argentina y aterciopelada que nunca sentí a nadie:
"Me hice esperar mucho, querido
Romualdo: quizá pensaste que te había olvidado. Pero he debido venir
de tan lejos, y de un lugar de donde ninguno retorna: no hay sol ni
luna en el país del que vengo, ni espacio, ni sombra, ni sendero
para el pie, ni aire para las alas, y sin embargo heme aquí: mi amor
es más poderoso que la muerte y terminará por vencerla. Cuántos
rostros mortecinos y terribles he visto en mi viaje. Con qué pena mi
alma retornada a la vida por la fuerza de la voluntad, ha debido
adaptarse de nuevo a mi cuerpo. Qué fatiga para levantar la tierra
con que me habían cubierto. Mira: la palma de mis manos está
martirizada. Bésala: sólo así la curarás, amor dilecto."
Me aplicó sobre los labios, una
después de otra, sus frías palmas. Las bese muchas veces, mientras
ella me miraba con una sonrisa de inefable complacencia.
Confieso para mi vergüenza que
había olvidado completamente los consejos del abad Serapion, y mi
propio hábito talar. Había caído sin oponer ninguna resistencia al
primer asalto. Ni siquiera había intentado rechazar la tentación. La
frescura que emanaba de la piel de Clarimonda penetraba en la mía, y
sentía correr por mi cuerpo voluptuosos escalofríos. ¡Pobre niña! A
pesar de todo lo que luego vi, me apena aún creer que fuese un
demonio. Por lo menos no tenía ciertamente apariencia de tal, y
Satanás nunca ha encubierto mejor sus astucias. Estaba echada sobre
el costado de mi mala cama, en una actitud llena de espontánea
coquetería, cada tanto me pesaba las manos entre los cabellos y
formaba rizos como si quisiera probar el efecto, en torno a mi
rostro, de diversos aderezos. Yo la dejaba hacer con la más culpable
complacencia, mientras ella acompañaba sus gestos con la más
seductora charla.
"Te amaba mucho antes ya de verte,
querido Romualdo. Y te buscaba por todas partes. Te vi en la iglesia
en aquel fatal momento y me dije en seguida: Qes élf. Cuán celosa
estoy de Dios, a quien amas más que a mí. Qué infeliz soy. No tendré
más tu corazón para mi sola, yo que por ti he forzado mi tumba y
vengo a dedicarte mi vida, que he retomado sólo para hacerte feliz."
Cada frase era interrumpida por
caricias delirantes, que me aturdieron al punto de que, para
consolarla, osé proferir una blasfemia terrible y decirle que la
amaba al menos tanto como a Dios. Inmediatamente sus pupilas se
reavivaron.
"Es verdad. Me amas tanto como a
Dios", exclamó abrazándome. "Desde el momento que es así, vendrás
conmigo y me seguirás adonde yo vaya. Dejarás esos horrendos ropajes
negros. Serás el más bello y el más envidiado de los caballeros,
serás mi amante. ¡Nada malo es ser el amante confeso de Clarimonda,
de aquella que rechazó a un Papa! Qué vida dulce y dorada
llevaremos. Mi señor, ¿cuándo partimos?"
"¡Mañana! ¡Mañana!", grité en mi
delirio.
"Esta bien, mañana", prosiguió
Clarimonda. "Tendré así tiempo para cambiarme: el vestido que llevo
es demasiado escaso, no conviene a un largo viaje. Necesito además
avisar a mis servidores que aún me creen muerta. Dinero, ropajes,
carruaje, todo estará pronto mañana. Vendré a buscarte a esta misma
hora."
Me rozó apenas la frente con los
labios, la lamparilla se extinguió, las cortinas se cerraron
nuevamente, y no vi nada ya. Un sueño de plomo, un sueño sin
pesadillas, me envolvió dejándome en la inconsciencia hasta la
mañana siguiente. Me desperté más tarde que de costumbre, y el
recuerdo de aquella singular aparición me perturbó durante todo el
día. Terminé por persuadirme de que había sido fruto de mi exaltada
imaginación. Sin embargo, las sensaciones habían sido tan vivas que
me era difícil creer que no fueran reales, y no sin aprensión me
metí en cama a la noche, después de haber rogado a Dios que me
librara de todo perverso pensamiento, y protegiera la castidad de mi
sueño.
Me dormí en seguida profundamente,
y el sueño del día anterior se reanudó. Las cortinas se levantaron,
apareciendo Clarimonda no ya diáfana en su blanco sudario, sino gaya
y esplendorosa, en un soberbio vestido de velludo verde con
recamados de oro. Sus rizos rubios escapaban de un amplio sombrero
negro, recargado de blancas plumas; tenía ella en la mano una
pequeña fusta con un chiflo de oro en la punta. Me tocó suavemente y
me dijo: "¿Entonces, bello durmiente? ¿Es así cómo te preparas?
Pensaba encontrarte levantado. Apresúrate, no hay tiempo que perder.
Vístete y partamos."
Salté fuera del lecho. Ella misma
me entregaba las ropas, sacándolas de un paquete que había traído,
riendo de mi torpeza, e indicándome su justo uso, cuando, por la
prisa, me equivocaba. Me peinó ella misma, presentándome luego un
espejo. "¿Te place? ¿Quieres tomarme como tu camarera personal?"
No era ya el mismo, no me parecía
al que era antes más de cuanto una estatua recuerda al bloque de
piedra informe del cual ha sido sacada. Era hermoso, y mi vanidad se
veía sensiblemente requerida por esta metamorfosis. Aquellas
vestimentas elegantes, aquel rico jubón todo bordado, hacían de mí
un personaje completamente distinto. El espíritu de mi ropa
penetraba en mi piel. Di algunos pasos de aquí para allá en el
aposento, para adquirir una cierta soltura de movimientos.
Clarimonda me observaba, satisfecha de su obra: "Bien, basta ahora
de niñerías, queridísimo Romualdo. Debemos ir lejos, es tiempo de
ponerse en camino si queremos llegar". Me tomó de la mano,
arrastrándome con ella. Todas las puertas se abrían ante ella, a su
sola aparición.
En la puerta encontramos a
Margaritone, el escudero que me hiciera de guía la primera vez.
Tenía de la brida a tres caballos negros, uno para cada uno de
nosotros. Esos caballos debían ciertamente haber nacido de yeguas
fecundadas por el céfiro, porque corrían más veloces que el viento,
y la luna, que se levantara en el momento de nuestra partida para
iluminarnos, rodaba en el cielo como la rueda desprendida de un
carro: la veíamos saltar de árbol en árbol y reforzarse para
mantenernos detrás. Desde aquella noche en adelante mi naturaleza,
en cierto sentido, se duplicó: había en mí dos hombres, uno de los
cuales no conocía al otro. A veces me creía un sacerdote que todas
las noches pensaba ser un joven señor, otras veces un joven señor
que soñaba ser un sacerdote. No lograba ya distinguir el sueño de la
vigilia y no sabía dónde comenzaba la realidad y dónde concluía la
ilusión. El joven señor fatuo y libertino se burlaba del sacerdote,
el sacerdote detestaba las acciones disolutas del joven señor. Dos
espirales encajadas una en la otra, sin jamás tocarse no obstante,
representarían bien la imagen de aquella vida bicéfala que fue la
mía. A pesar de lo extraño de esta situación, no creo, sin embargo,
haber rozado con la locura, ni siquiera un instante. Siempre
conservé bien precisa la percepción de mis dos existencias. Sólo
había un hecho absurdo que no lograba explicarme: o sea, el
sentimiento de un mismo "yo" que podía subsistir en dos hombres tan
diferentes. Era una anomalía de la que no me daba yo cuenta, sea que
creyera ser el cura del villorrio de ***, o il signor Romualdo,
amante reconocido de Clarimonda.
Quedaba siempre el hecho de que yo
estaba, o creía estar, en Venecia. Aun hoy no he podido discernir
bien cuánto hubo de realidad y cuánto de ilusión en esa extraña
aventura. Vivíamos en un grandioso palacio de mármol sobre el Canal
Grande, rico de estatuas y de frescos, con dos Tiziano de la mejor
época en el dormitorio de Clarimonda. Teníamos a nuestra disposición
una góndola y un batelero cada uno, nuestra cámara de música y
nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande, y había algo
de Cleopatra en su naturaleza. En cuanto a mí, llevaba una vida de
príncipe, y levantaba polvareda como si perteneciera a la familia de
uno de los doce apóstoles o de los cuatro evangelistas de la
república serenísima; no hubiera dado marcha atrás en mi camino para
ceder el paso al dogo, y no creo que, después de la caída celestial
de Satán, haya habido persona más orgullosa e insolente que yo. Iba
al Ridotto y jugaba lances infernales. Frecuentaba la mejor
sociedad, hijos de papá, también arruinados, actrices, estafadores,
parásitos y espadachines. Sin embargo, a pesar de las costumbres
disolutas, permanecí fiel a Clarimonda. La amaba perdidamente. Ella
había despertado la saciedad y detenido la inconstancia. Tener a
Clarimonda era como gozar de veinte amantes distintas; como poseer
todas las mujeres, tan movediza, voluble, multiforme, era ella: un
verdadero camaleón. Hacía cometer con ella misma la infidelidad que
se habría realizado con otras, asumiendo completamente el carácter,
el talante y el tipo de belleza de la mujer que pareciera atrayente.
Centuplicado, ella me devolvía su amor; y era en vano que los
jóvenes patricios y aun los viejos del Concilio de los Diez le
hicieran magníficas proposiciones. Hasta un Foscari se hizo llegar a
ella para proponerle desposarse; ella rehusó del todo. Ella tenía
suficiente oro y no deseaba más que el amor, un amor joven, puro,
despertado por ella y que debía ser el primero y el postrero. Yo, a
mi vez, hubiera sido perfectamente feliz de no ser por una pesadilla
maldita y recurrente cada noche, que me hacía creer un cura de
pueblo macerándose y haciendo penitencia por sus excesos diurnos.
Asegurado por la costumbre. Tranquilizado por la costumbre de estar
con Clarimonda, ni siquiera pensaba ya en el modo extraño en que nos
habíamos conocido. Sin embargo, las palabras del abad Serapion
regresaban a veces a mi memoria despertándome cierta inquietud.
Desde hacía cierto tiempo, la salud
de Clarimonda era menos perfecta. Su tez cotidianamente palidecía
más y más. Los médicos nada comprendían de su enfermedad, y no
sabían qué hacer. Prescribieron remedios insignificantes, y no
volvieron más. Pero ella continuaba palideciendo a ojos vista, y su
piel era siempre más fría. Estaba blanca y casi amortecida como en
aquella noche afamada del castillo desconocido. Me desesperaba verla
languidecer así. Conmovida por mi dolor, ella me sonreía dulcemente
con la expresión melancólica de quienes sabes que pronto deben
morir.
Una mañana estaba yo desayunando a
un costado de su lecho, por no dejarla sola ni un minuto. Mientras
cortaba una fruta, me hice por casualidad un tajo bastante profundo
en el dedo. La sangre brotó en seguida en rojo arroyuelo y algunas
gotas salpicaron a Clarimonda. De inmediato sus ojos brillaron, su
fisonomía asumió una expresión de salvaje alegría que nunca le
viera. Saltó fuera del lecho con agilidad animal, como un gato o una
mona, y se precipitó sobre mi herida, poniéndose a chuparla con
voluptuosidad indecible. Sorbía la sangre a cortos tragos, lenta y
gustosamente como un experto que saborea un Jerez o un vino de
Siracusa. Entrecerraba los ojos: su redonda pupila verde se había
vuelto oblonga. Cada tanto se interrumpía para besarme la mano,
luego continuaba apretando sus labios sobre los labios de la herida,
para tratar de hacer salir algunas gotas purpúreas más. Cuando vio
que ya no salía sangre, se levantó, con los ojos húmedos y
brillantes, más rósea que aurora de mayo, el rostro recompuesto, la
mano tibia y húmeda, en suma, más bella que nunca y en perfecto
estado de salud.
"No moriré más. ¡No moriré más!",
gritó, loca de alegría, colgándose de mi cuello. "Mi vida está en la
tuya, y todo lo que es mío viene de ti. Algunas gotitas de tu rica y
noble sangre, más preciosa que cualquier elixir, me han devuelto a
la vida."
Esta escena me dejó largamente
meditabundo, suscitándome los más extraños pensamientos sobre
Clarimonda. Esa misma noche, apenas el sueño me trajo de nuevo a mi
presbiterio, volví a ver al abad Serapion, más grave y más
preocupado que nunca. Me observó atentamente y me dijo: "No contento
con perder el alma, ahora quieres perder también tu cuerpo. Joven
infeliz, has caído en una trampa". El tono con que pronunció estas
pocas palabras me tocó vivamente, pero aquella impresión no me duró
mucho; numerosos cuidados disiparon mi atención de la escena. Sin
embargo, una noche, en un espejo, cuya posición traidora ella no
había calculado, vi que Clarimonda vertía un polvillo en la taza de
vino aromatizado que acostumbraba prepararme al término de la cena.
Tomé la taza, fingí llevarla a los labios, y luego la puse sobre un
mueble, como si tuviera la intención de concluirla más tarde, pero
apenas la hermosa me volvió las espaldas, la derramé rápidamente
bajo la mesa. Fui después a mi cámara, y me tendí sobre el lecho,
decidido a no dormir para darme cuenta de lo que sucediera. No debí
esperar mucho. Clarimonda entró en camisa de noche y,
desembarazándose de sus velos, se tendió junto a mí en el lecho. Se
aseguró de que yo estuviera verdaderamente dormido, luego me desnudó
un brazo y, quitándose de los cabellos un alfiler de oro, comenzó a
murmurar:
"¡Una gotita, sólo una gotita, un
puntito bermejo en mi alfiler! Ya que tu me amas todavía, no debo
morir aún. Pobre amor mío, beberé tu hermosa sangre, tan brillante.
Duerme, mi bien; duerme, mi dios; duerme, mi niño; no te haré ningún
mal, no tomaré de tu vida más que aquello que me basta para que no
se extinga la mía. Si no te amara tanto, podría servirme de las
venas de cualquier otro amante, pero, desde que te conozco, todos el
resto me repugna. Qué hermoso brazo, redondo, blanco. No me decido a
punzar esta bella pequeña vena amor mío." Y mientras hablaba
lloraba, y yo sentía sus lágrimas caerme sobre el brazo. Finalmente
se decidió, me hizo una pequeña incisión con el alfiler, y se puso a
chupar la sangre que brotaba. Apenas hubo sorbido algunas gotas, el
temor de agotarme la indujo a ponerme un pequeño emplasto, luego de
haber frotado la herida con un ungüento que la cicatrizó
inmediatamente.
Ya no podía dudar, el abad Serapion
tenía razón. Sin embargo, a pesar de la certeza, no podía impedirme
amar a Clarimonda, y le hubiera dado con gusto toda la sangre que
necesitaba para prolongar su artificial existencia. Por otra parte,
ni siquiera sentía gran temor. La mujer frenaba a la vampiro; y lo
que había visto y escuchado, lo demostraba por completo; tenía,
además, venas copiosas que no podían agotarse tan pronto, y no me
sentía dispuesto a regatear mi vida gota a gota. Hasta me hubiera
abierto por mí mismo las venas, diciéndole: "Bebe, y que mi amor se
inflitre en tu cuerpo con mi sangre". Evitaba aludir al narcótico y
a la escena del alfiler, y nuestra unión se mantenía perfecta. Sólo
mis escrúpulos de sacerdote continuaban atormentándome como nunca, y
no sabía cuáles nuevas maceraciones inventar para dominar y
mortificar mi carne. Aunque todas estas visiones pudieran ser
involuntarias, y yo no fuera culpable de ellas, no me atrevía a
tocar a Cristo con las manos tan impuras y un con un espíritu
impregnado por libertinaje semejante, real o producto del sueño. A
fin de evitarme el caer en poder de aquellas penosas alucinaciones,
me obligaba a no dormir, teniendo mis párpados abiertos con los
dedos, y permanecía de pie, apoyado en las paredes, luchando con
todas mis fuerzas contra el sueño.
Pero la arenilla del amodorramiento
me irritaba los ojos muy pronto y, viendo inútil toda lucha dejaba
caer los brazos con desánimo y cansancio, y de nuevo me arrastraba
la corriente hacia aquellas pérfidas riberas. Serapion me dirigía
las exhortaciones más enérgicas, y me reprochaba mi flaqueza y
escaso fervor. Un día que estaba más inquieto que de costumbre, me
dijo: "Para librarte de esta obsesión no hay más que un remedio, y;
aun cuando sea extremoso convendrá adoptarlo. Sé dónde ha sido
sepultada Clarimonda. Es necesario desenterrara, y que veas en cuál
estado lastimoso se encuentra el objeto de tu insano amor. Ya no te
sentirás tentado de perder el alma por un inmundo ser, devorado por
los gusanos, próximo a deshacerse en polvo. Volverás de seguro en
ti, después de esta experiencia". Estaba tan enervado por aquella
doble vida que accedí. Quería saber de una vez por todas quién,
entre el sacerdote y el joven señor, era víctima de una ilusión.
Estaba decidido a matar en provecho del uno o del otro, a uno de los
dos hombres que vivían en mí, o también a aniquilar a ambos, porque
semejante vida no podía durar.
El abad Serapion se proveyó de una azada, una leva y una linterna y
a medianoche fuimos al cementerio de *** cuya disposición conocía al
dedillo. Después de haber iluminado varias lápidas con la linterna,
llegamos finalmente a una piedra semioculta por las hierbas, y
devorada por el musgo y las plantas parásitas, sobre la cual
desciframos el comienzo de una inscripción:
"Aquí yace
Clarimonda
La más bella de las mujeres
que cuando vivió..."
"Es justamente aquí", dijo Serapion,
y posando en tierra la linterna, introdujo la leva en la fisura
terminal de la piedra, y comenzó a levantarla. La piedra cedió, y él
comenzó a trabajar con la azada. Le miraba hacer, más sombrío y
silencioso que la noche. En cuanto a él, doblado sobre su macabra
tarea, estaba bañado en sudor, jadeaba, y su afanosa respiración
parecía el estertor de un agonizante. Era un extraño espectáculo, y
quien nos hubiera visto, nos tomara por profanadores o ladrones de
sudarios, antes que por dos sacerdotes. El celo de Serapion tenía
algo de duro y salvaje que lo tornaba más semejante a un demonio que
a un apóstol, y su rostro de grandes rasgos austeros, profundamente
marcados por el reflejo de la linterna, no tenía nada de
tranquilizador. Sentía un sudor helado correrme por los miembros;
los cabellos se erizaban en mi cabeza; en lo íntimo de mí mismo veía
el acto del austero Serapion como un abominable sacrilegio, y
hubiera querido que de las nubes oscuras que rondaban pesadamente
sobre nosotros surgiera un triángulo de fuego que lo redujese a
polvo. Los búhos, encaramados en los cipreses, inquietados por el
resplandor de la linterna, venían a batir pesadamente contra el
vidrio sus alas polvorientas, emitiendo penosos gemidos. Los lobos
aullaban a lo lejos, y mil ruidos siniestros laceraban el silencio.
Finalmente, la azada de Serapion golpeó el ataúd, y se escucharon
resonar sus tablas con un rumor seco y sonoro, ese espantoso rumor
sordo que sale de la nada cuando se la roza. Serapion abrió la tapa,
y vi a Clarimonda, blanca como el mármol, juntas las manos. El albo
sudario la envolvía como único ropaje. Una pequeña gota roja parecía
una rosa en la comisura de su pálida boca. Serapion, al verla, se
enfureció: "Hete aquí, demonio, cortesana desvergonzada, bebedora de
sangre y de oro". Asperjó con agua bendita el cuerpo y el ataúd, y
con el hisopo trazó una señal de la cruz. La pobre Clarimonda,
apenas salpicada por el santo rocío, se deshizo en polvo. No quedó
más que una mezcla informe de cenizas y huesos medio calcinados. "He
aquí tu amante, señor Romualdo", dijo el inexorable presbítero
mostrándome esos tristes despojos, "¿aún te aún estaríais tentado
por dar un paseo por el Lido y Fusina con vuestra belleza?" Bajé la
cabeza. Una gran ruina se hizo en mi interior. Volví a mi
presbiterio, y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se apartó
del pobre sacerdote, con quien durante tanto tiempo había tenido una
tan singular compañía. Sólo la noche siguiente a Clarimonda; me dijo
como la primera vez en el portal de la iglesia: "Desdichado, ¿qué
has hecho? ¿Por qué escuchaste a ese sacerdote imbécil? ¿No eras
acaso feliz conmigo? ¿Qué daño te había hecho para darte el derecho
de violar mi tumba miseranda y poner al desnudo las miserias de mi
nada? toda comunicación entre nuestras almas y nuestros cuerpos está
por siempre rota. Adiós. Me extrañarás".
Se deshizo en el aire como niebla,
y no la volví a ver nunca más. Por desgracia, dijo la verdad. La he
llorado más de una vez, y la lloro todavía. He ganado la paz del
alma a bien caro precio. El amor de Dios no fue luego sobrado para
remplazar al suyo. "Ésta es, hermano, la historia de mi juventud. No
mire jamás a una mujer, y camine con los ojos bajos, porque, por
casto y tranquilo que usted sea, basta un minuto para perder la
eternidad."
"La morte
amoureuse" de Théophile Gautier, (pp. 69-104), en Goimard, Jaques et
Roland Stragliati. La grand anthologie du fantastique. Histories de
mort-vivants. Presses Pocket, Paris, 1977 (ISBN 2-266-00288-0) 405
pp. Traducción de Marcos Fingerit para Editorial Sur, Buenos
Aires, revisada y cotejada por Bernardo Ruiz.

|