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"La hermosa vampirizada" de
Alejandro Dumas

Alejandro Dumas
(Padre) Nació el 24 de
julio de 1802 en Villers-Cotterêts, Aisne, Francia. Era hijo de un
General y nieto de un noble que se había radicado en Santo Domingo.
Su
educación fue más basada en las lecturas, especialmente de aventuras
de los siglos XVI y XVII, que realizó con profusión mientras trabajó
con el Duque de Orleans, en París. Era también un asiduo concurrente
a las representaciones teatrales y sus primeros escritos fueron
obras de teatro. Escribió en este género, Enrique III y su corte, en
1829, y la pieza romántica Cristina, en 1830; ambas de gran éxito en
las tablas de la época.
Fue un escritor muy
prolífico, publicó alrededor de 1.200 volúmenes, aunque se supone
que muchas de ellas fueron escritas en colaboración con otros
escritores menores. Pero la mayor fama en la literatura romántica
francesa la alcanzó con sus novelas históricas: "Los tres
mosqueteros" (1844) y "El conde de Montecristo" (1844). En 1989
escribió La hermosa vampirizada que en 1951 se representaría en los
teatros de París.
Otras obras de éxito
son, en teatro, "Antonio" (1831), "La torre de Nesle" (1832),
"Catherine Howard" (1834), "Kean, o desorden y genio" (1838) y "El
alquimista" (1839). Fue nombrado como Dumas padre puesto que su hijo
tenía el mismo nombre y también fue escritor.
Obtuvo por sus
publicaciones enormes ingresos, pero apenas alcanzaban a pagar sus
gastos, conservar la finca en las cercanías de París (Montecristo),
mantener a numerosas amantes (una de las cuales era la madre de su
hijo Alexandre), adquirir obras de arte y afrontar grandes pérdidas
económicas en empresas riesgosas, lo que lo llevó a terminar sus
días prácticamente en bancarrota.
Murió el 5 de
diciembre de 1870.

LA HERMOSA
VAMPIRIZADA
Yo soy polaca, nacida en
Sandomir,vale decir en un país donde las leyendas se tornan
artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de familia como y
—acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre nosotros que
no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio familiar.
En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en la
cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces
se escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan
horrendos en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las
murallas, que los habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y
aldeanos y nobles corren a la iglesia en procura de la cruz bendita
o de las santas reliquias, únicos resguardos contra los demonios que
nos atormentan. Pero otros dos principios más terribles aún, más
furiosos e implacables, se encuentren allí enfrentados: la tiranía y
la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre
Rusia y Polonia una de esas luchas en las cuales creyérase agotada
toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota la sangre de una
familia entera. Mi padre y mis dos hermanos, rebelados contra el
nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de la
independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día
supe que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron
que mi hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después
de una jornada angustiosa, durante la cual yo había escuchado
aterrorizada el tronar siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi
padre con un centenar de soldados de a caballo, residuo de tres mil
hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en
nuestro castillo con la intención de sepultarse bajo sus ruinas.
Mientras no temía nada por él, temblaba por mí. Y en efecto, para él
era único riesgo la muerte, porque estaba segurísimo de no caer vivo
en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la esclavitud, el
deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre los cien
que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión
de la segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había
encontrado un asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru,
situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó conducirme a
aquel monasterio que abriría a la hija, como hacía tiempo a la
madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi
padre alimentaba por mí, nuestros saludos no fueron largos. Según
todas las probabilidades, los rusos debían llegar el día siguiente a
la vista del castillo, por lo que no había tiempo que perder. Me
puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar a
mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de
la cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias
pistolas, obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la
orden de partida.
Durante aquella noche y el día
siguiente recorrimos veinte leguas, costeando uno de esos ríos sin
nombre que desembocan en el Vístula. Esta primer doble etapa nos
había sustraído al peligro de caer en manos de los rusos. El sol se
dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas cimas de los
Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente
llegamos a su pie: al fin, en la mañana del tercer día, comenzamos a
avanzar por una de sus gargantas. Nuestros Cárpatos no se parecen a
los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto la naturaleza tiene
de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda su majestad.
Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el
terso espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de
aquellos lagos, jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás
redes de pescadores turbaron su cristal profundo como el azul del
cielo; apenas, de tiempo en tiempo, resuena allí la voz humana,
haciendo escuchar un canto moldavo al que contestan los gritos de
los animales selváticos: y cantos y gritos van a desvelar algún
solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya revelado
su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas
maravillas que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen
pasar nuestro ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay
peligro, y el peligro se compone de mil riesgos diversos; pero no se
tiene tiempo para atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos.
Aquí hay alguna cascada a la que dio origen imprevistamente la
licuefacción de los hielos y que, saltando de roca en roca, invade
de pronto el angosto sendero que se recorre, trazado por el paso de
las fieras en fuga y del cazador que las persigue; allí hay árboles
minados por el tiempo, que se desprenden del suelo y se derrumban
con horrible estrépito semejante al de un terremoto; en otra parte,
en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en medio de
las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado
aquellas moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de
encontraros en medio de gigantescas montañas y bosques
interminables, os veis ante inmensos páramos, como mares que tienen
también sus ondas y sus tempestades, áridas y gibosas estepas, donde
la vista se pierde en un horizonte sin límite. Entonces no es terror
lo que experimentáis, sino una triste y profunda melancolía, de la
cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de la región,
por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en
vano un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel
aislamiento, en medio de desiertos, os creéis solos en la
naturaleza, y vuestra melancolía se convierte en desolación. Os
parece inútil caminar más adelante, porque no veis una meta para
vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un castillo, ni una
cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de cuando en
cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un
barranco, casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes
aguas, sobre las cuales se levantan al acercaros algunas aves
acuáticas de gritos prolongados y discordantes. Rodead ese lago,
trasponed el collado que está delante de vosotros, descended a otro
valle, superad otra colina, y así sucesivamente, hasta que hayáis
llegado a los comienzos de la cadena de montes que van siempre
disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os volvéis hacia el
mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os presenta
una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de montañas
más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra
y con el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha
ya el tañido de la campana de una ermita, y sobre el flanco de
aquella montaña se ve serpentear una caravana. Por fin, a los
últimos rayos del sol poniente se perciben desde lejos, a guisa de
bandada de pájaros blancos, apoyándose las unas en las otras, las
casas de una aldea, que parece se hubieran agrupado en cierto modo
para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el
peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en aquella altas
montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
Entretanto nos acercábamos a
nuestra meta. Diez días de camino habían transcurrido sin ningún
incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte Pion, que se eleva
sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya vertiente
meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro
viaje. Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada
muy cálida, y hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las
primeras brisas del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las
torres ruinosas de Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos
a ver a través de una hendidura de la montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya
podíamos seguir con la vista el curso del Bistriza, de riberas
esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas campánulas de flores
blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría el río, que en
aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras cabalgaduras
tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos precedía un
guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular
atención. El cantor era también al mismo tiempo el poeta.
Necesitaría ser uno de aquellos montañeses para poder expresarnos la
melancolía de su canción con su salvaje tristeza, con toda su
profunda sencillez. Las palabras de la canción eran poco más o menos
las siguientes:
"¡Ved allí ese cadáver en la palude
de Stavila, donde corriera tanta sangre de guerreros! No es un hijo
de Iliria, no; es un feroz bandido, que después de haber engañado a
la gentil María, robó, exterminó, incendió.
"Rauda como el relámpago una bala
ha venido a atravesar el corazón del bandido; un yatagán le ha
tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después de tres días, su
sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y solitario
y ennegrece el pálido Ovigan.
"Sus ojos turquíes brillan siempre;
huyamos, huyamos: guay de quien pase por la palude cerca de él: ¡es
un vampiro! El feroz lobo se aleja del impuro cadáver, y el fúnebre
buitre huye al monte de calvo frontis."
De pronto se oyó la detonación de
un arma de fuego y el silbar de una bala. La canción quedó
interrumpida, y el guía, herido de muerte, precipitóse al abismo,
mientras su caballo se detenía temblando y tendiendo la inteligente
testa hacia el fondo del precipicio, donde desapareciera su dueño.
Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito estridente, y
sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena de
bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes,
como que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron
intimidar, y se pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo,
empuñé una pistola, y conociendo bien cuán desventajosa era nuestra
situación, grité: ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que
se lanzó a toda carrera hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla
con montañeses que brincaban de roca en roca como verdaderos
demonios de los abismos, que aun saltando, hacían fuego, manteniendo
a nuestros flancos la posición tomada. Por lo demás, nuestro plan
había sido previsto. En un punto donde el camino se ensanchaba y la
montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un joven a la
cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron al
galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras
aquellos que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y
cortada de tal modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin
embargo, acostumbrada desde niña a las escenas de guerra, pude
apreciarla sin que se me escapara una sola circunstancia. Todos
aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero, llevaban inmensos
sombreros redondos, coronados de flores naturales al modo de los
húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes,
y en la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era
un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y
cabellos ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la
casaca moldava guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja
con listas de oro y seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y
en su cintura relucían cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos
roncos e inarticulados que parecían no pertenecer al habla humana, y
sin embargo eran una eficaz expresión de sus deseos, pues a aquellos
gritos obedecían todos sus hombres, ora echándose a tierra boca
abajo para esquivar nuestras descargas, ora levantándose para
disparar a su vez, haciendo caer a aquellos de nosotros que aún
estaban de pie, matando a los heridos, haciendo en suma de la lucha
una carnicería. Yo había visto caer uno después del otro los dos
tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún ilesos y se apretaban
a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la certidumbre de
no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara que
fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En
verdad aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último
grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un
golpe vimos apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la
hora final. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una
última plegaria, y aguardé la muerte. En ese instante vi, no
descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que se detuvo
enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de
batalla, pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se
volvieron a esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo
un bandido apuntó de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de
nuestros hombres dio un grito; la bala le había roto el brazo
izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse sobre el que le hiriera,
pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo, que un relámpago
brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido por
una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me
hallé acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las
rodillas de un hombre, de quien no veía sino la mano blanca y
cubierta de anillos rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba
parado, de brazos cruzados y la espada bajo la axila, el joven jefe
moldavo que dirigiera el asalto contra nosotros. "Kostaki", decía en
francés y con gesto autoritario el que me sostenía, "haced que
vuestros hombres se retiren de inmediato, y dejadme el cuidado de
esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a quien eran
dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con esfuerzo,
"cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo, dejadme
a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy
amo en todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y
aquí. Como a vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan,
sangre real que tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a
vuestros servidores, Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros
soldados son bandidos, Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las
almenas de nuestras torres si no me obedecen al instante." "Bien,
probad de darles una orden."
Sentí entonces que quien me
sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre
una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y
pude examinar a aquel joven, que cayera, por así decirlo, del cielo
en medio de la refriega, y que yo había podido ver apenas, estando
desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un joven de
veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos celestes
y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios,
indicio de la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los
del arcángel Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas;
sus labios realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una
doble hilera de perlas. Vestía una especie de túnica de velludo
negro, calzones ceñidos a las piernas y botas bordadas; en la cabeza
tenía un gorro puntiagudo ornado de una pluma de águila; en la
cintura portaba un cuchillo de caza, y al hombro una pequeña
carabina de dos caños, cuya precisión había aprendido a apreciar uno
de los bandidos. Extendió la mano, y con ese gesto imperioso pareció
imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas palabras en lengua
moldava, las cuales parecieron causar profunda impresión sobre los
bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua el joven
jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un
gesto, y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos
se reunieron detrás de nosotros.
"¡Bien! Sea, pues, Gregoriska",
dijo Kostaki volviendo a hablar en francés. "Esta mujer no irá a la
caverna, pero no por ello será menos mía. La encuentro hermosa, la
he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo, se lanzó él hacia
mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será llevada al
castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la
cabalgadura pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de
un caballo sin dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos.
Kostaki, bien que me tenía aún apretada entre sus brazos, montó en
la silla casi tan ágilmente como su hermano, y partió a todo galope.
El caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y
fue a ponerse pegado al flanco y al pescuezo del corcel de Kostaki.
Extraño de verse eran aquellos dos caballeros que volaban el uno
junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse de vista un
solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y se entregaban
por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a
través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me
permitía ver los bellos ojos de Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo
advirtió, me levantó la cabeza, y ya no vi más que su tétrica mirada
devorándome. Bajé los párpados, pero en vano; a través de su velo,
veía no obstante siempre aquella mirada relampagueante que me
penetraba hasta las vísceras y me punzaba el corazón. Entonces me
acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la Leonora de la
balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero fantasmas, y
cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada, tan
persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un
castillo moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra,
bajando casi en seguida después que yo; pero, por rápido que hubiera
sido su acto, Gregoriska le había precedido. Como lo dijera, en el
castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos jóvenes y a la
extranjera que llevaban con ellos, acudieron los servidores; pero,
aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y Gregoriska,
aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más profundo
eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les dio
una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la
siguiera. La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa
que yo no vacilé absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después
me encontraba en una cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda
y triste a una persona de menos fácil contentamiento, era sin
embargo evidentemente la más hermosa del castillo. Una gran
habitación cuadrada, con una especie de diván de sayal verde,
asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o seis
sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en
las ventanas y en el lecho. A los costados de la escalera que
llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de nichos, tres estatuas
de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al poco rato
trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban también
mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi
tocado, conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que
cualquier otra, acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes.
Apenas había hecho los pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando
oí golpear levemente en la puerta.
"Adelante", dije en francés, siendo
esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, casi una segunda
lengua materna. Entró Gregoriska. "¡Ah! señora, cuánto me complace
que habléis francés." "Y yo también", respondí, "estoy contenta de
saber esta lengua, porque de tal modo he podido, gracias a este
hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra conducta conmigo. En
esa lengua vos me defendisteis de los designios de vuestro hermano,
y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que
me preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación.
Andaba de caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas
detonaciones anormales y continuas; comprendí que se trataba de un
asalto a mano armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos
nosotros en términos guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo,
pero ¿sería tal vez demasiado atrevido si os preguntara, oh señora,
por cuál motivo una mujer de alto linaje, como lo sois vos, se ha
visto reducida a aventurarse en nuestros montes?" "Yo soy polaca",
le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no ha mucho, en la
guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se preparaba
a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta hora, y
yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo
seguro." "Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven;
"este título os será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros
necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que
se prepara. Pero ante todo, señora, pues que yo sé quién sois vos,
sabed también quiénes somos nosotros: el nombre de los Brankovan no
os es desconocido, ¿verdad, señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la
última princesa de este nombre, la última descendiente del ilustre
jefe mandado matar por los Cantimir, los viles cortesanos de Pedro
I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban Waivady, príncipe
también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre había sido
educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé,
narraros lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es
necesario que nos conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos
de esta revelación— mi madre, digo, que durante los primeros viajes
de mi padre, mientras era yo aún niño, había tenido culpables
relaciones con un jefe de parciales (que con tal nombre, agregó
sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los hombres por
quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli, medio
griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella,
una Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre
que se tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre
no tuvo necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os
podrá parecer extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él
había muerto de un aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba,
y la carta de mi madre la recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra
cosa que hacer votos sinceros por la felicidad de mi madre, y le
escribí una carta, en la que le comunicaba estos votos míos junto
con la noticia de su viudez. En aquella carta le pedía también
permiso para poder continuar mis viajes, que me fue concedido. Tenía
yo la firme intención de establecerme en Francia o Alemania para no
encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y que no podía
amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí, que, de
improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba
yo demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de
tener junto a ella en tales circunstancias las personas que podían
serle queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna
conmigo, era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo
de mis padres. Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por
un extranjero, pero luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el
hijo del adulterio, legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki,
la indomable criatura que visteis, para quien son leyes sólo sus
pasiones, que nada tiene por sagrado aquí abajo fuera de su madre,
que me obedece como la tigresa obedece al brazo que la ha domado,
pero rugiendo por siempre, en la vaga esperanza de poder devorarme
un día. En el interior del castillo, en el hogar de los Brakovan y
de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de este recinto, en la
abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de los bosques y
de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad.
Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá por
antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais
un paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que
hacerme matar por defenderos."
"¿No podré entonces", dije yo,
"según el deseo de mi padre, continuar el viaje hacia el convento de
Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os acompañaré, pero quedaré
en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no alcanzaréis la meta
de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?" "Quedaros aquí,
aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y
que sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma
salvaros. Mi madre, a despecho de la preferencia que concede a
Kostaki, hijo de su amor, es buena y generosa. Por otra parte, es
una Brankovan, vale decir una verdadera princesa. La veréis: ella os
defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo la
protección de ella: sed cortés, os amará. Y en realidad (agregó él
con expresión indefinible), ¿quién podría veros y no amaros? Venid
ahora al comedor donde mi madre os espera. No demostréis fastidio ni
desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta lengua; yo
traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que sólo
diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo.
Vos no sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más
sincero de entre nosotros. Venid."
Le seguí por la escalera iluminada
de antorchas de resina ardiendo, puestas dentro de manos de hierro
que sobresalían del muro. Era evidente que aquella insólita
iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al comedor.
Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después
supe significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer
de alta estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos
entrelazados alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un
gorro de cibelina, ornado de un penacho, signo de su origen
principesco. Vestía una especie de túnica de brocado, el corpiño
sembrado de piedras preciosas, sobrepuesta a una larga hopalanda de
estofa turca, guarnecida de piel igual a la del gorro. Tenía en la
mano un rosario de cuentas de ámbar, que hacía correr rápidamente
entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki, vestido con el
espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció aún más
extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla,
calzones de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro
tirando a azulado le caían sobre el cuello desnudo, rodeado
solamente por la orla blanca de una fina camisa de seda. Me saludó
torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras para mí
ininteligibles.
"Podéis hablar en francés, hermano
mío", dijo Gregoriska; "la señora es polaca y comprende esta
lengua".
Entonces Kostaki dijo en francés
algunas palabras casi tan incomprensibles para mí como las que
pronunciara en moldavo; pero la madre, tendiendo gravemente el
brazo, interrumpió a los dos hermanos. Aparecía claro que intimaba a
sus hijos que esperaran a que sólo ella me recibiera. Comenzó
entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento, al cual la
movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse. Me
indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un
gesto la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y,
sentándose antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal
de la cruz y pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su
lugar propio, establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí.
Como extranjera, yo había determinado que a Kostaki le tocara el
puesto de honor junto a su madre Smeranda. Así se llamaba la
condesa. También Gregoriska había mudado de vestimenta. Llevaba él
igualmente la túnica magiar y los calzones de casimir, pero aquélla
de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del cuello una
espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los otros
comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o
los servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la
palabra, si bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en
francés. La madre me ofrecía de todo con sus propias manos con ese
ademán solemne que le era natural; Gregoriska había dicho la verdad:
era una verdadera princesa. Luego de la cena, Gregoriska se acercó a
su madre, y le explicó en lengua moldava el deseo que yo debía tener
de estar sola, y cuán necesario que sería el reposo después de las
emociones de aquella jornada. Smeranda hizo un gesto de aprobación,
me tendió la mano, me besó en la frente, como lo hubiera hecho con
una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo. Gregoriska no
se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante de
soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me
acompañaran en mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos
hijos, volví a mi aposento, de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en
lecho. Otros cambios no se habían hecho. Agradecí a las mujeres: les
hice comprender que me desvestiría sola, y ellas salieron en seguida
con mil testimonios de respeto que querían significar tener órdenes
de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en aquella inmensa
cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era un
singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de
la ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y
que caía sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus
gruesos cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para
tranquilizarme. Miré la puerta de entrada; también ella tenía medios
de defensa. Abrí la ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que
Grigoriska había elegido aquella cámara calculadamente. De vuelta
por fin a mi sofá, encontré sobre una mesita puesta junto a la
cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí en polaco: Dormid
tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis en el
interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté
y en seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada
mi permanencia en el castillo y tenía principio el drama que voy a
narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de
mí, cada uno según su propia índole. Kostaki me confesó de improviso
al día siguiente que me amaba, y declaró que sería suya y no de
otro, y que me mataría antes que cederme a quienquiera que fuese.
Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de amor y de
consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos los
medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el
alma, y ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo
de tres meses Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y
yo le odiaba; Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y
yo sentía que cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus
incursiones. Encerrado siempre en el castillo, había cedido
momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién de cuando en
cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía. También
Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki,
y parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no
hablaba polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no
tenía modo de insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había
sin embargo aprendido a decir en francés unas palabras que me
repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama
a Edvige!...—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los
cuatro hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en
libertad y regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes
de que pasaran tres meses, volvería para darme noticias de mi padre.
En efecto, una mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro
castillo había sido tomado, incendiado, destruido, y mi padre se
había hecho matar defendiéndolo. En adelante estaba sola en el
mundo. Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda sus ternuras;
pero esta vez aduje como pretexto mi duelo por la muerte de mi
padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba
tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió al par y
acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del
poder que los moldavos tienen sobre sí mismos, cuando no quieren que
otros lean en su corazón. Él era un vivo ejemplo de ello. Estaba
segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien me hubiera
preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría sido
imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su
mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos
podían hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el
amor que alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor.
Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho aquel poder de
Gregoriska sobre sí mismo. Yo tenía fe en él, pero no bastaba;
necesitaba ser convencida; cuando he aquí que una noche, de vuelta
apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una de las dos puertas
que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear adiviné que era
una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba allí.
"Gregoriska", contestó una voz cuyo
acento no podía engañarme. "¿Qué queréis de mí?", le pregunté toda
temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo Gregoriska, "si me creéis
hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?" "¿Cuál?" "Apagad la luz
como si os hubierais acostado, y de aquí en media hora, abridme esta
puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El
corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía yo que se
trataba de un hecho importante. Transcurrió la media hora: oí
golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el intervalo
había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras
él y eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil,
imponiéndome silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de
que ningún peligro nos amenazaba por el momento, me llevó al centro
de la vasta cámara, y sintiendo, por mi temblor, que no habría
podido sostenerme de pie, me buscó una silla. Me senté o más bien me
dejé caer sobre el asiento.
"¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de
nuevo, o por qué tantas precauciones?" "Porque mi vida, que no
contaría para nada, y acaso también la vuestra, dependen de la
conversación que tendremos."
Amedrentada, le aferré una mano. Se
la llevó él a los labios, mirándome como si quisiera pedir excusas
por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un tácito consentimiento.
"Yo os amo", me dijo con aquella
voz melodiosa como un canto; "¿me amáis vos?" "Sí", le respondí. "¿Y
consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
Llevó la mano a la frente con
profunda expresión de felicidad. "Entonces, ¿no rehusaréis
seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien que no
podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
"¡Oh sí! Huyamos", exclamé.
"¡Silencio", dijo él estremeciéndose, "¡Silencio!" "Tenéis razón." Y
me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo que he hecho", continuó
Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto tiempo sin confesaros
que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de vuestro amor,
que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida
Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido
por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango.
Me han dado trescientos mil francos en muchas piedras preciosas,
cien mil francos en oro, el resto en letras de cambio sobre Viena.
¿Os bastará un millón?" Le apreté la mano. "Me hubiera bastado
vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo vos." "¡Bien! Escuchad; mañana
voy al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con
el superior. Él me tiene listos caballos que nos esperarán de las
nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de castillo.
Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento.
Pero mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la
puerta que da sobre los campos, encontraremos los caballos,
montaremos, y pasado mañana por la mañana habremos recorrido treinta
leguas. —¡Oh! ¡Por qué no será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
Gregoriska me apretó sobre el
corazón, y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Lo había dicho él,
yo había abierto la puerta de mi cámara a un hombre de honor; pero
comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le pertenecía en
alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos. Me veía
huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo había
sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el
movimiento veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé.
Parecióme que el ademán con que me saludó Kostaki era aún más
tétrico que de costumbre. Su sonrisa era irónica y amenazadora.
Smeranda no me pareció cambiada. Durante la colación, Gregoriska
ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki no pusiera ni la mínima
atención en aquella orden. Hacia loas once, Gregoriska nos saludó,
anunciando que estaría de regreso recién a la noche, y rogando a su
madre que no le esperase a cenar: después, volvióse hacia mí y
rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le
siguió hasta cuando dejó la cámara, y en ese momento le brotó de los
ojos un tal relámpago de odio que me estremecí. Podéis imaginaros
con qué inquietud pasé aquel día. A nadie había confiado nuestros
designios, a duras penas le hablé a Dios de ello en mis plegarias, y
parecíame que todos los conocieran, que cada mirada puesta en mí
pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena fue un
suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a
su madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me
levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me
abrazó, y al abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días
no le saliera de la boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una
amenaza hasta mi cámara, y aun allí parecíame que una voz fatal me
susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige! Ahora el amor de Kostaki,
me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte. Hacia las siete
de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para verme,
pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba inquieta,
pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él iba
directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los
cerrojos de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la
cámara vecina, desde donde podía ver todo lo que él estaba por
hacer. Dirigíase, en efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo
llegado a ella sacó él mismo su caballo favorito, ensillándolo de su
propia mano con el cuidado de un hombre que da la mayor importancia
a cada detalle. Vestía el mismo traje que cuando se me apareciera la
vez primera, pero no llevaba otra arma que el sable. Cuando hubo
ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana de mi cámara.
No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la misma
puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó
entonces terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía
que Kostaki iba al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana
hasta cuando pude distinguir el camino que, a un cuarto de legua de
distancia del castillo, hacía un recodo a la izquierda y se perdía
en el comienzo de un bosque. Pero la noche se tornaba cada vez más
cerrada, y pronto no pude yo distinguir más el camino.
Me quedé todavía.
Finalmente, la inquietud que me
atormentaba renovó, precisamente por exceso, mis fuerzas, y pues las
primeras noticias, de uno o de otro hermano, debían llegarme en la
sala inferior, bajé.
Miré ante todo Smeranda. En la
tranquilidad de su rostro advertí que no tenía ninguna aprensión;
daba órdenes para la acostumbrada cena, y los cubiertos de los
hermanos estaban en los lugares habituales. No me atreví a
interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido
dirigirme? En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska,
hablaban las dos lenguas que yo sabía. Me sobresaltaba al mínimo
rumor. Por costumbre, nos poníamos a la mesa a las nueve.
Había bajado a la sala a las ocho y
media, y seguía con la mirada la aguja de los minutos, cuyo avance
era casi visible sobre el amplio cuadrante del reloj. La viajera
aguja transitó la distancia que nos separaba del cuarto de hora.
El cuarto golpeó, y las vibraciones
resonaron profundas y tristes; en seguida, la aguja continuó su
girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la
regularidad y la lentitud de la punta de un compás. Algunos minutos
antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un caballo en el
patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la ventana:
pero la noche era demasiado oscura para poder distinguir objeto
alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel momento, cuán presto
habría adivinado lo que pasaba en mi corazón...
Se había oído el patalear de un
solo caballo, y era cosa muy natural, pues estaba yo bien segura de
que habría regresado un solo caballero. ¿Pero cuál? Resonaron
algunos pasos en la antecámara; pasos lentos, como los de un hombre
que camina hesitando: cada uno de ellos me parecía transitarme el
corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi delinearse una
sombra.
La sombra se detuvo un instante en
la puerta; el corazón se me quedó en suspenso. La sombra avanzó, y a
medida que entraba en el círculo de la luz, recobraba yo el aliento.
Reconocí a Gregoriska. Algunos
momentos más, y el corazón se me quebraba. Reconocí a Gregoriska,
pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle podíase adivinar
que había acontecido algo terrible. "¿Eres tú, Kostaki?", preguntó
Smeranda. "No, madre mía", contestó Gregoriska con sorda voz. "¡Ah,
al fin!", dijo ella, "¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre
esperaros?" "Madre mía", dijo Gregoriska mirando la péndola, "apenas
son las nueve". Y efectivamente en ese mismo momento sonaron las
nueve. "Es verdad", dijo Smeranda. "¿Dónde está vuestro hermano?
A pesar mío se presentó en mi mente
el pensamiento de que Dios había hecho la misma pregunta a Caín.
Gregoriska no contestó. "Nadie ha visto hasta ahora a Kostaki ?",
preguntó Smeranda.
El vatar, o sea el mayordomo, fue a
informarse.
"Hacia las siete", dijo él de
regreso, "el conde ha estado en las caballerizas, ha ensillado con
propia mano su caballo, y ha partido por el camino de Hango".
En ese instante mis ojos se
encontraron con los de Gregoriska. No sé si fue realidad o
alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en medio de su
frente. Me llevé lentamente el dedo a la frente indicando el punto
donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me comprendió: sacó el
pañuelo, secándose. "Sí, sí", murmuró Smeranda, "habrá encontrado
algún lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por
qué un hijo hace esperar a su madre. ¿Dónde le habéis dejado,
Gregoriska?" "Madre mía", respondió éste con voz conmovida pero
firme, "mi hermano y yo no hemos salido juntos". "Bien", dijo
Smeranda. "Vamos a la mesa, cada uno póngase en su lugar, y luego
ciérrense las puertas; quien esté afuera, dormirá afuera."
Las dos primeras partes de estas
órdenes fueron estrictamente ejecutadas. Smeranda se puso en su
lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su siniestra. Después
los servidores salieron para cumplir la tercera parte de las
órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese
momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un
servidor entró espantado diciendo:
"Princesa, ha entrado en este
instante al patio el caballo del conde Kostaki, solo y por entero
cubierto de sangre". "¡Oh!", murmuró Smeranda levantándose pálida y
amenazadora; "de tal modo volvió una noche al castillo el caballo de
su padre".
Dirigió una mirada a Gregoriska, no
estaba pálido ya, estaba lívido. El caballo del conde Koproli, en
efecto, había regresado una noche al castillo todo manchado de
sangre, y una hora después los servidores encontraron y trajeron el
cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda tomó una antorcha de
manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola bajó al patio.
El caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres o cuatro
servidores que hacían toda clase de esfuerzos para tranquilizarlo,
Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que cubría la
silla y vio una herida en su testuz.
"Kostaki fue muerto de frente",
dijo ella, "en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos
míos, más tarde buscaremos al homicida".
Así como el caballo había entrado
por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron afuera
por ella, y se vieron sus antorchas perderse en la campiña y entrar
en lo profundo del bosque, como en una hermosa noche de estío se ven
centellear las luciérnagas en la llanura de Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado
segura de que la búsqueda no duraría mucho, aguardó enhiesta en la
puerta. Ni una lágrima humedecía las mejillas de aquella madre
desolada, sin embargo se veía que la desesperación rugía tempestuosa
en lo profundo de su corazón... Gregoriska estaba detrás de ella, y
yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala, pareció querer
ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De ahí en
cerca de un cuarto de hora se vio aparecer en el recodo del camino
una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente
distinguiéronse todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban
agrupadas en torno a un centro común. Ese centro era, como bien
pronto se pudo advertir, unas parihuelas con un hombre tendido sobre
ellas. El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero al cabo de diez
minutos, quienes le llevaban se descubrieron instintivamente la
cabeza, y taciturnos entraron en el patio, donde fue depositado el
cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda ordenó se le
abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en tierra
ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el
rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una
lágrima. Le abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa
ensangrentada. La herida hallábase en la parte diestra del pecho.
Debía haber sido hecha con una hoja recta y de dos filos. Recordé
haber visto esa mañana misma al a costado de Gregoriska el largo
cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina. Busqué con
los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se hizo llevar agua,
mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura y tibia
todavía enrojeció los labios de la herida. El espectáculo que tenía
bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta cámara
ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros,
aquellos ojos centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes
singulares, aquella madre que, a la vista de la sangre aun cálida,
calculaba cuánto tiempo hacía que la muerte arrebatara a su hijo,
aquel profundo silencio interrumpido sólo por los sollozos de los
bandidos cuyo jefe era Kostaki, todo eso, repito, tenía en sí algo
de atroz y de sublime. Smeranda acercó sus labios a la frente de su
hijo, y se levantó; en seguida, echándose a las espaldas las largas
trenzas de blancos cabellos que se le había desunido:
"¡Gregoriska!", dijo. Gregoriska se
estremeció, sacudió la cabeza y saliendo de su atonía: "Madre mía",
respondió.
"Venid aquí, hijo mío, y
escuchadme."
Gregoriska obedeció, temblando,
pero obedeció.
A medida que se aproximaba al
cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la herida más abundante y
más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más hacia aquel lado,
pues a la vista de aquella sangre no habría tenido ya necesidad de
buscar el asesino. "Gregoriska", dijo ella, "bien sé que Kostaki y
tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un Waivady
por parte de tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero por
parte de vuestra madre sois ambos de la sangre de los Brankovan. Sé
que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las
montañas orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois
hermanos.
¡Pues bien! Gregoriska, quiero
saber si mi hijo será llevado a yacer junto a la tumba de su padre
sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo en fin podré
llorar tranquila, como mujer, descansando en vos, vale decir en un
hombre, para el castigo". "Decidme, señora, el nombre del homicida,
y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá
dejado de vivir." "¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis
entendido, hijo mío? ¿Juráis que el asesino morirá, que no dejaréis
piedra sobre piedra de su casa: que su madre, sus hijos, sus
hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano?
Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la cólera celeste, si
faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra promesa,
padeceréis la miseria, la execración de los amigos, la maldición de
vuestra madre."
Gregoriska extendió la mano sobre
el cadáver, y: "¡Juro que el asesino morirá", dijo.
A aquel singular juramento, cuyo
verdadero sentido yo sola y el muerto quizá podíamos comprender, vi
o creí ver cumplirse un horrendo prodigio. Los ojos del cadáver se
abrieron, se fijaron sobre mi más vivos cual nunca los viera, y,
como si aquella mirada hubiera sido palpable, sentí penetrarme hasta
el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y me
desvanecí.
Cuando recobré los sentidos me
encontré acostada sobre el lecho de mi cámara: una de las dos
mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba Smeranda; me fue
contestado que velaba junto al cuerpo de su hijo. Pregunté dónde
estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de Hango.
Ahora no era preciso huir: ¿no
había muerto Kostaki? No se debía ya hablar de boda, ¿podía yo
casarme con el fratricida? Transcurrieron así tres días y tres
noches en medio de extraños sueños. En la vigilia y en el sueño veía
siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era una
visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
Por la mañana me fue traído de
parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé.
La casa parecía vacía, todos estaban en la capilla. Me encaminé
hacia ella, y al tiempo que trasponía su umbral, vino a mi encuentro
Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
Hubierais dicho que era la imagen
del Dolor. Con lento movimiento como el de una estatua, posó sobre
mi frente sus helados labios, y con voz que parecía salir ya de la
tumba, pronunció las habituales palabras; ¡Kostaki os ama!... No os
podéis imaginar el efecto que produjeron en mi aquellas palabras.
Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado, que
decía os ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a
buscarme en la vida, hizo sobre mi corazón una impresión terrible.
Al mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal como
si fuera verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la
prometida del vivo. Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente,
como la sierpe atrae al pajarillo por ella fascinado.
Busqué con los ojos a Gregoriska;
lo vi pálido y enhiesto contra una columna: miraba hacia lo alto. No
sé decir si me vio. Los monjes del convento de Hango rodeaban el
cuerpo cantando salmos del rito griego, a veces armoniosos, con
frecuencia monótonos. También yo hubiera querido orar, pero la
plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa que
parecíame antes bien presenciar un consistorio de demonios que una
reunión de monjes. Cuando fue sacado el cuerpo de allí, quise
seguirlo, pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las
piernas, y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e
hizo una seña a Gregoriska. Este se aproximó. Smeranda me habló en
moldavo:
"Mi madre me ordena repetiros
palabra por palabra lo que va a decir", me expresó Gregoriska.
Smeranda habló de nuevo; cuando
hubo terminado:
"He aquí las palabras de mi madre",
dijo él: "Lloráis a mi hijo, Edvige, vos le amabais, ¿verdad? Os
agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante
tenéis una patria, una madre, una familia. Derramemos las muchas
lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de nuevo dignas ambas
de aquel que ya no es... ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a
vuestra cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada;
cuando regrese, me encerraré en mi estancia con mi dolor, y me
volveréis a ver sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré
este dolor, porque no quiero que me mate a mí".
A estas palabras de Smeranda,
traducidas por Gregoriska, no pude responder sino con un gemido.
Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se alejó, y lo vi desaparecer
en el ángulo del camino. El convento de Hango estaba a sólo media
legua de distancia del castillo en línea recta; pero los obstáculos
del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que se
empleaban dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de
noviembre. Las jornadas habíanse tornado frías y breves, y a las
cinco ya era noche oscura. Hacia las siete vi reaparecer las
antorchas; el cortejo fúnebre había regresado. El cadáver reposaba
en la tumba de sus padres; todo estaba concluido.
Os dije ya en qué singular
pesadilla vivía presa luego del fatal suceso que nos sumergiera a
todos en el duelo, y sobre todo después que viera reabrirse y
fijarse sobre mí los ojos cerrados del muerto. La noche que siguió,
oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba aún
más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo,
y a medida que el tiempo fugitivo me acercaba al momento en que
había muerto Kostaki, sentíame cada vez más desconsolada. Sonaron
las nueve menos cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña
sensación. Me corría por todo el cuerpo un terror, un
estremecimiento que me helaba; luego una especie de sueño invencible
entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y me velaba los ojos.
Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el lecho. Sin embargo
no había perdido totalmente los sentidos como para que no pudiera
oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me pareció
abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí
un vivo dolor en el cuello. Luego de lo cual caí en profundo
letargo.
Me desperté a medianoche; mi
lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que
hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi
debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que
experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta
el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler
marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera
picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la
extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté
como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la
experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un
día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de
mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura;
experimentaba yo una cosa singular; cuando me encontraba en un lugar
sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me
fatigaba.
Llegada la noche, me trajeron la
lámpara; mis mujeres, según podía yo comprender por sus gestos, se
ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo agradecí y salieron. A la misma
hora que la noche precedente experimenté los mismos síntomas. Quise
levantarme entonces y pedir ayuda; pero no pude llegar a la salida.
Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos resonaron,
abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como la
noche anterior, caí de espaldas sobre el lecho. Como el día anterior
experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior me
desperté a medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día
siguiente renovóse la horrible pesadilla.
Estaba decidida a bajar a la
estancia de Smeranda por muy débil que me sintiera, cuando entró en
la cámara una de mis mujeres y pronunció el nombre de Gregoriska. El
joven la seguía. Intenté levantarme para recibirle; pero volví a
caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y quiso lanzarse hacia
mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
"¿Qué venís a hacer aquí?, le
pregunté. "¡Ay!", dijo él; "¡venía a deciros adiós! A deciros que
abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y
vuestra presencia; a anunciaros que me retiro al monasterio de Hango".
"Gregoriska", le respondí, "estáis privado de mi presencias, pero no
de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es que este amor
sea en adelante casi un delito". "Entonces, ¿puedo esperar que
rogaréis por mí, Edvige? "Sí, pero no lo podré hacer por largo
tiempo", repliqué yo con una sonrisa. "¿Por qué no? Pero en verdad
os veo muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?"
"Porque... Dios tiene ciertamente piedad de mí, y a él me llama."
Gregoriska se me acercó, tomóme una
mano que no tuve fuerza de sustraerle, mirándome fijo al rostro:
"Esa palidez no es natural. Edvige" me dijo; "¿cuál es la causa?"
"Si os la dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca." "No, no,
hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país que no se parece a
ningún otro país, en una familia que no se asemeja a ninguna otra
familia. Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco."
Se lo narré todo: la extraña
alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese
terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía
caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de pasos que me parecía
oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo dolor
en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre
crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un
comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando
por el contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar,
Gregoriska reflexionó un instante. "¿De manera —preguntó él— que os
dormís cada noche a las nueve menos cuarto?" "Sí, por muchos que
sean los esfuerzos que hago para resistir al sueño." "¿Y a esa misma
hora creéis ver abrirse la puerta?" "Sí, aunque eche el cerrojo." ¿Y
luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?" "Sí, aunque sea
apenas visible la señal de la herida". ¿Me permitís ver?" Doblé la
cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz. "Edvige —dijo Gregoriska
después de un momento de reflexión—, ¿tenéis confianza en mí?" "¿Me
lo preguntáis?", contesté. "¿Creéis en mi palabra?" "Como creo en el
Evangelio." "¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho
días de vida, si no consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a
deciros." "¿Y si consiento?" "Si consentís, quizás os salvéis."
"¿Quizás? Él se calló. "Suceda lo que fuere, Gregoriska", continué
diciendo yo "haré cuanto me ordenéis hacer". "Escuchad entonces",
dijo él. "y ante todo no os espantéis. En vuestro país, como en
Hungría y en nuestra Rumania, existe una tradición". Temblé "porque
esa tradición ya había vuelto a mi memoria". "¡Ah! ¿Sabéis lo que
quiero decir?" "Sí", contesté, "en Polonia vi algunas personas
padecer el horrendo hecho". "Queréis hablar del vampiro, ¿no es
verdad?" "Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio
de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas en
quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar
con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron
todos los signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos
como si hubieran estado vivos; los otros eran sus víctimas". "¿Y qué
se hizo para liberar de eso a la región?" "Se les clavó un palo en
el corazón, y luego los quemaron." "Sí, así se acostumbra hacer;
pero para nosotros eso no basta. Para libraros de vuestro fantasma
antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es
preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere." "¡Oh,
Gregoriska!", exclamé espantada. Dijo: "Quienquiera que fuere", lo
repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible aventura, es
necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré." "Decid."
"Estad pronta a las siete. Descended a la capilla, pero descended
sola; es necesario que venzáis a toda costa vuestra debilidad,
Edvige. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada
mía: para velar por ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y
entonces veremos." "¡Oh! Gregoriska", exclamé, "¡si es él, os
matará!" "No temáis, amada Edvige. Consentid solamente." "Sabéis
bien que haré todo lo que queráis, Gregoriska." "Entonces, hasta
luego a la noche." "Sí, haced lo que creáis más oportuno, y os
secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós."
Se fue. Un cuarto de hora después
vi a un caballero precipitarse a toda carrera por el camino del
monasterio; era él.
Apenas le hube perdido de vista,
caí de rodillas y oré, oré como ya no se reza en vuestras tierras
sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el
holocausto de mis pensamientos; no me levanté sino al sonar las
siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me
eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera,
apoyándome en el muro, y me dirigí a la capilla sin encontrar a
nadie.
Gregoriska me esperaba con el padre
Basilio, prior del monasterio de Hango. Ceñía una espada santa,
reliquia de un antiguo cruzado que asistiera a la toma de
Constantinopla con Ville-Hardouin y Baldouin de Flandes. "Edvige",
dijo él golpeando con la mano su espada, "con la ayuda de Dios, ésta
romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos pues
resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión,
recibirá nuestros juramentos".
Comenzó la ceremonia; quizá nunca
otra fue más sencilla y a un tiempo más solemne. Nadie asistía al
monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las coronas nupciales.
Vestidos ambos de luto, giramos en torno al altar con un cirio en la
mano; luego el monje, tras de pronunciar las sacras palabras,
agregó: "Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor
para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra
inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y
benditos seáis".
Besamos los libros santos y salimos
de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el brazo de
Gregoriska, y parecióme que al contacto de aquel fuerte brazo, de
aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida. Estaba segura del
triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi cámara.
Sonaban las ocho y media.
"Edvige", me dijo entonces
Gregoriska "no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como de
costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer
desvelada y verlo todo?" "Junto a ti nada temo: quiero permanecer
despierta y verlo todo."
Gregoriska extrajo de su pecho un
boj bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio: "Toma entonces
esta ramita", me dijo, "acuéstate en tu lecho, recita las preces de
la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con nosotros. Cuida ante
todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar aun en el
infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y
aguarda".
Me acosté en el lecho. Crucé las
manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida. Gregoriska
ocultóse tras del trono de que ya os hablé. Contaba yo los minutos,
y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos.
Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del mismo
entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los
días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella
primera sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de
aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la
escalera, y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió
despaciosamente, sin ruido, como empujada por sobrenatural fuerza, y
entonces...
La voz se apagó a medias, casi
sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un
esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las
parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las
espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía
descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba
muerto, todo era cadáver...carne, ropas, porte... solamente los
ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es
decirlo!, en vez de sentir duplicárseme el espanto, sentí crecerme
el valor. Dios me lo enviaba de seguro para decidir mi situación y
defenderme del infierno. Al primer paso que el espectro dio hacia mi
lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el rostro y le presenté
la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un poder más
fuerte que él lo retuvo en el sitio. Se detuvo. "¡Oh", murmuró;
"ella no duerme, lo sabe todo". Pronunció él estas palabras en
lengua moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido
pronunciadas en lengua por mí sabida.
Estábamos así uno frente al otro,
el fantasma y yo, sin que pudiera apartar mis miradas de las suyas,
cuando con el rabillo del ojo vi a Gregoriska salir detrás del
baldaquino, semejante al ángel exterminador y con la espada en el
puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano siniestra, y avanzó
lentamente con la espada tendida vuelta hacia el fantasma; éste, al
ver al hermano, desenvainó también el sable soltando una horrible
carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro bendito, el brazo le
cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y
desesperación. "¿Qué quieres de mí?", preguntó al hermano. "En
nombre del Dios verdadero y viviente", dijo Gregoriska, "conjúrote a
que respondas." "Habla", dijo el espectro rechinando los dientes.
"¿Te he tendido yo una emboscada?" "No." "¿Te he asaltado yo?" "No."
"Te he herido yo?" "No." "Te arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú
mismo corriste al encuentro de la muerte. Luego, ante Dios y los
hombres no soy culpable yo del delito de fratricidio; luego no has
recibido una misión divina sino infernal; luego has salido de tu
tumba no como una sombra santa sino como un espectro maldito, y
volverás a tu tumba." "¡Con ella, sí!", exclamó Kostaki haciendo un
supremo esfuerzo para apoderarse de mí. "¡Volverás allá solo!",
exclamó a su vez Gregoriska; "esta mujer me pertenece".
Y al pronunciar tales palabras tocó
con la punta del hierro bendito la llega viva. Kostaki exhaló un
grito como si le hubiera tocado una espada de fuego y, llevándose
una mano al pecho, dio un paso atrás. Al mismo tiempo, Gregoriska,
con un movimiento que parecía coordinado con el del hermano, dio un
paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto,
con la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha
lenta, terrible, solemne. Era algo semejante al pasaje de don Juan y
el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra
espada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo
seguía paso a paso, sin pronunciar una palabra, ambos anhelantes,
ambos lívidos del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo
a abandonar el castillo, su anterior morada, para volver a la tumba,
su morada futura... Os lo aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de
verse! Y sin embargo, yo misma, movida por una fuerza superior,
invisible, desconocida, sin saber lo que hacía, me levanté y los
seguí. Bajamos la escalera, iluminados sólo por las ardientes
pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio, y luego
traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro
retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
Esta marcha fantástica duró una
hora, pues era necesario volver el cadáver a su tumba; pero en vez
de seguir el camino acostumbrado, Kostaki y Gregoriska atravesaron
el terreno en línea recta, cuidándose poco de los obstáculos, que
para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se allanaba, los
torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se abrían.
El mismo milagro se operaba para mí: sólo que el cielo me parecía
todo cubierto de un negro velo, las lunas y las estrellas habían
desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los
ojos llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos
a través del seto vivo de madroños que servía de cerco al
cementerio. Apenas entrada, distinguí entre las sombras la tumba de
Kostaki, junto a la de su padre, no sabía que estuviera allí y sin
embargo la reconocí. Nada me era desconocido en aquella noche.
Gregoriska se detuvo al borde de la
fosa abierta. "Kostaki", dijo él, "aun no está todo terminado para
ti, y una voz del cielo me avisa que se puede ser concebido el
perdón si te arrepientes; ¿prometes retornar a la tumba?, ¿no salir
de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste al
infierno?". "¡No!", respondió Kostaki. "¿Te arrepientes?", preguntó
Gregoriska. "¡No!" "Por última vez, ¿te arrepientes?" "¡No!" "Por
última vez, ¿te arrepientes?" "¡Bien!" invoca la ayuda de Satanás,
como invoco yo la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún
victorioso."
Resonaron simultáneamente dos
gritos; los hierros se cruzaron despidiendo centellas, y la lucha
duró un minuto que me pareció un siglo. Kostaki cayó; vi alzarse la
terrible espada de su hermano, introducírsela en el cuerpo, y clavar
ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un último grito que nada
tenía de humano se alzó por el aire. Acudí: Gregoriska estaba en
pie, pero vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
"¿Estás herido?", le pregunté
ansiosamente. "No", me respondió, "pero en tal duelo, querida Edvige,
la lucha, no la herida, mata. He luchado con la muerte, y a ella
pertenezco". "Amigo, amigo", exclamé, "aléjate de aquí y acaso
vuelvas a la vida". "No, ésta es mi tumba, Edvige, pero no perdamos
tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y
aplícala a la mordedura que te hizo; es el único medio que puede
preservarte en el porvenir de su horrendo amor."
Obedecí temblando. Me incliné para
recoger aquella tierra sanguinosa, y al doblarme vi el cadáver
clavado al suelo: la espada bendita le atravesaba el corazón, y una
sangre oscura le brotaba abundante de la herida, como si hubiera
muerto en aquel momento.
Amasé un poco de tierra con la
sangre, y apliqué a mi herida el espantoso talismán. "Ahora, mi
adorada Edvige", dijo Gregoriska con voz semiapagada, "escucha bien
mi último consejo. Abandona el país apenas te sea posible. Sólo la
distancia es una seguridad para ti. El padre Basilio recibió hoy mi
suprema voluntad y la cumplirá. "Edvige, un beso! ¡El último, el
único beso! ¡Edvige, me muero!" Y así diciendo, Gregoriska cayó
junto al hermano.
En cualquier otra circunstancia, en
medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con
aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al otro, hubiera
enloquecido; pero como dije ya, Dios me había inspirado una fuerza
igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo testigo
sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de
ayuda, vi abrirse la puerta del monasterio y avanzar los monjes de a
dos conducidos por el padre Basilio, llevando cirios ardientes y
cantando las preces de difuntos. El padre Basilio había llegado
hacía poco al convento, y previendo lo sucedido, dirigíase al
cementerio con toda la congregación. Me encontró viva cerca de los
dos muertos. Una última convulsión había retorcido el rostro de
Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y casi sonriente. Fue
sepultado, como lo deseara él, junto al hermano, el cristiano junto
al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva desdicha,
quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis
labios cuanto había acontecido en aquella tremenda noche.
Le referí todos los detalles de la
fantástica historia, pero ella me escuchó, como ya me escuchara
Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto. "Edvige", me contestó
ella después de un instante de silencio, "por muy extraño que sea lo
que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La estirpe de los
Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque
un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la maldición ha
llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se extingue
el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón, tomadlo.
Después de mi muerte, salvo los píos legados que tengo la intención
de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y ahora seguid el
consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a
aquellas tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos
prodigios. No necesito de nadie para llorar conmigo a mis hijos. Mi
dolor quiere soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte
futura me pertenece a mí sola y a Dios".
Y luego de besarme en la frente
como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de
Brankovan.
Ocho días después partí para
Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis noches no fueran turbadas
ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi salud, y de aquel
suceso no me quedó otro recuerdo fuera de esta palidez mortal que
suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura que haya
sufrido el beso de un vampiro.

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