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La floración de la extraña
orquídea de H.G.Wells

Herbert
George Wells, el Shakespeare de la ciencia-ficción según
el decir de Brian Aldiss, era hijo de un tendero que aspiraba
ingresar en la clase media, Nació el 21 de septiembre de 1866, en
Bromley, Kent. Estudió con una beca en la Normal School of
Science de Londres, trabajó como aprendiz, contable, tutor y
periodista hasta 1895, cuando ya pudo dedicarse a escribir
profesionalmente.
Inició su interés por
los temas futuristas con THE MAN OF THE YEAR MILLION, que
junto a otros ensayos aparecieron en una publicación científica,
para transformarse luego en la base de LA MAQUINA DEL TIEMPO,
donde justifica el viaje temporal con una hipótesis científica
con-temporánea: una cuarta dimensión y en la que se sirve de la
visión del futuro del año 802701, poblado por los Eloi y los
Morlocks, para analizar la situación social de su propia época y
llevar a cabo una penetrante especulación sobre la evolución social.
El resto es historia
conocida; las grandes obras menores sobre las que cimentaría
su prestigio; LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU (1897), en la que la
biología y los peligros de la manipulación sobre animales son el
centro de la narración, y en la que desarrolla las ideas que ya
planteó en el ensayo Los límites de la plasticidad. EL
HOMBRE INVISIBLE (1897), LA GUERRA DE LOS MUNDOS (1898)
WHEN THE SLEEPER WAKES (1899), donde el viaje al futuro ya no
precisa de ninguna máquina, sino que es fruto de la hibernación, y
permite al protagonista, Graham, contemplar una sociedad
antiutópica en nuestro fu-turo inmediato. Esta, además se trata de
la primera de un se-gundo grupo de novelas caracterizado
esencialmente por el abandono de la visión fantástica y un tanto
maravi-llada para dar paso a la inquietud y el compromiso social.
Esta es la ca-racterística principal de obras como EL ALIMENTO DE
LOS DIOSES (1904), EN LOS DIAS DEL COMETA (1906) y LA
GUERRA EN EL AIRE (1908),
Luego vendrían las
obras serias, no tan felices, en las cuales delinearía sus
tesis filosóficas, entroncadas directamente con el pensamiento
utópico anglosajón, novelas en las que llevaba a cabo extensos
retratos de los personajes, ejemplos de las cuales pueden ser
KIPPS (1905) y LA HISTORIA DE MR. POLLY (1910), en los
que describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales
de sus protagonistas, ANN VERONICA (1909), en la que defiende
los derechos de las mujeres; TONO-BUNGAY (1909), un ataque al
capitalismo irresponsable; y MR. BRITLING VA HASTA EL FONDO
(1916), que describe la reacción del inglés medio ante la I Guerra
Mundial, tras la que escribió una obra histórica que se hizo
inmensamente popular, EL ESQUEMA DE LA HISTORIA (2 volúmenes,
1920).
Muchas de las más
sorprendentes ideas de Wells aparecen en sus relatos cortos,
presagiando así el gran futuro de este tipo de narración en la
futura ciencia ficción. Pero Wells sigue siendo conocido
principal-mente por sus romances científicos, en los que
apuntó muchos de los temas que después ha desarrollado la ciencia
ficción.
A lo largo de toda su
vida, Wells dejó amplia constancia de su preocupación sobre
la supervivencia de la sociedad contemporánea, así, 42 TO 44
(Del 42 al 44, 1944) criticaba a la mayoría de los líderes mundiales
de ese periodo; y EL DESTINO DEL HOMO SAPIENS (1945)
expresaba las dudas del autor acerca de la posibilidad de
supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo Experimento de
autobiografía (1934), antes de su muerte, el 13 de agosto de
1946, en Londres.
"La floración de la
extraña orquídea" que os ofrecemos a continuación es uno de sus
relatos cortos escrito en 1895.

LA FLORACION DE LA EXTRAÑA ORQUIDEA
La compra de orquídeas
siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el
marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su
criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus
gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea
una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá
-pues ha sucedido una y otra vez- lentamente se despliegue día tras
día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva
variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del
Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El
orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada
espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo
milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre
específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubridor? ¡Juangarcía!
Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de
un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn
asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y
también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más
interesante que hacer. Era un hombre tímido, solitario, bastante
ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el
aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le
impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber
coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado
libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de
hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso
invernadero.
-Tengo la sensación -dijo
tomando el café- de que hoy me va a suceder algo.
Hablaba, igual que se movía
y pensaba, despacio.
-¡Oh!, no digas eso -dijo
el ama de llaves, que era también prima lejana suya. Pues suceder
algo era un eufemismo que para ella sólo significaba una cosa.
-No me has entendido bien.
No quiero decir nada desagradable... aunque apenas si sé a lo que
me refiero.
-Hoy -continuó después de
una pausa-, en casa de Peter
van a vender un lote de plantas procedentes de
las islas Andamán y las Indias. Me acercaré a ver lo que tienen.
Quizás haga una buena compra sin saberlo, puede que sea eso.
Le pasó la taza para que se
la llenara de café por segunda vez.
-¿Es eso lo que
coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día?
-preguntó su prima mientras le llenaba la taza.
-Sí -respondió, y se quedó
pensativo mientras sostenía un trozo de tostada.
-Nunca me pasa nada
-observó al poco tiempo, empezando a pensar en voz alta-. Me
pregunto por qué. A otros les pasan bastantes cosas. Ahí está
Harvey. Sin ir más
lejos, la pasada semana, el lunes encontró seis peniques, el
miércoles todos sus pollos tenían la modorra, el viernes su prima
volvió a casa desde Australia, y el sábado se rompió el tobillo.
¡Qué torbellino de emociones comparado conmigo!
-Por mi parte preferiría
pasar de tanta excitación -dijo el ama de llaves-. No puede ser
bueno para uno.
-Supongo que es molesto.
Con todo... ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve ningún
accidente. Siendo adolescente nunca me enamoré. Nunca me casé... Me
pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.
-Ese coleccionista de
orquídeas sólo tenía treinta y seis, veinte años más joven que yo,
cuando murió. Se había casado dos veces y divorciado una. Había
tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una
ocasión mató a un malayo y otra le hirieron con un dardo envenenado.
Finalmente lo mataron las sanguijuelas de la jungla. Debe de haber
sido todo muy molesto, pero también debe de haber sido muy
interesante, sabes, excepto quizá, las sanguijuelas.
-Estoy segura de que no fue
bueno para él -dijo la señora con convicción.
-Puede que no.
Entonces Wedderburn miró su
reloj.
-Las ocho y veintitrés
minutos. Voy a ir en el tren de las doce menos cuarto, así que hay
mucho tiempo. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca, hace
bastante calor, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones.
Supongo...
Miró por la ventana al
cielo sereno y al soleado jardín, y, después, nerviosamente, a la
cara de su prima.
-Creo que sería mejor que
llevaras el paraguas si vas a Londres -dijo con una voz que no
admitía negativa-. A la vuelta tienes todo el trayecto desde la
estación hasta aquí.
Cuando volvió se encontraba
en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Era raro
que lograra decidirse con la rapidez suficiente para comprar, pero
esta vez lo había hecho.
-Hay
Vandas -explicó-, un
Dendrobio y algunas Palaeonophis.
Repasó las compras
amorosamente al tiempo que tomaba la sopa. Estaban extendidas
delante de el sobre el impoluto mantel y le estaba contando a su
prima todo sobre ellas mientras se demoraba lentamente con la
comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas
a Londres para entretenimiento propio y de ella.
-Sabía que hoy pasaría
algo. Y he comprado todas esas cosas. Algunas, algunas de ellas,
estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo,
pero lo siento con tanta seguridad como si alguien me lo hubiera
dicho. Ésta -apuntó a un marchito rizoma- no fue identificada.
Quizá sea una Palaeonophis o puede que no. Quizá sea una especie
nueva o incluso un género nuevo. Fue la última que recogió el pobre
Batten.
-No me gusta su aspecto
-dijo el ama de llaves-. Tiene una forma tan fea...
-Para mí que apenas si
llega a tener forma alguna.
-No me gustan esas cosas
que asoman -dijo el ama de llaves.
-Mañana estará fuera en una
maceta.
-Parece -continuó el ama de
llaves- una araña que se hace la muerta.
Wedderburn sonrió e
inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.
-Ciertamente no es que sea
un bonito pedazo de material. Pero nunca se pueden juzgar estas
cosas por su apariencia cuando están secas. Desde luego puede que
termine siendo una orquídea muy hermosa. ¡Qué ocupado estaré mañana!
Esta noche tengo que ver exactamente lo que hago con ellas y mañana
me pondré a la obra.
-Encontraron al pobre
Batten, que
yacía muerto o moribundo en un manglar, no recuerdo cuál -continuó
de nuevo al poco rato-, con una de estas mismas orquídeas aplastadas
bajo su cuerpo. Había estado enfermo durante algunos días con cierto
tipo de fiebre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son
muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le sacaron
hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la mismísima
planta que le costó la vida.
-Eso no mejora mi opinión
de ella.
-Los hombres tienen que
trabajar aunque las mujeres puedan llorar -sentenció Wedderburn con
profunda gravedad.
-¡Mira que morir lejos de
todas las comodidades en un pantano! ¡Anda que enfermar de fiebre
con nada que tomar más que específicos y quinina, y nadie a tu lado
más que horribles nativos! Dicen que los nativos de las islas
Andaman son unos
desgraciados de lo más repugnante, y de todas formas, a duras penas
pueden ser buenos enfermeros sin haber tenido la preparación
necesaria. ¡Y sólo para que la gente en Inglaterra disponga de
orquídeas!
-No creo que fuera
agradable, pero algunos hombres parecen disfrutar con ese tipo de
cosas -continuó Wedderburn-. En todo caso los nativos de su grupo
eran lo suficientemente civilizados para cuidar toda su colección
hasta que su colega, que era un ornitólogo, volvió del interior,
aunque no conocían la especie de orquídea y la habían dejado
marchitarse. Eso hace a estas plantas más interesantes.
-Las hace repugnantes. A mí
me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. ¡Y sólo
pensar que un cuerpo muerto ha estado extendido sobre esa cosa tan
fea! No había pensado en eso antes. ¡Se acabó! Te digo que no puedo
comer ni un bocado más de la cena.
-Las quitaré de la mesa si
te parece y las pondré en el hueco de la ventana. Allí las puedo ver
igual.
Los días siguientes estuvo,
desde luego, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno
de vapor yendo de acá para allá con carbón vegetal, trozos de teca,
musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas.
Pensaba que disfrutaba de un tiempo maravillosamente lleno de
acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas a los
amigos y una y otra vez insistía en sus expectativas de algo
extraño.
Varias de las
Vandas y los Dendrobios
fenecieron bajo sus cuidados, pero pronto la extraña orquídea
empezó a dar señales de vida. Estaba encantado y tan pronto como lo
descubrió hizo que el ama de llaves abandonara la elaboración de
mermelada para verlo de inmediato.
-Ése es un brote -explicó-,
pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son
raicillas aéreas.
A mí me parecen deditos
blancos asomándose del tejido marrón -opinó el ama de llaves-. No me
gustan.
-¿Por qué no?
-No lo sé. Parecen dedos
intentando agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me
gusta, no me gusta; no puedo remediarlo.
-No lo sé seguro, pero creo
que ninguna orquídea de las que conozco tiene raicillas aéreas
exactamente como ésas. Desde luego pueden ser imaginaciones mías.
¿Ves que están un poco aplanadas en el extremo?
-No me gustan -dijo el ama
de llaves temblando repentinamente y dándose la vuelta-. Sé que es
estúpido por mi parte, y lo siento mucho especialmente porque te
gustan tanto. Pero no puedo por menos de pensar en ese cadáver.
-Pero puede que no fuera
esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.
El ama de llaves se encogió
de hombros.
-De todas maneras, no me
gustan -concluyó.
Wedderburn se sintió un
poco dolido por su aversión a la planta, pero eso no le impidió
hablarle de las orquídeas en general y de ésta en particular siempre
que le apeteció.
-Pasan cosas tan curiosas
con las orquídeas -le contó un día-... hay tantas posibilidades de
sorpresa. Darwin estudió su fertilización y mostró que toda la
estructura de una flor de orquídea común estaba ideada para que las
polillas pudieran llevar el polen de una planta a otra. Bueno, pues
se conocen cantidades de orquídeas cuya flor no puede ser
fertilizada de esa manera. Algunos Cypripediums, por ejemplo, no hay
insecto conocido que pueda fertilizarlos, y a algunos jamás se les
ha encontrado semilla.
-Entonces ¿cómo forman las
nuevas plantas?
-Con estolones y tubérculos
y ese tipo de brotes. Eso tiene fácil explicación. El enigma está en
¿para qué sirven las flores?
»Es muy probable que mi
orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así lo
estudiaré. A menudo he pensado en hacer investigaciones como
Darwin. Pero hasta ahora no he encontrado tiempo o alguna otra cosa
me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinieras a verlas!
Pero ella respondió que en
el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le daba dolor
de cabeza. Había visto la planta una vez más y las raicillas aéreas
-algunas de ellas tenían ahora más de un pie de largas-
desgraciadamente le habían recordado tentáculos que se alargaban
para agarrar algo. Se metieron en sus sueños y crecían tras ella con
una rapidez increíble. Así que había decidido con plena satisfacción
no volver a ver la planta y Wedderburn tenía que admirar sus hojas
en solitario. Tenían la forma ancha acostumbrada y eran de un verde
profundo y lustroso con salpicaduras y puntos de rojo profundo en
dirección a la base. No conocía ninguna otra hoja del todo igual. La
planta estaba colocada en un banco bajo cerca del termómetro y muy
cerca había un dispositivo por medio del cual un grifo goteaba sobre
las tuberías de agua caliente y mantenía el ambiente lleno de vapor.
Ahora se pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la
floración ya próxima de la extraña planta.
Finalmente tuvo lugar el
gran acontecimiento. Tan pronto como entró en el pequeño invernadero
supo que la espiga había eclosionado, aunque su gran Palaeonophis
Lowii tapaba la esquina donde estaba su nuevo encanto. Había un olor
nuevo en el aire, un perfume poderoso, de un intenso dulzor que
dominaba a todos los demás de aquel pequeño invernadero abarrotado y
lleno de vapor.
Nada más advertirlo se
apresuró hasta la extraña orquídea, y, ¡oh, maravilla!, las verdes
espigas trepadoras tenían ahora tres grandes manchas de flores de
las que procedía la embriagadora dulzura. Se quedó parado ante ellas
en un éxtasis de admiración.
Las flores eran blancas con
vetas de dorado naranja en los pétalos, el pesado labellum estaba
enrollado en una intrincada proyección y un maravilloso púrpura
azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba
de un género completamente nuevo. ¡Y la inaguantable flagrancia!
¡Qué calor hacía allí! Las flores se balanceaban ante sus ojos.
Miraría si la temperatura
estaba bien. Dio un paso hacia el termómetro. De repente todo le
pareció vacilante. Los ladrillos del suelo bailaban arriba y abajo.
Luego las blancas flores, las hojas verdes detrás de ellas, todo el
invernadero pareció extenderse por los costados y después curvarse
hacia arriba.
A las cuatro y media su
prima, siguiendo la invariable costumbre, hizo el té. Pero
Wedderburn no vino a tomarlo.
-Está adorando a esa
horrible orquídea -se dijo a sí misma y esperó diez minutos-. Se le
debe de haber parado el reloj. Iré a llamarlo.
Fue directa al invernadero
y, abriendo la puerta, voceó su nombre. No hubo respuesta. Observó
que el aire estaba muy enrarecido y cargado de un intenso perfume.
Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos entre las tuberías del
agua caliente.
Durante un minuto quizá, se
quedó inmóvil.
Él estaba tumbado con la
cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas
aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire
sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas
grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su
barbilla, cuello y manos.
No lo entendió. Después vio
que por debajo de uno de los exultantes
tentáculos sobre la mejilla corría un
hilillo de sangre.
Con un grito inarticulado
corrió hacia él y trató de apartarlo de las ventosas semejantes a
sanguijuelas. Rompió bruscamente dos de los tentáculos y de ellos
goteó una savia roja.
Luego el embriagador
perfume de la flor hizo que le diera vueltas la cabeza. ¡Cómo se
agarraban a él! Rasgó las duras cuerdas y él y la blanca
florescencia flotaron a su alrededor. Sintió que se desmayaba, pero
sabía que no podía permitírselo. Le dejó, rápidamente abrió la
puerta más próxima y, después de jadear un momento al aire libre,
tuvo una brillante inspiración. Cogió una maceta y rompió las
ventanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Tiró
ahora con renovadas fuerzas del cuerpo inmóvil de Wedderburn y
estrelló estrepitosamente contra el suelo la extraña orquídea. Ésta
todavía se aferraba a su víctima con la más obstinada tenacidad. En
un arrebato los arrastró hasta el aire libre.
Entonces pensó en romper
las raicillas chupadoras una a una y en un minuto le había liberado
y le arrastraba lejos del horror. Estaba blanco y sangraba por una
docena de manchas circulares.
El hombre que hacía las
chapuzas de la casa subía por el jardín asombrado por la rotura de
cristales y la vio emerger arrastrando el cuerpo inanimado con manos
manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.
-¡Trae algo de agua! -gritó
ella, y su voz disipó todas sus imaginaciones.
Cuando, con desacostumbrada
celeridad, volvió con el agua, la encontró llorando de emoción y con
la cabeza de Wedderburn sobre su rodilla limpiándole la sangre de la
cara.
-¿Qué pasa? -dijo
Wedderburn abriendo los ojos débilmente y cerrándolos de nuevo
inmediatamente.
-Ve a decir a
Annie que venga aquí
fuera y luego ve a buscar al doctor Haddon de inmediato -le dijo al
hombre tan pronto como trajo el agua, y añadió al ver que dudaba-:
Te lo explicaré todo cuando estés de vuelta.
Pronto Wedderburn abrió de
nuevo los ojos, y al verlo molesto por lo sorprendente de su
situación, le explicó:
-Te desmayaste en el
invernadero. -¿Y la orquídea?
-Yo me encargaré de ella.
Wedderburn había perdido
mucha sangre, pero aparte de eso no tenía ninguna lesión grave. Le
dieron brandy
mezclado con un extracto de carne de color rosado y le subieron a su
dormitorio. El ama de llaves contó fragmentariamente la increíble
historia al doctor Haddon.
-Venga a ver el
invernadero.
El frío aire exterior
entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi se había
desvanecido. La mayoría de las rotas raicillas aéreas, ya marchitas,
yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo
de la floración se rompió con la caída de la planta y las flores
crecían con los bordes de los pétalos mustios y marrones. El doctor
se inclinó hacia ella, pero vio que una de las raicillas aéreas
todavía se movía débilmente y dudó.
A la mañana siguiente la
extraña orquídea todavía estaba allí, ahora negra y putrefacta. La
puerta batía intermitentemente con la brisa matinal y toda la
colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y postrada. Pero
el propio Wedderburn en su dormitorio estaba radiante y
dicharachero con la gloria de su extraña aventura.
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