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Manuscrito encontrado en
Zaragoza de Jan Potocki

Jan
Potocki nació en Podolia (región que ahora forma parte de
Ucrania), el 8 de marzo de 1761, en una familia de la aristocracia
polaca que antes y después dio personajes que se movieron con
comodidad en las cortes europeas. Recibió una sólida educación
clásica en Ginebra, Lausana y París. Como parte de su formación,
sirvió como ingeniero militar en Austria y Hungría.
Su dominio de varios idiomas (polaco, ruso, francés, alemán,
italiano, árabe, además de latín y griego clásicos) facilitó el
aprovechamiento de la predilecta de sus aficiones: viajes. Su primer
viaje lo llevó a Turquía y Egipto, y desde entonces nunca cesó de
vagar. Estuvo en Marruecos y España, en Holanda, Baja Sajonia, el
Cáucaso y Mongolia. El último de sus viajes lo llevó hasta Ulan
Bator, como jefe científico en una expedición que el zar Alejandro
organizó para establecer contacto con el imperio de la China. En la
década de 1780 se estableció en París, donde frecuentó los círculos
conspirativos de numerosas sociedades secretas, más o menos místicas
o falsarias. Fue defensor de los ideales revolucionarios, aunque más
tarde manifestó su desconfianza hacia toda forma de ejercicio del
poder, del que, como correspondía a su origen, nunca estuvo alejado.
Antes del estallido de la Revolución Francesa, en uno de sus viajes
por el cercano Oriente, conoció a Osmán, un turco que sería su
servidor y amigo hasta su muerte, con quien emprendió, más tarde, la
búsqueda de un manuscrito de Las mil y una noches, que nunca
encontró.
En 1788 comenzó a publicar libros de viajes con observaciones
etnológicas, todos escritos en francés: Voyage en Turquie et en
Egipte (1788), Voyage dans l'Empire de Maroc (1792),
Histoire primitive des peuples de la Russie (1802), Voyage
dans les steppes d'Astrakhan et du Caucase, (publicado en 1829).
La variedad de sus intereses queda demostrada por sus Principios
para una cronología de los tiempos anteriores a los Juegos Olímpicos
y su Descripción de la nueva máquina de batir moneda (1811).
Pero Potocki se hizo famoso por dos cosas que no tienen que ver con
sus trabajos eruditos: en 1790 fue el primer polaco que sobrevoló
Varsovia en un globo con el aeronauta francés Blanchard (por cierto
que acompañado por Osmán y su perra Lulú); y en 1805 publicó un
curioso libro de aparecidos impregnado de un erotismo sutil:
Manuscrito encontrado en Zaragoza.
Desde su primera tirada, que se terminó de imprimir en San
Petersburgo en 1805, y que se completó con una segunda parte impresa
en París en 1813, el libro vivió una agitada aunque silenciosa vida,
hasta que en 1989 René Raddrizani publicó, en la casa parisina José
Corti, la versión hasta ahora más completa del Manuscrito..:
creció, desde las doscientas páginas de su primera edición, hasta
sus actuales ochocientas. En español, la editorial Minotauro
publicó en 1967 una versión que sigue la edición francesa realizada
por Roger Caillois en 1958 para Gallimard.
Caillois preparaba una antología mundial de lo fantástico, a
principios de la década del cincuenta. Según cuenta, su
desconocimiento del idioma polaco hizo que pidiera a un amigo que
revisara una antología polaca de relatos fantásticos editada por
Julien Tuwim en 1952. El amigo de Caillois le recomendó un cuento
titulado "Historia del comendador de Toralva", en traducción al
polaco realizada en 1847 por Edmund Chojecki.
El cuento le pareció a Caillois "un plagio desvergonzado de un
relato muy conocido de Washington Irving, "El gran prior de
Menorca"". Pero lo raro era que Irving publicó su relato en 1855, y
Potocki había muerto en 1815.
Algunos años antes que Irving, Charles Nodier había plagiado otros
fragmentos del Manuscrito, que publicó con su firma en La
Presse en 1841 y 1842, un hecho que mereció un sonado juicio por
plagio. Otros relatos de Potocki aparecieron por esos años en la
prensa, atribuídos a Cagliostro.
A partir del trabajo de Caillois se despertó cierto interés por
Potocki; comenzó a reunirse un conjunto de pruebas, manuscritos,
copias tempranas y traducciones polacas de ese trabajo que su autor
había publicado parcialmente en una tirada de sólo cien ejemplares.
La editorial española Pre-Textos publicó el año pasado una
traducción del trabajo de Raddrizani.
El
Manuscrito encontrado en Zaragoza comienza con una
Advertencia de un oficial del ejército napoleónico, donde se
cuenta que el manuscrito que se da a conocer fue encontrado en una
casa abandonada. Según el oficial, estaba escrito en castellano,
idioma que entendía superficialmente, pero tuvo la fortuna de ser
tomado prisionero por los españoles, uno de cuyos capitanes le dijo,
tras hojear el manuscrito, que allí se mentaba a un antepasado suyo.
El prisionero, pues, le pidió al capitán que le leyera el libro, y a
su dictado, el oficial lo transcribió en francés.
Así entra el lector en un juego espectacular que conduce al
desdibujamiento de la realidad, o mejor, al convencimiento de que la
realidad no es otra cosa que una versión desprolija de la ficción.
Ya en la Advertencia hay un juego explícito de idiomas y
versiones: un francés que escribe lo que un enemigo español lee de
un manuscrito en el que se habla de sus parientes. Juego de
confianzas y desconfianzas posibles, de traductores quizá traidores
(¿cuánto de lo que se dice del antepasado del oficial español ha
sido censurado por su descendiente?), de ficciones que no se sabe si
aceptar o rechazar. Y, por encima de todo, los lectores sabemos que
el autor es un polaco que escribe en francés.
Los relatos del libro siguen un plan muy sencillo, que se repite
incesantemente, sin cansar jamás: el protagonista se pierde en una
región siniestra, tiene un encuentro con dos hermanas luego que dan
las campanadas de medianoche, y se despierta más tarde en un
cadalso, flanqueado por los cadáveres de dos bandidos ejecutados por
orden del rey. A lo largo del libro, las hermanas asumen la forma de
gemelos, los bandidos resultan no haber muerto, hay alquimistas,
astrólogos y cabalistas, poseídos, gitanos y anacoretas, pero cada
relato se articula en torno a los mismos elementos estructurales.
Todo el libro rezuma un rezuma leve, que compensa su liviandad con
su insistencia.
Lo que singulariza a Potocki dentro
de la tradición de los frame tales (como El Decamerón, los
Cuentos de Canterbury o Las mil y una noches), es su
acento en el carácter infinito del género, la multiplicación de los
niveles narrativos (un cuento dentro del que se cuenta un cuento
dentro del que se cuenta un cuento, etcétera), y el sabor leve del
Siglo de las Luces, con su característica mezcla de ciencia y
ocultismo ilusionista, escenas galantes y protocolo cortesano.
La temática sobrenatural, los estados alterados de conciencia de los
personajes y la carga erótica que impregna el texto se corresponden
a la perfección con la estructura de cajas chinas, virtualmente
infinita.
Como en todas las grandes obras de arte, el fruidor se encuentra de
pronto enfrentado a un cuestionamiento esencial de la propia obra,
de los sentidos posibles de la obra, y de la noción misma de
interpretación. Y cuando una obra cuestiona la interpretación -los
modos de vincular el mundo de la escritura y el mundo del lector-,
lo que se pone en tela de juicio es lo que conviene provisionalmente
definir como realidad.
Los plagiarios del libro lo
percibieron como una simple suma de cuentos, y por eso publicaron
relatos aislados; pero leído en su totalidad es como se atrapa su
esencia, un abismo.
Si el primer relato es un cuento de fantasma, el segundo, conectado
con el primero, hace ya dudar acerca de qué versión es la creíble, y
el tercero desencaja cualquier conclusión provisional que el lector
haya tomado. A medida que se avanza en la lectura la incertidumbre
se amplifica, hasta que hay que suspender cualquier conclusión y
aceptar que lo que se está leyendo es todo lo que hay, y que nada,
ni pasado -leído- o presente -leyéndose- es seguro.
El tema del Manuscrito..
es la ficción. Como en El Decamerón (cosa-de-diez-partes), su
título habla de lo que es, no de lo que contiene. El relato lineal,
o bien el relato de hechos lineales (monolineales o en múltiples
líneas paralelas, no importa) presupone una idea fuerte sobre
la causalidad, el desarrollo psicológico de las personalidades, las
consecuencias de una ética y de una moral. Pero vivimos en una época
donde predomina la idea de respeto por la diversidad, el
reconocimiento de la relatividad de los principios morales y la
contingencia de las éticas.
Quizá el manuscrito ha encontrado ahora a su público: gente sin
certezas, cuya capacidad perceptual parece filtrada por el aire
caliente que brota de la fogata donde se consume la utopía, que
enrarece la visión y torna cambiante y fantasmagórica la idea que
nos hacemos de la realidad.
Este mundo confuso, laberíntico, desconcertante y engañoso, parece
sólo bien mostrado a través de hipótesis provisionales, marcos
condicionales, lucubraciones místicas, más que a través de axiomas
que ya no son evidentes, tesis que no encuentran demostración,
principios que nunca llegan al consenso.
Dos siglos después de entregado a
la imprenta, el Manuscrito encontrado en Zaragoza
habla, sin embargo, de certezas: Potocki ciertamente existió, miró
su mundo y nos dejó algo incontrovertible: una obra maestra.

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA
Cuando
emprendí una antología mundial de lo fantástico busqué en las
diversas literaturas aquellos relatos que tenía la intención de
reunir en un mismo volumen. Lo concebía como el museo del espanto
universal. Para Polonia me procuré la selección publicada porJulienTuwim
en 1952 y, como ignoro el polaco, se la pasé a un amigo rogándole
que le echara una ojeada y después me resumiera de viva voz
aquellos cuentos que, desde su punto de vista, convinieran mejor a
mi propósito. Uno de esos cuentos era laHistoria
del comendador de Toralva, Dejan
Potocki. Me pareció un plagio desvergonzado de un relato muy
conocido de Washington Irving:El
gran prior de Menorca.Bien
pronto tuve que cambiar de opinión porque el relato de Irving se
publicó en 1855 y el conde Potocki murió cuarenta años antes, en
1815.
En el
relato que precedeaEl
gran prior de Menorca,Washington
Irving explica que al principio oyó contar al caballero... la
historia que vendrá a continuación, pero que, habiendo perdido las
notas que tomó mientras aquél hablaba, encontró más adelante un
relato análogo en memorias francesas publicadas bajo la autoridad
del gran aventurero Cagliostro. En el campo, durante un día de nieve
-continúa-, se entretuvo en traducirlo aproximativamente al inglés
«para un grupo de jóvenes reunidos en torno al árbol de Navidad».
Por otro
lado, una noticia de la selección de Tuwim me informó que laHistoria
del comendador de Toralvaera
un episodio de una obra escrita en francés por Potocki e intituladaManuscrito
encontrado en Zaragoza.Consta
de una serie de cuentos repartidos en «jornadas», a la manera de los
antiguosdecamerones
y heptamerones, yvinculados
entre sí por una intriga bastante laxa. La obra completa abarca,
pues, una advertencia, sesenta y seis de esas «jornadas» y una
conclusión. De la primera parte, publicada en dos secuencias, se
tiraron muy pocos ejemplares, sin indicación de lugar ni de fecha
(en realidad, fue impresa en San Petersburgo, en 1804 y 1805: t. I,
158 páginas; t. II, 48 páginas) y corresponde a las Jornadas 1 a 13;
su texto se interrumpe abruptamente en medio de una frase, sin duda
a causa de un viaje del autor. Este hizo publicar la segunda parte
en París, en 1813, por Gide hijo, de la calle Colbert n.° 2, junto a
la calle Vivienne, y por H. Nicolle, de la calle deSeinen.°12;
comprende cuatro delgados volúmenes de formato in-12, bajo el título
deAvadoro,
Historia española,por
M. L. C. J. P., es decir,M.
LeComtefan
Potocki, yrefiere,
ligadas unas a las otras, las aventuras que le ocurren al jefe de
una tribu de gitanos y las que a éste le cuentan. En lo esencial
continúa el texto de San Petersburgo, del cual, por otra parte,
reproduce las dos últimas jornadas. En efecto, como en ellas
aparecía ya el jefe de la tribu, la nueva novela comienza con su
entrada en escena, o sea por la Jornada 12. A continuación reproduce
total o parcialmente las Jornadas 15 a 18, 20, 26 a 29, 47 a 56.
Publicadas
al año siguiente en tres volúmenes, en el mismo formato y también
por Gide hijo, ahora establecido en la calle Saint-Marc n.° 20,Las
diez jornadas de la vida de Alfonso van Wordenreproducen
el texto impreso en San Petersburgo, con excepción de algunas
enmiendas sobre las cuales volveré: faltan en la obra, sin embargo,
las jornadas 12 y 13, que acababan de ser reimpresas enAvadoro,
yla jornada 11
que se omitió,sinduda, porque sólo contiene dos historias
conocidas, una de ellas tomada a Filostrato, la otra a Plinio el
joven. En cambio, la otra termina con un episodio hasta entonces
inédito, laHistoriade
Rebeca,que
corresponde a la jornada 14 del texto integral. Este episodio se
halla ahora ligado por una corta transición a la jornada 11. En
realidad, continúa el texto de San Petersburgo, en el lugar mismo en
que aquél se interrumpe.
La
Biblioteca Nacional posee los tres volúmenes deVan
Worden,los
cuatro volúmenes de Avadoroy el
primer volumen delManuscrito
encontrado en Zaragozaeditado
en San Petersburgo, si es que puede llamarse volumen a lo que
parece más bien un juego de pruebas. Encuadernado en marroquí rojo,
lleva en el canto la indicación:Primer
decamerón;la
anotación es4.0Y2
3059; el título está escrito con tinta, en la guarda:[Historia
de] Alfonso van Worden [o] [tomada de un] manuscrito encontrado en
Zaragoza.Abajo,
con lápiz, figura el nombre del autor: Potocki Jean. A un lado, un
sello rojo con la mención: donación n.° 2693. El texto impreso es de
156 páginas. Las dos últimas están recopiladas con tinta. En el
texto abundan las correcciones a lápiz, casi todas estrictamente
tipográficas; unas cuantas proponen verdaderas mejoras
estilísticas.
En la guarda está
pegado un fragmento de prueba de imprenta, en el cual se descifra la
siguiente nota manuscrita (las palabras entre corchetes han sido
tachadas en el original):
Puede
suponerse que [el conde P.] [es Nodier q] que [el] es Nodier quien
Klaproth quiso designar, en 1829, como la persona [en cuyas manos]
encargada de rever, antes de que se imprimiera, elManuscrito
encontrado en Zaragozay en cuyas manos ha
quedado la copia del manuscrito. Y [no es acaso Nodier que con el
consen...] es probable que [como detentor] teniendo en sus manos [unman...]el
trabajo del conde Potocki, haya pensado en aprovecharlo de la mejor
manera posible, literaria y financieramente hablando. Pero no es
menos asombroso que se haya creído en el deber de guardar silencio
cuando el escandaloso proceso que se le hizo al conde de Worchamps,
quien [dos palabras tachadas: ilegibles] creyó posible publicar en
el... el diar.LaPresseen
1841-1842, al principio con el título deEl
valle funesto,después con el de la Hist. de don Benito de
Almusenar,pretendidos extractos de las Memorias inéditas de
Cagliostro:éstos no eran sino la reproducción de Avadoroy
de las Jornadas de la vida de Alfonso van Worden.[Era
este]
EseValle
funestoera un robo manifiesto.' Nodier que no m. hasta 1844 [que]
habría podido instruir a la justicia a ese respecto y no dijo una
palabra. [Hay cuatro palabras tachadas, ilegibles.]
El n.°2693
corresponde a una donación hecha el 6 de agosto de 1889 por la
señoraBourgeois,cuyo
apellido de soltera esBarbier.En
este caso, es harto probable que el acusador de Nodier sea Ant.-AlexBarbier,autor
delDiccionario de los anónimos, el cual atribuye precisamente
a PotockiAvadoro y Van Worden. Pronunciarse sobre estas
insinuaciones corresponderá a los biógrafos de Nodier. De todos
modos, esas pocas líneas tienen la ventaja de permitirnos comprender
el plagio de Washington Irving y el que éste haya podido ampararse
en la autoridad, muy problemática, por lo demás, del famoso
Cagliostro. En el diarioLa Presse, en 1841-1842, aquél
encontró la reproducción que hizo Courchamps del relato de Potocki y
que incluyó en su selecciónWolfert'sRoostde
1855. Quizá nunca supo, al proceder así, que había plagiado a un
gran señor polaco muerto muchos años antes. Es lícito perdonar a
Irving por una traducción que presenta como tal, aunque deje
suponer a sus lectores que se ha valido de un artificio literario
que tiene por objeto acreditar una ficción. La indulgencia se
impone tanto más cuanto que él mismo ha sido víctima de un plagio
idéntico. En efecto, uno desus Cuentos del viajero (1824),Aventura
de un estudiante alemán, fue traducido y adaptado de igual
manera por Petrus Borel, en 1843, con el título deGottfried
Wolgang. Para colmo, también en este caso, el plagio ha sido
confesado a medias, disimulado a medias, por una ingeniosa y
equívoca presentación.
Aquí
terminan las vicisitudes del original francés. En 1847,EdmundChojecki,
basándose en un manuscrito autógrafo en la actualidad perdido, dio
de la obra entera, en Lipsk-Leipzig, una versión polaca en seis
volúmenes bajo el título deRekopis Znaleziony w Saragossie. Su
traducción fue reeditada varias veces (en 1857, 1863, 1917 y 1950).
Por último, una edición crítica, debida a Leszek Kukulski, apareció
en Varsovia en 1956. Casi de inmediato se descubrió en los archivos
de la familia Potocki, en Krzeszowice, cerca de Cracovia, dos
importantes fragmentos del texto primitivo francés:a) una
copia intituladaCuarto decamerón, revisaday corregida
por el autor y que incluye las Jornadas 31 a 40; b) un borrador de
las Jornadas 40 a 44 y fragmentos de las jornadas 19, 22, 23, 24,
25, 29, 33, 39 y 45.
El señor
Kukulski, a cuya gentileza debo estas últimas precisiones, se
esfuerza actualmente en reconstituir el texto francés integral delManuscrito
encontrado en Zaragoza. Ha utilizado las cinco fuentes
precitadas: 1) los dos volúmenes de San Petersburgo para las
jornadas 1 a 12 y para una parte de la jornada 13; 2)Alfonso van
Worden (1814) para la Jornada 14 y para la advertencia general
que no aparece en la edición de San Petersburgo; 3)Avadoro
(1813) para las Jornadas 15 a 18, 20, 26 a 29, 47 a 56; 4) la copia
corregida de los archivos Potocki para las Jornadas 31 a 40; 5) el
borrador de los mismos archivos para las Jornadas 19, 22 a 25, 29 y
41 a 45. Para el resto de la obra, es decir, para un poco menos de
su quinta parte, habrá que retraducir al francés la versión polaca
que hizoEdmundChojecki
en 1847. Le deseo un éxito rápido y completo. Los historiadores de
la literatura francesa deben, en efecto, poder apreciar en su
conjunto, sin tardanza, una obra cuyos fragmentos accesibles
prueban desde ahora su importancia y calidad. Entretanto, tomo la
iniciativa de reeditar la parte principal de las páginas publicadas
en francés en vida del autor, reconocidas y ordenadas por él. Como
el ejemplar de la Biblioteca Nacional sólo incluye la primera parte
del texto impreso en San Petersburgo, he debido pedir copia del que
se conserva en la Biblioteca de Leningrado. Lleva la anotación
6.11.224, y se compone de dos series de pliegos encuadernados
juntos. En el lomo de la encuadernación, una sola palabra en dos
líneas:Potockiana. Adentro, en el dorso de la cubierta, está
pegada una faja de papel con la siguiente indicación manuscrita:
El conde
Jean Potocki ha hecho imprimir estos pliegos en San Petersburgo en
1805, poco antes de su partida aMongolia
(en una embajada a China de la cual forma parte), sin darles título
ni ponerles fin, reservándose el derecho de continuarlos o no más
adelante, cuando su imaginación, a la cual ha dado rienda suelta en
esta obra, lo invite a ello.
La primera serie
de los pliegos termina en la página 158, al pie de la cual se lee:Fin
del primer decamerón, y abajo:Copiado en 100 ejemplares.
El texto de la segunda parte termina bruscamente en medio de una
frase, al final de la página 48. La frase debía continuar en la
página 49, en la cual comenzaba el pliego decimotercero, que sin
duda no fue nunca impreso, ni tampoco los siguientes. He
reproducido escrupulosamente ese texto, y lo completo con la
especie de conclusión provisional que da fin a lasDiez jornadas.
Por lo contrario, sólo reimprimo extractos deAvadoro.
Para no publicar
por entero lo que el autor mismo ha dado a publicidad, tengo dos
razones principales. En primer lugar, el texto deAvadoro es
fragmentario y poco seguro. Más vale esperar a que el señor Kukulski
haya podido procurarse una versión menos discutible, basándose en
los manuscritos de Krzeszowice y ayudándose con la traducción de
Chojecki. En segundo lugar, deseo destacar sobre todo el aporte de
la obra de Potocki a la literatura fantástica. Ahora bien, es en las
primeras jornadas delManuscrito encontrado en Zaragoza donde
lo sobrenatural desempeña precisamente un papel de gran
importancia. De ahí mi decisión.
La obra ha
permanecido desconocida en Francia. Y como estaba escrita en
francés, parece no haber alcanzado sino muy lentamente un mejor
destino en la patria del autor, aunque éste perteneciera a una de
las más ilustres familias de Polonia. Sus compatriotas, a lo menos,
consideraron siempre a Potocki como a uno de los fundadores de la
arqueología eslava. El personaje, por lo demás, merecería ser
estudiado a fondo.' Nace en 1761; adquiere primero en Polonia,
después en Ginebra y Lausana, una sólida educación. Muy joven aún,
visita Italia, Sicilia, Malta, Túnez, Constantinopla, Egipto. En
1788 nos da cuenta de su recorrido en un libro publicado en París
con el título deViaje a Turquía y a Egipto hecho en el año 1784,2
que reeditará en su imprenta privada en 1789. Entretanto, de vuelta
a su país, se hace de golpe célebre subiendo en globo conFrançoisBlanchard.
En 1789, después de querellarse con los Estados de Polonia a
propósito de la libertad de prensa, instala en su casa una imprenta
libre(Wolny Drukarnia) en la que edita los dos volúmenes de
suEnsayo sobre la historia universal e indagaciones sobre
Sarmacia. En 1791 viaja por Inglaterra, España y Marruecos.
Participa en la campaña de 1792 como capitán ingeniero. En adelante
se consagra a la prehistoria y a la arqueología. En 1795 publica en
Hamburgo elViaje por algunas partes de la Baja Sajonia para la
busca de antigüedades eslavas o vendas, hecho en 1794 por el conde
Jean Potocki. En Viena, en 1796, nos da unaMemoria
sobre un nuevo periplo del Ponto Euxino, así como sobre la más
antiguahistoriade
los pueblos del Taunus, del Cáucasoyde
Escitia.Ese
mismo año, enBrunswick,edita
en cuatro volúmenes losFragmentos históricos y geográficos sobre
Escitia, Sarmacia y los esla vos. Arqueólogo y etnólogo ilustre,
consejero privado del zar Alejandro Primero, viaja al Cáucaso en
1798. En 1802 hace editar en San Petersburgo, en la Academia
Nacional de Ciencias, unaHistoria primitiva de los pueblos de
Rusia, con una exposición completa de todas las nociones locales,
nacionales y tradicionales necesarias para comprender el cuarto
Libro de Heródoto; después, en 1805, unaCronología de los dos
primeros libros de Manetón. Al mismo tiempo, hace tirar
discretamente las ciencopiasdelManuscrito
encontrado en Zaragoza. El zar lo designa jefe de la misión
científica adjunta a la embajada del conde Golovkin. Esta no logra
llegar a Pekín, a donde se dirigía, y es reenviada desdeñosamente al
campamento del virrey de Mongolia. Decepcionado, Potocki vuelve a
San Petersburgo, donde publica, en 1810, losPrincipios de
cronología para los tiempos anteriores a las olimpíadas;
después unAtlas arqueológico de la Rusia europea; por último,
en 1811, unaDescripción de la nueva máquina para batir moneda.
En 1812 se retira a sus tierras. Deprimido, neurasténico, se suicida
el 2 de diciembre de 1815.
Ignoro si
atribuía mucha importancia a la única obra novelesca que escribió.
Sin embargo, la publicación en sus tres cuartas partes clandestina
de San Petersburgo en 1804-1805, la publicación semiconfesada de
París en 1813-1814, me persuaden de que no la consideraba un mero
entretenimiento.
En 1892 una
selección de sus obras doctas fue publicada en París, en dos
volúmenes, al cuidado y con notas de Klaproth, «Miembro de las
sociedades asiáticas de París, Londres y Bombay», el mismo a quien
se nombra en la nota manuscrita agregada al juego de pruebas de la
Biblioteca Nacional. Esta publicación contiene una bibliografía de
los trabajos eruditos de Potocki. Klaproth menciona al final elManuscrito
encontrado en Zaragoza, Avadoro y Alfonso van Worden, haciendo
sobre ellos la siguiente apreciación:
«Además de sus
obras doctas, el conde Jean Potocki ha escrito una novela muy
interesante, de la cual sólo algunas partes han sido publicadas; su
tema son las aventuras de un gentilhombre español descendiente de
la casa de Gomélez, y por consecuencia de extracción morisca. El
autor describe perfectamente en esta obra las costumbres de los
españoles, de los musulmanes y de los sicilianos, y los caracteres
están trazados en ella con gran verdad; en suma, es uno de los
libros más atractivos que se hayan escrito. Por desgracia, sólo
existen de él algunas copias manuscritas. La que fue enviada a
París, para ser allí publicada, ha quedado en manos de la persona
encargada de reverla antes de la impresión. Esperemos que una de
las cinco copias, que hay en Rusia y en Polonia, saldrá a luz tarde
o temprano porque, a semejanza deDon Quijote y deGil
Blas, es un libro que no envejecerá jamás.»
Aquí no habremos
de ocuparnos de los descubrimientos del viajero y del arqueólogo,
sino de aquella curiosa y casi secreta parte de su obra que prolonga
las hechicerías de Cazotte y anuncia los espectros de Hoffmann. Por
muchos de sus rasgos, elManuscrito encontrado en Zaragoza
pertenece aún al siglo XVIII: las escenas galantes, l a afición al
ocultismo, la inmoralidad sonriente e inteligente, el estilo, en
fin, de una elegante sequedad, fácil, sobrio y preciso, sin resalto
ni excesos. Por otros de sus caracteres, anticipa el romanticismo:
nos da un pregusto de los estremecimientos inéditos que una nueva
sensibilidad pedirá bien pronto a la fascinación de lo horrible y de
lo macabro. Esta obra marca, pues, una etapa decisiva en la
evolución del género. Su originalidad, sin embargo, le confiere
títulos más notables aún. Para ello me atengo casi exclusivamente a
los relatos publicados en San Petersburgo durante los años 1804 y
1805. ¿Cómo no sentir la extremada singularidad de una estructura
novelesca fundada en la repetición de una misma peripecia? Porque
siempre se cuenta la misma historia en los diferentes relatos
encajados unos en los otros que se hacen mutuamente los personajes
del nuevoDecamerón, a medida que sus aventuras les permiten
conocerse. La misma situación se reproduce y multiplica sin cesar,
como si espejos maléficos la reflejaran incansablemente. La
historia, muy variada en la anécdota, relata siempre los encuentros
y los amores de un viajero con dos hermanas que lo arrastran al
lecho común, a veces solo, a veces en compañía de la propia madre de
las muchachas. Después sobrevienen las apariciones, los
esqueletos, los castigos sobrenaturales. El carácter harto
singular de estos episodios sucesivos está muy edulcorado en la
edición de 1814, pero surge con gran nitidez en la versión
confidencial de San Petersburgo. Se trata, por lo demás, de relatos
perfectamente discretos, como sabían escribirse en el siglo XVIII:
los gestos más turbios están velados, pero no disimulados. Las dos
muchachas son musulmanas, lo que permite atribuir a la costumbre
del harén el que les parezca tan natural compartir al mismo hombre,
a la vez que gozan entre sí. Su naturaleza verdadera se revela poco
a poco y entonces aparece lo que son, es decir, criaturas
demoníacas, súcubos o entidades astrológicas ligadas a la
constelación de Géminis.
El autor ha
variado el tema con admirable ingeniosidad. La obsesión producida
en los personajes mismos, después en el lector, por la repetición de
aventuras análogas distribuidas en el tiempo y en el espacio, es un
efecto literario de una eficacia tanto más sostenida cuanto que
agrega la angustia de una duplicación infinita a la que se deduce
normalmente de una súbita intervención de lo sobrenatural en la
existencia hasta entonces opaca de un héroe intercambiable.
El idéntico
regreso de un mismo acontecer en el irreversible tiempo humano
representa por sí solo un recurso empleado con frecuencia en la
literatura fantástica. Pero no se han empleado, que yo sepa,
combinaciones tan osadas, deliberadas y sistemáticas de los dos
polos de lo Inadmisible -la irrupción de lo insólito absoluto y la
repetición de lo único por antonomasia- para llegar al colmo del
espanto: el prodigio implacable, cíclico, que se encarniza con la
estabilidad del mundo utilizando sus propias armas, y que bien
pronto no es ya un milagro escandaloso sino l a amenaza de una ley
imposible de la cual conviene temer en adelante sus efectos
recurrentes, a la vez inconcebibles y monótonos. Lo que no puede
ocurrir se produce; lo que sólo puede ocurrir una vez, se repite.
Ambos se conciertan e inauguran una especie terrible de regularidad.
Si hubiera
seguido el principio de que para establecer un texto debemos elegir
la última edición publicada en vida del autor, habría escogido en
este casolas Diez jornadas de la vida de Alfonso van Worden
(1814). Sin embargo, muy serios motivos me disuadieron de ello. El
texto de San Petersburgo es superior desde todo punto de vista: es
más correcto y más completo. Muchos descuidos desacreditan la
edición parisiense, en la cual, por otra parte, los intermedios
sensuales, tan característicos de la obra, desaparecen casi
completamente. Por eso he reproducido la edición de 1804-1805,
completada por laHistoria de Rebeca, que termina el texto
publicado por Gide hijo, en 1814. De tal manera creo procurar, en su
versión integral y auténtica, toda la primera parte de la obra.
Esta parte
corresponde, como ya tuve ocasión de indicarlo, a la inspiración más
fantástica del conjunto.Avadoro es más picaresco que
sobrenatural, y laHistoria de Giulio Romati y de la princesa de
Monte Salerno sólo figura allí por un artificio de distribución,
si no de compaginación. Este relato se emparienta por el tema y la
atmósfera al ciclo de las hermanas diabólicas, y estaba
perfectamente en su sitio en la versión primitiva de San
Petersburgo, que después, por necesidades de puro éxito, se
repartió en dos obras presentadas como distintas. El equívoco
constantemente mantenido entre la princesa y su dama dehonor,gracias
al cual nunca podemos saber si se trata de una o dos personas, las
espléndidas criadas que esta criatura, a la vez simple yduple,acoge
en sus lechos simétricos, nos fuerzan a ver en la aventura una
variante de los episodios precedentes en que los principales papeles
estaban reservados a Emina y a Zebedea, primas del héroe.
Llevado por el
mismo espíritu he creído que debía extraer deAvadoro laHistoria
del terrible peregrino Hervás, incluye laHistoria del
comendador de Toralva y es el único relato fantástico deAvadoro
(junto con el de la princesa de Monte Salerno); por añadidura, las
dos hermanas que acogen tan amablemente al héroe son avatares
evidentes de los mismos súcubos; también señalaremos que en esta
ocasión se definen más nítidamente las relaciones escabrosas de las
dos muchachas, «más inspiradas por la emulación que por los celos»,
de su madre «más sabia pero no menos apasionada»y de un
héroe colmadoy condenado a la vez, a quien comparten en un
mismo lecho voluptuosidades concertadas.
No hay
ningún elemento sobrenatural en laHistoriade
Leonor y de la duquesa de Ávila•,por
su asunto, sin embargo, pertenece sin lugar a dudas a la serie
precedente. Una mujer se inventa una hermana de la cual se disfraza
y con la cual casa a su pretendiente, de modo que éste la conoce
bajo dos apariencias entre las cuales se extravía su pasión. Hay
aquí como un desquite inesperado de los episodios habituales en que
las dos hermanas son una y otra bien reales y tienen dos cuerpos
bien distintos. Esta vez, dos encarnaciones alternadas de una
personalidad única terminan por confundirse para la dicha de un
amante dividido hasta entonces. Me ha parecido que la serie de
variantes en que Potocki ha multiplicado obstinadamente una
situación análoga habría quedadoincompleta
si no hubiera incluido esta última e inversa posibilidad. Además,
por los disfraces que saca a relucir, por lo «sobrenatural
explicado» de que se vale, ofrece una fiel ilustración de la
atmósfera deAvadoro, donde, como ya dije, lo fantástico cede
su lugar a lo pintoresco y el espanto a la malicia.
El
texto.Diré por
último algunas palabras acerca del texto escogido. LaAdvertencia
no figura en la edición de San Petersburgo. Lo extraigo de la
edición parisiense de 1814. Para lo esencial, reproduzco el texto
impreso en San Petersburgo en 1804-1805. No he tenido en cuenta las
correcciones manuscritas del ejemplar de la Biblioteca Nacional, con
excepción de aquellos errores manifiestos, tipográficos o de otra
índole. He señalado estos últimos con una nota al pie de página. He
mantenido, en lo esencial, la grafía de 1804, salvo haber
modernizado la ortografía y la puntuación cada vez que una simple
enmienda automática bastaba para ello.
He conservado,
desde luego, la distribución de los relatos entre las Jornadas como
aparece en la versión de 1804. Difiere ligeramente de la de 1814.
En su casi totalidad, el texto presentado puede considerarse
auténtico y definitivo. Hay que exceptuar, por desgracia, aquellas
partes tomadas de las ediciones parisienses: son laHistoria de
Rebeca y los relatos extraídos deAvadoro.
LaHistoria de
Rebeca ocupa el final del tomo III de lasDiez jornadas (págs.
72 a 122).
Los relatos deAvadoro
ocupan en la edición parisiense de 1813 las páginas siguientes:
Historia
del terrible peregrino Hervás(seguida
de la delComendador de Toralva): tomo III, desde la página
207 hasta el fin;
tomo IV, desde la página 3 hasta la página 120 (salvo algunas líneas
en las páginas 69-70 que marcan un corte en el relato).
Historia
de Leonor y de la duquesa de Ávila:tomo
IV, desde la página 165 hasta el fin.
El texto de 1813
se ha reproducido sin ninguna modificación, aunque su autoridad no
sea absoluta pues ha podido sufrir por parte del editor la misma
clase de retoques que sufrieron, al año siguiente, lasDiez
jornadas. No deja de ser por ello el único texto actualmente
disponible en el original francés. Me creo en el deber de darlo a la
espera de uno mejor, a los fines de presentar desde ahora una imagen
más completa de lo fantástico en Potocki. Habrá de perdonárseme,
supongo, esta anticipación: me parece que el interés de la obra la
merece ampliamente.
Sólo me
queda agradecer muy calurosamente al señorSt.Wedkiewicz,
director del Centro Polaco de Investigaciones Científicas de París,
que tuvo la gentileza de escribir de mi parte al señor Lescek
Kukulski, y al mismo señor Kukulski, que me ha instruido muy
amablemente acerca del presente estado de sus trabajos que se
proponen la reconstitución integral del texto original francés de
Potocki.
También expreso
mi muy viva gratitud a la señora Tatiana Beliaeva, encargada de la
Biblioteca de la Unesco en París, y al señor Barasenkov, director de
laGosudarstvennaja Publicnaja Biblioteca imeni Saltukova-Scedrina
de Leningrado. Gracias a su comprensión he podido conocer el juego
completo de los cuadernos impresos en 1804-1805 en San Petersburgo.
Sin ese texto la presente edición habría resultado aproximativa
hasta en la parte que hoy propone al público.
En 1814, lasDiez
jornadas, última publicación del autor que habría de morir al
año siguiente, terminaban con el anhelo de que el lector conociera
las nuevas aventuras del héroe. Hoy formulo el mismo deseo para la
próxima y primera publicación completa de una obra que ha
permanecido, a causa de una rara conjura de azares excepcionales,
inédita en sus tres cuartas partes y casi totalmente desconocida en
la lengua en que fue escrita. Ya es hora de que esta obra, después
de esperar un siglo y medio, encuentre en la literatura francesa,
así como en la literatura fantástica europea, el lugar envidiable
que le corresponde ocupar.
ROGERCAILLOIS.
NOTA DEL
TRADUCTOR
He modernizado, o
corregido, la ortografía de algunos nombres propios españoles e
italianos; he corregido, asimismo, la ortografía y a veces la
redacción de algunas palabras o frases que en el texto original
aparecen escritas directamente en español o en dialectos italianos.
J. B.
ADVERTENCIA
Cuando era
oficial en el ejército francés, participé en el sitio de Zaragoza.
Algunos días después que se tomara la ciudad, como avanzara hasta un
lugar un poco retirado, observé una casita bastante bien construida.
Creí, al principio, que aún no había sido visitada por ningún
francés. Tuve la curiosidad de entrar. Llamé a la puerta, pero vi
que no estaba cerrada. Empujé la puerta, entré, di voces, busqué:
no encontré a nadie. Me pareció que habían sacado de la casa todo
aquello que tuviera algún valor; en las mesas y en los muebles sólo
quedaban objetos sin importancia. Advertí de pronto, amontonados en
el suelo, en un rincón, varios cuadernos. Se me ocurrió mirarlos:
era un manuscrito en español, lengua que conozco poco, pero no tan
poco, sin embargo, para no comprender que aquel libro podía
divertirme: trataba de bandidos, de aparecidos, de cabalistas, y
nada más adecuado que la lectura de una novela extravagante para
distraerme de las fatigas de la campaña. Persuadido de que el libro
no volvería ya a su legítimo propietario, no vacilé en quedarme con
él.
Más adelante nos
obligaron a salir de Zaragoza. Alejado, por desgracia, del cuerpo
principal del ejército, fui apresado con mi destacamento por los
españoles; creí que estaba perdido. Cuando llegamos al lugar a donde
nos condujeron, los españoles empezaron a despojarnos de nuestros
bienes. Sólo pedí conservar un objeto que no podía serles útil: el
libro que había encontrado. Al principio opusieron alguna
dificultad. Por último consultaron al capitán, quien, después de
echar una mirada al libro, se llegó a mí y me dio las gracias por
haber conservado intacta una obra a la cual asignaba gran valor
porque narraba la historia de uno de sus antepasados. Me llevó con
él, y durante la temporada un poco larga que pasé en su casa, donde
me trataron amablemente, le rogué que me tradujera aquella obra al
francés. La escribí bajo su dictado.
El conde de Olavídez no había establecido aún colonias de extranjeros en Sierra Morena; esta elevada cadena que separa Andalucía de la Mancha no estaba entonces habitada sino por contrabandistas, por bandidos, y por algunos gitanos que tenían fama de comer a los viajeros que habían asesinado. De allí el refrán español:Devoran a los hombres las gitanas de Sierra Morena. Yeso no es todo. Al viajero que se aventuraba en aquella salvaje comarca también lo asaltaban, se decía, infinidad de terrores muy capaces de helar la sangre en las venas del más esforzado. Oía voces plañideras mezclarse al ruido de los torrentes y a los silbidos de la tempestad; destellos engañadores lo extraviaban, manos invisibles lo empujaban hacia abismos sin fondo.
A decir verdad, no faltaban algunas ventas o posadas dispersas en aquella ruta desastrosa, pero los aparecidos, más diablos que los venteros mismos, los habían forzado a cederles el lugar y a retirarse a comarcas donde no les fuera turbado el reposo sino por los reproches de su conciencia, fantasmas estos con los cuales los venteros suelen entrar en componendas; el del mesón de Andújar invocaba al apóstol Santiago de Compostela para atestiguar la verdad de sus relatos maravillosos; agregaba, por último, que los arqueros de la Santa Hermandad se habían negado a responsabilizarse de ninguna expedición por Sierra Morena, y que los viajeros tomaban la ruta de Jaén o la de Extremadura.
Le respondí que esa opción podía convenir a viajeros ordinarios, pero que habiéndome el rey, don Felipe Quinto, concedido la gracia de honrarme con una comisión de capitán en las guardias valonas, las leyes sagradas del honor me prescribían presentarme en Madrid por el camino más corto, sin preguntarme si era el más peligroso.
-Mi joven señor -replicó el huésped-, vuestra merced me permitirá observarle que si el rey lo ha honrado con una compañía en las guardias, y antes de que a vuestra merced le apunte la barba en el mentón, honra que los años no le han concedido todavía, será bueno que dé muestras de prudencia. Pues bien, yo digo que cuando los demonios se apoderan de una comarca...
Hubiera dicho más, pero salí disparado y sólo me detuve cuando creí estar fuera del alcance de sus advertencias; entonces, al volverme, aún lo vi gesticular y mostrarme la ruta de Extremadura. López, mi escudero, y Mosquito, mi zagal, me miraban con un aire lastimoso que quería decir más o menos lo mismo. No me di por enterado y proseguí adelante, internándome en los matorrales donde después han levantado una colonia llamada La Carlota.
En el lugar mismo donde hoy está la posta, había entonces un paraje que los arrieros llamaban Los Alcornoques, o Encinas Verdes, porque dos hermosos árboles de esta especie sombreaban un abundante manantial contenido por un abrevadero de mármol. Era la única fuente y la única umbría que se encontraba desde Andújar hasta Venta Quemada. Este albergue grande, espacioso, construido en medio del desierto, había sido un antiguo castillo de los moros que el marqués de Peña Quemada hizo reparar, y de allí le venía el nombre de Venta Quemada. El marqués lo había alquilado a un vecino de Murcia, que estableció en él la posada más considerable que hubiera en la ruta. Los viajeros partían, pues, por la mañana de Andújar, comían en Los Alcornoques las provisiones que trajeran consigo, y pasaban la noche en Venta Quemada; a menudo se quedaban durante el día siguiente, preparándose allí a pasar las montañas y haciendo nuevas provisiones; tal era, asimismo, el plan de mi viaje.
Pero como nos acercáramos a Encinas Verdes, y yo le dijera a López que allí había resuelto apearnos para nuestra frugal comida, advertí que Mosquito no estaba con nosotros, ni tampoco la mula cargada con las provisiones. López dijo que el muchacho se había quedado a la zaga, arreglando las albardas de su caballería. Lo esperamos, luego seguimos adelante, luego nos detuvimos para esperarlo aún, luego dimos voces, luego volvimos sobre nuestros pasos para buscarlo. Vanamente. Mosquito había desaparecido llevándose con él nuestras más caras esperanzas, es decir nuestra comida. Yo era el único en ayunas, porque López no había dejado de roer un queso del Toboso, del cual tuvo la precaución de munirse, pero no por ello estaba más alegre y refunfuñaba entre dientes que «bien lo dijo el mesonero de Andújar y que con toda seguridad los demonios habían arrebatado al infeliz Mosquito».
Cuando llegamos a Los Alcornoques encontré sobre el abrevadero una canasta cubierta de hojas de viña; parecía haber estado llena de frutas y haber sido olvidada por algún viajero. La hurgué con ansiedad y tuve el placer de hallar en ella cuatro hermosos higos y una naranja. Le ofrecí dos higos a López, pero los rechazó diciendo que podía aguardar hasta la noche; comí pues todas las frutas, después de lo cual quise apagar mi sed en el manantial vecino. López me lo impidió, alegando que el agua me caería mal después de la fruta, y que tenía para ofrecerme un resto de vino de Alicante. Acepté su ofrecimiento, pero apenas llegó el vino a mi estómago sentí que se me apretaba el corazón. Cielo y tierra giraron sobre mi cabeza y me habría desmayado qué duda cabe, si López no se hubiera dado prisa en socorrerme; me hizo volver del desfallecimiento y me dijo que no debía preocuparme: era motivado por el cansancio y la inanición. En efecto, no sólo me sentí restablecido, sino también en un estado de impetuosidad y agitación extraordinarias. La campiña me pareció esmaltada de los colores más vivos; los objetos resplandecían ante misojos como los astros en las noches de verano,y me latían las arterias en las sienesy en el cuello.
López, al ver que mi molestia no había tenido consecuencias, no pudo menos que comenzar de nuevo con sus quejas:
-¡Ay!, por qué no habré hecho caso a Fray Jerónimo de la Trinidad, monje, predicador, confesor y oráculo de nuestra familia. Es cuñado del yerno de la cuñada del suegro de mi suegra, y siendo de tal modo el pariente más cercano que tenemos, nada se hace en nuestra casa sin consultarlo. No he querido seguir sus consejos y estoy por ello justamente castigado. Bien me dijo que los oficiales en las guardias valonas eran heréticos, que se los reconocía fácilmente por sus cabellos rubios, susojos azules y sus mejillas bermejas, contrariamente a los viejos cristianos que tienen la color de Nuestra Señora de Atocha, pintada por San Lucas.
Detuve ese torrente de impertinencias ordenándole que me diera mi fusil y cuidara de los caballos, mientras yo subía a algún peñasco de los alrededores para intentar descubrir a Mosquito, o a lo menos sus huellas. Ante mi proposición, López se deshizo en lágrimas y, echándose a mis pies, me conjuró en nombre de todos los santos a que no lo dejara solo en lugar tan peligroso. Le ofrecí permanecer junto a los caballos, mientras él buscaba al muchacho, pero esta sugerencia le pareció más aterradora aún. Entonces le hice razonamientos tan sensatos para ir en pos de Mosquito que me dejó partir. Después sacó un rosario del bolsillo y se puso a rezar junto al abrevadero.
Las cumbres que pensaba alcanzar estaban más lejos de lo que me parecieron; demoré casi una hora en subir a ellas y, cuando llegué, no vi más que la llanura desierta y salvaje: ni el menor rastro de hombres, de animales o de casas, ninguna ruta fuera del gran camino que habíamos seguido, y nadie que pasara por él. Por todos lados me rodeaba un gran silencio. Lo interrumpí con mis gritos, que los ecos repitieron a lo lejos. Por último retomé el camino del abrevadero, y allí encontré mi caballo atado a un árbol, pero López... López había desaparecido.
Me quedaba la siguiente alternativa: volver a Andújar, o continuar mi viaje. Lo primero no se me pasó por la cabeza. Subí al caballo, le di de espuelas y al cabo de dos horas, galopando a toda prisa, llegué a las orillas del Guadalquivir, que no es allí el río tranquilo y soberbio cuyo majestuoso curso rodea los muros de Sevilla. Al salir de las montañas, el Guadalquivir es un torrente sin riberas ni fondo, siemprebramando contra los peñascos que contienen sus esfuerzos.
El valle de Los Hermanos comienza donde el Guadalquivir se derrama sobre la llanura; lo llamaban así porque tres hermanos, unidos, más que por los lazos de sangre, por la afición al bandolerismo-; hicieron del lugar, durante muchos años, el teatro de sus hazañas. De los tres hermanos, dos cayeron en poder de las autoridades, y sus cuerpos se veían colgados de una horca a la entrada del valle, peroel mayor, llamado Soto, logró escapar de las prisiones ' de Córdoba y se refugió, según decían, en la cadena de Las Alpujarras.
Cosas muy extrañas contaban de los dos hermanos que fueron colgados; no se hablaba de ellos como de aparecidos, pero se pretendía que sus cuerpos, animados por vaya a saberse qué demonios, abandonaban la horca durante la noche para angustiar a los vivos. De tal modo se dio el hecho por cierto que un teólogo de Salamanca probóen una disertación que los dos ahorcados, a cada cual más extraordinario, eran vampiros de una rara especie, cosa que los más incrédulos no vacilaban en afirmar. También corría el rumor de que los dos hombres eran inocentes y que habiendo sido injustamente condenados se vengaban de ello, con el permiso del cielo, en los viajeros y otros viandantes. Como de esa historia me hablaron a menudo en Córdoba, tuve la curiosidad de acercarme a la horca. El espectáculo era tanto más repulsivo cuanto que los horribles cadáveres, agitados por el viento, se balanceaban de manera fantástica, mientras buitres atroces los tironeaban para arrancarles jirones de carne; apartando los ojos con espanto, me hundí en el camino de las montañas.
Hay que convenir en que el valle de Los Hermanos parecía muy apropiado para favorecer las empresas de los bandidos y servirles de refugio. Rocas desprendidas de lo alto de los montes, árboles derribados por la tormenta, interceptaban el camino, y en muchos lugares era menester atravesar el lecho del torrente, o pasar delante de cavernas profundas cuyo aspecto malhadado inspiraba desconfianza.
Al salir de este valle y entrar en otro, descubrí desde lejos la venta que debía albergarme, y no auguré de ella nada bueno. Observé que no tenía ventanas ni celosías; no humeaban las chimeneas; no había gente en los alrededores, y los aullidos de los perros no anunciaban mi llegada. Deduje que sería una de aquellas ventas abandonadas por sus dueños, como había dicho el mesonero de Andújar.
Cuanto más me acercaba, más profundo me parecía el silencio. En la puerta de la venta, vi un cepillo para echar limosnas, acompañado por la siguiente inscripción: «Señores viajeros, sed caritativos y rogad por el alma de González de Murcia, que en otros tiempos fue mesonero de Venta Quemada. Después seguid vuestro camino y en ningún instante, bajo ningún pretexto, se os ocurra pasar aquí la noche».
Inmediatamente resolví desafiar los peligros con los cuales me amenazaba la inscripción. No tenía el convencimiento de que en la venta no hubiera aparecidos, pero desde niño me enseñaron, como se verá más adelante, a poner el honor por encima de todo, y lo hacía consistir en no dar jamás señales de miedo.
Como el sol se ponía, quise aprovechar la luz menguante para recorrer de punta a punta la morada. Más que luchar con las potencias infernales que se habían posesionado de ella, esperaba encontrar algunas viandas, pues las frutas de Los Alcornoques habían podido suspender, pero no satisfacer, mi necesidad imperiosa de comida. Atravesé muchos aposentos y salas. La mayoría estaban revestidos de mosaicos hasta la altura de un hombre, y en los techos había esos bellos artesones en los cuales resplandece la magnificencia de los moros. Visité las cocinas, los graneros, los sótanos; estos últimos estaban cavados en la roca, y algunos comunicaban con rutas subterráneas que parecían penetrar muy adentro en la montaña; pero no encontré de comer en ninguna parte. Por último, como era ya de noche, busqué mi caballo, atado en el patio, lo llevé a un establo donde había visto un poco de heno, y fui a un aposento a tenderme en un jergón, el único que hubieran dejado en todo el albergue. También hubiese querido una candela, pero el hambre que me atormentaba tenía su lado bueno, pues me impedía dormir.
Sin embargo, mientras más oscura se hacía la noche, más sombrías eran mis reflexiones. Ya pensaba en la desaparición de mis dos servidores, ya en los medios de procurarme comida. Quizá los bandidos, irrumpiendo de algún matorral o de alguna trampa subterránea, habían atacado sucesivamente a López y a Mosquito cuando estaban solos, e hicieron una excepción conmigo en razón de mis armas, que no les prometían una victoria tan fácil. Más que todo me preocupaba el hambre, pero había visto en la montaña algunas cabras; debía de guardarlas algún pastor, y a éste no le faltaría un poco de pan paracomercon la leche. Por añadidura, yo contaba con mi fusil. Sea como fuere, estaba resuelto a todo menos a volver sobre mis pasos y a exponerme a los sarcasmos del mesonero de Andújar. Antes bien, había decidido firmemente continuar mi ruta.
Agotadas estas reflexiones, no podía menos de rumiar viejas historias de monederos falsos y otras de la misma especie con las que habían acunado mi infancia. Pensaba también en la inscripción sobre el cepillo de las limosnas. Aunque no creía que el demonio hubiese estrangulado al mesonero, nada comprendía de su trágico fin.
Pasaban las horas en un silencio profundo cuando el son inesperado de una campana me estremeció de sorpresa. Tocó doce veces, y es fama que los aparecidos no tienen poder sino después de medianoche hasta el primer canto del gallo. Digo que me sorprendí, y no me faltaban motivos para ello, pues la campana no había dado las otras horas; me pareció lúgubre su tañido. Un instante después se abrió la puerta del aposento, y vi entrar a una persona completamente oscura pero en modo alguno pavorosa, pues era una hermosa negra, semidesnuda, que llevaba una antorcha en cada mano.
La negra se llegó a mí, hizo una profunda reverencia y me dijo en un muy buen español:
-Señor caballero, unas damas extranjeras que pasan la noche en este albergue os ruegan compartir su cena. Tened la bondad de seguirme.
Seguí a la negra de corredor en corredor hasta una sala bien iluminada en medio de la cual había una mesa con tres cubiertos, vajilla de porcelana japonesayjarras de cristal de roca. En el fondo de la sala pude ver un lecho magnífico. Muchas negras parecían atareadas en servir, pero se alinearon con respeto no bien entraron dos damas cuya tez de azucenas y rosas contrastaba perfectamente con el ébano de sus criadas. Las dos damas, tomadas de la mano, vestían de una manera extravagante, o que a lo menos me pareció tal, pero que es frecuente en muchos pueblos de Berbería, como después lo he comprobado durante mis viajes. Su vestido no consistía sino en una camisa y un justillo. La camisa era de tela hasta la cintura, y más abajo de una gasa de Mequínez, especie de género que sería del todotransparentesi anchas cintas de seda, mezcladas a la trama del tejido, no lo hicieran apto para velar en,cantos que ganan en adivinarse. El justillo, ricamente bordado de perlas y guarnecido de broches de diamantes, les cubría escasamente los senos; no tenía mangas; las de la camisa, también de gasa, estaban recogidas y anudadas detrás del cuello. Brazaletes adornaban sus brazos desnudos, tanto en las muñecas como encima de los codos. Aunque las damas fueran diablesas, sus pies no estaban hendidos ni provistos de garras; desnudos, en pequeñas babuchas bordadas, llevaban en el tobillo una ajorca de gruesos brillantes.
Las desconocidas avanzaron hacia mí consemblantedespejado y afable. Eran dos bellezas perfectas; una de ellas, alta, esbelta, deslumbrante; la otra, enternecedora y tímida; una, majestuosa, con un busto de nobles proporciones y una cara de facciones admirables; la otra, menuda, con los labios un poco prominentes y los ojos entrecerrados por los cuales asomaba el brillo de sus pupilas ocultas bajo larguísimas pestañas. La mayor me dirigió la palabra en castellano y me dijo:
-Señor caballero, os agradecemos la bondad que habéis tenido de aceptar esta modesta colación. Creo que debéis necesitarla.
Dijo esta última frase con expresión tan maliciosa que la sospeché muy capaz de haber hecho robar la mula cargada con nuestras provisiones, pero tan bien las reemplazaba que no pude guardarle rencor.
Nos sentamos a la mesa, y la misma dama, alcanzándome una fuente de porcelana del Japón, me dijo:
-Señor caballero, encontraréis aquí unaolla podrida donde se mezclan toda clase de carnes, exceptuando una sola, porque somos fieles, quiero decir musulmanas.
-Bella desconocida -le respondí-, me parece que bien lo habéis dicho. Sois fieles, sin duda, y vuestra religión es el amor. Pero dignaos satisfacer mi curiosidad antes que mi apetito: decidme quiénes sois.
-No dejéis de comer por ello, señor caballero -replicó la bella morisca-. No guardaremos con vos el incógnito. Me llamo Emina, y ésta es mi hermana Zebedea. Aunque establecidas en Túnez, nuestra familia es oriunda de Granada, y algunos de nuestros parientes viven en España, donde profesan en secreto la ley de sus padres. Hace ocho días abandonamos Túnez; desembarcamos cerca de Málaga en una playa desierta; después hemos pasado por las montañas, entre Soja y Antequera; después hemos venido a este lugar solitario para cambiarnos de ropa y tomar todas las medidas necesarias para vivir seguras. Podéis ver, señor caballero, que nuestro viaje es un secreto importante que confiamos a vuestra lealtad.
Aseguré a las bellas que no debían temer de mi parte ninguna indiscreción y me puse a comer con un poco de voracidad, sin duda, pero también con esa graciosa cortedad que un joven demuestra necesariamente cuando es el único de su sexo en una sociedad de mujeres.
Se apaciguó mi hambre y comencé lo que en España llaman losdulces; Emina lo advirtió,y entonces ordenó a las negras que me mostraran cómo se baila en sus comarcas. Ninguna orden pudo serles más agradable, y obedecieron con una vivacidad que rayaba en la licencia. Hasta creo que hubiese sido difícil que terminaran de bailar, pero yo les pregunté a sus hermosas señoras si ellas también solían hacerlo. Por toda respuesta se pusieron de pie y pidieron castañuelas. ¿Cómo dar una idea de su danza? Hacía pensar en el bolero de Murcia y en el fandango de los Algarbes, y quienes han estado en aquellas provincias podrán imaginarla, pero nunca podrán imaginar el encanto que añadían a sus pasos las gracias naturales de las dos africanas, realzadas por sus diáfanas vestiduras.
Durante algún tiempo las contemplé guardando una especie de sangre fría, pero sus movimientos acelerados por una cadencia más viva, el ruido perturbador de la música morisca, mi vitalidad exaltada por la súbita comida, en mí, fuera de mí, todo se concertaba para hacerme perder la razón. No sabía ya si estaba con dos mujeres o con dos súcubos insidiosos. No me atrevía a ver, no quería mirar. Me cubrí los ojos con la mano y me sentí desfallecer.
Las dos hermanas se me acercaron y cada una me tomó una mano. Emina me preguntó si me sentía mal. La tranquilicé. Zebedea me preguntó por un relicario que llevaba yo colgado del pecho. ¿Guardaba en él el retrato de mi amada?
-Es -le respondí- una alhaja que me dio mi madre y que le prometí llevar siempre conmigo; contiene un trozo de la verdadera cruz.
Zebedea retrocedió, palideciendo.
-Os turbáis -le dije-; sin embargo, la cruz sólo puede espantar al espíritu de las tinieblas.
Emina respondió por su hermana.
-Señor caballero -me dijo-, sabéis que somos musulmanas, y no debería sorprenderos la tristeza que mi hermana os ha demostrado. Yo la comparto. Lamentamos encontrar un cristiano en vos, que sois nuestro pariente más próximo. Mis palabras os asombran, pero ¿no era vuestra madre una Gomélez? Somos de la misma familia, que no es más que una rama de la de los Abencerrajes; pero sentémonos en este sofá y os diré otras cosas aún.
Las negras se retiraron. Emina me ofreció un extremo del sofá y se puso a mi lado, sentándose sobre las piernas cruzadas. Zebedea, sentándose del otro lado, se apoyó sobre mi almohadón, y los tres estábamos tan cerca que nuestros alientos se mezclaban. Emina pareció reflexionar; después, mirándome con el más vivo interés, me tomó la mano y me dijo:
-Querido Alfonso, es inútil ocultarlo: no fue el azar quien nos trajo aquí. Os esperábamos; si el temor os hubiera hecho tomar otro camino, habríais perdido para siempre nuestra estima.
-Me halagáis, Emina -le respondí-, y no sé en qué podría interesaros mi valor.
-Nos interesáis mucho -replicó la bella mora-, pero quizá os halagaría menos saber que por poco sois el primer hombre que hemos visto. Lo que digo os asombra, y parecéis ponerlo en duda. Os había prometido contaros la historia de nuestros antepasados, pero quizá sea mejor que comience por la nuestra.
-Somos hijas de Gasir Gomélez, tío materno del rey de Túnez que se halla actualmente en el poder. No hemos tenido hermanos, ni hemos conocido a nuestro padre, de modo que, encerradas entre las paredes del serrallo, ignorábamos por completo al otro sexo. Sin embargo, como ambas nacimos con unaextremapropensión a la ternura, nos amamos una a la otra con gran pasión. Llorábamos desde que querían separarnos, aunque fuese por pocos instantes. Si reprendían a una, la otra se deshacía en lágrimas. Pasábamos los días jugando a la misma mesa, y dormíamos en la misma cama.
Un sentimiento tan vivo parecía crecer con nosotras, y adquirió nuevas fuerzas por una circunstancia que paso a contar. Yo tenía entonces dieciséis años, y mi hermana catorce. Desde hacía mucho habíamos observado algunos libros que mi madre nos escondía cuidadosamente. Al principio no les prestamos atención, harto aburridas de los libros en que nos enseñaban a leer. Pero la curiosidad nos vino con la edad. Aprovechamos el instante en que el armario prohibido estaba abierto, y sacamos a toda prisa un librito que resultó serLos amores de Medgenún y de Leila , traducido del persa por Ben-Omrí. Esta obra divina, que pinta ardorosamente todas las delicias del amor, inflamó nuestros sentidos. No podíamos comprenderla bien, porque no habíamos visto apersonasde vuestro sexo, pero repetíamos sus expresiones. Hablábamos el lenguaje de los amantes; por último, quisimos amarnos a su manera. Yo adoptéel papel de Medgenún, mi hermana el de Leila. Ante todo, le declaré mi pasión mediante el arreglo de algunas flores, suerte de clave misteriosa muy en uso en toda Asia. Después hice hablar a mis miradas, me prosterné ante ella, besé la huella de sus pasos, conjuré a los céfiros para que le llevaran mis tiernas quejas, y con el fuego de mis suspiros creí encender su aliento.
Zebedea, fiel a las lecciones de su autor, me concedió una cita. Me arrodillé, besé sus manos, bañé sus pies con mis lágrimas; mi amada me opuso al principio una suave resistencia, después me permitió que le robara algunos favores; al final, terminó por abandonarse a mi ardiente impaciencia. Nuestras almas, en verdad, parecían confundirse en una sola, y todavía ignoro lo que podría hacernos más dichosas de lo que lo éramos entonces.
No sé por cuánto tiempo nos divertimos en representar esas apasionadas escenas, pero al fin las reemplazamos por sentimientos más apacibles. Nos aficionamos al estudio de la ciencia, sobre todo al conocimiento de las plantas, que estudiamos en los escritos del célebre Averroes.
Mi madre, según la cual nada era bastante para armarse contra el tedio de los serrallos, miró nuestras ocupaciones con placer. Hizo venir de la Meca a una santa llamada Hazereta, o la santa por antonomasia. Hazereta nos enseñó la ley del profeta; nos daba sus lecciones en ese lenguaje tan puro y armonioso que se habla en la tribu de los Koreisch. No nos cansábamos de escucharla, y sabíamos de memoria casi todo el Corán. Después mi madre nos instruyó ella misma en la historia de nuestra casa y puso en nuestras manos un gran número de memorias, algunas en árabe, otras en español. ¡Ah, querido Alfonso, hasta qué punto vuestra ley nos pareció odiosa! ¡Hasta qué punto odiamos a vuestros tenaces sacerdotes! Por el contrario, ¡cuánto interés prestamos a tantos ilustres infortunados, cuya sangre corría por nuestras venas!
Ya nos inflamábamos porSaidGomélez, que padeció martirio en las prisiones de la Inquisición, ya por su sobrinoLeis,que llevó durante mucho tiempo en las montañas una vida salvaje y poco diferente de la que llevan los animales feroces. Caracteres semejantes nos hicieron amar a los hombres; hubiésemos querido verlos, y a menudo subíamos a nuestra terraza para divisar a las gentes que se embarcaban en el lago de la goleta, o a aquellos que iban a los baños de Hamán. Si bien no habíamos olvidado del todo las lecciones del amoroso Medgenún, al menos ya no las repetíamos juntas. Hasta llegó a parecerme que mi ternura por mi hermana no tenía el carácter de una pasión, pero un nuevo incidente me probó lo contrario.
Un día mi madre condujo a casa a una princesa de Tafilete, mujer de cierta edad; la recibimos con gran cortesía. Cuando se fue, mi madre me dijo que había pedido mi mano para su hijo, y que mi hermana casaría con un Gomélez. Esta noticia cayó sobre nosotras como el rayo; al principio nos turbó hasta hacernos perder el uso de la palabra. Después, la desdicha de vivir la una sin la otra adquirió tal fuerza a nuestrosojos que nos abandonamos a la más atroz desesperación. Nos mesamos los cabellos, llenamos el serrallo con nuestros gritos. En fin, las demostraciones de nuestro dolor llegaron a la extravagancia. Mi madre, asustada, prometió no contrariar nuestras inclinaciones; nos aseguró que nos permitiría quedar solteras, o casarnos con el mismo hombre. Sus promesas nos calmaron un poco.
Algún tiempo después vino a decirnos que había hablado al jefe de nuestra familia, y que éste había permitido que tuviésemos el mismo marido, a condición de que fuese de la sangre de los Gomélez.
Al principio no respondimos, pero la idea de compartir un marido nos placía cada vez más. Nunca habíamos visto a un hombre, ni joven ni viejo, sino de lejos, pero así como las mujeres jóvenes nos parecían más agradables que las viejas, queríamos que nuestro esposo fuera joven. Esperábamos también que nos explicara algunos pasajes del libro de
Ben-Omrí, cuyo sentido no habíamos comprendido bien.
Al llegar aquí, Zebedea interrumpió a su hermana y, estrechándome en sus brazos, me dijo:
-Querido Alfonso, ¡lástima que no seáis musulmán! Cuál no sería mi felicidad si al veros en los brazos de Emina pudiera aumentar vuestras delicias, unirme a vuestros transportes, pues en fin, querido Alfonso, en nuestra casa, como en la del profeta, el hijo de una hija tiene los mismos derechos que la rama masculina. Quizá sólo dependiera de vos ser el jefe de nuestra casa, que está próxima a extinguirse. Para ello sólo os bastará abrir vuestrosojos a las santas verdades de nuestra ley.
A tal punto sus palabras me parecieron una insinuación de Satán, que me figuré ver cuernos asomando en la bonita frente de Zebedea. Balbuceé algunas frases sobre la religión. Las dos hermanas retrocedieron un poco. Emina, tomando un continente más severo, continuó en estos términos:
-Señor Alfonso, os he hablado demasiado de mi hermana y de mí. Tal no era mi intención. Me he sentado a vuestro lado para contaros la historia de los Gomélez, de quienes descendéis por las mujeres. He aquí lo que tenía que deciros.
HISTORIA DEL CASTILLO DE CASAR GOMÉLEZ
-El primer autor de nuestra raza fue Masú ben Taher, hermano de Yusuf ben-Taher, que entró en España a la cabeza de los árabes y dio su nombre a la montaña de Gebal-Taher, que vosotros pronunciáis Gibraltar. Masú, que mucho había contribuido al éxito de los árabes, obtuvo del califa de Bagdad - el gobierno de Granada, donde permaneció hasta la muerte de su hermano. Habríase quedado más tiempo aún, porque era igualmente querido por los Ï, musulmanes y por los mozárabes, como llamáis vosotros a los cristianos que han permanecido bajo la dominación de los árabes, pero sus enemigos deBagdad lo malquistaron con el califa. Cuando supo que se había resuelto su pérdida, tomó el partido de alejarse. Reunió pues a los suyos y se retiró a Las Alpujarras, que son, como sabéis, una continuación de las montañas de Sierra Morena, y esta cadena separa al reino de Granada del de Valencia.
Los visigodos, a los cuales conquistamos España, no habían penetrado en Las Alpujarras. Casi todos sus valles estaban desiertos. En sólo tres de ellos habitaban los descendientes de un antiguo pueblo español. Se los llamaba los turdules: no reconocían ni a Mahoma, ni a vuestro profeta nazareno; sus opiniones religiosas y sus leyes estaban contenidas en canciones que se enseñaban de padres a hijos; tuvieron leyes que se habían perdido.
Más que por la fuerza, Masú sometió a los turdules por la persuasión: aprendió su lengua y les enseñó la ley musulmana. Sucesivos matrimonios confundieron la sangre de ambos pueblos: a esa mezcla y al aire de las montañas debemos nuestra tez sonrosada, que distingue a los hijos de los Gomélez. Entre los moros suelen verse mujeres muy blancas, pero son siempre pálidas.
Masú tomó el título de jeque e hizo construir un gran castillo que llamó Casar Gomélez. Antes juez que soberano de su tribu, era accesible en todo momento y hacía de ello su deber, pero el último viernes de cada luna se despedía de su familia, se encerraba en un subterráneo del castillo y permanecía en él hasta el viernes siguiente. Sus desapariciones dieron motivo a diferentes conjeturas: algunos decían que nuestro jeque celebraba entrevistas con el duodécimo Imán, que debe aparecer sobre la faz de la tierra al final de los siglos. Otros creían que el Anticristo estaba encadenado en nuestro subterráneo. Otros pensaban que los siete durmientes reposaban allí con su perroCaleb.Masú no hizo caso de esos rumores; continuó gobernando su pequeño pueblo en tanto sus fuerzas se lo permitieron. Por último, eligió al hombre más prudente de la tribu, lo nombró su sucesor, le dio la llave del subterráneo y se retiró a una ermita, en la que continuó viviendo muchos años aún.
El nuevo jeque gobernó como lo había hecho su predecesor y como él desapareció todos los últimos viernes de cada luna. Todo subsistía como entonces hasta que Córdoba tuvo sus califas particulares, independientes de los de Bagdad. Fue cuando los montañeses de Las Alpujarras, que habían tomado parte en esta revolución, empezaron a establecerse en las llanuras, donde se los conoció con el nombre de Abencerrajes, en tanto que conservaron el nombre de Gomélez aquellos que permanecieron unidos al jeque de Casar Gomélez.
Sin embargo, los Abencerrajes compraron las más hermosas tierras del reino de Granada y las más hermosas casas de la ciudad. Su lujo llamó la atención de la gente y se supuso que el subterráneo del jeque encerraba un tesoro inmenso, pero nada podía saberse a punto fijo porque los mismos Abencerrajes ignoraban la fuente de sus riquezas.
Por último, esos hermosos reinos, como atrajeran sobre ellos las venganzas celestes, fueron librados a los infieles. Se tomó Granada, y ocho días después, a la cabeza de tres mil hombres, llegó a Las Alpujarras el célebre Gonzálvez de Córdoba. Hatén Gomélez era entonces nuestro jeque; se adelantó a Gonzálvez y le ofreció las llaves del castillo; el españolle pidió las del subterráneo. También nuestro jeque se las dio sin oponer dificultades. Gonzálvez quiso bajarél mismo, y sólo encontró una tumba y libros. Entonces hizo burla de todas las historias que le habían á contado y se apresuró en volver a Valladolid, donde lo aguardaban el amor y la galantería.
Después la paz reinó en nuestras montañas hasta que Carlos subió al trono. Por entonces nuestro jeque era Sefí Gomélez. Este hombre, por motivos que nunca se conocieron bien, hizo saber al nuevo emperador que le revelaría un secreto importante si quería enviar a Las Alpujarras a algún señor que le mereciera confianza. No pasaron quince días antes que don Ruiz de Toledo se presentara a los Gomélez de parte de su majestad, pero se encontró con que el jeque había sido asesinado la víspera de su llegada. Don Ruiz persiguió a algunos individuos, se cansó bien pronto de ello y volvió a la corte.
Entretanto, los secretos de los jeques habían quedado en poder del asesino de Sefí. Este hombre, que se llamaba Bilaj Gomélez, reunió a los ancianos de la tribu y les demostró la necesidad de tomar nuevas precauciones para guardar un secreto de tanta importancia. Se decidió instruir a varios miembros de la familia de los Gomélez, pero cada uno de ellos sólo sería iniciado en una parte del misterio, y sólo después de haber dado tantas pruebas de valor, prudencia y fidelidad.
Aquí Zebedea interrumpió a su hermana:
-Querida Emina, ¿no creéis que Alfonso hubiera resistido a todas las pruebas? ¡Ah, quién podría dudarlo! Querido Alfonso, ¡lástima que no seáis musulmán! Quizá inmensos tesoros estarían en vuestro poder.
También sus palabras me hicieron pensar en el espíritu de las tinieblas que, no habiendo podido inducirme en tentación por la voluptuosidad, trataba de hacerme sucumbir por la codicia. Pero las dos hermanas se llegaron a mí, y me pareció que tocaba cuerpos, y no espíritus. Después de algunos momentos de silencio, Emina volvió a tomar el hilo de su historia.
-Querido Alfonso -me dijo-, harto conocéis las persecuciones que hemos sobrellevado bajo el reino de Felipe, hijo de Carlos. Robaban a los niños y los hacían educar bajo la ley cristiana. A ellos se les daba los bienes de sus padres que habían continuado fieles. Fue entonces cuando un Gomélez fue recibido en el Teket de losdervichesde santo Domingo y obtuvo el cargo de gran Inquisidor.
Oímos el canto del gallo, y Emina dejó de hablar. Un hombre supersticioso habría esperado que las dos bellas desaparecieran por el hueco de la chimenea. No, continuaron a mi lado, pero parecieron soñadoras y preocupadas.
Emina fue la primera en romper el silencio.
-Amable Alfonso -me dijo-, va a despuntar el día, y las horas que tenemos para pasarlas juntas son demasiado preciosas. No vale la pena emplearlas en contar historias. No podemos ser vuestras esposas, a menos que abracéis nuestra ley. Pero si os fuera permitido vernos en sueños, ¿consentiríais en ello?
A todo consentí.
-No es bastante -replicó Emina con aire de gran dignidad-, no es bastante, querido Alfonso; aún es menester que os comprometáis por las leyes sagradas del honor a no traicionar jamás nuestros nombres, nuestra existencia y todo lo que sabéis de nosotras. ¿Osaréis comprometeros a ello solemnemente?
Prometí todo lo que quisieron.
-Es bastante -dijo Emina-; hermana mía, traed la copa consagrada por Masú, nuestro primer jeque.
Mientras Zebedea fue a buscar el vaso encantado, Emina se prosternó y recitó plegarias en lengua árabe. Reapareció Zebedea, con una copa que me pareció tallada en una sola esmeralda, y mojó en ella los' labios. Emina hizo otro tanto y me ordenó beber, de un solo trago, el resto del licor.
Obedecí.
Emina me dio las gracias por mi docilidad yme besó con gran ternura. Después Zebedea apretó su boca contra la mía y pareció no poder despegarla. Por último, ambas me abandonaron diciéndome que las volvería a ver y que me aconsejaban que me durmiera lo antes posible.
Tantos aconteceres extravagantes, tantos relatos maravillosos y sentimientos insospechados hubieran debido, qué duda cabe, hacerme reflexionar toda la' noche, pero debo convenir en que los sueños que me habían prometido me interesaron mucho más. Me apresuré a desnudarme y meterme en el lecho, que habían preparado para mí. Una vez acostado, observé con placer que mi lecho era muy ancho, y que los sueños no requieren tanto espacio. Pero no bien hice esta reflexión una necesidad irresistible de dormir pesó sobre mis párpados y todas las mentiras de la noche se apoderaron inmediatamente de mis ï sentidos extraviados por fantásticas ilusiones; mi pensamiento, arrastrado por las alas del deseo, me transportaba a mi pesar a los serrallos de África y se apoderaba de los encantos encerrados entre sus muros para componer con ellos mis quiméricos goces. Me sentía soñar y tenía, sin embargo, conciencia de no estrechar sombras. Me perdía en la vaguedad de las más locas ilusiones pero me encontraba siempre junto a mis primas. Me adormecía sobre el seno de las bellas, me despertaba entre sus brazos. Ignoro cuántas veces creí pasar por tan dulces alternativas.
Por fin me desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados: los alcé con trabajo. Vi el cielo. Vi que estaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos. No dormía ya, pero todavía no estaba despierto. Imágenes de suplicios se sucedían las unas a las otras. Quedé espantado. Haciendo un esfuerzo logré incorporarme.
¿Cómo encontrar palabras para expresar elhorrorque se apoderó de mí? Estaba acostado bajo la horca de Los Hermanos, y los cadáveres de los dos hermanos de Soto no colgaban de la horca, sino que yacían a mi lado. Al parecer, había pasado la noche con ellos. Descansaba sobre pedazos de cuerdas, trozos de hierro, restos de esqueletos humanos, y sobre los espantosos andrajos que la podredumbre había separado de ellos.
Creí no estar del todo despierto y debatirme en una pesadilla. Volví a cerrar los ojos y traté de recordar dónde había pasado la víspera... Entonces sentí unas garras hundiéndose en mis flancos. Un buitre, posado sobre mí, estaba devorando a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causó la impresión de sus uñas terminó de despertarme. Pude ver las ropas que me había quitado y me apresuré a vestirme. Después quise salir del recinto del cadalso pero encontré la puerta clavada y en vano traté de romperla. Tuve pues que trepar por esas tristes murallas. Lo conseguí. Apoyándome en una de las columnas del patíbulo, observé la comarca que me rodeaba. Me orienté fácilmente. Estaba a la entrada del valle de Los Hermanos y no lejos de las orillas del Guadalquivir.
Como continuara observando vi cerca del río a dos viajeros; uno preparaba el almuerzo y el otro tenía de las riendas a los caballos. Ver seres humanos me causó tal alborozo que no pude menos de gritarles: « ¡Hola, hola!». Los viajeros, al observar las señales que les hacía desde lo alto del cadalso, parecieron por un instante indecisos, pero después montaron de golpe a sus caballos y tomaron a todo galope el camino de Los Alcornoques. En vano les grité que se detuvieran; mientras más gritaba, más espoleaban sus cabalgaduras. Cuando los hube perdido de vista, pensé en dejar mi puesto. Salté a tierra y me lastimé un pie.
Llegué cojeando a las orillas del Guadalquivir, donde encontré el almuerzo que los dos viajeros habían abandonado; nada podía ser más oportuno, pues me sentía extenuado. No faltaba el chocolate ardiente aún, el esponjado empapado en vino de Alicante, el pan y los huevos. Empecé por reparar mis fuerzas, después de lo cual me puse a reflexionar sobre lo que me había sucedido durante la noche. Conservaba de todo ello un recuerdo confuso, pero no había olvidado que me comprometí a guardar el secreto y estaba firmemente resuelto a cumplir la palabra empeñada. Este punto una vez decidido, sólo me quedaba por ver cómo saldría del paso, es decir qué camino debía tomar, y me pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a pasar por Sierra Morena.
Sorprenderá verme tan ocupado de mi gloria y tan poco de los acontecimientos de la víspera, pero esta manera de pensar también era efecto de la educación que había recibido, lo cual podrá comprobarse más adelante, cuando prosiga mi relato. Por el momento, vuelvo al de mi viaje.
Tenía gran curiosidad por saber qué habían hecho los diablos con el caballo que dejé en Venta Quemada, y como estaba por lo demás en mi camino, resolví pasar por ella. Tuve que recorrer a pie todo el valle de Los Hermanos y el de la venta, lo que no dejó de fatigarme y de hacerme anhelarmásque nunca encontrar mi caballo. Di con él, en efecto;estaba en el mismo establo donde lo había dejar do y parecía lleno de bríos, bien cuidado y recién almohazado. Ignoraba quién pudo haberse ocupado de él, pero había visto tantas cosas extraordinarias que un prodigio más no me llamó la atención. Me habría puesto en seguida en camino si no hubiese tenido la curiosidad de recorrer nuevamente la posada. Encontré el aposento donde me había acostado; sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, no pude dar, con aquel en donde había visto a las bellas africana. Cansado pues de seguir buscando, monté a caballo y continué mi ruta.
Cuando me desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol estaba en su punto más alto. Después tardé dos horas largas en llegar a la venta. Aún hiceun par de leguas, y entonces fue menester que pensara 'x en un techo. Sin embargo, como no viera ninguno continué mi marcha. Por fin divisé una capilla gótica, con una cabaña que parecía ser la morada de un ermitaño. Estaba alejada del camino real, pero como yo empezaba a tener hambre no vacilé en hacer ese rodeo para procurarme sustento. Cuando llegué, até mi caballo a un árbol. Después llamé a la puerta de la ermita y vi salir a un religioso de aspecto venerable. Luego de abrazarme con ternura paterna, me dijo:
-Entrad, hijo mío; daos prisa. No paséis la noche afuera, temed al tentador. El señor ha retirado su mano del cielo.
Agradecí al ermitaño la bondad que me demostraba y le dije que sentía una extremada necesidad de comer.
Me respondió:
-¡Pensad en vuestra alma, hijo mío! Pasad a la capilla, prosternaos ante la cruz. Yo pensaré en las necesidades de vuestro cuerpo. Pero haréis una comida frugal, tal como puede esperarse de un ermitaño.
Pasé a la capilla y recé fervorosamente, pues no era un incrédulo y por entonces hasta ignoraba que los hubiera. Todo eso era también efecto de mi educación.
El ermitaño vino a buscarme al cabo de un cuarto de hora y me condujo a la cabaña, donde encontré una comida modesta y sabrosa. Estaba compuesta de excelentes aceitunas, cardos conservados en vinagre, cebollas dulces en salsa y bizcocho en vez de pan. Había también una botellita de vino. El ermitaño me dijo que él nunca bebía vino, pero que lo tenía para el sacrificio de la misa. Entonces, al igual que el ermitaño, me abstuve de beberlo, pero hice honor al resto de la cena. Mientras yo comía, entró en la cabaña un ser más pavoroso que todo lo que había visto hasta entonces. Era un hombre al parecer joven, pero de una horrible flacura. Tenía el pelo erizado, le habían saltado un ojo, del cual manaba sangre, y la lengua, que colgaba de la boca, dejaba caer una espuma babosa. Llevaba un trajenegroen buen estado, pero era su única ropa; no llevaba medias ni camisa.
El atroz personaje no habló una palabra y fue a acurrucarse en un rincón, donde permaneció inmóvil como una estatua, con su único ojo fijo en un crucifijo que tenía en la mano. Cuando hube acabado de cenar, le pregunté al ermitaño quién era ese hombre. El ermitaño me respondió:
-Hijo mío, ese hombre es un poseso al que exorcizo, y su terrible historia bien nos prueba el fatal poder que el ángel de las tinieblas usurpa en esta desventurada comarca; su relato puede ser útil a vuestra salvación, y voy a ordenarle que os lo haga.
Entonces, volviéndose hacia el poseso, le dijo:
-Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno contar tu historia.
Pacheco lanzó un horrible alarido y comenzó en estos términos.
HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO
-He nacido en Córdoba, donde mi padre vivía más que holgadamente. Mi madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre pareció lamentarla mucho, pero al cabo de unos meses, habiendo tenido ocasión de hacer un viaje a Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de Tormes. Esta mujer no gozaba de una reputación demasiado buena, y muchos amigos de mi padre intentaron disuadirlo de que la tratara; pero a despecho de los consejos que le dieron, el matrimonio se celebró dos años después de la muerte de mi madre. La boda tuvo lugar en Sevilla, y mi padre, algunos días después, volvió a Córdoba en compañía de Camila, su nueva esposa, y de una hermana de Camila llamada Inesilla.
Mi nueva madrastra respondió perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y no bien entró en nuestra casa pretendió seducirme. No lo consiguió. Me enamoré, sin embargo, pero de su hermana Inesilla. Mi pasión llegó a ser tan impetuosa que me arrojé a los pies de mi padre y le pedí la mano de su cuñada.
Mi padre, bondadosamente, me obligó a levantarme. Después me dijo:
-Hijo mío, os prohíbo pensar en ese matrimonio, y os lo prohíbo por tres razones. Primero: sería ridículo que llegarais a ser en cierto modo el cuñado de vuestro padre. Segundo: los santos cánones de la Iglesia no aprueban esta clase de matrimonios. Tercero: no quiero que os caséis con Inesilla.
Habiéndome hecho conocer sus tres razones, me volvió la espalda y se fue.
Me retiré a mi aposento, donde me abandoné a la desesperación. Mi madrastra, a quien mi padre informó inmediatamente de lo sucedido, vino a buscarme y me dijo que hacía mal en afligirme; que si no podía ser el marido de Inesilla, podía ser sucorte jo, es decir, su amante, de lo cual ella se ocuparía; pero a la vez me declaró el amor que sentía por mí, y el sacrificio que llevaba a cabo al cederme a su hermana. Escuché atentamente este discurso que halagaba mi pasión, pero Inesilla era tan modesta que me parecía imposible que pudieran comprometerla a ceder a mis sentimientos.
Durante ese tiempo mi padre resolvió hacer un viaje a Madrid, con la intención de obtener el cargo de corregidor de Córdoba, y llevó con él a su mujer y a su cuñada. Su ausencia duraría dos meses, pero el tiempo me pareció muy largo porque estaba alejado de Inesilla.
Pasados escasamente los dos meses, recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba que fuera a su encuentro y lo esperara en Venta Quemada, a la entrada de Sierra Morena. Yo no habría accedido fácilmente a pasar por Sierra Morena algunas semanas antes, pero acababan de colgar a los dos hermanosde Soto. Su banda estaba dispersa, y los caminos se consideraban bastante seguros.
Partí pues a Córdoba hacia las diez de la maña a iba a pasar la noche en Andújar, en un albergue cuyo huésped es de los más charlatanes que existan en Andalucía. Ordené una copiosa cena, comí de ella y guardé el resto para mi viaje.
Al día siguiente comí en Los Alcornoques lo que había reservado la víspera, y llegué por la tarde aVenta Quemada. No encontré a mi padre, pero como en su carta me ordenaba que lo aguardase, decidí quedarme de buena gana por cuanto me hallé en un albergue espacioso y cómodo. El huésped era entonces un tal González de Murcia, hombre bastante bueno aunque charlatán, que no dejó de prometerme una cena digna de un Grande de España. En tatastoque se ocupaba de prepararla, fui a pasearme por las orillas del Guadalquivir, y cuando volví encontré que la cena, en efecto, no era mala.
Cuando acabé de comer, le dije a Gonzálezque me preparase la cama. Entonces, turbándose, respondió con algunas insensateces. Por fin me confesóque el albergue estaba rondado por aparecidos, y que él y su familia pasaban las noches en una alquería, a la orilla del río; si yo también quería pasarla noche, haría una cama junto a la suya.
Esta proposición me pareció fuera de lugar;le dije que fuera a acostarse donde le viniera en gana, y que me enviase a mis servidores. González me obedeció y se fue meneando la cabeza y encogiéndose de hombros.
Llegaron mis servidores un momento después; también ellos habían oído hablar de los aparecidos y quisieron convencerme de que pasara la noche en la alquería. Recibí un poco brutalmente sus consejos y les ordené que me preparasen una cama en el aposento donde había comido. Me obedecieron a regañadientes y, cuando la cama estuvo hecha, todavía me exhortaron a dormir en la alquería. Seriamente impacientado por sus adjuraciones, me permití algunas palabras que los pusieron en fuga y, como no estaba acostumbrado a que mis servidores me desnudaran, prescindí fácilmente de ellos para acostarme: sin embargo, habían sido más atentos de lo que merecía la manera con que los traté. Dejaron junto a la cama un candelero encendido, una vela de repuesto, dos pistolas y algunos volúmenes cuya lectura podía mantenerme despierto, pero la verdad es que yo había perdido el sueño.
Pasé un par de horas, ya leyendo, ya dándome vueltas en la cama. Por fin oí el sonido de un reloj o de un campanario que dio las doce. Me sorprendió porque no había oído dar las otras horas. Bien pronto se abrió la puerta y vi entrar a mi madrastra: estaba en camisa de dormir y llevaba una palmatoria en la mano. Se llegó a mí, de puntillas, y con el dedo sobre los labios como para imponerme silencio. Después posó su palmatoria en una mesita, sentóse sobre mi cama, me tomó una de las manos y me habló así:
-Mi querido Pacheco, he aquí el momento en que puedo procuraros los placeres que os prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada. Vuestro padre ha ido a pasar la noche en la alquería, pero yo, como he sabido que estabais aquí he obtenido que me permita pasar la noche en el albergue con mi hermana mesilla. Ella os espera y está dispuesta a no negaros sus favores; pero quiero informaros de las condiciones que he impuesto a vuestra dicha. Amáis a mesilla, y ella os ama. De nosotros, dos no deben ser felices a expensas de un tercero. Exijo que esta noche ocupemos una sola cama. Venid.
Mi madrastra no me dio tiempo de responder; me tomó de la mano y me condujo, de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta junto a la cual se puso a mirar por elojo de la cerradura.
Cuando hubo mirado lo suficiente, me dijo:
-Todo va bien. Mirad vos mismo.
Ocupé su lugar y vi en efecto a la encantadora mesilla en su cama. Pero ¡qué lejos estaba de su acostumbrada modestia! La expresión de susojos, su turbada respiración, su tez coloreada, su actitud, todo demostraba en ella que aguardaba a un amante.
Después de haberme dejado mirar, Camila me dijo:
-Querido Pacheco, permaneced junto a esta puerta; cuando sea el momento, os vendré a advertir.
Una vez que entró en el aposento, yo volví a mirar por elojo de la cerradura y vi mil cosas que me cuesta contar. Ante todo, Camila se quitó la camisa de dormir; después, metiéndose en la cama de su hermana, le dijo:
-Pobre mesilla, ¿de verdad quieres tomar un amante? ¡Pobrecita, no sabes el daño que te hará! Primero, se te echará encima; después te hollará, te aplastará, te desgarrará.
Cuando Camila creyó haber adoctrinado suficientemente a su discípula, vino a abrirme la puerta, me condujo hasta la cama y se acostó con nosotros.
¿Qué os diré de esa noche fatal? Agoté las delicias y los crímenes. Durante muchas horas combatí el sueño y la naturaleza para prolongar mis infernales goces. Por último me dormí y me desperté al día siguiente bajo la horca de los hermanos de Soto y acostado entre sus infames cadáveres.
Aquí el ermitaño interrumpió al endemoniado y me dijo:
-Pues bien, hijo mío, ¿qué os parece? Creo que no sería poco vuestro espanto si os vierais acostado entre dos ahorcados.
Le respondí:
-Me ofendéis, padre mío. Un gentilhombre no debe tener nunca miedo, y menos cuando le cabe el honor de ser capitán en las guardias valonas.
-Pero, hijo mío -replicó el ermitaño-, ¿habéis oído jamás que semejante aventura le haya sucedido a un ser humano?
Vacilé un instante, después de lo cual respondí:
-Padre mío, si esta aventura le ha ocurrido al señor Pacheco, bien puede ocurrirle a otros; de ello seré mejor juez si tenéis a bien ordenarle que continúe su historia.
El ermitaño se volvió hacia el poseso, y le dijo:
-¡Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor te ordeno que continúes tu historia!
Pacheco lanzó un horrible quejido y continuó en estos términos:
-Estaba medio muerto cuando abandoné el cadalso. Me arrastraba sin saber a dónde. Por fin encontré a unos viajeros que me tuvieron piedad y me llevaron a Venta Quemada. Encontré al huésped y a mis servidores muy preocupados por mí. Lespreguntési mi padre había pasado la noche en la alquería. Me contestaron que nadie había venido.
No resistí quedarme más tiempo en la venta y volví a tomar el camino de Andújar. Llegué cuando el sol se había puesto. El albergue estaba lleno y me pusieron una cama en la cocina, donde me acosté. Envano quise dormir: no podía alejar de mi espíritu loshorrores de la noche anterior.
Había dejado una candela encendida sobre el hogarde la cocina. De golpe se apagó y sentí un escalo-'' frío mortal queme helaba la sangre en las venas.
Tiraron de mi manta, después oí una vocecita que decía:
-Soy Camila, tu madrastra. Tengo frío, corazón. '°. Hazme lugar bajo tu manta.
Después otra voz:
-Soy Inesilla. Déjame entrar en tu cama. Tengo frío, tengo frío.
Después sentí una mano helada que me tiraba del mentón. Juntando todas mis fuerzas dije en voz alta:
-¡Satán, retírate!
Entonces las vocecitas me dijeron:
-¿Por qué nos echas? ¿No eres acaso nuestro maridito?Tenemos frío. Haremos un poco de fuego.
En efecto, muy pronto vi una llama en el atriode l a cocina. Como la llama se aclarara, no vi a Inesilla y a Camila, sino a los dos hermanos de Soto colgados de la chimenea.
Esta visión me puso fuera de mí. Salí de la cama, salté por la ventana y me eché a correr por los campos. Por un momento pude jactarme de haber escapado a tantos horrores, pero al volverme vi que me seguían los dos ahorcados. Entonces corrí más aún yvi que los ahorcados habían quedado atrás. Perono duró mucho mi alegría. Los detestables seres se abalanzaron por los aires y en un instante los tuve sobre mí. Seguí corriendo. Por último las fuerzas me abandonaron.
Entonces sentí que uno de los ahorcados me apresaba por el tobillo izquierdo. Quise librarme de él, pero el otro ahorcado me cortó el camino. Se presentó ante mí, con ojos aterrorizadores y sacando una lengua roja como el hierro que se retira del fuego. Pedí gracia. Vanamente. Con una mano me aferró de la garganta y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el lugar del ojo hizo entrar su lengua abrasadora. Me lamió el cerebro y me hizo rugir de dolor.
Entonces el otro ahorcado, que me había apresado por la pierna izquierda, empezó a torturarme. Primero me cosquilleó la planta del pie que aferraba con la otra mano; después le arrancó la piel, separó todos los nervios, los dejó al desnudo y quiso tocar en ellos como en un instrumento de música, pero como no emitiera yo un sonido que le causara placer, hundió su espuela en mi pantorrilla, tiró de los tendones y los torció como se hace para acordar un arpa. Por último se puso a tocar en mi pierna de la cual había hecho un salterio. Escuché su risa diabólica. A los atroces bramidos que me arrancaba el dolor, hacían coro los alaridos del infierno. Pero cuando llegué a oír el crujir de dientes de los condenados, me pareció que despedazaban cada una de mis fibras. Por fin perdí el conocimiento.
Al día siguiente unos pastores me hallaron en el campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados y he encontrado al pie de la cruz algún alivio a mis dolores.
El endemoniado lanzó un horrible quejido y calló. Entonces el ermitaño tomó la palabra y me dijo:
-Hijo mío, habéis visto el poder de Satán: debéis rogar a Dios y llorar. Pero se hace tarde. Es hora de separarnos. No os propongo que os acostéis en mi celda porque podrían incomodaros los gritos que lanza Pacheco durante la noche. Idos a acostar a la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz que triunfa de los demonios.
Le respondí que me acostaría donde él quisiera. Llevamos a la capilla un catre de tijera. Me acosté y el ermitaño me deseó buenas noches.
Al encontrarme solo, me volvió al espíritu el relato de Pacheco. Había entre su aventura y la mía una gran semejanza, y estaba reflexionando sobre ello cuando oí dar las doce. No sabía si era el campanario de la ermita o si era cosa de los aparecidos. Entonces llamaron levemente a la puerta. Me levanté y dije en alta voz:
-¿Quién es?
Una vocecita me respondió:
-Tenemos frío, ábrenos. Somos vuestras mujercitas.
-Ya lo creo, malditos ahorcados -les contesté-. Volved a vuestro cadalso y dejadme dormir. Entonces la vocecita me dijo:
-Os burláis de nosotras porque estáis en una capilla. Pero salid un poco afuera.
-Voy al instante -respondí.
Fui a buscar mi espada y quise salir, pero encontré la puerta cerrada. Se lo dije a los aparecidos, que no respondieron. Entonces me fui a acostar y dormí hasta la mañana.
Me despertó el ermitaño, que pareció muy contento de verme sano y salvo. Me abrazó, me bañó las mejillas con sus lágrimas, y me dijo:
-Hijo mío, cosas extrañas han sucedido esta noche. ¿Es verdad que dormisteis en Venta Quemada? ¿Se apoderaron de vos los demonios? Todavía hay remedio para ello. Arrodillaos ante el altar. Confesad vuestros pecados. Haced penitencia.
El ermitaño abundó en exhortaciones parecidas. Después calló para esperar mi respuesta. Entonces le dije:
-Padre mío, me he confesado al salir de Cádiz. Desde entonces no creo haber cometido ningún pecado mortal, a no ser, tal vez, soñando. Es verdad que pasé la noche en Venta Quemada. Pero si allí he visto algo extraño, tengo buenas razones para callar.
Esta respuesta pareció sorprender al ermitaño. Me acusó de estar poseído por el demonio del orgullo y quiso persuadirme de que una confesión general me era necesaria; pero al comprobar lo invencible de mi obstinación, abandonó un poco su acento apostólico y me dijo, adoptando un tono más natural:
-Hijo mío, vuestro valor me sorprende. Decidme quién eres. ¿Qué educación habéis recibido? ¿Creéis o no en los aparecidos? No os neguéis a satisfacer mi curiosidad.
Le respondí:
-Padre mío, el deseo que demostráis de conocerme mejor no puede sino honrarme y lo agradezco como se merece. Permitidme que me levante. Iré a buscaros a la ermita, donde os informaré de todo lo que queráis saber sobre mí.
El ermitaño me abrazó una vez más y se retiró.
Cuando me hube vestido fui a su encuentro. Calentaba leche de cabra, que me ofreció con azúcar y pan; él comió algunas raíces cocidas en agua.
Una vez que acabamos nuestro almuerzo, el ermitaño se volvió hacia el endemoniado y le dijo:
-¡Pacheco, Pacheco! En nombre de tu redentor, te ordeno que conduzcas mis cabras a la montaña.
Pacheco lanzó un horrible aullido y se retiró. Entonces yo comencé mi relato, que conté en estos términos:
-Soy oriundo de una familia muy antigua, pero que ha tenido poco brillo y menos bienes aún. Nuestro patrimonio no ha consistido sino en un feudo noble, llamado Worden, dependiente del círculo de Borgoña, y situado en medio de las Ardenas.
Como mi padre tenía un hermano mayor, debió contentarse con una muy magra legítima, que bastaba sin embargo para mantenerlo honradamente en el ejército. Combatió durante toda la guerra de Sucesión y, cuando se hizo la paz, el rey Felipe V lo nombró teniente coronel en las guardias valonas.
Reinaba entonces en el ejército español un pundonor llevado hasta la más excesiva delicadeza y mi padre exageraba aún este exceso, cosa de que no puedo culparlo, pues el honor es, ciertamente, el alma y la vida de un militar. No se concertaba en Madrid un solo duelo cuyo ceremonial no ajustara mi padre, y desde que él decía que las reparaciones eran suficientes, todos se daban por satisfechos. Si alguien por azar no se mostraba contento, tenía que habérselas con mi padre, quien no dejaba de sostener sus decisiones con la punta de la espada. Por añadidura, mi padre llevaba en un libro la historia circunstanciada de cada duelo, lo que le daba en verdad una gran ventaja para poder pronunciarse con justicia en todos los casos difíciles.
Ocupado casi únicamente en su tribunal de sangre, mi padre se había mostrado poco sensible a los encantos del amor, pero al fin su corazón fue conmovido por los atractivos de una señorita, todavía joven, llamada Urraca de Gomélez, hija del oidor de Granada y por cuyas venas corría la sangre de los antiguos reyes del país. Amigos comunes acercaron bien pronto a las partes interesadas, y el matrimonio fue concertado.
Mi padre juzgó conveniente convidar a su boda a todos aquellos con los cuales se había batido y que, claro está, no habían muerto en el duelo. Ciento veintidós se sentaron a su mesa. Sólo faltaron trece, ausentes de Madrid, y treinta y tres con los cuales se había batido en el ejército, pero de los cuales no tenía noticias. Mi madre me ha dicho a menudo que esta fiesta resultó singularmente alegre y que se había visto reinar en ella la mayor cordialidad, cosa que no me cuesta creer porque mi padre tenía, en el fondo, un excelente corazón y era muy querido por todo el mundo.
Por su lado, mi padre estaba muy apegado a España y nunca la hubiera abandonado. Sin embargo, dos meses después de su matrimonio recibió una carta firmada por el magistrado de la ciudad deBouillon.Le anunciaba que su hermano había muerto sin hijos y que el feudo le tocaba por herencia. Esta noticia causó a mi padre gran turbación; tan abstraído quedó, me ha contado mi madre, que era imposible arrancarle una palabra. Por fin abrió su crónica de los duelos, escogió los doce hombres de Madrid que más se habían batido, los convidó a visitarlo y les hizo el siguiente discurso:
-Mis queridos hermanos de armas, sabéis cuántas veces he puesto vuestras conciencias en paz, en aquellos casos en que vuestro honor me parecía comprometido. Hoy me veo obligado a remitirme a vuestras luces, pues temo que la discreción me falte, o más bien temo que la oscurezca un sentimiento de parcialidad. He aquí la carta que me escriben los magistrados deBouillon,cuyo testimonio es respetable aunque no sean nobles. Decidme si el honor me obliga a habitar el castillo de mis padres, o si debo continuar sirviendo al rey don Felipe, que me ha colmado de beneficios, y que acaba de ascenderme al rango de brigadier general. Dejo la carta sobre la mesa y me retiro. Volveré dentro de media hora para saber qué habéis decidido.
Mi padre salió, en efecto, después de haber hablado así. Al cabo de media hora volvió para saber qué habían resuelto sus amigos. Cinco eran partidarios de que permaneciera en el servicio y siete de que fuera a vivir a las Ardenas. Mi padre, sin murmurar, se sometió al voto de la mayoría.
Mi madre hubiese querido quedarse en España, pero estaba tan apegada a su esposo que éste no pudo siquiera advertir la repugnancia que ella sentía en expatriarse. Después sólo se ocuparon de los preparativos del viaje y de las personas que habían de participar en él para representar a España en las Ardenas. Aunque yo no había nacido todavía, mi padre, que nunca dudó de que viniese a este mundo, pensó que ya era tiempo de darme un maestro de armas. Para ello puso los ojos en García Fierro, el mejor preboste de esgrima que hubiera en Madrid. Este joven, cansado de recibir diarias estocadas en la plaza de la Cebada, no vaciló en venir. Mi madre, por su parte, no queriendo partir sin un capellán, lo eligió a don Iñigo Vélez, teólogo graduado en Cuenca. Debía instruirme en la religión católica y en la lengua castellana. Todas esas disposiciones para mi educación se tomaron un año y medio antes de mi nacimiento.
Cuando mi padre estuvo pronto a partir, fue a despedirse del rey, y, de acuerdo con el uso de la corte, puso una rodilla en tierra para besarle la mano, pero se le apretó tanto el corazón que cayó desfallecido y tuvieron que transportarlo a su casa. Al día siguiente fue a despedirse de don Fernando de Lara, entonces primer ministro. Este señor lo recibió con gran comedimiento y le hizo saber que el rey le acordaba una pensión de doce mil reales, con el grado de brigadier, lo que equivale a mariscal de campo. Mi padre hubiera dado parte de su sangre por la satisfacción de echarse una vez más a los pies de su señor, pero, como se había despedido ya, se contentó con expresar en una carta los sentimientos que colmaban su corazón.
Por último abandonó Madrid derramando muchas lágrimas.
Mi padre eligió la ruta de Cataluña para ver una vez más las comarcas donde había combatido y despedirse de algunos de sus antiguos camaradas que tenían autoridad en la frontera. Después entró en Francia por Perpiñán.
Su viaje hasta Lyon no fue turbado por ningún acontecimiento enojoso, pero al salir de esta ciudad se le adelantó una silla de posta que, siendo más liviana, llegó primero al relevo. Mi padre, que llegó un momento después, vio que ataban los caballos a la silla. En seguida cogió su espada y, llegándose al viajero, le pidió permiso para hablarle unos instantes en privado. El viajero, que era un coronel francés, al ver que mi padre llevaba el uniforme de brigadier, trajo también su espada para rendirle honores. Entraron en el albergue que estaba frente a la posta y pidieron un aposento. Cuando estuvieron solos, mi padre dijo al viajero:
-Señor caballero, vuestra silla se ha adelantado a mi carroza para llegar a la posta antes que yo. Hay en vuestro proceder, que en sí mismo no es un insulto, algo poco amable de lo cual debo pediros cuentas.
El coronel, muy sorprendido, hizo recaer toda la culpa en sus postillones, asegurándole que no había querido ofenderlo.
-Señor caballero -replicó mi padre-, no pretendo tampoco hacer de este asunto un caso serio, y me contentaré con la primera herida.
Al decir estas, palabras, sacó su espada.
-Esperad un instante -dijo el francés-. Me parece que no son mis postillones los que se han adelantado a los vuestros, sino los vuestros quienes, yendo más lentamente, quedaron atrás.
Mi padre, después de haber reflexionado un poco, dijo al coronel:
-Señor caballero, creo que tenéis razón. Si me hubierais hecho este razonamiento antes de que yo sacara la espada, pienso que no nos hubiéramos batido, pero comprenderéis que al punto en que han llegado las cosas hace falta un poco de sangre.
El coronel, que sin duda encontró bastante bueno este último razonamiento, sacó también su espada. No fue largo el combate. Mi padre, sintiéndose herido, bajó inmediatamente la punta de su espada y pidió excusas al coronel por el trabajo que le había causado; éste respondió ofreciendo sus servicios, dio la dirección donde mi padre podría encontrarlo en París, subió a su silla y partió.
Mi padre juzgó al principio muy leve su herida, pero tenía tantas ya que una nueva debía por fuerza incidir en alguna antigua cicatriz. En efecto, la espada del coronel había reabierto una vieja herida de mosquete cuya bala permanecía incrustada en el cuerpo de mi padre. El plomo hizo nuevos esfuerzos por buscar una salida, la encontró después de una curación que duró dos meses,y por fin mis padresy su comitiva pudieron continuar su camino.
En cuanto mi padre llegó a París fue a saludar al coronel, que se llamaba marqués de Urfé. Era uno de los personajes más importantes de la corte. Recibió a mi padre con extremada cortesía y se ofreció a presentarlo al ministro, así como a introducirlo en las mejores casas. Mi padre se lo agradeció, pero le rogó que le presentara solamente al duque de Tavennes, que era entonces decano de los mariscales, porque quería que lo informara de todo lo concerniente al tribunal de honor, de cuya justicia se había hecho siempre la más alta idea, y del cual había oído hablar a menudo como de una institución muy sabia, y que bien hubiese querido introducir en el reino. El mariscal recibió a mi padre con gran cortesía y lo recomendó al caballero de Bélièvre, primer exento de los señores mariscales y fiscal de aqueltribunal.
Como el caballero viniera a menudo a la casa de mi padre, tuvo oportunidad de conocer su crónica de duelos. Esta obra le pareció única en su género y pidió permiso para comunicarla a los señores mariscales, que compartieron la opinión del primer exento y pidieron permiso a mi padre para sacar una copia y guardarla en el archivo del tribunal. Mi padre accedió con indecible alegría: ninguna proposición podía halagarlo más.
Semejantes testimonios de estima hicieron muy agradable la temporada parisiense de mi padre, pero mi madre pensaba de muy otra manera. No sólo se había impuesto no aprender francés, sino también no escuchar cuando hablaban esta lengua. Su confesor, Iñigo Vélez, no cesaba de hacer amargas bromas sobre las libertades de la iglesia galicana, y García Fierro terminaba todas sus conversaciones afirmando que los franceses eran gabachos.
Por fin abandonaron París y al cabo de cuatro días llegaron aBouillon.Allí mi padre se hizo reconocer por el magistrado y tomó posesión de su feudo.
El techo de mis padres, privado de la presencia de sus dueños, lo estaba también de buena parte de sus tejas, de modo que en todos los aposentos llovía tanto como en el patio, con la diferencia de que el solado del patio secaba rápidamente, mientras que en los aposentos el agua formaba charcos que no secaban jamás. Esta inundación doméstica no desagradó a mi padre porque le recordaba el sitio de Lérida, donde pasó tres semanas con las piernas en el agua.
Sin embargo, su primer cuidado fue poner en seco el lecho de su esposa. Había en la sala de recibo una chimenea flamenca, junto a la cual quince personas podían calentarse a su guisa, y cuya campana formaba como un techo sostenido por dos columnas a cada lado. Taparon el tubo de la chimenea y, bajo su campana, se pudo colocar el lecho de mi madre, con su mesa de noche y una silla, y como el atrio de la chimenea estaba a un pie por encima del piso, todo ello formaba una especie de isla bastante inabordable.
Mi padre se estableció en el otro extremo de la sala, sobre dos mesas unidas por tablas, y de su lecho al de mi madre se levantó una escollera, fortificada en el medio por una especie de represa construida con cofres y cajas. La obra se terminó el mismo día de nuestra llegada al castillo, y yo vine al mundo nueve meses después, exactamente.
Mientras se trabajaba con gran actividad en las reparaciones más necesarias, mi padre recibió una carta que lo colmó de alegría. Estaba firmada por el mariscal de Tavennes, quien le pedía su parecer acerca de un lance de honor que por entonces ocupaba al tribunal. Este auténtico favor pareció a mi padre de tal consecuencia que quiso celebrarlo dando una fiesta a toda la vecindad. Pero como no había vecinos, la fiesta se limitó a un fandango que bailaron el maestro de armas y la señora Frasca, camarera de mi padre.
Mi padre, al responder a la carta del mariscal, le pidió que tuviera a bien, en adelante, comunicarle los extractos de todos los procesos llevados ante el tribunal. El favor le fue concedido, y en los primeros días de cada mes recibía un pliego que bastaba para alimentar las conversaciones familiares junto a la gran chimenea, en las tardes de invierno, o bien, durante el verano, en dos bancos colocados a la entrada del castillo.
Durante todo el embarazo de mi madre, mi padre le hablaba siempre del hijo que tendría, y del padrino que pensaba darme. Mi madre se inclinaba por el mariscal de Tavennes, o por el marqués de Urfé. Mi padre convenía en que sería mucho honor para nosotros, pero temió que esos dos señores no creyeran hacerle demasiado honor y entonces, llevado por un justo sentimiento de delicadeza, decidió que lo fuera el caballero de Bélièvre, quien, por su parte, aceptó dando muestras de estima y gratitud.
Por fin vine al mundo. A los tres años, ya manejaba un espadín, y a los seis podía tirar a la pistola sin pestañear... Tendría unos siete años cuando recibimos la visita de mi padrino. Este caballero se había casado enTournai,donde ejercía el cargo de oficial de la condestablía y fiscal de lances de honor, cargos éstos cuya institución se remonta a la época de los juicios por campeones y que después han caído bajo la jurisdicción del tribunal de los mariscales de Francia.
La señora de Bélièvre era muy delicada de salud, y su marido la llevaba a tomar las aguas deSpa.Ambos me cobraron extremado afecto y, como no tenían hijos, rogaron a mi padre que les confiase mi educación, la cual no podía ser atendida con esmero en comarca tan solitaria como era la del castillo de Worden. Mi padre consintió en ello, determinado sobre todo por el cargo de fiscal de lances de honor que ejercía mi padrino, lo cual le hacía pensar que viviendo yo en la casa de Bélièvre, no dejaría de estar imbuido desde temprano de todos los principios que en el futuro habrían de guiar mi conducta.
Al principio se trató de hacerme acompañar por García Fierro, porque mi padre consideraba que la más noble manera de batirse era a la espada: con el puñal en la mano izquierda. Género de esgrima completamente desconocido en Francia. Pero como mi padre había tomado la costumbre de tirar a la espada con Fierro todas las mañanas, junto a la muralla, y este ejercicio se había hecho necesario a su salud, no creyó oportuno privarse de él.
También se trató de enviar conmigo al teólogo Iñigo Vélez, pero era natural que mi madre, que sólo hablaba en español, no pudiera prescindir de un confesor que sabía esta lengua. De modo que no tuve junto a mí a los dos hombres que antes de mi nacimiento estaban destinados a educarme. Sin embargo, me dieron un lacayo español para que practicara la lengua española.
Partí paraSpacon mi padrino, donde nos quedamos dos meses; de allí hicimos un viaje a Holanda y llegamos aTournaial final del otoño. El caballero de Bélièvre respondió perfectamente a la confianza que mi padre había depositado en él, y durante seis años no descuidó nada de lo que pudiera contribuir a hacer de mí en el futuro un excelente oficial. Al cabo de este tiempo, murió la señora de Bélièvre; su marido dejó Flandes para establecerse en París, y yo fui llamado a la casa paterna.
Después de un viaje que la avanzada estación hizo bastante enojoso, llegué al castillo unas dos horas después de haberse puesto el sol, y encontré a todos sus habitantes reunidos junto a la gran chimenea. Mi padre, aunque encantado de verme, no se abandonó a demostraciones que hubiesen podido comprometer lo que vosotros, españoles, llamáisgravedad. Mi madre me bañó con sus lágrimas. El teólogo Iñigo me dio su bendición y el espadachín Fierro me presentó un florete. Hicimos un asalto, y me comporté de modo muy superior al que podía esperarse de mis años. Mi padre, demasiado entendido para no advertirlo, reemplazó su gravedad por la más viva ternura. Nos sentamos a cenar en medio de una gran alegría.
Después de cenar volvimos a reunirnos junto ala chimenea. Entonces mi padre dijo al teólogo:
-Reverendo don Iñigo, me daríais gran placer si fueseis a buscar vuestro grueso volumen que contiene tantas historias maravillosas, y nos leyeseis una de ellas.
El teólogo subió a su aposento y volvió con un infolio encuadernado en pergamino blanco, al cual el tiempo había comunicado un tono amarillento. Lo abrió al azar y leyó lo siguiente:
Había una vez, en una ciudad de Italia llamada Rávena, un joven llamado Trivulzio. Era hermoso, rico, y tenía de sí mismo la más alta opinión. Las muchachas de Rávena se asomaban a la ventana para verlo pasar, pero ninguna le gustaba, o en todo caso no demostraba el pequeño placer que podía causarle una u otra por temor a hacerles demasiado honor. Pero todo ese orgullo no pudo resistir a los encantos de la joven y hermosaNinadei Gieraci. Trivulzio dignó declararle su amor.Ninarespondió que el señor Trivulzio la honraba mucho, pero que desde la infancia amaba a su primo Tebaldo dei Gieraci, y que con toda seguridad no amaría nunca sino a él.
Ante esta respuesta inesperada, Trivulzio salió dando muestras del más extremado furor.
Un domingo, ocho días después, como todos los ciudadanos de Rávena se encaminaron a la iglesia metropolitana de San Pedro, Trivulzio distinguió en la multitud a Tebaldo que daba el brazo a su prima. Se embozó en la capa y los siguió. Cuando entraron en la iglesia, donde no está permitido embozarse, los dos amantes hubiesen podido distinguir fácilmente a Trivulzio, que los había seguido, pero sólo estaban ocupados en su recíproco amor y no pensaban en la misa, lo cual es gran pecado.
Mientras tanto, Trivulzio se había sentado en un banco detrás de la pareja. Como podía escuchar las palabras que se decían, su rabia iba en aumento. Entonces un sacerdote subió al púlpito y dijo:
-Hermanos míos, estoy aquí para correr las amonestaciones de Tebaldo y deNinadei Gieraci. ¿Es que alguien se opone a su matrimonio?
-¡Yo me opongo! -exclamó Trivulzio, y al mismo tiempo asestó veinte puñaladas a los dos amantes. Quisieron detenerlo, pero asestó varias puñaladas más, salió de la iglesia, después de la ciudad, y alcanzó el estado de Venecia.
Trivulzio era orgulloso, maleado por la fortuna, pero de alma sensible. Sus remordimientos vengaron a sus víctimas, y arrastró de ciudad en ciudad una existencia deplorable. Al cabo de unos años, sus padres consiguieron hacerlo perdonar por la justicia, y volvió a Rávena, pero ya no era el mismo Trivulzio, radiante de felicidad y orgulloso de sus ventajas. Tan cambiado estaba que su nodriza no lo reconoció.
Desde el primer día de su llegada, Trivulzio preguntó dónde estaba la tumba deNina.Le dijeron que estaba enterrada con su primo frente a la plaza, en la iglesia de San Pedro, allí mismo donde fueron asesinados. Trivulzio entró temblando y, cuando estuvo junto a la tumba, la abrazó y derramó un torrente de lágrimas.
Sea cual fuere el dolor del desgraciado asesino, éste sintió en aquel momento que las lágrimas lo habían aliviado. Por eso dio su bolsa al sacristán y obtuvo de él permiso para entrar en la iglesia cuantas veces quisiera. De modo que acabó por ir todas las tardes, y el sacristán se acostumbró tanto a verlo que no le prestaba atención.
Una tarde, Trivulzio, que no había dormido la noche antes, se adormeció junto a la tumba, y al despertar encontró que habían cerrado la iglesia. Tomó fácilmente el partido de pasar en ella la noche, porque le gustaba prolongar su tristeza y alimentar su melancolía. Oía sucesivamente dar las horas, y hubiese querido que llegara la hora de su muerte.
Por fin dieron las doce. Entonces se abrió la puerta de la sacristía y Trivulzio vio entrar al sacristán con una linterna en una mano y una escoba en la otra. Pero ese sacristán no era sino un esqueleto. Tenía un poco de piel sobre la cara, y los ojos muy hundidos, pero la sobrepelliz que se le pegaba a los huesos hacía patente que estaba desprovisto de carne.
El atroz sacristán posó su linterna sobre el altar mayor y encendió los cirios como para vísperas. Después se puso a barrer la iglesia y a sacudir el polvo de los bancos. Pasó varias veces junto a Trivulzio, pero no pareció verlo.
Por fin fue hasta la puerta de la sacristía e hizo sonar la campanilla que hay siempre allí. Entonces las tumbas se abrieron y de ellas salieron los muertos envueltos en sus mortajas, y cantaron las letanías en tono harto melancólico.
Después que así hubieron salmodiado durante algún tiempo, un muerto, revestido de una sobrepelliz y de una estola, subió al púlpito y dijo:
-Hermanos míos, estoy aquí para correr las amonestaciones de Tebaldo y deNinadei Gieraci. Condenado Trivulzio, ¿te opones a su matrimonio?
Aquí mi padre interrumpió al teólogo y, volviéndose hacia mí, me dijo: -Alfonso, hijo mío, ¿habrías tenido miedo en el lugar de Trivulzio?
-Querido padre -le respondí-, me parece que habría tenido mucho miedo.
Entonces mi padre se puso de pie, furioso, saltó sobre su espada y con ella quiso atravesarme. Se interpusieron entre nosotros y lograron apaciguarlo un poco. Sin embargo, cuando hubo vuelto a sentarse, me lanzó una mirada terrible y me dijo:
-Hijo indigno de mí, tu cobardía deshonra de alguna manera el regimiento de las guardias valonas donde tenía la intención de hacerte entrar.
Después de estos duros reproches, que estuvieron a punto de hacerme morir de vergüenza, se hizo un gran silencio. García fue el primero en romperlo y, dirigiéndose a mi padre, le dijo:
-Monseñor, si me atreviera a dar mi opinión a su excelencia, diría que es menester probar a vuestro señor hijo que no hay aparecidos, ni espectros, ni muertos que canten letanías, y que no puede haberlos. De esta manera, no tendría seguramente miedo.
-Señor Fierro -respondió mi padre con un poco de acritud-, olvidáis que he tenido el honor de mostraron ayer una historia de aparecidos escrita de puño y letra de mi bisabuelo.
-Monseñor -replicó García-, no estoy dando un desmentido al bisabuelo de vuestra excelencia.
-¿Qué entendéis -dijo mi padre- por no dar un desmentido? ¿Sabéis que esta expresión supone la posibilidad de un desmentido dado por vos a mi bisabuelo?
-Monseñor -dijo entonces García-, bien sé que soy harto poca cosa para que vuestro bisabuelo quisiera obtener alguna satisfacción de mí.
Entonces mi padre, tomando un aire aún más terrible, dijo:
-Fierro, que el cielo os preserve de dar excusas, porque ellas supondrían una ofensa.
-En fin -dijo García-, sólo me queda someterme al castigo que plazca a vuestra excelencia. Sólo que, por la honra de mi profesión, quisiera que esta pena me fuera administrada por nuestro capellán, para que yo pudiera considerarla como penitencia eclesiástica.
-No me parece mala idea -dijo entonces mi padre, en tono más tranquilo-. Recuerdo haber escrito en otra época un pequeño tratado sobre las satisfacciones admisibles en los casos en que un duelo no puede realizarse. Dejadme reflexionar sobre ello.
Mi padre pareció ensimismarse en su propósito, pero de reflexión en reflexión terminó por adormecerse en su sillón. Mi madre dormía ya, así como el teólogo, y García no tardó en seguir su ejemplo. Entonces creí mi deber retirarme, y es así como transcurrió el primer día de mi regreso a la casa paterna.
Al día siguiente tiré a la espada con García. Fui a cazar. Cenamos, y cuando nos hubimos levantado de la mesa mi padre volvió a rogar al teólogo que buscara su grueso volumen. El reverendo obedeció, lo abrió al azar y leyó lo que paso a contar.
En una ciudad de Italia llamada Ferrara, había un joven llamado Landolfo. Era un libertino sin religión, que causaba espanto a todas las almas piadosas de la comarca. A este perverso le apasionaba el trato de las cortesanas y había tenido relaciones con todas las de la ciudad, pero ninguna le placía tanto como Bianca de Rossi, cuya impureza era mayor aún que la de todas las demás.
No sólo era Bianca una libertina interesada, depravada; quería también que sus amantes hiciesen por ella acciones que los deshonraran, y exigió de Landolfo que la condujera todas las noches a la casa donde él vivía, con su madre y su hermana, y que cenaran los cuatro juntos. Landolfo se lo propuso inmediatamente a su madre, como lo más decoroso del mundo. La buena mujer se deshizo en lágrimas y rogó a Landolfo que mirase por la reputación de su hermana. Landolfo hizo oídos sordos a sus ruegos y sólo prometió mantener el hecho lo más secreto posible. Después fue a casa de Bianca y la condujo a donde ella deseaba.
La madre y la hermana de Landolfo recibieron a la cortesana mejor de lo que ésta se merecía. Pero entonces, al comprobar cuán bondadosas eran, Bianca redobló su insolencia; durante la cena mantuvo una conversación inconveniente; la hermana de Landolfo recibió lecciones de las que habría prescindido de buena gana, y la cortesana llevó el cinismo hasta significarle, tanto a ella como a su madre, que harían bien en irse de la casa porque quería quedarse a solas con Landolfo.
Al día siguiente, la cortesana contó lo sucedido por toda la ciudad, y durante cierto tiempo las gentes no hablaron de otra cosa. A tal punto que los rumores llegaron muy pronto a Eduardo Zampi, hermano de la madre de Landolfo. Eduardo era un hombre a quien no se ofendía impunemente. Como se sintió ultrajado en la persona de su hermana, ese mismo día hizo asesinar a la infame Bianca. Cuando Landolfo fue a buscar a su querida, la encontró apuñalada y nadando en sangre. Muy pronto supo que su tío era el culpable. Corrió a casa de éste para castigarlo, pero lo halló rodeado de todos los valientes de la ciudad, que se burlaron de su resentimiento.
Landolfo, no sabiendo sobre quién ejercer su furia, corrió a casa de su madre con la intención de agobiarla a ultrajes. La pobre mujer, acompañada de su hija, estaba por sentarse a la mesa. Cuando vio entrar a su hijo, le preguntó si Bianca vendría a cenar.
-¡Ojalá pudiera venir -dijo Landolfo- para llevarte al infierno con tu hermano y toda la familia de los Zampi!
La pobre mujer cayó de rodillas y dijo:
-¡Oh, Dios mío, perdonadle sus blasfemias!
En ese momento la puerta se abrió con estrépito y entró un espectro desencajado, cosido a puñaladas, y que conservaba aún un atroz parecido con Bianca.
La madre y la hermana de Landolfo empezaron a rezar, y Dios les concedió la gracia de sobrellevar ese espectáculo sin expirar de horror.
El fantasma avanzó a pasos lentos y se sentó a la mesa. Landolfo, con un valor que sólo el demonio podía inspirarle, se atrevió a ofrecerle un plato de comida. El fantasma abrió una boca tan grande que su rostro pareció partirse en dos, y de ella sacó una lengua rojiza. En seguida extendió una mano quemada, tomó un pedazo de comida, lo tragó, e inmediatamente se oyó caer el pedazo bajo la mesa. Así comió todo lo que había en el plato, y los pedazos que tragaba fueron cayendo bajo la mesa. Cuando el plato quedó vacío, el fantasma, deteniendo sus ojos atroces en Landolfo, le dijo:
-Landolfo, cuando como aquí, aquí duermo. Vámonos a la cama.
Entonces, interrumpiendo al capellán, mi padre volvióse hacia mí.
-Alfonso, hijo mío -me dijo-, ¿te habrías asustado en el lugar de Landolfo?
-Querido padre -le respondí-, os aseguro que no habría tenido el menor susto.
Mi padre pareció satisfecho de mi respuesta y estuvo muy alegre durante todo el resto de la velada.
Así pasaban nuestros días sin que nada alterase su uniformidad, excepto que, cuando llegaba el buen tiempo, en vez de agruparnos al calor de la chimenea, íbamos a sentarnos en los bancos que estaban junto a la puerta. En tan dulce calma transcurrieron seis años, y hoy me parece que fueron seis semanas.
Cumplí diecisiete años, y mi padre pensó en hacerme entrar en el regimiento de las guardias valonas. Con tal propósito escribió a aquellos de sus antiguos camaradas que mejor podían interceder por mí. Estos dignos y respetables militares utilizaron su crédito en mi favor y me obtuvieron una plaza de capitán. Cuando supo la noticia, mi padre quedó tan enajenado de placer que se temió por sus días. Pero se restableció al poco tiempo, y entonces sólo pensó en los preparativos de mi viaje. Quería que hiciera el viaje por mar de manera que pudiese entrar en España por Cádiz y allí me presentara a don Enrique deSa,comandante de la provincia, y uno de los que más había contribuido a obtener mi plaza de capitán.
Cuando estuvo atada la silla de posta en el patio del castillo, mi padre me condujo a su aposento y, después de haber cerrado la puerta, me dijo:
-Querido Alfonso, voy a confiaros un secreto que me ha legado mi padre, y que confiaréis a vuestro hijo cuando lo creáis digno.
Como no dudaba de que se trataría de algún tesoro escondido, le respondí que nunca había considerado el oro sino como un medio de socorrer a los desventurados.
Mi padre me respondió:
-No, querido Alfonso, no se trata de oro, ni de plata. Quiero enseñaros una estocada secreta con la cual, parando en oposición y marcando la flanconada, podéis estar seguro de desarmar a vuestro enemigo.
Entonces, cogiendo los floretes, me enseñó la estocada secreta, me dio su bendición y me condujo a mi silla. Besé la mano de mi madre y partí.
Fui en posta hasta Flessingue, donde me embarqué para Cádiz. Don Enrique deSame recibió como si fuera su propio hijo; se ocupó de mi equipaje y me recomendó a dos servidores, uno de los cuales se llamaba López y el otro Mosquito. De Cádiz fui a Sevilla, y de Sevilla a Córdoba; después he venido a Andújar, donde tomé el camino de Sierra Morena. He tenido la desgracia de verme separado de mis servidores cerca del abrevadero de Los Alcornoques. Sin embargo, llegué el mismo día a Venta Quemada y, ayer por la noche, a vuestra ermita.
-Hijo querido -me dijo el ermitaño-, vuestra historia me ha interesado vivamente y os agradezco mucho que me la hayáis contado. Bien comprendo ahora, por la manera en que os han educado, que el temor es un sentimiento que debe seros desconocido. Pero, puesto que habéis dormido en Venta Quemada, mucho me temo que estéis expuesto a las obsesiones de los dos ahorcados, y corráis la triste suerte del endemoniado Pacheco.
-Padre mío -respondí al anacoreta-, mucho he reflexionado esta noche sobre el relato del señor Pacheco. Aunque tenga el demonio en el cuerpo, no por ello es menos gentilhombre y, a ese título, lo creo incapaz de faltar a la verdad. Pero Iñigo Vélez, capellán de nuestro castillo, me dijo que si bien hubo posesos en los primeros siglos de la Iglesia, ya no los hay en el día de hoy, y su testimonio me parece tanto más respetable cuanto que mi padre me ha ordenado creer a Iñigo en todas aquellas materias que conciernen a nuestra religión.
-Pero -dijo el ermitaño- ¿acaso no habéis visto el atroz semblante del poseso? ¿Acaso no habéis visto que los demonios lo han dejado tuerto?
Le respondí:
-Padre mío, el señor Pacheco puede haber perdido el ojo de otra manera. Debo agregar que en todas estas cosas me atengo a quienes saben más que yo. Me basta con no temer a los aparecidos, ni a los vampiros. Sin embargo, si queréis darme alguna santa reliquia para preservarme de sus hazañas, os prometo llevarla siempre con fe y veneración.
El ermitaño pareció sonreír un poco de mi candor. Después me dijo:
-Veo, hijo mío, que aún tenéis fe, pero me temo que no persistáis en ella. Los Gomélez, de quienes descendéis por la rama materna, son todos ellos nuevos cristianos. Y hasta algunos, según me han dicho, son musulmanes en el fondo de su corazón. Si os ofrecieran una inmensa fortuna por cambiar de religión, ¿la aceptaríais?
-De ningún modo -le respondí-. Me parece que renunciar a nuestra religión, o abandonar nuestra bandera, son dos actos igualmente deshonrosos.
El ermitaño pareció sonreír todavía. Después me dijo:
Veo con tristeza que vuestras virtudes reposan en un pundonor exagerado, y os advierto que ya no encontraréis un Madrid tan belicoso como en tiempos de vuestro padre. Las virtudes han de basarse en principios más firmes. Pero no quisiera deteneros más, porque aún tenéis una pesada jornada antes de llegar a la Venta del Peñón, o mesón del acantilado. Su huésped ha permanecido en él, a despecho de los bandidos, porque cuenta con la protección de una banda de gitanos que acampan en los alrededores. Pasado mañana llegaréis a la Venta de Cardeñas, y ya estaréis fuera de Sierra Morena. He puesto algunas provisiones en las alforjas de vuestra montura.
Habiendo dicho estas cosas, el ermitaño me abrazó tiernamente, pero no me dio ninguna reliquia para preservarme de los demonios. No quise referirme nuevamente a ello, y monté a caballo.
En el camino me puse a reflexionar sobre las máximas que acababa de oír, no concibiendo para las virtudes una base más sólida que el pundonor, el cual, a mi juicio, las abarcaba todas. Proseguía entregado a estas reflexiones cuando un caballero, saliendo súbitamente de atrás de un peñasco, me cortó el camino y dijo:
-¿Os llamáis Alfonso?
Le respondí que sí.
-Entonces -dijo el caballero- os arresto en nombre del rey y de la Santa Inquisición. Entregadme vuestra espada.
Obedecí sin replicar. Entonces el caballero tocó un silbato, y de todos lados aparecieron gentes armadas que cayeron sobre mí. Me ataron las manos a la espalda y tomamos un atajo en las montañas que al cabo de una hora nos condujo a un castillo feudal. Bajó el puente levadizo y entramos. Como estábamos aún bajo el torreón, abrieron una puertecita lateral y me arrojaron a un calabozo, sin molestarse siquiera en deshacer las cuerdas que me tenían agarrotado.
El calabozo estaba en la más absoluta oscuridad; no teniendo yo las manos libres para extenderlas ante mí, me era imposible caminar sin darme de narices contra las murallas. Me senté pues en el sitio donde estaba y, como es fácil suponer, me puse a reflexionar sobre lo que pudo haber motivado mi encarcelamiento. Mi primera y única idea fue que la Inquisición se había apoderado de mis hermosas primas y que las negras habían contado lo que sucedió en Venta Quemada. En caso de que me interrogaran acerca de las bellas africanas, sólo podía optar entre traicionarlas, y faltar a mi palabra de honor, o negar que las conociera, lo que me habría embarcado en una serie de vergonzosas mentiras. Después de examinar semejante alternativa, me decidí por el más absoluto silencio y tomé la firme resolución de no responder con una sola palabra a todos los interrogatorios.
Una vez disipada esta duda en mi espíritu, medité en los acontecimientos de los dos días anteriores. Tenía la seguridad de que mis primas eran mujeres de carne y hueso. Me lo advertía no sé qué sentimiento, más fuerte que todo lo que me habían dicho sobre el poder de los demonios. Sólo estaba profundamente indignado por la mala pasada que me habían jugado, al hacerme despertar debajo de la horca.
Entretanto, transcurrían las horas. Empecé a tener hambre; como había oído decir que a veces no falta en los calabozos un pedazo de pan y un cántaro de agua, busqué algo semejante con las piernas y los pies. En efecto, bien pronto tropecé con un cuerpo extraño que resultó ser la mitad de un pan. Me acosté al lado del pan y quise asirlo con los dientes, pero falto de resistencia donde apoyarlo, el pan se me escapaba y resbalaba; al fin lo empujé contra el muro; entonces pude comer, porque el pan estaba partido por la mitad; de haber estado entero, no hubiese podido morderlo. Encontré también un cántaro, pero me fue imposible beber; apenas humedecía mi gaznate el agua se derramaba. Continué buscando: encontré paja en un rincón, y me acosté sobre ella. Tenía las manos artísticamente anudadas, es decir con fuerza, pero sin que las cuerdas me entraran en las carnes. De modo que no me costó trabajo adormecerme.
Me parece que había dormido varias horas cuando vinieron a despertarme. Vi entrar a un monje de Santo Domingo, seguido por varios hombres de muy mala catadura. Algunos llevaban hachones; otros, instrumentos desconocidos para mí y que imaginé debían servir para torturas. Recordé mis resoluciones y me afirmé en ellas. Pensaba en mi padre. Nunca fue torturado, pero ¿acaso no había sufrido mil operaciones dolorosas entre las manos de los cirujanos? Yo no ignoraba que las había sobrellevado sin proferir una sola queja. Resolví imitarlo, no decir una palabra y, si fuera posible, no dejar escapar un suspiro. El inquisidor pidió un sillón, se instaló en él junto a mí, adoptó un aire dulce y campechano y me hizo, poco más o menos, el siguiente discurso:
-Niño querido, agradece que el cielo te haya conducido a este calabozo. Pero dime, ¿por qué estás en él? ¿Qué pecados has cometido? Confiésate, derrama tus lágrimas en mi seno. ¿No me respondes? ¡Ay, niño mío, haces mal! Nuestro método es no interrogar. Dejamos al culpable el cuidado de acusarse a sí mismo. Esta confesión, aunque un poco forzada, no deja de tener algún mérito, sobre todo cuando el culpable denuncia a sus cómplices. ¿No respondes? Tanto peor para ti. Vamos, habrá que ponerte sobre la pista. ¿Conoces a dos princesas de Túnez? ¿O, mejor dicho, a dos brujas infames, vampiros execrables y demonios encarnados? Nada dices. Haced entrar a esas dos infantas de la corte de Lucifer.
Entonces trajeron a mis dos primas, que estaban, como yo, con las manos atadas a la espalda. Después el inquisidor continuó en estos términos:
-Pues bien, hijo mío, ¿no las reconoces? ¿Sigues callado? Hijo querido, no te asustes de lo que voy a decirte. Te haremos sufrir un poco. ¿Ves esas dos tablas? Allí te haremos poner las piernas, y las apretaremos con una cuerda. Después pondremos entre tus piernas estas cuñas que puedes observar y las clavaremos a golpes de martillo. Al principio, se te hincharán los pies. En seguida, te saldrá sangre del dedo gordo de cada pie, y se te caerán las uñas de los demás dedos. Después se te reventarán las plantas de los pies, y saldrá de ellas grasa mezclada con las carnes aplastadas. Eso te hará sufrir mucho. ¿Nada dices? Y sin embargo, hacemos la pregunta ordinaria. ¡Ah, hijo mío, habrás de desmayarte! Mira estos frascos, llenos de diversos licores, que te harán recuperar el sentido. Entonces, cuando vuelvas a tus cabales, te quitaremos estas cuñas y te pondremos estas otras, que son mucho más gruesas. Al primer golpe, se te romperán las rodillas y los tobillos. Al segundo, se te rajarán las piernas en toda su longitud. De ellas saldrá médula y goteará sobre esta paja, mezclada con tu sangre. ¿No quieres hablar?... Vamos, que le aprieten los pies.
Los verdugos me tomaron por las piernas y las ataron entre las maderas.
-¿No quieres hablar?... Colocadle las cuñas... ¿No quieres hablar?... Levantad los martillos.
En ese instante oímos una descarga de armas de fuego. Emina exclamó:
-¡Oh Mahoma, estamos salvados! ¡Soto ha venido en nuestro auxilio!
Soto entró con su banda, echó a los verdugos y ató al inquisidor a una argolla que había en la muralla del subterráneo. Después, llegándose a las moriscas y a mí, deshizo los nudos de las cuerdas que nos tenían agarrotados. El primer uso que ellas hicieron de la libertad de sus brazos fue echarse en los míos. Nos separaron. Soto me dijo que montara a caballo y tomase la delantera, asegurándome que él me seguiría muy pronto con las dos damas.
Cuatro caballeros formaban la vanguardia a la cual me uní. Al despuntar el día, llegamos a un lugar desierto donde encontramos un relevo. Después seguimos por las cumbres y crestas de las montañas nevadas.
Hacia las cuatro llegamos a unas grutas de piedra donde debíamos pasar la noche, pero yo me felicité de haber llegado en pleno día porque la vista era admirable, y sobre todo a mí, que no conocía sino las Ardenas y la Zelanda, debía parecerme tal. Tenía a mis pies esa hermosa vega de Granada, que los granadinos llamanNuestra Vigilia. La veía íntegramente, con sus seis ciudades y sus cuarenta aldeas. Veía el curso tortuoso del Genil, los torrentes que se precipitaban desde lo alto deLas Alpujarras, los bosquecillos, las frescas umbrías, los edificios, los jardines y un inmenso número de quintas o alquerías. Encantado de que mis ojos pudieran abarcar tal cantidad de bellas cosas a la vez, me abandoné a la contemplación. Sentí que me convertía en un amante de la naturaleza. Olvidé a mis primas; éstas llegaron muy pronto en literas conducidas por caballos. No bien bajaron, se echaron a descansar sobre cojines en el suelo de la gruta. Al cabo de un momento les dije:
-Señoras mías, no me quejo de la noche que pasé en Venta Quemada, pero os confieso que acabó de una manera que me ha disgustado infinitamente.
Emina me respondió:
-Alfonso mío, no me acuséis sino de la parte hermosa de vuestros sueños. Pero ¿de qué os quejáis? ¿Acaso no habéis tenido ocasión de dar pruebas de un valor sobrehumano?
-¿Es que alguien -le respondí- pondría en duda mi valor? Si lo hallara, no vacilaría en batirme con el embozo terciado.
Emina me respondió:
-No sé qué entendéis por batiros con el embozo terciado, perohay cosas que no puedo deciros. Las hay que ni yo misma las sé. Me limito a obedecer las órdenes del jefe de mi familia, sucesor del jeque Masú, y que conoce el secreto del Casar Gomélez. Todo lo que puedo deciros es que sois nuestro pariente más cercano. El oidor de Granada, padre de vuestra madre, tenía un hijo que fue considerado digno de ser iniciado. Abrazó la religión musulmana y esposó las cuatro hijas del rey de Túnez, que estaba entonces en el poder. Sólo la menor tuvo hijos, y es nuestra madre. Poco tiempo después del nacimiento de Zebedea, mi madre y sus otras tres mujeres murieron de una peste que, por entonces, desolaba la costa de Berbería... Pero dejemos de lado estas cosas que quizá algún día llegaréis a saber. Hablemos de vos, querido primo, del reconocimiento que os debemos y de nuestra admiración por vuestras virtudes. ¡Con qué indiferencia habéis mirado los preparativos del suplicio! ¡Qué sagrado respeto por la palabra empeñada! Sí, Alfonso, superáis a todos los héroes de nuestra raza y nos hemos convertido en vuestra propiedad.
Zebedea, que dejaba de buena gana que hablase su hermana cuando la conversación era seria, readquiría plenamente sus derechos cuando ésta tomaba un cariz sentimental. Es el caso de que fui halagado, acariciado, y quedé contento de mí mismo y de los demás. Después llegaron las negras. Nos dieron de cenar, y Soto nos sirvió él mismo con el más profundo respeto. A continuación las negras armaron para mis primas una cama bastante buena en una especie de gruta. Fui a acostarme en otra, y todos gozamos de un reposo del cual teníamos necesidad.
Al día siguiente, temprano, la caravana se puso en marcha. Bajamos las montañas y dimos la vuelta a dos hondonadas o, mejor dicho, a dos precipicios que parecían tocar las entrañas de la tierra. Cortaban la cadena de montañas en tantas direcciones diferentes que era imposible orientarse en ellas ni saber por qué lado andábamos.
Marchamos así durante seis horas hasta llegar a las ruinas de una ciudad abandonada y desierta. Allí Soto nos hizo apearnos y me llevó al borde de un pozo.
-Señor Alfonso -me dijo-, os ruego que miréis en ese pozo y me digáis qué pensáis de él.
Le contesté que al mirar veía agua y que pensaba que era un pozo.
-Pues bien -dijo Soto-, os equivocáis, porque es la entrada de mi palacio.
Habiendo hablado así, metió la cabeza en el pozo y gritó de cierta manera. Entonces vi que de un costado del pozo salieron dos planchas que se unieron a unos pies por encima del agua. Después un hombre armado salió por la misma abertura, y después otro. Treparon por el pozo y, cuando estuvieron afuera, Soto me dijo:
-Señor Alfonso, tengo el honor de presentaros a mis dos hermanos, Cicio y Momo. Quizá recordéis sus cuerpos debajo de cierto cadalso, pero no por ello gozan de una salud menos buena y os serán siempre devotos pues están, así como yo, al servicio y a la paga del gran jeque de los Gomélez.
Le respondí que estaba encantado de conocer a los hermanos de un hombre que me había prestado tan importante servicio.
Hubo que resolverse a bajar al pozo. Trajeron una escala de cuerdas, y las dos hermanas descendieron con más facilidad de lo que yo hubiese previsto. Luego que llegamos a las planchas, encontramos una puertecita lateral, por donde sólo podíamos pasar agachándonos mucho. Pero en seguida encontramos una hermosa escalera, tallada en la roca, e iluminada por lámparas. Bajamos más de doscientos peldaños. Por fin entramos en una residencia subterránea compuesta por muchas salas y aposentos. El suelo y las paredes estaban tapizados de corcho para protegerlos de la humedad. Después, enCintra,cerca de Lisboa, he visto un convento, tallado en la roca, cuyas celdas estaban tapizadas de igual manera y al cual, por ese motivo, se lo llamaba el convento de corcho. Agregaré que varias chimeneas bien dispuestas, y en las que ardía un buen fuego, mantenían una temperatura agradable en el subterráneo de Soto. Los caballos que servían a su caballería estaban dispersos en los alrededores. Sin embargo, en caso de necesidad, se podía también retirarlos del seno de la tierra por una abertura que daba a un valle vecino, y había una máquina especial para izarlos, pero se la usaba rara vez.
-Todas estas maravillas -me dijo Emina- son obra de los Gomélez. Cavaron este peñasco en los tiempos en que eran los amos de la comarca, es decir, acabaron de cavarlo, porque los idólatras, que a su llegada habitaban Las Alpujarras, habían ya adelantado en mucho el trabajo. Los sabios pretenden que en este lugar estaban las minas de oro de la Bética, y las antiguas profecías anuncian que toda la comarca deberá volver un día al poder de los Gomélez. ¿Qué decís de ello, Alfonso? Sería un espléndido patrimonio.
El discurso de Emina me pareció inoportuno. Se lo di a entender; luego, cambiando de conversación, le pregunté cuáles eran sus proyectos para el futuro.
Emina me respondió que después de lo sucedido, no podrían quedarse más en España, pero que deseaban descansar un poco hasta que hubiesen acabado los preparativos de su próximo viaje.
Nos dieron una cena muy abundante, sobre todo en venado y frutas secas... Los tres hermanos nos servían con la mayor obsequiosidad. Les hice observar a mis primas que era imposible encontrar ahorcados más honestos. Emina convino en ello y, dirigiéndose a Soto, le dijo:
-Vos y vuestros hermanos debéis de haber tenido aventuras muy extrañas; si nos las contarais, nos daríais gran placer.
Soto, después de hacerse de rogar un poco, sentóse junto a nosotros y empezó en los siguientes términos:
He nacido en la ciudad de Benevento, capital del ducado de ese nombre. Mi padre, que se llamaba Soto como yo, era maestro armero, y muy hábil en su profesión. Pero como había otros dos armeros en la ciudad, y que aun gozaban de mayor reputación, sus ganancias apenas le bastaban para mantener a su mujer y a sus tres hijos, a saber mis dos hermanos y yo.
Tres años después que mi padre se hubo casado, una hermana menor de mi madre esposó a un vendedor de aceite, llamado Lunardo, que por regalo de bodas le dio unos pendientes de oro, con una cadena también de oro para que se pusiese alrededor del cuello. Mi madre, al volver de la boda, pareció hundirse en una negra melancolía. Su marido quiso saber por qué; ella se negó a decírselo durante mucho tiempo; al fin le confesó que moría de envidia por tener unos pendientes y un collar como los de su hermana. Mi padre nada respondió. Tenía un hermoso fusil de caza, con dos pistolas y un cuchillo, también de caza, que hacían juego. El fusil tiraba cuatro tiros sin necesidad de ser vuelto a cargar. Había costado a mi padre el trabajo de cuatro años,y estimaba su valor en trescientas onzas de oro de Nápoles. Fue a casa de un armador, y vendió el juego por ochenta onzas. Después compró unas alhajas iguales a las que deseaba su mujer, y se las regaló. Mi madre se las mostró ese mismo día a la mujer de Lunardo, y sus pendientes parecieron un poco más lujosos que los de su hermana, lo cual le causó extremado placer.
Pero al cabo de ocho días la mujer de Lunardo fue a ver a mi madre para devolverle la visita. Llevaba los cabellos trenzados en forma de caracol y sujetos por una aguja de oro cuya cabeza era una rosa de filigrana enriquecida por un pequeño rubí. Esta rosa de oro hundió su cruel espina en el corazón de mi madre. Volvió a caer en su melancolía anterior y no salió de ella hasta que mi padre le hubo prometido una aguja parecida a la de su hermana. Sin embargo, como mi padre no tenía dinero ni medios de procurárselo, y una aguja semejante costaba cuarenta y cinco onzas, muy pronto se puso tan melancólico como mi madre lo había estado algunos días antes. Entre tanto, mi padre recibió la visita de uno de sus paisanos, llamado Grillo Monaldi, que vino a verlo para hacer limpiar sus pistolas. Monaldi, advirtiendo la tristeza de mi padre, le preguntó por su causa, y mi padre no se la ocultó. Después de un momento de reflexión, Monaldi le habló en estos términos:
-Señor Soto, os debo más de lo que creéis. El otro día, por azar, encontraron mi puñal en el cuerpo de un hombre asesinado en el camino de Nápoles. La justicia ha mostrado ese puñal a todos los armeros, y vos habéis atestiguado generosamente que no lo conocíais. Sin embargo, habíais forjado esa arma y me la habíais vendido. Si hubierais dicho la verdad, me habríais causado alguna molestia. He aquí las cuarenta y cinco onzas de que habéis menester, con el agregado de que mi bolsa os estará siempre abierta.
Mi padre aceptó con gratitud, fue a comprar una aguja de oro, enriquecida por un rubí, y se la regaló a mi madre, quien ese mismo día se adornó con ella 'ï y fue a lucirse ante los ojos de su orgullosa hermana.
De vuelta a su casa, mi madre no dudaba de que vería muy pronto a la señora Lunardo adornada con alguna nueva alhaja. Pero eran muy otros los proyectos de su hermana. Quería ir a la iglesia seguida de un lacayoajornal, vestido de librea, y se lo propuso a su marido. Lunardo, que era muy avaro, había consentido en comprar un pedazo de oro que, en el fondo, le parecía tan seguro en la cabeza de su mujer como en su propio cofre. Pero no fue lo mismo cuando le propusieron dar a un gandul una onza de oro para estarse media hora detrás del banco de su mujer. Sin embargo, tan violentas y frecuentes fueron las persecuciones de la señora Lunardo que al fin se determinó a seguirla él mismo con librea de lacayo. La señora Lunardo encontró que su marido era tan bueno como cualquier otro para desempeñar ese papel, y desde el domingo siguiente quiso aparecer en la parroquia seguida por lacayo de tan nueva especie. Los vecinos rieron un poco ante la farsa, pero mi tía atribuyó sus bromas a la envidia que los devoraba.
Cuando llegó a la iglesia, oyó la rechifla de los mendigos:
-¡Mirad a Lunardo que hace de criado de su mujer!
Sin embargo, como los pordioseros no llevaran su audacia más allá de cierto punto, la señora Lunardo entró libremente en la iglesia, donde le rindieron toda suerte de homenajes. Le ofrecieron agua bendita y la hicieron sentar en un banco, en tanto que mi madre permanecía de pie y confundida con las mujeres de la clase más miserable del pueblo.
De vuelta a su casa, mi madre tomó un traje azul de mi padre y se puso a adornarle las mangas con los restos de una bandolera amarilla que había pertenecido a la cartuchera de un miguelete. Sorprendido, mi padre le preguntó qué hacía. Mi madre le contó toda la historia de su hermana, y cómo su marido tuvo la complacencia de seguirla con librea de lacayo. Mi padre le aseguró que él no tendría jamás una complacencia semejante. Pero al domingo siguiente le dio una onza de oro a un lacayo a jornal, que siguió a mi madre a la iglesia, donde ésta desempeñó un papel todavía más brillante que el de la señora Lunardo el domingo anterior.
Ese mismo día, inmediatamente después de misa, Monaldi vino a ver a mi padre y le hizo el siguiente discurso:
-Mi querido Soto, estoy informado de la rivalidad en materia de extravagancias que existe entre vuestra mujer y su hermana. Si no ponéis coto a ello, seréis desgraciado toda la vida. Podéis tomar dos partidos: uno, corregir a vuestra mujer; el otro, abrazar una profesión que os permita satisfacer su afición al derroche. Si tomáis el primer partido, os ofrezco una varilla de avellano, que he utilizado con mi difunta mujer mientras ésta vivió. Hay otras varillas de avellano que, tomadas por los extremos, se hacen girar en la mano y sirven para descubrir fuentes de agua y aun tesoros. Esta varilla no tiene virtudes semejantes. Pero si la tomáis por un extremo y la aplicáis por el otro sobre los hombros de vuestra mujer, os aseguro que la corregiréis fácilmente de sus caprichos. Por el contrario, si tomáis el partido de satisfacer todas sus fantasías, os ofrezco la amistad de los hombres más valerosos de Italia. Se reúnen de buena gana en Benevento, porque es una ciudad fronteriza. Pienso que me entendéis. Reflexionad pues sobre ello.
Después de haber hablado de esta suerte, Monaldi dejó su varita de avellano sobre la mesa del taller de mi padre, y se fue.
Durante ese tiempo, mi madre había ido después de misa a mostrar su lacayo a jornal al Corso y a casa de algunas de sus amigas. Por fin volvió, triunfante, pero fue recibida por mi padre de manera muy distinta de la que ella esperaba. Con la mano izquierda la cogió del brazo izquierdo, y con la derecha empezó a poner en práctica los consejos de Monaldi. Su mujer se desmayó. Mi padre maldijo la varilla, pidió perdón, lo obtuvo y la paz se hizo entre ellos.
Algunos días después mi padre fue a buscar a Monaldi para decirle que la varilla de avellano no había surtido buen efecto y que lo relacionara con los hombres valerosos de que le hablara. Monaldi respondió:
-Señor Soto, es bastante sorprendente que no teniendo ánimo para infligir el menor castigo a vuestra mujer, lo tengáis para aguardar a las personas en un rincón del bosque. Sin embargo, todo es posible, y el corazón humano encierra peores contradicciones. Bien quiero presentaros a mis amigos, pero es menester que antes hayáis cometido por lo menos un asesinato. Todas las tardes, cuando hayáis cerrado vuestro taller, colgaos una espada, poneos un puñal en el cinto, y paseaos con aire un poco altivo bajo los soportales de la Madona. Tal vez alguien quiera emplearos. Adiós. Pueda el cielo bendecir vuestras empresas.
Mi padre hizo lo que Monaldi le había aconsejado y muy pronto advirtió que diversos caballeros de su temple y los esbirros lo saludaban con aire de complicidad. Al cabo de quince días de caminar todas las tardes bajo los soportales, un hombre bien vestido lo abordó y le dijo:
-Señor Soto, aquí hay cien onzas para vos. Dentro de media hora veréis pasar a dos jóvenes con plumas blancas en el sombrero. Os acercaréis a uno de ellos y de manera confidencial le diréis en voz baja: « ¿Cuál de vosotros es el marqués Feltri?». Uno de ellos os dirá:«Yo».Entonces le asestaréis una puñalada en el corazón. El otro joven, que es un cobarde, habrá de huir. Entonces ultimaréis a Feltri. Una vez acabado vuestro cometido, no vayáis a refugiaros en la iglesia. Volved tranquilamente a vuestra casa, y yo os seguiré de cerca.
Mi padre siguió puntualmente las instrucciones que le dieron y, cuando estuvo de vuelta en su casa, vio llegar al desconocido cuyo rencor había satisfecho. Este le dijo:
-Señor Soto, os agradezco mucho lo que habéis hecho por mí. He aquí otra bolsa de cien onzas, que os ruego que aceptéis, y he aquí también otra con la misma cantidad que presentaréis al primer empleado de la justicia que se aparezca por vuestra casa.
Después de hablar de tal manera, el desconocido se retiró.
Poco después, el jefe de los esbirros se presentó en casa de mi padre, quien le dio las cien onzas destinadas a la justicia, y aquél lo invitó a su vez a una cena de amigos que se haría en su casa. Fueron a una residencia adosada a la prisión pública, donde encontraron por convidados albargello y al confesor de los presos. Mi padre estaba un poco conmovido, como suele estarse de ordinario después del primer asesinato. Advirtiendo su turbación, el eclesiástico le dijo:
-Señor Soto, reprimid vuestra tristeza. Las misas de la catedral están a doce reales cada una. Se dice que el marqués Feltri ha sido asesinado. Haced aplicar una veintena de misas por el descanso de su alma, y por añadidura os concederán la absolución general.
Después de lo cual no se habló más de lo sucedido, y la cena fue bastante alegre.
Al día siguiente Monaldi fue a visitar a mi padre y lo cumplimentó por su actuación. Mi padre quiso entregarle las cuarenta y cinco onzas que había recibido en pago, pero Monaldi le dijo:
-Soto, ofendéis mi delicadeza. Si volvéis a hablarme de ese dinero, creeré que me reprocháis no haber hecho bastante para ayudaros. Habéis adquirido mi amistad, y mi bolsa está a vuestro servicio. No os ocultaré que yo mismo soy el jefe de la banda a que aludí. Está compuesta por hombres de honor y de una celosa probidad. Si queréis formar parte de ella, decid que vais a Brescia a comprar cañones para fusiles, y reuníos con nosotros en Capua. Parad en laCroce d’oro y no os preocupéis por lo demás.
Mi padre partió al cabo de tres días e hizo una campaña tan honorable como lucrativa.
Aunque el clima de Benevento sea benigno, mi padre, que aún no estaba aguerrido en su profesión, no quiso trabajar durante el mal tiempo. Pasó los cuarteles de invierno en el seno de su familia, y su esposa tuvo un lacayo el domingo, broches de oro en su justillo negro, y un prendedor de oro en forma de garfio del cual colgaban sus llaves.
Hacia la primavera, sucedió que mi padre fue llamado en la calle por un servidor desconocido, quien le dijo que lo siguiera hasta la puerta de la ciudad.
Allí encontró a un señor entrado en años y cuatro hombres a caballo. El señor le dijo:
-Señor Soto, he aquí una bolsa con veinte cequíes. Os ruego que me sigáis hasta un castillo vecino, y que permitáis que os venden los ojos.
Mi padre consintió en todo, y después de un largo trecho y de muchos rodeos llegaron al castillo del viejo señor. Lo hicieron subir y le quitaron la venda. Entonces vio a una mujer enmascarada, atada a un sillón y con una mordaza. El viejo señor le dijo:
-Señor Soto, aquí hay veinte cequíes más. Tened la bondad de apuñalar a mi mujer.
Pero mi padre respondió:
-Señor, os habéis equivocado respecto a mí. Espero a las gentes en una esquina o las ataco en el bosque, como conviene a un hombre de honor, pero no hago el oficio de verdugo.
Después de haber hablado de esta guisa, mi padre echó las dos bolsas a los pies del vindicativo esposo. Éste no insistió más, hizo vendar los ojos de mi padre y ordenó a sus servidores que lo condujeran a las puertas de la ciudad. Acción tan noble y generosa honró mucho a mi padre, pero poco después realizó otra que fue más elogiada aún.
Había en Benevento dos señores muy apreciados. Uno se llamaba el conde Montalto; el otro, el marquésSerra.El conde Montalto hizo llamar a mi padre y le prometió quinientos cequíes por asesinar aSerra.Mi padre aceptó, mas pidió cierto tiempo, porque sabía que el marqués estaba muy alerta.
Dos días después, el marquésSerrahizo llamar a mi padre a un lugar retirado, y le dijo:
-Soto, he aquí una bolsa con quinientos cequíes. Os pertenece, pero dadme vuestra palabra de honor de apuñalar a Montalto.
Mi padre cogió la bolsa y le dijo:
-Señor marqués, os doy mi palabra de honor de matar a Montalto, pero debo confesaros que también le he dado palabra de haceros perecer. El marqués dijo riendo:
-Espero que no lo haréis.
Mi padre respondió muy seriamente: -Excusadme, señor marqués, pero lo he prometido y lo haré.
El marqués retrocedió y sacó su espada, pero mi padre sacó una pistola del cinto y le hizo saltar los sesos. En seguida fue a casa de Montalto y le anunció que su enemigo había muerto. El conde lo abrazó y le dio los quinientos cequíes prometidos. Entonces mi padre, un poco turbado, le confesó que el marqués, antes de morir, le había dado quinientos cequíes para asesinar al conde Montalto. El conde le dijo que estaba encantado de haberse anticipado a su enemigo.
-Señor conde -replicó mi padre-, de nada os servirá, porque he dado mi palabra.
Al mismo tiempo, le asestó una puñalada. El conde, al caer, lanzó un grito que atrajo la atención de sus servidores. Mi padre se libró de ellos a puñaladas y huyó a las montañas, donde encontró a la banda de Monaldi. Todos los valientes que la componían no tuvieron palabras suficientes para elogiar una tan sagrada lealtad a la palabra empeñada. Os aseguro que este rasgo todavía está, por así decirlo, en boca de todos, y que durante mucho tiempo se hablará de él en Benevento.
Habiendo llegado Soto a este punto de su relato, uno de sus hermanos vino a pedirle órdenes concernientes a nuestra partida. Soto nos dejó, pues, pidiéndonos permiso para retomar al día siguiente el hilo de su historia. Pero lo que nos había contado me dio mucho que pensar. No había cesado de alabar el honor, la delicadeza, la celosa probidad de individuos que hubieran merecido la horca. El abuso de esas palabras, de las que se servía tan confiadamente, confundía todas mis ideas.
Emina, advirtiendo mi silencio, me preguntó en qué pensaba. Le respondí que la historia de Soto me recordaba lo que había oído decir, dos días antes, a cierto ermitaño, o sea que la virtud tiene bases más firmes que el honor. Emina me respondió:
-Querido Alfonso, respetad a ese ermitaño, y creed lo que os dice. Volveréis a encontrarlo más de una vez en el curso de vuestra vida.
Después las dos hermanas se levantaron y se retiraron con sus negras al interior del departamento, es decir a la parte del subterráneo que les estaba destinada. Volvieron para cenar, y acabada la cena nos fuimos a dormir.
Pero cuando se hizo el silencio en la caverna, vi entrar a Emina que llevaba, como Psique, una lámpara en una mano y con la otra conducía a su hermanita, más bella que el mismo amor. Sentáronse las dos al borde de mi cama. Después Emina me dijo:
-Querido Alfonso, os dije que os pertenecíamos. Que el gran jeque nos perdone si nos anticipamos un poco a su autorización.
-Hermosa Emina -le respondí-, perdonadme vos misma. Si es ésta una nueva prueba a que sometéis mi virtud, temo que no salga bien parada de ella.
-Han hecho lo necesario para que pueda resistir -dijo la bella africana, y pasando mi mano por su cadera me hizo palpar un cinturón que no era en modo alguno el de Venus, aunque su arte se debiera al genio del esposo de esta diosa. El cinturón estaba cerrado por un candado cuya llave no estaba en poder de mis primas, o a lo menos ellas me lo aseguraron.
Así, a cubierto el centro de toda gazmoñería, no pretendieron disputarme los aledaños. Zebedea recordó el papel de querida que había estudiado en otros tiempos con su hermana. Ésta veía en mis brazos al objeto de sus antiguos amores y entregaba sus sentidos a tan dulce contemplar. La menor, flexible, vivaz, ardiente, me devoraba con el tacto y me penetraba con sus caricias. También llenamos otros momentos con no sé qué, con proyectos sobre los cuales no nos explicábamos, con todo ese dulce parloteo de los jóvenes que oscilan entre el recuerdo reciente y la esperanza de una próxima dicha.
Por fin el sueño pesó sobre los hermosos párpados de mis primas, y se retiraron a su departamento. Cuando me encontré solo, pensé que me sería muy desagradable despertarme otra vez bajo la horca. No hice más que reír de esta idea, aunque rondó mi pensamiento hasta el momento en que me dormí.
Fui despertado por Soto, quien me dijo que yo había dormido mucho tiempo y que la comida estaba lista. Me vestí a prisa y fui al encuentro de mis primas, que me aguardaban en el comedor. Sus ojos me acariciaban aún, y parecían más ocupadas de la noche anterior que de la comida que les servían. Cuando hubieron levantado la mesa, Soto sentóse entre nosotros y volvió a tomar en los siguientes términos el hilo de su relato:
Cuando mi padre fue a reunirse con la banda de Monaldi, yo podría tener seis años, y recuerdo que me llevaron a la cárcel con mi madre y mis dos hermanos.
El jefe de los esbirros se ocupó muy especialmente de nosotros durante nuestra detención, cuyo término abrevió. Mi madre, al salir de la cárcel, fue muy bien recibida por las vecinas y por todo el barrio, porque en el mediodía de Italia los bandidos son los héroes del pueblo, así como los contrabandistas lo son en España. No nos escatimaron una parte de la estima universal, y yo, en particular, fui mirado como el príncipe de los pilluelos de mi calle.
Hacia esa época, Monaldi fue muerto en un asalto, y mi padre, que tomó el mando de la banda, quiso iniciarse con una hazaña estrepitosa. Fue a apostarse en el camino de Salerno para esperar una remesa de dinero que enviaba el virrey de Sicilia. Triunfó en su empresa pero fue herido en los riñones por un tiro de mosquete que lo volvió incapaz de continuar trabajando. El momento en que se despidió de la banda fue extraordinariamente conmovedor. Hasta se dijo que muchos bandidos lloraron, lo que me costaría creer si yo mismo no hubiese llorado una vez en mi vida, y fue después de apuñalar a mi querida, como lo explicaré a su debido momento.
La banda no tardó en disolverse; algunos de nuestros valientes fueron a hacerse ahorcar en Toscana; otros a unirse a Testalunga, que empezaba a adquirir cierta reputación en Sicilia. Mi padre mismo cruzó el estrecho y fue a Mesina, donde pidió asilo a los Agustinos del Monte. Puso su modesto peculio en manos de los monjes, hizo penitencia pública y se estableció bajo el portal de la iglesia, donde llevaba una vida muy apacible, pues tenía libertad de pasearse por los jardines y los patios del convento. Los monjes le daban sopa, y él mandaba buscar un par de platos de un figón vecino. Por añadidura, elfrater del convento le curaba las heridas.
Supongo que por entonces mi padre nos enviaba fuertes remesas de dinero, porque la abundancia reinaba en nuestra casa. Mi madre participaba en los placeres del carnaval y para Navidad hacía un pesebre,o presepio, representado por muñequitos, animales de azúcar y otras niñerías de esta especie que están muy de moda en todo el reino de Nápoles y son un objeto de lujo para el burgués. Mi tía Lunardoteníatambién supresepio, pero no podía compararse con el de mi madre.
En la medida en que recuerdo a mi madre, me parece que era buena, y a menudo la hemos visto llorar por los peligros a los cuales se exponía su marido, pero unos pocos triunfos obtenidos sobre su hermana o sus vecinas secaban muy pronto sus lágrimas. La satisfacción que le dio su hermoso pesebre fue el último placer que le he visto gustar. No sé cómo contrajo una pleuresía, de resultas de la cual murió a los pocos días.
Ignoro qué habría sido de nosotros a su muerte si elbargello no nos hubiese llevado a su casa. Allí pasamos algunos días, después de los cuales nos confió a un arriero que nos hizo atravesar toda Calabria y al cabo de dos semanas llegar a Mesina. Mi padre ya estaba informado de la muerte de su esposa. Nos recibió con gran ternura, nos puso un jergón junto al suyo, y nos presentó a los monjes, que nos sumaron a las filas de sus monaguillos. Ayudábamos a misa, despabilábamos los cirios, encendíamos las lámparas y, acabada nuestra tarea, éramos unos pilletes tan redomados como lo habíamos sido en Benevento. Una vez que comíamos la sopa de los monjes, mi padre nos daba un real a cada uno, con el cual nos comprábamos castañas y rosquetes, nos íbamosajugar al puerto y no volvíamos hasta la noche. Éramos, en fin, dichosos pilluelos, hasta que un acontecimiento, que hoy mismo no puedo recordar sin un acceso de rabia, decidió para siempre mi destino.
Un domingo, como fuera a cantarse vísperas, volví al portal de la iglesia con un paquete de castañas que había comprado para mis hermanos y para mí, y estaba separando las castañas del paquete en tres porciones cuando se detuvo un soberbio coche, llevado por seis caballos y precedido por otros dos del mismo color que corrían en libertad, suerte de lujo que sólo he visto en Sicilia. Se abrió la portezuela y vi salir del coche a un caballero que dio el brazo a una dama; después salió un abate, y por último un niñito de mi edad, de rostro encantador y magníficamente vestido a la húngara, como era frecuente que se vistiera por entonces a los niños. Su capita de terciopelo azul, bordada en oro y guarnecida de cibelinas, le llegaba hasta la mitad de las piernas, y por detrás cubría parte de sus botas, que eran de marroquí amarillo. Su gorra, también guarnecida de cibelinas, era de terciopelo azul y estaba coronada por una borla de perlas que le caía sobre un hombro. En el cinturón tenía cordonesy borlas de oro,y su pequeño sable estaba guarnecido de pedrerías. Por último, llevaba en la mano un libro de oraciones engarzado en oro.
Quedé tan maravillado de ver ropas tan hermosas en un muchacho de mi edad, que no sabiendo demasiado lo que hacía me llegué hasta él y le ofrecí dos castañas que tenía en la mano, pero el indigno bribón, en vez de responder a esa amistosa cortesía de mi parte, me pegó en la nariz con el libro de oraciones, poniendo en ello toda la fuerza de su brazo. Quedé con el ojo izquierdo casi negro, y como una abrazadera del libro me entrara en la nariz, la desgarró de tal modo que en un segundo estuve cubierto de sangre. Entonces me pareció oír al señorito lanzar gritos atroces, pero yo había, por así decirlo, perdido el conocimiento. Cuando volví en mí, me encontré junto a la fuente del jardín, rodeado por mi padre y mis hermanos, que me lavaban la sangre y trataban de parar la hemorragia.
Entre tanto, como estuviera aún cubierto de sangre, vimos volver al señorito, seguido de su abate, del caballero y de dos lacayos, uno de los cuales llevaba un paquete de vergajos. El caballero explicó en pocas palabras que la señora princesa de Roccafiorita exigía que yo fuera azotado hasta que me saliera sangre en reparación del susto que le había dado, así como alPrincipino, y acto seguido los lacayos pusieron la sentencia en ejecución. Mi padre, que temía perder su asilo, al principio no se atrevió a protestar, pero después, al ver que me lastimaban implacablemente, ya no pudo contenerse. Dirigiéndose al caballero, y con todo el acento de la furia sofocada, le dijo:
-Haced que acaben de una vez, o recordad que he asesinado a muchos que valían por diez de vuestra especie.
El caballero, considerando que esas palabras encerraban un profundo sentido, ordenó que pusieran fin a mi suplicio; sin embargo, como yo estuviera aún echado sobre el vientre, elPrincipino se acercó y me dio un puntapié en la cara, diciéndome:
-Managgia latuafaccia de banditu.
Este último insulto colmó mi rabia. A partir de aquel momento puedo decir que dejé de ser un niño, o a lo menos que dejé de gustar las dulces alegrías de la infancia, y mucho tiempo después no podía conservar la sangre fría al ver a un hombre ricamente vestido.
Es menester que la venganza sea el pecado original de mi país, porque, aunque yo no tuviese entonces más que ocho años, sólo pensaba noche y día en castigar alPrincipino. Me despertaba sobresaltado, soñando que lo tenía cogido por el pelo y lo molía a - golpes, y durante el día pensaba en lastimarlo desde lejos; pues sospechaba que no me dejarían acercarme a él. Además, quería huir una vez que le pegase. Por último, decidí arrojarle una piedra, suerte de ejercicio que me era familiar, y herirlo en el rostro; sin embargo, para adiestrarme, elegí un blanco contra el cual me ensayaba todo el día.
Una vez mi padre me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí que mi intención era romperle la cara alPrincipino, luego huir y hacerme bandido. Mi padre pareció no creer en lo que yo le decía, pero sonrió de una manera que confirmó mi proyecto.
Llegó por fin el domingo, que debía ser el día de la venganza. Apareció la carroza, descendieron sus ocupantes. Yo estaba muy emocionado, pero traté de calmarme. Mi pequeño enemigo me distinguió en la multitud y me sacó la lengua. Le arrojé la piedra y lo vi caer para atrás.
En seguida eché a correr y no me detuve hasta llegar al otro extremo de la ciudad. Allí encontré a un pequeño deshollinador amigo que me preguntó a dónde iba. Le conté lo sucedido, y me presentó a su patrón. Éste me recibió con placer, pues le faltaban muchachos para un trabajo tan áspero y no sabía dónde hallarlos. Me dijo que nadie me reconocería una vez que tuviese la cara tiznada de hollín, y que trepar por las chimeneas podía ser una ciencia muy útil. En eso no me engañó. A menudo he debido la vida al talento que adquirí entonces.
El polvo de las chimeneas y el olor del hollín me incomodaron al principio, pero muy pronto me acostumbré a ellos, porque estaba en la edad en que uno se hace a todo. Después de ejercer mi profesión durante seis meses me ocurrió la aventura que voy a relatar.
Estaba yo sobre un techo, con el oído atento para saber por qué tubo saldría la voz del patrón. Meparecióoírlo gritar en la chimenea más próxima a mí. Descendí por ella, pero encontré que, bajo el techo, el tubo se bifurcaba. Allí hubiera debido llamar; como buen aturdido no lo hice, y me decidí por una de las dos aberturas. Me dejé resbalar, me encontré en un hermoso salón,y lo primero que vi fue alPrincipino en camisa, jugando al volante.
El muy tonto, aunque sin duda habría visto a otros deshollinadores, me tomó por el diablo. Se hincó de rodillas, suplicándome que no lo raptara y prometiéndome ser juicioso. Sus ruegos me habrían conmovido, pero tenía en la mano mi escobilla de deshollinador, y la tentación de usarla fue muy grande; además, aunque estaba bien vengado del golpe que me pegó elPrincipino con el libro de oraciones,y en parte también por los vergajazos, aún pesaba sobre mi corazón el puntapié que me dio en la cara, al tiempo que me decía:
-Managgia latuafaccia de banditu.
En fin, un napolitano, llegado el momento de vengarse, prefiere pecar por exceso que por falta.
Arranqué de mi escobilla un puñado de vergajos. Después desgarré la camisa delPrincipino; una vez que su espalda quedó al desnudo, también la desgarré, o a lo menos la dejé bastante mal parada. Lo más extraño del caso es que el miedo le impedía gritar. Cuando creí suficiente el castigo, me limpié el tizne de la cara y le dije:
-Ciuccio, maledetto, io non zunoludiavolu, io zunolupiciolu banditu delliAugustine.
Entonces elPrincipino recuperó el uso de la voz y pidió socorro a gritos, pero yo, sin esperar que acudieran, subí por donde había bajado.
Cuando estuve en el techo, oí la voz del patrón que me llamaba, pero no juzgué conveniente responder.
Corriendo de techo en techo llegué a un establo, ante el cual había un carro con heno. Me lancé del techo al carro y del carro al suelo. Después llegué corriendo al portal de los Agustinos, donde conté a mi padre lo que acababa de ocurrirme. Mi padre me escuchó con mucho interés; después me dijo:
-Soto, Soto! Già vegio che tu sarai banditu.
En seguida, volviéndose hacia un hombre que estaba a su lado, agregó:
Padron Lettereo, prendetelo chiutosto vui.
Lettereoes un nombre de pila característico de Messina. Proviene de una carta(lettera) que la Virgen escribió a los habitantes de esta ciudad y que fechó «el año 1452 del nacimiento de mi hijo». Los mesineses tienen tanta devoción por esta carta como los napolitanos por la sangre de San Genaro. Os cuento este detalle porque un año y medio después, ante laMadonnadella lettera,recé una plegaria que imaginé fuese la última de mi vida.
Padron Lettereoera capitán de un pingue, armado en apariencia para la pesca de coral, en realidad para el contrabando y la piratería, según se presentara la ocasión. Lo cual ocurría pocas veces porque el barco no portaba cañones y era menester sorprender a los navíos en playas desiertas.
Todo ello se sabía en Mesina, pero Lettereo hacía contrabando por cuenta de los principales mercaderes de la ciudad. Los empleados de la aduana tenían su parte en el negocio y, por lo demás, el patrón pasaba por ser muy aficionado a lacoltellata, lo cual imponía respeto a quienes hubiesen podido causarle molestias. Agregaré que la traza de Lettereo era en verdad imponente. Su altura y el ancho de sus espaldas hubieran bastado para llamar la atención, pero su aspecto todo era tan hosco que las personas decarácterapocado no lo veían sin un movimiento de espanto. Su rostro, ya de por sí muy trigueño, estaba oscurecido por la pólvora de un cañonazo que le había dejado muchas cicatrices, y diversos y extraños dibujos adornaban su piel morena. Casi todos los marineros del Mediterráneo tienen la costumbre de hacerse tatuar, en los brazos y en el pecho, cifras, perfiles de galeras, cruces y otros ornamentos parecidos. Pero Lettereo había exagerado esta costumbre. En una mejilla llevaba grabado un crucifijo; en la otra, una madona. De ambas imágenes sólo se veía la parte de arriba, porque la inferior estaba oculta por una espesa barba que la navaja no tocaba jamás y que únicamente las tijeras contenían dentro de ciertos límites. Completad el cuadro con aros de oro en las orejas, un gorro rojo, una chaqueta sin mangas, pantalones de marinero, brazos y pies desnudos, bolsillos llenos de oro, y tendréis la estampa aproximada del patrón.
Se pretende que en su juventud había conquistado a mujeres de alta alcurnia; todavía entonces era el mimado de las mujeres de su condición, y el terror de los maridos.
Os diré, para acabar de haceros conocer a Lettereo, que había sido el íntimo amigo de un hombre de verdadero mérito, conocido por el nombre de Pepo, de quien mucho se ha hablado después. Ambos fueron corsarios de Malta. Pepo, más adelante, entró al servicio del rey, mientras Lettereo, a quien el honor le importaba menos que el dinero, había tomado el partido de enriquecerse por todos los medios y se había convertido, a la vez, en enemigo irreconciliable de su antiguo camarada.
Mi padre, que en su asilo no hacía otra cosa que curarse la herida, de la cual no esperaba ya sanar, entraba de buena gana en conversación con héroes de su misma calaña. Esto lo había vinculado a Lettereo y, al recomendarme a él, esperaba que no habría de rechazarme. No se equivocó. Más aún, Lettereo quedó muy conmovido por estas muestras de confianza. Prometió a mi padre que mi noviciado sería menos riguroso de lo que suele ser el de un grumete de barco, asegurándole que yo, puesto que había sido deshollinador, aprendería en menos de dos días a trepar en las maniobras.
Yo estaba muy contento. Mi nuevo oficio me parecía más noble que el de rascar chimeneas. Abracé a mi padre y a mis hermanos y tomé alegremente con Lettereo el camino de su barco. Cuando estuvimos a bordo, Lettereo reunió a la tripulación, compuesta por veinte hombres cuyos rostros armonizaban con el suyo. Me presentó a estos hombres, haciéndoles el siguiente discurso:
-Anime managie, quista criatura élufiliu de Sotu; se uno de vuiIimettela mano sopra, io li mangiol'anima.
Esta recomendación hizo su debido efecto. Hasta quisieron que comiese en la mesa común, pero como vi a dos grumetes de mi edad que servían a los marineros y comían sus restos, obré como ellos. Me dejaron proceder así, y me tomaron más estima. Pero cuando me vieron subir a la entena, cada cual se apresuró en manifestarme su aprecio. La entena, en las velas latinas, hace las veces de verga, pero es mucho menos peligroso sostenerse en las vergas, porque están casi siempre en posición horizontal.
Largamos velas y al tercer día llegamos al estrecho de San Bonifacio, que separa Cerdeña de Córcega. Allí encontramos más de sesenta embarcaciones ocupadas en la pesca de coral. También nosotros nos pusimos a pescar, o más bien a hacer que pescábamos. En lo que a mírespecta,saqué mucho provecho de ello porque a los cuatro días nadaba y me sumergía como el más audaz de mis camaradas.
Al cabo de ocho días nuestra flotilla fue dispersada por el gregal, nombre que se da, en el Mediterráneo, a la ráfaga del nordeste. Cada barco se fue como pudo. Nosotros llegamos a un ancladero conocido con el nombre de rada de San Pedro. Es una playa desierta, en la costa de Cerdeña. Allí encontramos una polacra veneciana que parecía haber sufrido mucho con la tempestad. Nuestro patrón hizo de inmediato proyectos respecto a ese navío y echó el ancla junto a él. Después hizo bajar una parte de la tripulación a la sentina para que se creyera que había poca gente en el barco. Precaución casi superflua, porque las embarcaciones latinas tienen siempre más tripulación que las otras.
Lettereo, que no cesaba de observar la tripulación veneciana, vio que sólo estaba compuesta por el capitán, el contramaestre, seis marineros y un grumete. Observó, además, que la vela de la cofa estaba desgarrada y que la bajaban para componerla, porque los navíos cargueros no tienen velas de repuesto. Luego de estas observaciones, puso en la chalupa ocho fusiles y otros tantos sables, los cubrió con una tela alquitranada y resolvió esperar el momento favorable.
Cuando se restableció el buen tiempo, los marineros subieron a la gavia para desplegar la vela, pero como no supieran arreglárselas bien, el contramaestre y el capitán también subieron. Entonces Lettereo echó la chalupa al mar, se dejó caer en ella con siete marineros y abordó por atrás a la polacra. El capitán, que estaba montado en la verga, les gritó:
-Allalarga, ladrone,allalarga!
Pero Lettereo lo apuntó con un fusil, amenazando con matar al primero que descendiera. El capitán, que parecía un hombre decidido, se echó sobre los obenques para bajar. Lettereo le tiró al vuelo. El capitán cayó al mar y no volvió a aparecer. Los marineros pidieron gracia. Lettereo dejó cuatro hombres para vigilarlos y con los otros tres recorrió el interior del navío. En la cabina del capitán encontró un barril de aquellos que se usan para guardar aceitunas, pero como pesaba mucho y estaba cuidadosamente precintado, pensó que debía guardar otra clase de mercaderías. Lo abrió, y quedó agradablemente sorprendido al encontrar en él varios sacos de oro. No pidió más y ordenó la retirada. El destacamento volvió a bordo y largamos velas. Como pasáramos por la popa del barco veneciano, le gritamos en broma:
-Viva San Marco!
Cinco días después llegamos a Livornia. Inmediatamente el capitán fue a ver al cónsul de Nápoles, acompañado por dos de sus hombres, y declaró que habiéndose peleado su tripulación con la de una polacra veneciana, el capitán veneciano había tenido la mala suerte de ser empujado por un marinero, de resultas de lo cual había caído al mar. Parte del contenido del barril de aceitunas fue empleado en dar mayor verosimilitud a este relato.
Lettereo, que tenía una decidida afición a la piratería, hubiera sin duda intentado otras empresas de este género, pero en Livornia le propusieron un nuevo comercio que mereció su preferencia. Un judío llamadoNathanLevi, habiendo observado que el Papa y el rey de Nápoles ganaban mucho con sus monedas de cobre, quiso participar de esta ganancia. Hizo pues fabricar monedas parecidas en una ciudad de Inglaterra llamadaBirmingham.Cuando tuvo cierta cantidad, estableció a uno de sus agentes en Florida, aldea de pescadores situada en la frontera de los dos estados, y Lettereo se encargó de transportar y desembarcar la mercadería.
El provecho fue considerable y durante más de un año, no hicimos más que ir y venir, siempre cargados con nuestras monedas romanas y napolitanas. Quizá hubiéramos continuado durante mucho tiempo con nuestros viajes, pero Lettereo, que tenía genio para especular, propuso al judío que fabricase monedas de oroy de plata. Éste siguió su consejoy estableció en Livornia una pequeña fábrica de cequíes y de escudos. Nuestro provecho excitó los celos de las potencias. Un día que Lettereo estaba en Livornia, pronto a echar las velas, le dijeron que el capitán Pepo tenía orden del rey de perseguirlo, pero que no podría echarse a la mar antes de fin de mes. Ese falso aviso no era sino un ardid del mismo Pepo, que ya estaba en alta mar desde hacía cuatro días. Lettereo cayó en la trampa. Como el viento era favorable, creyó poder hacer un viaje aún, y alzó velas.
Al día siguiente, al despuntar la aurora, nos encontramos en medio de la escuadrilla de Pepo, compuesta por dos galeones y dos escampavías. Como estábamos rodeados, no había medio de escapar. Lettereo estaba decidido a jugarse el todo por el todo. Alzó las velas y enfiló hacia la nave mayor. Pepo estaba en el puente y daba órdenes para el abordaje. Lettereo le apuntó con un fusil y le rompió un brazo. Todo ello fue cuestión de segundos.
Muy pronto los cuatro navíos dirigieron sus proas contra nosotros, y escuchamos de todos lados:Mayna. Mayna ladro managie, can senza fede. Lettereo se puso a babor, de modo que nuestra banda rozaba la superficie del agua. Después, dirigiéndose a la tripulación, nos dijo:
-Anime managie, io in galera nocivado. Pregate per me a la santissima madonna della lettera.
Todos nos hincamos de rodillas. Lettereo se puso unas balas de cañón en el bolsillo. Creíamos que quería echarse al mar. Pero eran muy otros los proyectos del astuto pirata. Amarrado a sotavento había un grueso tonel, lleno de cobre. Lettereo se armó de un hacha y cortó la amarra. Inmediatamente, el tonel rodó por la otra banda, y como nosotros estábamos ya muy inclinados, naufragamos por completo. Al principio, los que estábamos de rodillas caímos sobre las velas cuando el navío se hundió, éstas, a causa de su elasticidad, nos echaron felizmente a varias toesas del otro lado.
Pepo nos izó a todos, con excepción del capitán, un marinero y un grumete. A medida que nos sacaba del ala, nos agarrotaba y nos echaba en la nave mayor. Cuatro días después abordamos Mesina. Pepo había hecho advertir a la justicia que iba a entregarle a algunos individuos dignos de su atención. Nuestro desembarco no careció de cierta pompa. Era precisamente la hora del Corso, cuando toda la nobleza se pasea por la avenida de la Marina. Nosotros marchábamos gravemente, precedidos y seguidos por esbirros.
El Principinoestaba entre los espectadores. No bien aparecí, me reconoció y gritó:
Eccolupiciolu banditu delli Augustini.
Al mismo tiempo me saltó a los ojos, me cogió por el pelo y me arañó la cara. Como yo tenía las manos atadas a la espalda, no podía defenderme. Sin embargo, acordándome de una jugada que vi hacer en Livornia a marineros ingleses, hice un movimiento y le di un cabezazo en la boca del estómago. ElPrincipino cayó para atrás. Después, levantándose furioso, sacó del bolsillo un cuchillito y quiso herirme. Lo evité, tirándole una zancadilla y haciéndolo caer violentamente. En la caída, se hirió con el cuchillo que tenía en la mano. Entretanto llegó la princesa, que quiso hacerme pegar por sus servidores, pero los esbirros se opusieron a ello y nos condujeron a la cárcel.
El proceso de nuestra tripulación duró poco tiempo; casi todos fueron condenados a recibir la estrapada y pasar el resto de su vida en galeras. Digo casi todos porque el grumete que se salvó y yo fuimos soltados por ser menores de edad. Cuando me pusieron en libertad, fui al convento de los agustinos. No encontré a mi padre. El hermano portero me dijo que había muerto y que mis dos hermanos eran grumetes en un navío español. Pedí hablar con el hermano capellán. Me hicieron pasar al locutorio y conté mi pequeña historia, sin olvidar el cabezazo alPrincipino y la zancadilla que le tiré. Su reverencia me escuchó bondadosamente. Después me dijo:
-Hijo mío, vuestro padre, al morir, ha dejado al convento una suma considerable. Es un bien mal adquirido al cual no tenéis ningún derecho. Está en las manos de Dios y debe emplearse en mantener a sus servidores. Sin embargo, hemos osado sustraer de él algunos escudos que dimos al capitán español que se ha encargado de vuestros hermanos. En cuanto a vos, no podremos daros asilo en el convento por respeto a la señora princesa de Roccafiorito, nuestra ilustre bienhechora. Pero iréis, hijo mío, a la granja que tenemos al pie delEtna,donde pasaréis dulcemente los años de vuestra infancia.
Después de hablar así, el capellán llamó a un hermano laico y le dio órdenes relativas a mi suerte.
Al día siguiente partí con el hermano laico. Llegamos a la granja, donde me instalé. De tiempo en tiempo me enviaban a la ciudad para comisiones que tenían relación con la economía del convento. Durante esos cortos viajes hice todo lo posible para evitar alPrincipino. Una vez, sin embargo, mientras yo compraba castañas en la calle, me reconoció y me hizo fustigar rudamente por sus lacayos. Algún tiempo después me introduje disfrazado en su casa y allí, sin duda, me hubiera sido fácil asesinarlo, cosa que no hice y de lo cual me arrepiento todos los días. Pero entonces no estaba aún familiarizado con procedimientos de esa especie, y me contenté con maltratarlo. Durante los primeros años de mi juventud no pasaron seis meses, ni siquiera cuatro, sin que nos encontráramos con el malditoPrincipino, quien, frecuentemente, tenía sobre mí la ventaja del número. Por fin llegué a los quince años, y era un niño por la edad y la razón, pero casi un hombre por la fuerza y el coraje, lo cual no debe sorprender si se considera que el aire de mar y en seguida el de las montañas habían fortificado mi temperamento.
Tenía pues quince años cuando vi por primera vez al valiente y digno Testalunga, el más honesto y virtuoso bandido que haya habido en Sicilia. Mañana, si me lo permitís, os hablaré de este hombre, cuya memoria vivirá eternamente en mi corazón. Por el momento, me veo obligado a dejaros, porque el gobierno de mi caverna exige atentos cuidados a los cuales no puedo sustraerme.
Soto nos dejó, y cada uno de nosotros hizo sobre su relato reflexiones parecidas a su propio carácter. Confesé no poder negar una suerte de estima a hombres tan valientes como los que acababa de pintarnos. Emina sostuvo que el valor sólo merece nuestra estima cuando se emplea para hacer respetar la virtud. Zebedea dijo que un pequeño bandido de dieciséis años era muy capaz de inspirar amor.
Cenamos, y después cada cual se acostó. Las dos hermanas volvieron a mi departamento a sorprenderme. Emina me dijo:
-Alfonso mío, ¿serías capaz de sacrificar algo por nosotras? Se trata de vuestro interés, antes que del nuestro.
-Hermosa prima -le respondí-, todos esos preámbulos no son necesarios. Decidme derechamente lo que deseáis.
-Querido Alfonso -replicó Emina-, estamosmolestas,heladas, por la alhaja que lleváis al cuello, y que decís que es un trozo de la verdadera cruz.
-¡Oh -respondí en seguida-, no me pidáis esta alhaja! He prometido a mi madre llevarla siempre conmigo y cumplo mis promesas. No es a vosotras a quienes corresponde dudar de ello.
Mis primas no respondieron, parecieron enojarse un poco, después se suavizaron, y la noche transcurrió más o menos como la anterior. Es decir, que los cinturones permanecieron en su sitio.
A la mañana siguiente me desperté más temprano que la víspera. Fui a ver a mis primas. Emina leía el Corán, Zebedea ensayaba collares de perlas y chales. Interrumpí esas graves ocupaciones con dulces caricias, que eran tanto muestras de amistad como de amor. Después comimos. Terminada la comida, Soto volvió a tomar el hilo de su historia en los términos siguientes:
-Había prometido hablaros de Testalunga. Cumpliré mi palabra. Mi amigo era un apacible habitante deValCastera, pequeño burgo al pie del monteEtna.Tenía una mujer encantadora. El joven príncipe deValCastera, al visitar un día sus dominios, vio a esta mujer, que había venido a cumplimentarlo junto con las otras mujeres de los notables de la localidad. El presuntuoso joven, en vez de ser sensible al homenaje que sus vasallos le ofrecían por intermedio de la belleza, sólo pareció preocuparse de los encantos de la señora de Testalunga. Le explicó directamente el efecto que causaba a sus sentidos y le metió la mano en el justillo. En ese instante el marido se encontraba detrás de su mujer. Sacó un cuchillo del bolsillo y lo hundió en el corazón del joven príncipe. Creo que en su lugar cualquier hombre de honor habría hecho otro tanto.
Después de asestar la cuchillada, Testalunga se retiró a una iglesia, donde permaneció hasta la noche, pero considerando que debía tomar algunas medidas para el porvenir, resolvió unirse a un grupo de bandidos que desde hacía algún tiempo se había refugiado en las cumbres delEtna.Allí fue, y los bandidos lo reconocieron como jefe.
ElEtnahabía vomitado por entonces una prodigiosa cantidad de lava, y fue en medio de torrentes inflamados donde Testalunga fortificó su banda, en aquellos refugios cuyos caminos sólo él conocía. Cuando de esa manera hubo proveído a su seguridad, el valiente jefe se dirigió al virrey y le pidió que lo perdonara y perdonase a sus compañeros. El gobierno no le concedió la gracia por temor, supongo, de comprometer su autoridad. Entonces Testalunga entró en tratos con los principales granjeros de las tierras vecinas. Les dijo:
-Robemos en común. Yo vendré, os pediré, y vosotros me daréis lo que queráis, y por ello no estaréis menos a cubierto ante vuestros amos.
Era siempre robar, pero Testalunga compartía el botín con sus compañeros y no guardaba para sí más que lo absolutamente necesario. Por el contrario, cuando atravesaba una aldea, pagaba todo al doble de su valor, de modo que muy pronto se convirtió en el ídolo del pueblo de las Dos Sicilias.
Os he dicho que muchos bandidos de la banda de mi padre fueron a reunirse con Testalunga, quien, durante algunos años, se mantuvo en el mediodía delEtnapara hacer sus recorridos en elValdi Noto y en elValdi Mazara. Pero en la época en que os hablo, es decir cuando cumplí quince años, la banda volvió alValDemoni, y un buen día los vimos aparecer en la granja de los monjes.
Todo lo que podáis imaginar de diestro y brillante sería poco tratándose de los hombres de Testalunga: uniformes de migueletes, pelo envuelto en una redecilla de seda, y al cinto pistolas y puñales; una larga espada y un fusil, tal era poco más o menos su uniforme de guerra. Durante tres días comieron nuestras gallinas y bebieron nuestro vino. Al cuarto, uno de ellos vino a anunciarles que un destacamento de dragones de Siracusa avanzaba con la intención de rodearlos. La noticia los hizo reír de buena gana. Se emboscaron en un atajo, atacaron al destacamento y lo dispersaron. Con relación a los dragones, su proporción era de uno contra diez, pero cada bandido abundaba en armas, y todas de la mejor calidad.
Después de la victoria, los bandidos volvieron a la granja, y yo, que los había visto combatir desde lejos, me eché a los pies del jefe para conjurarle que me dejara unirme a ellos. Testalunga preguntó quién era. Respondí que era el hijo del bandido Soto. Al oír ese querido nombre, todos aquellos que habían servido bajo las órdenes de mi padre lanzaron un grito de alegría. Después uno de ellos, tomándome en brazos, me sentó sobre la mesa y dijo:
-Camaradas míos, el oficial de Testalunga ha sido muerto en combate, y no encontramos con quién reemplazarlo. Que el pequeño Soto sea nuestro oficial. ¿Acaso no se dan regimientos a los hijos de los duques y los príncipes? Hagamos por el hijo del valiente Soto lo que se hace por ellos. Yo respondo de que será digno de este honor.
El orador mereció grandes aplausos, y fui proclamado por unanimidad.
Al principio mi grado no era más que una broma, y cada bandido estallaba de risa al llamarmesignor tenente. Pero tuvieron que cambiar de tono. No sólo era yo siempre el primero en el ataque y el último en cubrir la retirada, sino que ninguno de ellos sabía tanto como yo cuando se trataba de espiar los movimientos del enemigo o de asegurar el descanso de la banda. Ya escalaba las cumbres de los peñascos para divisar una extensión mayor y hacer desde allí las señales convenidas, ya pasaba días enteros en medio del campo enemigo, bajando sólo de un árbol para trepar a otro. Hasta me sucedió, con frecuencia, pasar las noches en los más altos castaños delEtna.Y, cuando no podía resistir el sueño, me ataba a las ramas con una correa. Todo ello no era difícil para mí, puesto que había sido grumete y deshollinador.
Tantas fueron mis hazañas que la seguridad común me fue confiada enteramente. Testalunga me quería como a su hijo, pero yo, si me atrevo a decirlo, adquirí un renombre que sobrepasaba casi el suyo, y las proezas del pequeño Soto se convirtieron en el tema de todas las conversaciones de Sicilia. La gloria no me volvió insensible a las dulces distracciones que me inspiraba mi juventud. Ya os he dicho que, entre nosotros, los bandidos eran los héroes del pueblo, y bien pensaréis que las paisanas delEtnano me disputaban su corazón, pero el mío estaba destinado a rendirse a más delicados encantos, y el amor le reservaba una conquista más halagadora.
Era oficial desde hacía dos años y tenía diecisiete cumplidos cuando nuestra banda fue obligada a volver hacia el sur porque una nueva erupción del volcán había destruido nuestros refugios ordinarios.
Al cabo de cuatro días llegamos a un castillo llamado Roccafiorita, feudoy solar principal delPrincipino, mi enemigo.
Ya no pensaba en las injurias que había recibido de él, pero el nombre del lugar me devolvió intacto mi rencor. Esto no debe sorprenderos: en nuestros climas, los corazones son implacables. Si elPrincipino hubiera estado en su castillo, creo que habría entrado en él a sangre y fuego. Me contenté con hacer todos los estragos posibles, y mis camaradas, que conocían mis motivos, me secundaron a más y mejor. Los servidores del castillo, que al principio quisieron oponerse, no resistieron al buen vino de su amo, que hicimos correr a mares. Fueron de los nuestros. En suma, convertimos a Roccafiorita en la isla de Jauja.
Esta vida duró cinco días. Al sexto, nuestros espías me advirtieron que íbamos a ser atacados por todo el regimiento de Siracusa,y que después elPrincipino llegaría con su madre y varias señoras de Mesina. Yo hice retirar a mi banda, pero tuve la curiosidad de permanecer e instalarme en la copa de una encina muy tupida que estaba en el extremo del jardín. Sin embargo, había tenido la precaución de cavar un agujero en la muralla del jardín para facilitar mi evasión.
Por último vi llegar al regimiento, que acampó delante de la puerta del castillo, después de haberlo rodeado con sus postas. Llegó también una fila de literas, en las cuales estaban las damas, y en la última estaba elPrincipino mismo, acostado sobre una pila de almohadones. Descendió con dificultad, sostenido por dos escuderos, y cuando supo que ninguno de nosotros había quedado en el castillo, entró con las damas y algunos hidalgos de su séquito.
Al pie de mi árbol había un fresco arroyo, una mesa de mármol y bancos. Era la parte más adornada del jardín. Supuse que los invitados no demorarían en llegarse hasta allí, y decidí esperarlos para verlos de cerca. En efecto, al cabo de media hora apareció una muchacha de mi edad. Los ángeles no eran más hermosos que ella, y la impresión que me causó fue tan intensa y súbita que tal vez habría caído de lo alto , del árbol si no hubiese tenido la precaución de atarme a él con el cinturón, cosa que hacía en ocasiones para descansar con más seguridad.
La muchacha tenía los ojos bajos y una expresión ; de profunda melancolía. Sentóse en un banco, se apoyó en la mesa de mármol y derramó muchas lágrimas. Sin saber yo demasiado lo que hacía, me dejé resbalar por el tronco del árbol y me coloqué de manera de verla y no ser visto. Entonces apareció elPrincipino, llevando un ramo de flores en la mano. ; Hacía cerca de tres años que no tenía yo el disgusto de verlo. Estaba más robusto. Su rostro, aunque hermoso, era insípido.
Cuando la muchacha lo vio, su rostro expresó el desprecio de una manera que me llenó el corazón de gratitud. ElPrincipino la abordó, sin embargo, ', irradiando contento de sí mismo, y le dijo:
-Querida prometida, he aquí el ramo que os daré si me aseguráis no hablarme nunca más de ese pequeño harapiento de Soto.
La señorita respondió:
-Señor príncipe, me parece que hacéis mal en poner condiciones a vuestros favores. Por lo demás, aunque yo no os hablara del encantador Soto, toda vuestra casa seguiría ocupándose de él. Vuestra misma nodriza os ha dicho que nunca había visto a un muchacho de tan buen parecer, y sin embargo vos estabais allí.
ElPrincipino, harto amoscado, replicó:
-SeñoritaSilvia, acordaos que sois mi prometida.
Silvia no respondió y se deshizo en lágrimas.
Entonces, furioso, elPrincipino exclamó:
-Despreciable criatura, puesto que estás enamorada de un bandido, he aquí lo que te mereces.
Y al mismo tiempo le dio una cachetada. Entonces la señorita exclamó:
-¡Soto, que no puedas castigar a este cobarde!
No había terminado ella sus palabras, cuando aparecí y le dije al príncipe:
-Debes reconocerme. Soy bandido y podría asesinarte. Pero respeto a la señorita que ha dignado llamarme en su auxilio, y accedo a batirme como vosotros, los nobles.
Llevaba yo dos puñales y cuatro pistolas. Separé tres y tres, coloqué a diez pasos un grupo de armas y el otro,y dejé alPrincipino que escogiera. Pero el infeliz había caído desvanecido en un banco.
Entonces Silvia tomó la palabra y me dijo:
-¡Bravo,Soto! Mañana debía casarme con el príncipe, o entrar al convento. No haré ni una cosa, ni otra. Quiero ser tuya para toda la vida.
Y se echó en mis brazos.
Pensaréis bien que no me hice de rogar. Sin embargo, había que impedir que el príncipe turbase nuestro retiro. Cogí un puñal y, sirviéndome de una piedra a modo de martillo, le clavé la mano al banco sobre el cual estaba sentado. Lanzó un grito y volvió a caer desvanecido. Nosotros salimos por el agujero que yo había hecho en el muro del jardín, y después llegamos hasta la cumbre de los montes.
Mis camaradas tenían todos queridas; les encantó que también yo tuviese una, y sus hermosas juraron obedecer ciegamente a la mía.
Había pasado cuatro meses con Silvia, cuando me fue forzoso abandonarla para reconocer los cambios que la última erupción había hecho en el norte. En este viaje encontré encantos a la naturaleza que antes me pasaron inadvertidos. Observé prados, grutas, umbrías, en lugares en que antes sólo había visto emboscadas o puestos de defensa. Por fin Silvia había enternecido mi corazón de bandido. Pero éste no tardó en recuperar su ferocidad.
Vuelvo a mi viaje al norte de la montaña. Me expreso así porque los sicilianos, cuando hablan delEtna,dicen siempreIl monte, o el monte por antonomasia. Dirigí al principio mi marcha hacia lo que nosotros llamamos la torre del filósofo, pero no pude llegar a ella. Un abismo, abierto en los flancos del volcán, había vomitado un torrente de lava que, dividiéndose un poco arriba de la torre y uniéndose mil metros debajo, formaba una isla por completo inabordable.
Comprendí en seguida la importancia de esta posición y, por añadidura, en la torre misma teníamos un depósito de castañas que yo no quería perder. A fuerza de buscar, encontré un camino subterráneo por donde había pasado otras veces y que me condujo hasta el pie o, más bien, a la torre misma. Inmediatamente resolví alojar en esta isla a toda nuestra población femenina. Hice construir chozas de hojas. Adorné una de ellas tanto como pude. Después volví al sur, y traje desde allí a toda la colonia, que se mostró encantada de su nuevo asilo.
Ahora, cuando rememoro el tiempo que pasé en ese lugar dichoso, vuelvo a verlo como aislado en medio de las crueles agitaciones que han asaltado mi vida. Estábamos separados de los hombres por torrentes de llamas. Las del amor abrasaban nuestros sentidos. Allí todo obedecía a mis órdenes y todo estaba sometido a mi querida Silvia. Por último, para llevar mi felicidad al colmo, mis dos hermanos vinieron a encontrarme. A los dos les habían ocurrido aventuras interesantes y me atrevo a asegurar que, si alguna vez queréis oírlas de sus labios, tendréis más satisfacción que escuchando mi relato.
Hay pocos hombres que en su vida no puedan contar días hermosos, pero no sé si hay hombre alguno que en ella pueda contar hermosos años. Mi felicidad no alcanzó a durar un año entero. Los valientes de la banda eran muy honestos entre sí. Ninguno hubiera osado fijar los ojos en la querida de un camarada, y menos aún en la mía. Los celos estaban pues desterrados de nuestra isla, o mejor sería decir que por cierto tiempo lo estuvieron, porque esta pasión furiosa encuentra demasiado fácilmente el camino de aquellos lugares que habita el amor.
Un joven bandido llamado Antonino se enamoró de Silvia, y siendo muy fuerte su pasión, no pudo ocultarla. Yo mismo lo advertí, pero al verlo tan triste, juzgué que mi querida no respondía a sus requerimientos, y permanecí tranquilo. Sólo que hubiese querido curar de su amor a Antonino, a quien apreciaba a causa de su valentía. Por el contrario, y a causa de su cobardía, yo detestaba a otro bandido llamado Moro, y si Testalunga me hubiese creído, lo habría echado tiempo ha.
Moro supo conquistar la confianza del joven Antonino, y le prometió beneficiar su amor. También supo hacerse escuchar por Silvia y persuadirla de que yo tenía una querida en una aldea vecina. Silvia temió explicarse conmigo. Atribuí su humor contrito a una mudanza de sus sentimientos. A la vez, e instruido por Moro, Antonino redobló sus asiduidades con Silvia, y tomó un aire satisfecho que me hizo pensar que ella lo hacía dichoso.
No era yo diestro para desentrañar esa suerte de intrigas. Apuñalé a Silvia y a Antonino. Éste, que no murió de inmediato, me descubrió la traición de Moro. Llevando el puñal ensangrentado aún, fui a buscar al malvado. Temeroso, Moro cayó de rodillas y me confesó que el príncipe de Roccafiorita le había pagado para hacerme perecer, así como a Silvia, y que sólo se había unido a nuestra banda con el fin de cumplir ese designio. Lo apuñalé. Después fui a Mesina, valiéndome de un disfraz me introduje en casa del príncipe, y lo envié al otro mundo a reunirse con su confidente y con mis otras dos víctimas. Así terminó mi felicidad, y aun mi gloria. Mi valentía pasó a convertirse en una absoluta indiferencia por la vida, y como por la seguridad de mis camaradas tenía la misma indiferencia muy pronto perdí su confianza. Puedo aseguraros que, desde entonces, soy un bandido muy mediocre.
Poco después Testalunga murió de una pleuresía, y toda su banda se dispersó. Mis hermanos, que conocían bien España, me persuadieron de ir. Me puse a la cabeza de doce hombres. En la bahía de Taormina me mantuve escondido tres días. Al cuarto, nos apoderamos de un bergantín, en el cual llegamos a las costas de Andalucía.
Aunque haya en España muchas cadenas de montañas que podían ofrecernos retiros ventajosos, he dado preferencia a Sierra Morena, y no tengo motivos de arrepentirme. Asalté dos caravanas que llevaban reales, e hice otros robos de importancia.
Mis éxitos despertaron inquietud en la corte. El gobernador de Cádiz recibió orden de apresarnos, vivos o muertos, y movilizó varios regimientos. Por otro lado, el gran jeque de los Gomélez me propuso entrar a su servicio y me ofreció un retiro en esta caverna. Acepté sin vacilar.
La audiencia de Granada no quiso perder su crédito. Viendo que no podía encontrarnos, capturó a dos pastores del valle y los hizo colgar con el nombre de los dos hermanos de Soto. Conozco a esos dos hombres y sé que han cometido muchos crímenes. Se dice, sin embargo, que están irritados por haber sido colgados en nuestro lugar y que, por la noche, se libran de la horca para cometer mil desmanes. No he sido testigo de ello y no sé qué deciros. Pero es verdad que muchas noches, bajo el claro de luna, me ha sucedido pasar junto a la horca, y no estaban los dos ahorcados; por la mañana, cuando he vuelto a pasar, estaban de nuevo allí.
He aquí, mis queridos amos, el relato que me habéis pedido. Creo que mis dos hermanos, cuya vida no ha sido tan salvaje como la mía, tendrían cosas más interesantes que deciros, pero me temo que les falte el tiempo para ello porque deben ayudarme a preparar nuestro viaje, y he recibido la orden de partir mañana por la mañana.
Soto se retiró, y la hermosa Emina dijo con acento dolorido:
-A este hombre no le falta razón. El tiempo de la dicha ocupa muy poco espacio en la vida humana. Hemos pasado aquí tres días que quizá no volvamos nunca a repetir.
La cena no fue alegre, y me di prisa en desearles buenas noches a mis primas. Esperaba verlas de nuevo en mi aposento y entonces disipar su melancolía con mayor felicidad.
Aparecieron más temprano que de costumbre y, para colmo de mi placer, llevaban sus cinturones en la mano. No era un emblema difícil de comprender. Sin embargo, Emina se tomó la molestia de explicármelo:
-Querido Alfonso, no habéis puesto límites a vuestra devoción por nosotras; no queremos nosotras ponerlos a vuestra gratitud. Quizá pronto estaremos separados para siempre. Con ese motivo, otras mujeres se mostrarían severas, pero nosotras queremos vivir en vuestro recuerdo, y si las mujeres que veréis en Madrid nos vencerán por el encanto de su espíritu y por un exterior más amable, no tendrán al menos la ventaja de pareceros más tiernas o más apasionadas. Sin embargo, mi querido Alfonso, es menester que renovéis el juramento que hicisteis de no traicionarnos, y que una vez más nos prometáis no creer todo lo malo que os dirán de nosotras.
No pude menos de reír un poco ante la última cláusula, mas prometí lo que quisieron y fui recompensado por las más dulces caricias. Después Emina me dijo:
-Mi querido Alfonso, esa reliquia que lleváis colgada al cuello nos perturba. ¿No podríais quitárosla un instante?
Me negué, pero Zebedea tenía unas tijeras en la mano. Las pasó por detrás de mi cuello y cortó la cinta. Emina se apoderó de la reliquia y la arrojó en una grieta del peñasco.
-La recogeréis mañana -me dijo-. Entretanto, poneos al cuello esta trenza tejida con mis cabellos y los de mi hermana; el talismán que cuelga de ella preserva también de la inconstancia, si es que algo puede preservar de la inconstancia a los amantes.
Después Emina sacó un alfiler de oro que retenía sus cabellos y se sirvió de él para cerrar cuidadosamente las cortinas de mi lecho.
Haré como ella, y echaré una cortina sobre el resto de la escena. Bastará saber que mis encantadoras amigas se convirtieron en mis esposas. Hay sin duda casos en que la violencia no puede esparcir la sangre inocente sin cometer un crimen. Pero hay otros en que tanta crueldad beneficia a la inocencia haciéndola aparecer en todo su esplendor. Tal fue lo que nos sucedió, y llegué a la conclusión de que mis primas no habían desempeñado un papel muy real en mis sueños de Venta Quemada.
Poco a poco nuestros ardores se calmaron y estábamos bastante tranquilos cuando un campanario fatal dio las doce. No pude menos de estremecerme un poco, y dije a mis primas que temía que nos amenazara algún acaecer siniestro.
-Lo temo tanto como vos -dijo Emina-, y el peligro está próximo. Pero escuchad bien lo que os digo: no creáis el mal que os dirán de nosotras. No creáis a vuestros mismos ojos.
En ese instante las cortinas de mi lecho se abrieron con estrépito, y vi a un hombre de estatura majestuosa, vestido a la morisca. Tenía el Corán en una mano, y un sable en la otra. Mis primas se echaron a sus pies, diciendo:
-¡Poderoso jeque de los Gomélez, perdónanos!
El jeque respondió con voz terrible:
-¿Dónde están vuestros cinturones?
Luego, volviéndose hacia mí, me dijo:
-Infausto nazareno, has deshonrado la sangre de los Gomélez. Debes hacerte mahometano o morir.
Oí un atroz quejido, y vi al endemoniado Pacheco que me hacía señas desde el fondo del aposento. Mis primas lo vieron también. Se levantaron enfurecidas, se llegaron hasta Pacheco y lo arrojaron del aposento.
-Infausto nazareno -prosiguió el jeque de los Gomélez-, apura de un trago el brebaje contenido en esta copa, o perecerás de una vergonzosa muerte, y tu cuerpo, colgado entre los cuerpos de los hermanos de Soto, será presa de los buitresyjuguete de los espíritus de las tinieblas, que se habrán de servir de él en sus infernales metamorfosis.
Me pareció que en una ocasión semejante la honra me obligaba al suicidio. Exclamé con dolor:
-¡Oh padre mío, en mi lugar habríais procedido como yo!
Después tomé la copa y la vacié de un trago. Sentí un atroz malestar y perdí el conocimiento.
Puesto que tengo el honor de contaros mi historia, comprenderéis que no he muerto del veneno que había creído tomar. Me limité a caer desfallecido, e ignoro por cuánto tiempo. Sólo recuerdo que me desperté bajo la horca de Los Hermanos y, por esta vez, me desperté con una suerte de placer, porque a lo menos tenía la satisfacción de ver que no estaba muerto. Tampoco me desperté entre los dos ahorcados: estaba a su izquierda, y vi que a su derecha había otro hombre que tomé, asimismo, por un ahorcado, pues parecía sin vida y tenía una cuerda al cuello. Sin embargo, comprobé por su respiración que estaba dormido, y lo desperté. El desconocido, al ver dónde estaba, se echó a reír y dijo:
-Hay que convenir en que está uno expuesto a enojosas confusiones en el estudio de la cábala. Los malos espíritus suelen tomar tantas formas diferentes que no sabe uno cuál es cuál. Pero-agregó-, ¿por qué tengo una cuerda al cuello? Creí tener una trenza.
Después, como me viera, dijo:
-Ah, sois muy joven para ser un cabalista. ¡Pero también tenéis una cuerda al cuello!
Efectivamente, tenía una. Recordé que Emina me había colgado al cuello una trenza tejida con sus cabellos y los de su hermana, y no sabía qué pensar.
El cabalista me observó algunos instantes. Después dijo:
-No, no sois de los nuestros. Os llamáis Alfonso, y vuestra madre era una Gomélez; sois capitán en las guardias valonas, valiente, pero todavía un poco simple. Bueno, vamos. Hay que salir de aquí. Después veremos qué habrá que hacer.
La puerta del cadalso estaba abierta. Salimos, y vi de nuevo el valle maldito de Los Hermanos. El cabalista me preguntó a dónde quería ir. Le contesté que estaba decidido a seguir el camino de Madrid.
-Bueno -me dijo-, yo también voy para ese lado, pero empecemos por comer algo.
Sacó del bolsillo una taza de oro, un pote que contenía una suerte de opiato y una redoma de cristal con un líquido amarillento. Puso en la taza una cucharada de opiato, echó en ella algunas gotas de licor y me dijo que apurara la mixtura. No me lo hice repetir, porque me sentía desfallecer. El elixir era maravilloso. Me sentí hasta tal punto restaurado que no vacilé en emprender la marcha a pie, lo cual, antes de gustar el brebaje, me hubiese parecido difícil.
El sol estaba alto ya cuando divisamos la malhadada Venta Quemada. El cabalista se detuvo y me dijo:
-He aquí una fonda donde por la noche me han jugado una mala pasada. Pero es menester que entremos. He dejado en ella algunas provisiones que nos servirán.
Entramos en la desastrosa venta y en el comedor encontramos una mesa servida. Había un pastel de perdiz y dos botellas de vino. El cabalista parecía tener buen apetito y su ejemplo me alentó, De otro modo no sé si me hubiese atrevido a comer. Todo lo que había visto en los últimos días trastornaba por completo mi ánimo. No sabía ya lo que hacía, y por momentos llegaba a dudar de mi propia existencia.
Cuando acabamos de comer, recorrimos los aposentos y llegamos a aquel donde me acosté el día de mi partida de Andújar. Reconocí mi jergón y, sentándome en él, reflexioné sobre todo lo que me había ocurrido desde entonces y, especialmente, en lo acaecido en la caverna. Recordé que Emina me había advertido de no creer en lo malo que me dirían de ellas.
Estaba ocupado en estas reflexiones cuando el cabalista me hizo observar algo brillante que había entre los tablones mal unidos del piso. Miré de cerca y vi que era la reliquia que las dos hermanas habían quitado de mi cuello. Sabía que lo habían echado en una grieta del peñasco de la caverna, y ahora la encontraba en una hendidura del piso. Imaginé que no había salido en verdad de la maldita venta, y que el ermitaño, el inquisidor y los hermanos de Soto eran otros tantos fantasmas producidos por fascinaciones mágicas. Sin embargo, con ayuda de mi espada, retiré la reliquia y volví a colgármela al cuello.
El cabalista se echó a reír y me dijo:
-Veo que eso os pertenece, señor caballero. Si os acostasteis aquí, no me sorprende que os despertarais debajo de la horca. No importa, debemos ponernos en camino; esta tarde llegaremos a la ermita.
Reemprendimos la marcha, y ni siquiera estábamos a medio camino cuando encontramos al ermitaño, que parecía andar con dificultad. No bien nos divisó, exclamó desde lejos:
-¡Ah, mi joven amigo! Os buscaba, volved a mi ermita. Arrancad vuestra alma de las garras de Satán, pero empezad por sostenerme. He hecho por vos crueles esfuerzos.
Nos sentamos a descansar, y luego continuamos nuestro camino. El anciano pudo acompañarnos apoyándose, ya en uno, ya en el otro. Por fin llegamos a la ermita.
Lo primero que vi fue a Pacheco, extendido en medio del cuarto. Parecía agonizante, o a lo menos le desgarraba el pecho un estertor atroz, pronóstico de una muerte cercana. Quise hablarle, pero no me reconoció. El ermitaño se mojó los dedos en agua bendita y roció con ella al endemoniado, diciéndole:
-¡Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor te ordeno que nos cuentes qué te ha sucedido esta noche!
Pacheco se estremeció, hizo oír un largo quejido, y empezó en estos términos:
-Padre mío, estabais en la capilla, donde cantabais las letanías, cuando oí llamadas a la puerta y balidos que se parecían exactamente a los de nuestra querida cabra. Creí pues que era ella y pensé que había olvidado ordeñarla y que el pobre animal me lo recordaba. Lo creí tanto más fácilmente cuanto que lo mismo me había ocurrido algunos días ha. Salí pues de vuestra cabaña y vi, en efecto, a la cabra blanca que me mostraba sus ubres hinchadas. Quise apresarla para hacerle ese servicio, pero se me escapó de las manosy, siempre deteniéndosey escapándoseme siempre, me condujo al borde del precipicio que está cerca de vuestra ermita.
Cuando llegamos allí, la cabra blanca se transformó en un chivo negro. Esta metamorfosis me causó gran temor y quise huir hacia el lado de vuestra vivienda, pero el chivo negro me cerró el camino y después, alzándose en las patas de atrás y mirándome con ojos inflamados, me inspiró tal espanto que se me heló la sangre en las venas.
Entonces el chivo maldito empezó a darme topetazos, empujándome al precipicio. Cuando estuve al borde, se detuvo para gozar con mis mortales angustias. Por fin, me hizo caer al vacío. Creí hacerme polvo, pero el chivo llegó al fondo del precipicio antes que yo y me recibió en el lomo, de modo que no me hice mal.
Nuevos espantos no tardaron en asaltarme porque, desde que ese maldito chivo me sintió sobre su lomo, se puso a galopar de extraña manera. De un brinco saltaba de montaña a montaña, franqueando los más profundos valles como si no fueran más que fosos. Por último se sacudió y yo caí no sé bien cómo al fondo de una caverna. Allí vi al joven caballero que pasó la noche en nuestra ermita. Estaba en su lecho y junto a él había dos mujeres muy hermosas, vestidas a la morisca. Esas dos mujeres, después de prodigarle algunas caricias, le quitaron del cuello una reliquia y, desde ese momento, perdieron a mis ojos su belleza y reconocí en ellas a los dos ahorcados del valle de Los Hermanos. Pero el joven caballero, tomándolas siempre por dos personas encantadoras, se dirigía a ellas con las palabras más tiernas. Entonces uno de los ahorcados se quitó la cuerda que llevaba al cuello y la colgó del cuello del caballero, que le demostró su gratitud con nuevas caricias. Por último corrieron las cortinas del lecho y no sé qué hicieron entonces, pero pienso que debió de ser algún atroz pecado.
Quise gritar, pero no pude proferir ningún sonido. Esto duró algún tiempo. Por fin un reloj dio las doce, e inmediatamente vi entrar a un demonio con cuernos de fuego y una gran cola inflamada llevada por algunos diablillos que lo seguían.
Ese demonio tenía un libro en una mano y una horquilla en la otra. Amenazó al caballero con matarlo si no abrazaba la religión de Mahoma. Entonces, al ver el peligro que corría el alma de un cristiano, hice un esfuerzo y creo que conseguí hacerme oír. Pero al mismo tiempo los dos ahorcados saltaron sobre mí y me arrastraron fuera de la caverna, donde encontré al chivo negro. Uno de los ahorcados subió a caballo sobre el chivo y el otro sobre mi cuello, forzándome a galopar por montes y vallados.
El ahorcado que llevaba al cuello me taloneaba los flancos. Pero considerando que yo no andaba suficientemente a prisa, mientras corríamos recogió dos escorpiones, se los puso en los pies a manera de espuelas y empezó a desgarrarme los flancos con la más extraña barbarie. Por ultimo llegamos a la puerta de la ermita, donde me dejaron. Esta mañana, padre mío, me habéis encontrado sin conocimiento. Me creí salvado cuando me vi en vuestros brazos, pero el veneno de los escorpiones ha penetrado en mi sangre y me desgarra las entrañas. Sé que no sobreviviré.
Aquí el endemoniado lanzó un atroz quejido y calló.
Entonces el ermitaño tomó la palabra y me dijo:
-Hijo mío, lo habéis oído. ¿Es posible que hayáis estado en conjunción carnal con dos demonios? Venid, confesad vuestra culpa. La clemencia divina es ilimitada. ¿No respondéis? ¿Os habréis endurecido en el pecado?
Después de reflexionar algunos instantes, le respondí:
-Padre mío, ese gentilhombre endemoniado ha visto cosas que no he visto yo. Uno de nosotros tiene los ojos fascinados, y quizá los dos hayamos visto mal. Pero he aquí a un gentilhombre cabalista que también ha pasado la noche en Venta Quemada. Si él quisiera contarnos su aventura, quizá nos diera nuevas luces sobre la naturaleza de los acaecimientos que nos ocupan desde hace algunos días.
-Señor Alfonso -respondió el cabalista-, las personas que, como yo, se ocupan de ciencias ocultas no pueden decirlo todo. Intentaré sin embargo contentar vuestra curiosidad, en la medida en que esté en mi poder, pero no será esta noche. Si os place, comamos y acostémonos; mañana, nuestro ánimo estará más tranquilo.
El anacoreta nos sirvió una cena frugal, después de la cual cada uno no pensó sino en acostarse. El cabalista pretendía tener razones para pasar la noche junto al endemoniado y yo fui, como la otra vez, enviado a la capilla. Todavía estaba mi catre de tijera. Me acosté en él. El ermitaño me deseó buenas noches y me advirtió que, para mayor seguridad, cerraría la puerta al irse.
Cuando me vi solo, pensé en el relato de Pacheco. Era cierto que yo lo había visto en la caverna. Era también cierto que había visto a mis primas precipitarse sobre él y arrastrarlo fuera del aposento; pero Emina me había advertido que no pensara mal de ella o de su hermana. Por último, los demonios que se habían apoderado de Pacheco podían también turbar sus sentidos y asaltarlo con toda suerte de visiones. Estaba buscando motivos para justificarme y amar a mis primas, cuando un reloj dio las doce.
En seguida oí golpes a la puerta y balidos de una cabra. Cogí mi espada, fui hasta la puerta y dije en alta voz:
-Si eres el diablo, trata de abrir esta puerta, porque el ermitaño la ha cerrado.
La cabra calló.
Me fui a acostar y dormí hasta el día siguiente.
El ermitaño vino a despertarme, sentóse sobre mi catre y me dijo:
-Hijo mío, nuevas obsesiones han asaltado esta noche mi desgraciada ermita. Los solitarios de la Tebaida no han estado más expuestos que nosotros a la malicia de Satán. No sé tampoco qué pensar del hombre que ha venido con vos y que se dice cabalista. Se ha propuesto curar a Pacheco y le ha hecho en verdad mucho bien, pero para ello no se ha servido de los exorcismos prescritos por el ritual de nuestra santa Iglesia. Venid a mi cabaña, almorzaremos, y después le pediremos que nos cuente su historia, como ayer por la noche nos lo prometió.
Me levanté y seguí al ermitaño. Encontré, en efecto, que el estado de Pacheco era más llevadero, y su rostro menos odioso. Estaba siempre tuerto, pero la lengua no le colgaba ya. Tampoco echaba espuma por la boca, y su único ojo no parecía tan huraño. Felicité al cabalista, quien me respondió que no era aquello sino una débil muestra de su sabiduría. Después el ermitaño trajo el almuerzo, que consistía en leche bien caliente y castañas.
Mientras almorzábamos, vimos entrar a un hombre seco y desencajado, con algo en el rostro que inspiraba miedo, sin que pudiera saberse a ciencia cierta qué producía el espanto que causaba... El desconocido se hincó de rodillas ante mí y se quitó el sombrero. Entonces vi que tenía la frente vendada. Me presentó su sombrero como si pidiera limosna. Yo eché en él una moneda de oro. El extraordinario mendigo me dio las gracias y agregó:
-Señor Alfonso, no se habrá perdido vuestro óbolo. Os advierto que una carta importante os espera en Puerto Lápice. No entréis en Castilla sin haberla leído.
Después de darme este aviso, el desconocido se hincó de rodillas ante el ermitaño, quien le llenó el sombrero de castañas. Después se hincó de rodillas ante el cabalista, pero incorporándose en seguida, le dijo:
-No quiero nada de ti. Si dices en este lugar quién soy, te arrepentirás de ello.
Después salió de la cabaña.
Cuando el mendigo hubo desaparecido, el cabalista se echó a reír y nos dijo:
-Para que veáis cuán poco caso hago de las amenazas de este hombre, os diré ante todo quién es: es el judío errante, del cual quizá hayáis oído hablar. Desde hace mil setecientos años, no se ha sentado, ni acostado, ni ha reposado, ni dormido. Mientras camina, comerá vuestras castañas, y de aquí a mañana por la mañana habrá hecho sesenta leguas. De ordinario, recorre en todo sentido los vastos desiertos deAfrica.Se alimenta de frutas silvestres, y los animales feroces no pueden hacerle daño a causa del signo sagrado de Thau que lleva impreso en la frente y que tapa con la venda que habéis podido ver. No aparece por lo común en nuestras comarcas, a menos que lo fuercen a ello las operaciones de algún cabalista. Por lo demás, os aseguro que no soy yo quien lo ha hecho venir, porque lo aborrezco. Sin embargo, admito que está informado de muchas cosas, y no os aconsejo, señor Alfonso, que descuidéis el aviso que acaba de daros.
-Señor cabalista -le respondí-, el judío me ha dicho que hay en Puerto Lápice una carta para mí. Espero llegar allí pasado mañana, y no dejaré de pedirla.
-No hace falta esperar tanto tiempo -replicó el cabalista-. Sería menester que yo tuviera muy poco crédito en el mundo de los genios para no poderos conseguir esa carta un poco antes.
Entonces se volvió del lado derecho y pronunció algunas palabras en tono imperativo. Al cabo de cinco minutos cayó sobre la mesa una gruesa carta dirigida a mí. La abrí y leí lo que sigue:
Señor Alfonso:
De parte de nuestro rey Fernando IV os hago llegarlaorden de no entrar todavía en Castilla. No atribuyáis este rigor sino a la desgracia que habéis tenido de disgustar al santo tribunal encargado de conservar la pureza de la fe en las Españas. Que no disminuya vuestro celo en el servicio del rey. Acompaña esta carta una licencia de tres meses. Pasad ese tiempo en las fronteras de Castilla y Andalucía, sin haceros ver demasiado en ninguna de esas dos provincias. Hemos tenido el cuidado de tranquilizar a vuestro respetable padre, haciéndole ver vuestra situación desde un punto de vista que no lo aflija demasiado.
Vuestro afectísimo
SANCHO de TORRES PEÑAS
Ministro de Guerra
La carta estaba acompañada de una licencia por tres meses, documento en perfecto estado y revestido de todas las firmas y sellos correspondientes.
Felicitamos al cabalista por la celeridad de sus correos. Después le rogamos que cumpliera su promesa de contarnos qué le había ocurrido la noche pasada en Venta Quemada. Nos respondió como la víspera que habría muchas cosas en su relato que no podríamos comprender, pero, después de haber reflexionado un instante, empezó en los siguientes términos:
-Me llaman, en España, don Pedro de Uzeda, y con ese nombre poseo un hermoso castillo a una legua de aquí. Pero mi verdadero nombre es Rabí Sadok ben Mamún, y soy judío. Esta confesión es peligrosa de hacer en España, pero, aparte de que confío en vuestra probidad, os advierto que no será muy sencillo causarme daño. La influencia de los astros en mi destino comenzó a manifestarse desde el instante de mi nacimiento, y mi padre, que me hizo el horóscopo, quedó colmado de alegría cuando vio que yo había venido al mundo precisamente a la entrada del sol en el signo de Virgo. Había, en verdad, empleado todo su arte para que ocurriera así, pero no esperaba un triunfo tan certero. No necesito deciros que mi padre, Mamún, era el primer astrólogo de su tiempo. Pero la ciencia de las constelaciones era una de las menores que poseía, pues había llevado su conocimiento de la cábala hasta un punto de perfección que sobrepujaba el de cualquier rabino anterior a él.
Cuatro años después que yo viniera al mundo, mi padre tuvo una hija que nació bajo el signo de Géminis. A pesar de esta diferencia, nuestra educación fue la misma. No había cumplido yo doce años y mi hermana ocho, y ya sabíamos el hebreo, el caldeo, el siriocaldeo, el samaritano, el copto, el abisinio y muchas otras lenguas muertas o moribundas. Podíamos, además, sin el auxilio de un lápiz, combinar todas las letras de una palabra de todas las maneras indicadas por las reglas de la Cábala.
Así nos prepararon a uno y a otro, y cuando cumplí trece años, para no desmentir en nada el recato del signo bajo el cual nací, sólo me dieron de comer animales vírgenes, teniendo a la vez el cuidado de que fueran siempre machos y de que mi hermana sólo se alimentara de hembras.
Cuando cumplí dieciséis años, mi padre comenzó a iniciarnos en los misterios de la Cábala. Primero nos puso en las manos elSepher Zohar o libro luminoso, llamado así porque nada en él se comprende, de tal modo su claridad deslumbra los ojos del entendimiento. Después estudiamos elSepher Dzaniuth, o li bro oculto, cuyo pasaje más claro puede pasar por un enigma. Por último emprendimos elHadra Roba y elKadra Sutha, es decir el gran y el pequeño Sanhedrín. Son los diálogos en los cuales Rabí Simeón, hijo de Johai, autor de dos obras más, rebajando su estilo al de la conversación, finge instruir a sus amigos sobre las cosas más sencillas, y les revela sin embargo los más asombrosos misterios, o más bien todas aquellas revelaciones que nos vienen directamente del profeta Elías, el cual abandonó furtivamente su carro de fuego y asistió a esta asamblea con el nombre de Rabí Abba. Quizá vosotros os imaginéis haber adquirido alguna idea de todos esos divinos escritos por la traducción latina que se ha impreso con el original caldeo en el año 1684, en una pequeña ciudad de Alemania llamada Francfort, pero nosotros nos reímos de la presunción de aquellos que imaginan que, para leer, basta el órgano material de la vista. Eso podría bastar, en efecto, para ciertas lenguas modernas, pero en hebreo cada letra es un número, cada palabra una sabia combinación, cada frase una fórmula que causa espanto y que, bien pronunciada, con todas las aspiraciones y todos los acentos convenientes, podría hundir los montes y secar los ríos. Harto sabéis que Adonai creó el mundo por la palabra y que luego se hizo palabra él mismo. La palabra hirió el aire y el espíritu, actuó sobre los sentidos y sobre el alma. Aunque profanos, podéis fácilmente deducir que ella debe ser el verdadero intermediario entre la materia y la inteligencia de todos los órdenes. Lo que ahora puedo deciros es que todos los días no sólo adquirimos nuevos conocimientos, sino también un poder nuevo, y que, si no nos atrevemos a usarlo, a lo menos tenemos el placer de sentir crecer nuestras propias fuerzas y de tener la convicción interior de que aquél nos asiste. Pero nuestras dichas cabalísticas fueron muy pronto interrumpidas por el más funesto de los acaeceres.
Todos los días observábamos, mi hermana y yo, que nuestro padre perdía fuerzas. Parecía un espíritu puro que hubiese revestido la forma humana con el único objeto de ser perceptible a los sentidos groseros de los seres sublunares. Un día, por último, nos hizo llamar a su gabinete. Tan venerable y divino era su semblante que mi hermana y yo, cediendo a un movimiento involuntario, caímos de rodillas. Sin hacernos levantar, nuestro padre nos mostró un reloj de arena y dijo:
-Antes de que haya caído toda esta arena, yo no estaré más. No perdáis ninguna de mis palabras. Primero, hijo mío, me dirijo a vos; os he destinado esposas celestes, hijas de Salomón y de la reina de Saba. Su nacimiento no las destinaba a ser sino simples mortales. Pero Salomón había revelado a la reina el gran nombre de aquel que es. La reina lo profirió en el instante mismo del parto. Los genios del gran oriente acudieron y recibieron a las dos mellizas antes de que hubiesen tocado esta morada impura que se llama tierra. Las llevaron a la esfera de las hijas de Elohim, donde recibieron el don de la inmortalidad con el poder de comunicarlo a aquel que eligieran por esposo común. Son estas dos esposas inefables las que vuestro padre ha tenido en vista en suShir Hashirim, o Cantar de los cantares. Estudiad ese divino epitalamio de nueve en nueve versículos. A vos, hija mía, os destino un himeneo todavía más hermoso. Los dos Thamim, aquellos que los griegos han conocido con el nombre de Dióscuros, los fenicios con el de Kabires; en una palabra, los gemelos celestes. Serán vuestros esposos... ¿Qué digo? Vuestro corazón sensible... me temo que a un mortal... La arena corre. Muero.
Después de estas palabras, mi padre se desvaneció, y no encontramos en el lugar en que había estado sino un puñado de cenizas brillantes y ligeras. Recogí esos preciosos restos, los encerré en una urna y los coloqué en el tabernáculo interior de nuestra casa, bajo las alas de los querubines.
Podéis imaginar que la esperanza de gozar de la inmortalidad y de poseer dos esposas celestes me infundió nuevo ardor para estudiar las ciencias cabalísticas, pero pasaron años antes de que osara elevarme a tal altura, y me contenté con someter a mis conjuraciones a algunos genios del decimoctavo orden. Sin embargo, atreviéndome poco a poco, ensayé el año pasado un trabajo sobre los primeros versículos delShir Hashirim. Apenas había compuesto una línea cuando oí un ruido espantoso, y mí castillo pareció desplomarse sobre sus cimientos. Lo cual no me asustó; antes bien, deduje que mí operación estaba bien hecha. Pasé a la segunda línea; cuando la hube terminado, una lámpara que había sobre la mesa saltó hasta el piso, y dando algunos brincos fue a posarse ante el gran espejo que hay en el fondo de mí aposento. Miré en el espejo y vi la punta de dos bonitos píes femeninos; después vi otros dos píececitos. Halagado, me atreví a suponer que esos píes encantadores pertenecían a las celestes hijas de Salomón, pero no creí que debiera llevar más lejos mis operaciones.
Reanudélas a la noche siguiente, y vi los cuatro píes hasta el tobillo. Una noche después, vi las piernas hasta la rodilla, pero el sol salió del signo de Virgo y tuve que interrumpir.
Cuando el sol hubo entrado en el signo de Géminis, mí hermana hizo operaciones semejantes a las mías y tuvo una visión no menos extraordinaria, que no os contaré por la razón de que nada tiene que ver con mí historia.
Este año me preparaba a recomenzar cuando supe que un famoso adepto debía pasar por Córdoba. Una discusión que tuve a su respecto con mí hermana me decidió a ir a su encuentro. Salí un poco tarde y ese día sólo llegué a Venta Quemada. El mesón estaba abandonado por temor a los aparecidos, pero como a mí no me amedrentan resolví instalarme en el comedor y ordené al pequeño Nemrael queme t rajera la cena. Nemrael es un geniecillo de naturaleza muy abyecta que suelo emplear en comisiones semejantes, y es él quien fue a buscar vuestra carta a Puerto Lápíce. También fue a Andújar, donde pasaba la noche un prior de los benedictinos, se apoderó sin escrúpulos de su cena y me la trajo. Consistía en ese pastel de perdiz que comimos a la mañana siguiente. Aquella noche yo estaba fatigado y apenas lo probé. Despaché a Nemrael a casa de mí hermana, y me fui a dormir.
En medio de la noche me despertó un reloj que dio las doce. Después de ese preludio, esperaba ver a algún aparecido y hasta me preparaba a echarlo, porque en general son incómodos y enojosos. Me encontraba en esa disposición de ánimo cuando se iluminó una mesa que había en medio del aposento y apareció un pequeño rabino color azul cerúleo, que se agitaba ante un pupitre como hacen los rabinos cuando rezan. No tenía más de un píe de altura, y no sólo su hábito era azul, sino también su rostro, su barba, su pupitre y su libro. Reconocí en seguida que no era un aparecido, sino un genio del vigesimoséptimo orden. Ni sabía su nombre, ni lo conocía para nada. Sin embargo, utilicé una fórmula que tiene algún poder sobre todos los espíritus en general. Entonces el pequeño rabino color azul cerúleo se volvió a mí lado y me dijo:
-Has empezado tus operaciones al revés, y por eso las hijas de Salomón se mostraron a ti enseñándote primero los píes. Comienza por los últimos versículos, y busca primero el nombre de dos beldades celestes.
Después de hablar así, el pequeño rabino desapareció. Lo que me había dicho estaba en contra de todas las reglas de la Cábala. Sin embargo, tuve la debilidad de seguir su consejo. Me puse a estudiar el último versículo delShir Hashirim y buscando los nombres de dos inmortales, encontré los de Emína y Zebedea. Aunque quedé muy sorprendido, comencé las evocaciones. Entonces la tierra se agitó bajo mis pies de una manera espantosa; creí que los cielos se desplomaban sobre mi cabeza, y caí sin conocimiento.
Cuando volví en mí, me encontré en una morada deslumbrante de luz, y en brazos de seres más hermosos que los ángeles. Uno de ellos me dijo:
-Hijo de Adán, recupera el ánimo. Estás en la morada de quienes no han muerto. A nosotros nos gobierna el patriarca Henoch, que ha marchado ante Elohim, y que ha sido alzado a los cielos. El profeta Elías es nuestro gran sacerdote, y su carro estará siempre a tu servicio cuando quieras pasearte por algún planeta. Nosotros somos los Egrégores, nacidos del comercio de los hijos de Elohim con las hijas de los hombres. Verás también entre nosotros algunos Nefelim, pero en escaso número. Ven, te presentaremos a nuestro soberano.
Lo seguí y llegué al pie del trono que ocupaba Henoch; nunca pude sostener el fuego que salía de sus ojos, y no me atreví a levantar los míos más arriba de su barba, que se parecía bastante a esa pálida luz que vemos alrededor de la luna en las noches húmedas. Temí que mi oído no pudiera soportar el sonido de su voz, pero su voz era más suave que la de los órganos celestes. A pesar de todo, la suavizó aún para decirme:
-Hijo de Adán, te traeremos a tus esposas.
En seguida vi aparecer al profeta Elías, llevando de la mano a dos beldades cuyos atractivos no podrían concebir los mortales. Eran sus encantos tan delicados que transparentaban sus almas, y uno percibía distintamente el fuego de las pasiones cuando resbalaba por sus venas y se mezclaba a su sangre. Detrás de ellas, dos Nefelim llevaban un trípode de un metal tan superior al oro como éste es más precioso que el plomo. Colocaron mis manos en las de las hijas de Salomón y me colgaron al cuello una trenza tejida con cabellos. Una llama viva y pura que salió del trípode consumió en un instante todo lo que yo tenía de mortal. Fuimos conducidos a un lecho resplandeciente de gloria y abrasado de amor. Abrieron una gran ventana que comunicaba con el tercer cielo, y los conciertos de los ángeles acabaron de llevar mi arrobamiento a lo inaudito... Pero al día siguiente me desperté bajo la horca de Los Hermanos y acostado junto a sus infames cadáveres, así como el caballero que nos acompaña. He deducido que tuve que ver con espíritus muy astutos y cuya naturaleza no conozco bien. Mucho me temo que toda esta aventura no me haga mal en el concepto de las verdaderas hijas de Salomón, de quienes sólo he visto la punta de los pies.
-Desgraciado ciego -dijo entonces el ermitaño-, ¿por qué lo lamentáis? En vuestro arte todo es ilusión. Los malditos súcubos que se han burlado de vos hicieron padecer los más atroces tormentos al infortunado Pacheco, y no me cabe duda de que una suerte parecida aguarda a este joven caballero que, por un funesto endurecimiento, no quiere confesarnos sus pecados. Alfonso, hijo mío, arrepentíos; aún estáis a tiempo.
La obstinación del ermitaño en pedirme confesiones que no quería hacer me disgustó sobremanera. Respondí bastante fríamente diciéndole que respetaba sus santas exhortaciones, pero que me conducía de acuerdo con las leyes del honor. En seguida pasamos a hablar de otra cosa.
El cabalista me dijo:
-Señor Alfonso, puesto que os persigue la Inquisición y el rey os ordena pasar tres meses en este desierto, os ofrezco mi castillo. Allí veréis a mi hermana' Rebeca, que es casi tan bella como sabia. Sí, venid. Descendéis de los Gomélez, y esa sangre tiene derecho de interesarnos.
Miré al ermitaño para leer en susojos qué pensaba de esta proposición. El cabalista pareció adivinar mi pensamiento y, dirigiéndose al ermitaño, dijo:
-Padre mío, os conozco más de lo que pensáis. Podéis mucho por la fe. Mis caminos no son tan santos como los vuestros, pero no son diabólicos. Venid vos 1: también con Pacheco, cuya curación acabaré.
El ermitaño, antes de responder, se puso a rezar y, después de un instante de meditación, se llegó a nosotros con aire sonriente y dijo que estaba pronto a seguirnos. El cabalista se volvió a su derecha y ordenó que le trajeran caballos. Un instante después vimos dos a la puerta de la ermita, con dos mulas a las cuales subieron el ermitaño y el poseso. Aunque el castillo quedara a un día de viaje, según lo que nos había dichoBenMamún, llegamos en menos de una hora.
Durante el viaje,BenMamún me había hablado mucho de su hermana, y yo esperaba ver a una Medea de negra cabellera, con una varilla en la mano, y murmurando algunas palabras de grimorio, pero esta idea era por completo falsa. La amable Rebeca que nos recibió a la puerta del castillo era la rubia más fascinante y conmovedora que imaginarse pueda; sus hermosos cabellos dorados caían sin arreglo alguno sobre sus hombros. Un vestido blanco la cubría como al descuido, pero estaba cerrado conbrochesde un precio inestimable. Su exterior anunciaba a una persona que no se ocupa jamás de su apariencia, pero, aunque le prestara mayor atención, hubiera sido difícil que ofreciera un aspecto más atractivo.
Rebeca saltó al cuello de su hermano y le dijo:
-¡Cuánto me habéis preocupado! Siempre tuve noticias vuestras, excepto la primera noche. ¿Qué os sucedió entonces?
-Ya os contaré todo -respondióBenMamún-. Por el momento, sólo pensad en recibir como se merecen a los huéspedes que os traigo: éste es el ermitaño del valle, y este joven es un Gomélez.
Rebeca miró al ermitaño con bastante indiferencia, pero cuando detuvo losojos en mí pareció enrojecer y dijo con tristeza:
-Espero para vuestra dicha que no seáis de los nuestros.
Entramos, y el puente levadizo bajó tras nosotros. El castillo era vasto, y todo parecía muy ordenado en él. Sin embargo, sólo vimos a dos servidores: un joven mulato y una mulata de la misma edad.BenMamún nos condujo primero a su biblioteca; era una pequeña rotonda que servía también de comedor. La mulata vino a poner el mantel; trajo unaolla podrida y cuatro cubiertos, porque la hermosa Rebeca no se sentó a la mesa con nosotros. El ermitaño comió más que de costumbre y también pareció humanizarse más. Pacheco, siempre tuerto, no pareció sufrir por los espíritus maléficos que lo dominaban. Se mostraba, únicamente, serio y silencioso.BenMamún comió con bastante apetito, pero no ocultaba su preocupación. La aventura de la víspera, nos confesó, le había dado mucho que pensar. Cuando nos levantamos de la mesa nos dijo:
-Mis queridos huéspedes, aquí tenéis libros con que entreteneros, y mi negro os dará todo lo que necesitéis. Ahora permitidme que me retire con mi hermana para hacer un trabajo importante. Nos veréis mañana, a la hora de comer.
Efectivamente,BenMamún se retiró dejándonos, por así decirlo, dueños de la casa.
El ermitaño cogió de la biblioteca una leyenda de los padres del desierto y ordenó a Pacheco que le leyera algunos capítulos. Yo pasé a la terraza que daba ' a un precipicio, al fondo del cual corría un torrente que no se veía, pero que oíamos rugir. Por triste que pareciera aquel paisaje, me puse a observarlo con extremado placer, o, mejor dicho, me entregué a los sentimientos que me inspiraba su vista. No era melancolía cuanto una especie de aniquilación de mis facultades producida por las crueles agitaciones que me habían amargado en los últimos días. A fuerza de reflexionar sobre lo que me había sucedido y de no comprender nada, ya no me atrevía a pensar en ello por miedo de perder la razón. La esperanza de pasar algunos días tranquilo en el castillo de Uzeda era, por el momento, lo que más me apetecía. De la terraza volví a la biblioteca. Después el joven mulato nos , sirvió una pequeña colación de frutas secas y carnes frías, entre las cuales no había carnes impuras. En seguida nos separamos. El ermitaño y Pacheco fueron conducidos a un aposento, y yo a otro.
Me acosté y me dormí, pero poco después fui despertado por la hermosa Rebeca, que me dijo:
-Señor Alfonso, perdonad que me atreva a interrumpir vuestro sueño. Vengo de trabajar con mi hermano. Hemos hecho las más espantosas conjuraciones para conocer a los dos espíritus que tuvieron con él relación en la venta, pero ni uno ni otro hemos logrado nuestro propósito. Creemos que él fue burlado por los Baalim, sobre los cuales no tenemos poder. Sin embargo, la mansión de Henoch era en verdad tal como él la vio. Todo esto es de gran consecuencia para nosotros, y os rogamos nos digáis qué sabéis de ello.
Después de hablarme así, Rebeca sentóse sobre mi lecho, pero parecía únicamente preocupada por los esclarecimientos que me pedía. No los obtuvo, sin embargo, y me contenté con decirle que había empeñado mi palabra de honor de no hablar jamás de lo sucedido.
-Pero señor Alfonso -replicó Rebeca-, ¿cómo podéis imaginar que una palabra de honor empeñada a dos demonios pueda comprometeros? Porque nosotros sabemos que son dos demonios hembras y que sus nombres son Emina y Zebedea. Pero no conocemos bien la naturaleza de esos demonios porque en nuestra ciencia, como en cualquiera de las otras, no podemos saberlo todo.
Me mantuve en la negativa y rogué a la bella que no habláramos más de lo que me pedía. Entonces me miró con una especie de benevolencia y me dijo:
-¡Cuán feliz sois de poseer ciertas virtudes que os señalan el camino que debéis seguir y os permiten mantener la paz de vuestra conciencia! Nuestra suerte es muy distinta. Hemos querido ver con nuestros ojos lo que no se concede a los hombres y enterarnos de lo que su razón no puede comprender. Ya no estaba hecha para esos conocimientos sublimes. ¡Qué me importa un vano imperio sobre los demonios! Me habría contentado con reinar sobre el corazón de un esposo. Pero mi padre no lo ha querido, y debo sufrir mi destino.
Al decir estas palabras, Rebeca sacó un pañuelo y pareció ocultar en él algunas lágrimas. Después agregó:
-Señor Alfonso, permitidme que vuelva mañana a esta misma hora y haga todavía algunos esfuerzos para vencer vuestra obstinación o, como vos la llamáis, vuestra gran sujeción a la palabra empeñada. Muy pronto el sol entrará en el signo de Virgo y entonces, una vez pasado el momento, habrá de suceder lo que suceda.
Al decirme adiós, Rebeca me estrechó la mano muy amistosamente y pareció volver con pena a sus operaciones cabalísticas.
Me desperté más temprano que de costumbre y fui a la terraza para respirar a mis anchas el aire de la mañana, antes de que el sol hubiese abrasado la atmósfera. El tiempo estaba apacible. El torrente mismo parecía rugir con menos furia y permitía oír el concierto de los pájaros. La paz de los elementos llegó a mi alma y pude reflexionar con alguna tranquilidad sobre lo que me había sucedido después de mi partida de Cádiz. Algunas palabras que se le escaparon a don Enrique deSa,gobernador de aquella ciudad, me hicieron sospechar que él no era ajeno a la misteriosa existencia de los Gomélez y que conocía también una parte de su secreto. Era él quien me había procurado a mis dos servidores, López y Mosquito, y yo imaginaba que era por su orden que éstos me habían abandonado a la entrada del desastroso valle de Los Hermanos. Mis primas me habían dado a entender que se quiso poner a prueba mi coraje. Pensé que me habían dado en la venta un brebaje para dormir y que, durante mi sueño, me habían transportado bajo la horca. Pacheco pudo quedar tuerto por un accidente que no fuera su vínculo amoroso con los dos ahorcados, y su atroz historia pudo ser un invento. El ermitaño, tratando siempre de que le confesara mi secreto, me parecía ser un agente de los Gomélez que quería poner a prueba mi discreción. Me pareció, en fin, que empezaba a ver más claro en mi historia, y a explicármela sin tener que recurrir a seres sobrenaturales. De pronto, escuché a lo lejos una música muy alegre cuyos sones parecían atravesar la montaña. Cuando se hicieron más nítidos, divisé una alegre banda de gitanos que avanzaba cadenciosamente, cantando y acompañándose con panderetas y castañuelas. Establecieron su campamento volante cerca de la terraza, cosa que me permitió observar la elegancia de sus vestiduras y de su porte. Imaginé que serían los mismos gitanos la Idronesbajo cuya protección se había puesto el huésped de la venta de Cardeñas, según me dijo el ermitaño, pero me parecieron demasiado amables para ser bandidos. Mientras los contemplaba, levantaron sus tiendas, pusieron sus ollas al fuego, colgaron las cunas de sus niños de las ramas de los árboles vecinos. Y cuando terminaron todos estos preparativos se entregaron de nuevo a los placeres de su vida vagabunda, de los cuales, a sus ojos, el más precioso es la holgazanería.
El pabellón del jefe se distinguía de los otros, no sólo por el bastón de grueso puño de plata que estaba plantado a la entrada, sino también porque se hallaba mejor acondicionado, y hasta adornado con una rica franja, cosa que no suele verse, por lo común, en las tiendas de los gitanos. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando se abrió el pabellón y salieron de él mis dos primas con esos elegantes vestidos que en España se llaman de majas gitanas. Avanzaron hasta la terraza, sin que parecieran advertir mi presencia. Después llamaron a sus compañeras y se pusieron a bailar una jota, acompañada por estas palabras:
Cuando Joselito alza las palmas para bailar se me pone el cuerpecito como hecho de mazapán.
Si la tierna Emina y la afectuosa Zebedea me dieron vuelta la cabeza con sus cimarras moriscas, no me embelesaron menos con estas nuevas vestiduras. Pero les encontré una expresión maliciosa y burlona, propia de dos gitanas que dicen la buenaventura, y tal vez indicio de alguna nueva mala pasada que estarían prontas a jugarme bajo esa metamorfosis imprevista.
Como el castillo del cabalista estaba cuidadosamente cerrado, y sólo él guardaba las llaves, no pude reunirme con las gitanas. Sin embargo, pasando por un subterráneo que conducía al torrente y estaba cerrado por una verja de hierro, podía observarlas de cerca y hasta hablarles sin que me vieran los habitantes del castillo. Llegué pues a la verja, y me encontré separado de las bailarinas por el lecho del torrente. No eran mis primas. Les encontré un aspecto bastante ordinario y conforme a su condición.
Avergonzado por mi tropiezo, volví lentamente a la terraza. Cuando llegué, miré de nuevo y reconocí a mis primas. Ellas también parecieron reconocerme, lanzaron grandes carcajadas y se retiraron a sus tiendas.
Yo estaba indignado. «¡Cielos! -me decía-, ¿es posible que esos dos seres tan amables y amantes no sean más que dos duendes, acostumbrados a encarnarse en toda suerte de formas para burlar a los mortales? ¿Es posible que no sean más que dos brujas o, cosa más execrable aún, dos vampiros a quienes les está permitido animar los cuerpos odiosos de los ahorcados del valle?» Hasta entonces me pareció que todo lo ocurrido podía explicarse naturalmente, pero ahora no sabía ya qué creer.
Mientras hacía estas reflexiones entré en la biblioteca, donde encontré sobre la mesa un grueso volumen escrito en caracteres góticos, cuyo título eraCuriosas relaciones de Hapelius. El volumen estaba abierto y la página parecía deliberadamente plegada en el comienzo de un capítulo, donde leí la siguiente historia:
Había una vez en Lyon, ciudad francesa situada junto al Ródano, un rico mercader llamadoJacquesde la Jacquière, aunque sólo tomó el nombre de La Jacquière cuando hubo abandonado el comercio y sus conciudadanos lo nombraron preboste de la ciudad, cargo que los lioneses confieren únicamente a los hombres que tienen gran fortuna y renombre sin tacha. Tal era el buen preboste de La Jacquière, caritativo con los pobres y benefactor de monjes y demás religiosos, que son los verdaderos pobres según el Señor.
Pero tal no era el hijo único del preboste,Thibaudde la Jacquière, guión de la compañía real, borracho, espadachín, mujeriego, jugador, alborotador, jactancioso, pendenciero, parlanchín y blasfemo, aficionado a detener al burgués en las calles para trocar su viejo manto por uno nuevo y su fieltro usado por uno mejor. De tal modo que sólo se hablaba deThibaudde la Jacquière, ya en París, ya enBlois,ya enFontainebleau,ya en otras moradas del rey. Ahora bien, sucedió que nuestro buen señor Francisco I, de santa memoria, harto ya de la conducta libertina del joven de La Jacquière lo envió a que hiciera penitencia a Lyon, a casa de su padre, el buen preboste de La Jacquière, que vivía por entonces en la esquina de la plaza de Bellecour, a la entrada de la calleSaintRamond.
El jovenThibaudfue recibido en casa de su padre con tanta alegría como si viniera cargado de todas las indulgencias de Roma. El buen preboste no sólo mató para él el ternero cebado, sino que dio en su casa un banquete que costó más escudos de oro que convidados había. Hizo más. Bebió a la salud de su hijo, y cada cual le deseó sabiduría y arrepentimiento. Pero estos votos caritativos disgustaron al mozo. Llenando de vino una copa de oro, dijo: «¡Voto a vuestra merced el diablo, con este vino que voy a beber en vuestro honor estoy dispuesto a entregaros mi cuerpo y mi alma si alguna vez me hiciera yo más hombre de bien de lo que soy! ». Atroces palabras que pusieron los pelos de punta a los convidados. Todos se persignaron, y algunos se levantaron de la mesa.
Thibaudse levantó también y fue a tomar fresco a la plaza de Bellecour, donde encontró a unos antiguos camaradas, dos bellacos cortados por la misma tijera. Los abrazó, los llevó a su casa, y allí les hizo servir copa tras copa, sin preocuparse por su padre ni por los convidados.
Lo queThibaudhizo el día de su llegada, lo hizo al día siguiente y los días después. El buen preboste, con el corazón traspasado, pensó en recomendarse al apóstol Santiago, su patrón, y llevó ante su imagen un cirio de diez libras. Lo había hecho fundir para otra ocasión, pero en ese momento, como nada le interesaba tanto como la conversión de su hijo, lo ofrendó de buena gana. Como quisiera colocar el cirio en el altar, lo hizo caer, y aquél volteó una lámpara de plata que ardía delante del apóstol. El cirio caído y la lámpara volcada le parecieron de mal augurio, y volvió tristemente a su casa.
Ese mismo día,Thibaudse divertía con sus amigos. Bebieron copa tras copa y después, como la noche avanzaba, una noche sombría, salieron a tomar fresco a la plaza de Bellecour. Y entonces se pasearon los tres del brazo, como hacen los guapos, creyendo atraer las miradas de las muchachas. Por esta vez nada obtuvieron, pues no pasaban muchachas, ni mujeres casadas, y ni siquiera podían verlos desde las ventanas porque la noche, como creo haberlo dicho, estaba sombría. De modo que el jovenThibaud,alzando la voz y lanzando su juramento de costumbre, dijo: «Voto a vuestra merced el diablo, estoy dispuesto a entregaros mi cuerpo y mi alma si la gran diablesa vuestra hija llegara a pasar, y entonces estoy dispuesto a requerirla de amores, hasta tal punto me siento enardecido por el vino».
Estas palabras disgustaron a los dos amigos deThibaud,que no eran tan empedernidos pecadores como él. Y uno le dijo:
-Thibaud,amigo mío, piensa que el diablo es el eterno enemigo de los hombres, y que les hace bastante mal sin que lo incitemos a ello e invoquemos su nombre.
A lo cualThibaudrespondió:
-Como he dicho, lo haré.
Entretanto, los tres bellacos vieron salir de una calle vecina a una mujer velada, de bonito talle, y que aparentaba estar en su primera juventud. Un negrito, que corría tras ella, dio un paso en falso, cayó de narices y se le apagó la linterna. La muchacha pareció muy asustada, sin saber qué hacerse. EntoncesThibaudse llegó a ella y con el mayor comedimiento que pudo le ofreció su brazo para volver a conducirla a su casa. La muchacha aceptó, después de hacerse de rogar un poco, yThibaud,volviéndose hacia sus amigos, les dijo a media voz:
-Aquel a quien he invocado no se ha hecho aguardar. Por eso os deseo buenas noches.
Los dos amigos comprendieron lo que quería y se despidieron de él, deseándole fiesta y regocijo.
Thibauddio pues el brazo a la bella, y el negro, cuya linterna se había apagado, marchaba delante de ellos. La muchacha parecía al principio tan turbada que se sostenía dificultosamente, pero fue serenándose poco a poco y se apoyó francamente en el brazo de su caballero. A veces daba un paso en falso y le apretaba el brazo para no caer; entonces el caballero, queriendo retenerla, le oprimía el brazo contra su pecho, cosa que hacia, no obstante, con bastante discreción para no asustar a su presa.
Así caminaron y caminaron durante tanto tiempo que al fin le pareció aThibaudque se habían extraviado por las calles de Lyon. Cosa que no dejó de alegrarlo, pues creyó que la hermosa descarriada estaría más en su poder. Sin embargo, queriendo saber quién era, le rogó que se sentaran en un banco de piedra que distinguieron junto a una puerta. Ella consintió. Entonces él, tomándole una mano galantemente, le dijo con harto ingenio:
-Hermosa estrella errante, puesto que mi estrella ha hecho que os encuentre en la noche, hacedme el favor de decirme quién sois y dónde vivís.
La muchacha pareció al principio muy intimidada, después se serenó y al final respondió en estos términos:
-Mi nombre es Orlandina, o a lo menos es así como me llamaban las pocas personas que habitaban conmigo el castillo de Sombre, en los Pirineos. Allí no he visto otros seres humanos que mi gobernanta, que era sorda, una sirvienta que tartamudeaba tanto que hubiéramos podido considerarla muda, y un viejo portero que era ciego.
Ese portero no tenía mucho que hacer, pues sólo abría la puerta una vez por año, y siempre a un caballero que venía a visitarnos para pellizcarme el mentón y hablarle a mi dueña en vizcaíno, lengua que no comprendo. A Dios gracias, yo sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de Sombre, porque con toda seguridad no lo habría aprendido de mis dos compañeras de prisión. Al portero ciego no lo veía sino en el momento en que venía a pasarnos la comida a través de la reja de la única ventana que había. A decir verdad, a menudo mi sorda gobernanta me gritaba al oído no sé qué lecciones de moral, pero yo las comprendía tan poco como si hubiera sido tan sorda como ella, porque me hablaba de los deberes del matrimonio y no me decía qué era el matrimonio. A menudo, también, mi sirvienta tartamuda se esforzaba en contarme alguna historia, asegurándome que era muy graciosa, pero, no pudiendo nunca pasar de la segunda frase, estaba obligada a renunciar a contarla, y se iba tartamudeando excusas que expresaba con igual fortuna que su historia.
Os he dicho que no teníamos más que una ventana, es decir que sólo había una que daba al patio del castillo. Las demás daban a otro patio que tenía algunos árboles y podía pasar por jardín, y cuya única salida era la que conducía a mi aposento. Yo cultivaba en el jardín algunas flores, y ésa era mi única diversión. Digo mal, también tenía otra, e igualmente inocente. Era un gran espejo en donde iba a contemplarme desde que estaba levantada, y aun saliendo de la cama. Mi gobernanta, en paños menores, también iba a contemplarse, y yo me divertía comparando mi imagen con la suya. También me entregaba a observarme en el espejo antes de acostarme, y cuando mi gobernanta estaba dormida ya. A veces imaginaba ver en el espejo a una compañera de mi edad que respondía a mis gestos y compartía mis sentimientos. Mientras más me entregaba a esta ilusión, más el juego me complacía.
Os he dicho que había un señor que venía una vez por año a pellizcarme el mentón y hablar en vizcaíno con mi gobernanta. En una ocasión, en vez de pellizcarme el mentón, el señor me tomó de la mano y me condujo a una carroza donde me encerró con mi gobernanta. Bien puedo decir que me encerró, porque las cortinas de la carroza estaban bajas. Sólo salimos de ella al tercer día, o mejor dicho a la tercera noche, a menos que la tarde estuviera muy avanzada ya. Un hombre abrió la portezuela y nos dijo:
-Aquí estáis en la plaza de Bellecour, a la entrada de la calle Saint-Ramond, y ésta es la casa del preboste de La Jacquière. ¿Adónde queréis que os conduzca?
-Entrad en la primera puerta cochera después de la del preboste -respondió mi gobernanta.
Aquí el jovenThibaudprestó gran atención porque era en verdad vecino de un gentilhombre llamado el señor de Sombre, que pasaba por tener un carácter celoso, y el tal señor de Sombre se había jactado muchas veces delante deThibaudde ostentar un día una esposa fiel, y con ese objeto alimentaba en su castillo a una señorita que llegarla a ser su mujer y probaría su aserto. Pero el jovenThibaudignoraba que ella estuviera en Lyon y ahora se regocijaba de tenerla en su poder.
Entre tanto, Orlandina continuó así:
-Entramos pues por una puerta cochera, y de allí pasamos por grandes y hermosos aposentos hasta llegar a una escalera de caracol; por allí subimos mi dueña y yo hasta una torrecilla desde la cual habría podido verse, si fuera de día, toda la ciudad de Lyon, pero aun de día nada podía verse porque las ventanas estaban cubiertas por un paño verde muy espeso. La torrecilla estaba iluminada por una hermosa araña de cristal, engarzada en esmalte. Mi dueña, haciéndome sentar en una silla, me dio su rosario para que me divirtiera y salió cerrando la puerta a doble llave. Cuando me vi sola, dejé el rosario, cogí un par de tijeras que colgaban de mi cintura e hice un agujero en el paño verde que cubría la ventana. Entonces vi otra ventana muy cerca de la mía y, por esta ventana, un aposento muy iluminado donde cenaban tres jóvenes caballeros y tres muchachas, más hermosas, más alegres que todo lo que imaginarse pueda. Cantaban, reían, bebían, se besaban. A veces se pellizcaban el mentón, pero de manera muy diferente de la del señor del castillo de Sombre, quien, sin embargo, sólo venía a visitarme para eso. Además, aquellos caballeros y aquellas muchachas se iban desnudando poco a poco como yo lo hacía delante de mi espejo y, contrariamente a lo que le sucedía a mi vieja dueña, la desnudez les sentaba de verdad.
AquíThibaudvio que se trataba de una cena que él había dado la víspera con sus dos amigos. Pasó su brazo alrededor del talle flexible y torneado de Orlandina y la estrechó contra su pecho.
-Sí -dijo ella-, es así justamente como hacían aquellos caballeros. Todos, en verdad, parecían amarse mucho. Sin embargo, uno de ellos dijo que él sabía amar mejor que los demás. «No, soy yo quien amo mejor», «soy yo quien amo mejor», exclamaron los otros dos. «Es éste», «es aquél», decían las muchachas. Entonces, el que se había jactado de amar mejor, para probar sus palabras recurrió a un hermoso invento.
Aquí,Thibaud,recordando lo que había sucedido en la cena, no pudo sofocar la risa.
-Pues bien, hermosa Orlandina -dijo-, ¿cuál era el invento a que recurrió el joven?
-¡Ah! -replicó Orlandina-, no riáis, señor, os aseguro que era un invento muy hermoso, y yo le prestaba gran atención cuando oí que abrían la puerta. Entonces volví a desgranar mi rosario y mi dueña entró. La dueña me tomó de nuevo de la mano, sin decir una palabra, y me hizo entrar en una carroza que no estaba cerrada, como la primera, y por cuyas ventanas hubiera podido ver la ciudad, pero era noche oscura y sólo vi que íbamos lejos, muy lejos, tan lejos que atravesamos la ciudad y llegamos por fin a la campiña. Nos detuvimos en la última casa del barrio. En apariencia era una cabaña, y hasta estaba blanqueada a la cal, pero por adentro era muy bonita, como podréis ver en seguida si el negrito sabe el camino, porque veo que ha encontrado un hombre y enciende nuevamente su linterna.
Orlandina terminó aquí su historia.Thibaud,besándole la mano, dijo:
-Bella extraviada, hacedme el favor de decirme si habitáis sola en esa bonita casa.
-Completamente sola -replicó la hermosa-, con este negrito y mi gobernanta. Pero no creo que ella pueda volver esta noche. El señor que me pellizcaba el mentón me ha hecho decir que vaya con mi gobernanta a reunirme con él en casa de una de sus hermanas, pero que no había de enviarnos su carroza porque iría con ella a buscar a un sacerdote. Íbamos pues a pie. Alguien nos detuvo para decir que yo era bonita. Mi dueña, que es sorda, creyó que nos injuriaba, y le respondió de igual manera. Otraspersonasse llegaron hasta nosotros, mezclándose a la querella. Tuve miedo y eché a correr. El negrito corrió tras de mí, tropezó, apagóse su linterna, y fue entonces, hermoso caballero, cuando para mi dicha os encontré.
Thibaud,encantado por la ingenuidad del relato, iba a responder con alguna galantería, cuando el negrito, que ahora tenía la linterna encendida, iluminó el rostro deThibaud.Orlandina exclamó:
-¡Qué veo! ¡Sois el mismo caballero del hermoso invento!
-Soy yo mismo -dijoThibaud-,y os aseguro que lo que hice entonces no es nada comparado con lo que podría esperar de mí una graciosa y honesta señorita. Porque aquellas con las cuales estaba eran todo menos eso.
-Sin embargo, parecíais amar a las tres -dijo Orlandina.
-Es que no amaba a ninguna -dijoThibaud.
Y así caminando y conversando llegaron al extremo de la ciudad y después a una cabaña aislada, junto a la campiña. El negrito abrió la puerta con una llave que colgaba de su cintura.
Por adentro, qué duda cabe, la morada estaba lejos de ser una cabaña. Había ricos aposentos con artesones de marfil y ébano; del techo colgaban arañas de muchos brazos, cuya plata era fina y maciza a la vez, y de las paredes tapicerías de Flandes, cuyos personajes parecían seres vivos. Uno de los aposentos estaba amueblado con sillones de terciopelo de Génova, guarnecido de franjas de oro, y con un lecho de muaré de Venecia. Pero nada interesaba aThibaud,que no teníaojos sino para Orlandina y ansiaba acabar su aventura.
El negrito vino a servir la mesa, yThibaudadvirtió que no era un niño, como creyó al principio, sino un viejo enano negro y con una cara atroz. Sin embargo, el hombrecillo traía provisiones en modo alguno feas, una fuente de oro en la cual humeaban cuatro perdices, apetitosas y bien adobadas, y bajo el brazo, un botellón de hipocrás. No bienThibaudhubo comido y bebido, le pareció que un fuego líquido le corría por las venas. Orlandina, en cambio, comía poco y miraba mucho a su convidado, ya con una mirada tierna v candorosa, ya conojos tan llenos de malicia que el joven estaba casi molesto.
Por ultimo, el negrito vino a levantar la mesa. Entonces Orlandina tomó aThibaudde la mano y le preguntó:
-Hermoso caballero, ¿dónde queréis que pasemos la velada?
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