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El Entierro (The Burial) de
Lord Byron

El entierro (The
Burial) es una texto inconcluso de 1816; sin embargo, su desarrollo
permite encontrar un estrecho paralelismo con el relato de Polidori
en ambientación y circunstancias. Ambas historias tienen un origen
común en el encuentro del lago de Ginebra, en 1816, donde
coincidieron, además de Byron y su secretario, Percy y Mary W.
Shelley en la Casa de Campagne Chapuis, durante dos semanas. )
Cuando recuerdo la belleza de Dalal
y su desgraciada relación con Algol, a base de engaños, no puedo
dejar de relacionar esa circunstancia de la historia miliunanochezca
con El vampiro de Polidori. Igualmente, la historia que Lord Byron
no terminó, El entierro, tuvo un desarrollo semejante.
Cuenta la leyenda que reunidos en
Suiza, en 1816, los Shelley --Mary y Percy B.--, Lord Byron y John
William Polidori se propusieron a partir de la lectura de una obra
de origen alemán, la Phantasmagoriana, la creación de una historia
fantástica. Conocemos los resultados: el médico Polidori, Byron y
Mary Shelley escribieron sendas obras que fundamentan la moderna
literatura del horror: El vampiro, El entierro y Frankenstein,
respectivamente.
Son, sin embargo, las dos primeras
las relacionadas con el vampirismo. Es seguro que Byron comentó su
argumento con Polidori: la idea de un juramento que atara a un
hombre que conociera la naturaleza del vampiro. Aun cierta geografía
coincide: la tumba del vampiro está en Grecia, donde se había
originado la leyenda, define la historia de Polidori. Cerca de
Esmirna, en Turquía, el túmulo de Darvell, relata Byron.
Byron no llegó a concluir su
historia; aunque las versiones alrededor de su estancia en Ginebra
son contradictorias, se sabe que no tuvo mayor interés en su
argumento. Porque pese a lo perfectible de la narración, ésta queda
en los huesos. El vampiro sólo bosqueja lo que podría ser en verdad.
Veámoslo esquemáticamente:
a) Ruthven en Londres. El encuentro
con Aubrey.
b) Viaje a Europa de Ruthven y Aubrey. Ruptura en Roma.
c) Aubrey en Grecia. Su amor por Ianthe. Leyendas de vampiros.
Asesinato de Ianthe.
d) El reencuentro con Ruthven. El asalto. Juramento de Aubrey.
Asesinato de Ruthven.
e) Regreso a Londres. Locura de Aubrey. Reencuentro con Ruthven.
f) Matrimonio de la hermana de Aubrey con Ruthven. Muerte de Aubrey
y de su hermana.
g) Descubrimiento del vampirsmo de Ruthven.
Polidori relata en tercera persona. Byron en primera. El esquema de
El entierro, con base en el esquema de El vampiro es éste:
a) Darvell conoce al narrador.
b) Viaje por el sur de Europa y Esmirna de Darvell y narrador.
c) Enfermedad de Darvell. Viaje al cementerio. Juramento. Muerte de
Darvell.
Con esta perspectiva, los lectores
pueden tener una idea clara de la diferencia entre ambos textos y
evitar el error común de que Polidori había plagiado la historia de
Byron. No. Más bien el dolor de la vampira de La novia de Corinto
tiene su reverso de la moneda en Polidori con Ianthe:
"Cuando la joven veía que Aubrey se
mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que le creyese,
porque la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar
la existencia del vampiro obtenían siempre alguna prueba que, con
gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su
existencia."
Curiosamente el discurso antes
citado es el que permite a la narración de Polidori crear un efecto
especial en el lector, quien puede desconcertarse por la muerte de
Ianthe supuestamente a manos del vampiro un par de escenas después,
y preguntarse por qué Aubrey nunca buscó venganza.
Daño y engaño son los motivos del
vampiro ochocentista. El mal es una necesidad; y su ciclo de vida y
muerte un artilugio, para escapar del capricho del hombre. Éste es
quien ha padecer la incansable persecución del reviniente: los
muertos no descansan en paz. El premio de los muertos vivos es
continuar hostigando a quienes no han perdido el alma. Y tan innoble
como un pecado es ser sangre para el vampiro.
La historia que hubiera podido
trabajar Polidori, debió ser la del amor de Aubrey por Ianthe. Ahí
se refleja, en verdad, la maldad del vampiro y su sed de venganza.
Por otra parte, desde la historia de Algol, el gohul, no se había
registrado en más de cien años una narración donde el protagonista
fuera el vampiro.
Mas vale dejar claro que tanto en
poesía como en narrativa, las primeras apariciones de los vampiros
fueron a su favor, y que no hubo en mucho tiempo quien, de la
contraparte humana reclamara una victoria.
A continuación incluimos el texto
de Byron, El entierro, tal como apareciera en el volumen de
Historias extraordinarias (pp. 133-141), que publicara la Dirección
de Literatura de la UNAM en 1992, con mínimas correcciones.

El ENTIERRO (The Burial)
En el año de 17..., después de
haber meditado por algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por
países que hasta ahora los viajeros no frecuentan mucho, partí en
compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell.
Era unos años mayor que yo, un
hombre de fortuna considerable y familia de prosapia. Ventajas que
él ni devaluaba ni sobreestimaba gracias a su gran capacidad.
Algunas circunstancias singulares en su historia personal lo habían
convertido para mí en objeto de atención, interés y hasta de
estimación, que no disminuían ni sus modales reservados ni las
ocasionales muestras de angustia que a veces le acercaban a la
enajenación mental.
Yo era todavía un joven y había
empezado a vivir temprano; pero mi intimidad con él era reciente:
asistimos a las mismas escuelas y universidad; mas su paso por ellas
me había precedido, y él ya se había iniciado a fondo en lo que se
ha llamado el mundo, mientras yo estaba todavía en el noviciado.
Durante ese tiempo, escuché detalles en abundancia tanto de su vida
pasada como de la presente y, aunque en estas narraciones había
muchas e irreconciliables contradicciones, podía yo inferir que él
no era un ser común, sino alguien que, aun cuando se esforzara por
no ser conspicuo, seguía siendo notable.
Había trabado conocimiento con él e
intenté conquistar posteriormente su amistad, pero parecía que ésta
era inalcanzable; los afectos que pudiera haber sentido aparentaban
para entonces o haberse extinto o concentrarse en él. Tuve
suficientes oportunidades para observar que sus sentimientos eran
intensos; pues aún cuando los podía controlar, le era imposible
encubrirlos por completo; sin embargo, tenía la facultad de dar a
una pasión la apariencia de otra, de modo que resultaba difícil
definir la naturaleza de lo que sucedía en su interior; y las
expresiones de su rostro podían variar con tal rapidez, aunque
ligeramente, por lo que resultaba inútil tratar de escudriñar su
origen.
Era manifiesto cómo lo dominaba una
angustia incurable; pero nunca pude descubrir si era a causa de la
ambición, el amor, el remordimiento o la pena, de uno solo o de
todos estos, o sencillamente por un temperamento mórbido, semejante
a una enfermedad. Existían circunstancias supuestas que habrían
podido justificar su atribución a cualquiera de estas causas; pero
como antes dije, éstas eran tan contrarias y contradictorias que
ninguna podía considerarse definitiva.
Se supone generalmente que donde
hay misterio existe también la perversidad: no sé cómo pueda ser
esto, pero es un hecho que en él existía el primero aunque no podría
atestiguar los alcances de la segunda "y estaba poco dispuesto, en
lo que a él se refería, a creer en su existencia. Recibía mi
proximidad con bastante reserva; mas yo era joven y difícil para el
desaliento; y, con el tiempo, tuve éxito al entablar, hasta cierto
punto, ese vínculo común y esa confianza moderada de los intereses
mutuos y cotidianos que crean y cimientan la comunión de empeños, y
la frecuencia de encuentros que se llama intimidad o amistad según
las ideas de quienes utilizan esas palabras para su expresión.
Darvell había viajado ampliamente;
me dirigí a él para que me aconsejara respecto al viaje que
pretendía realizar. Era mi deseo secreto que se dejara persuadir
para acompañarme; además, era una perspectiva improbable; basada en
la vaga inquietud que había observado en él y a la cual daban
renovada fuerza el entusiasmo que parecía sentir hacia tales temas y
su aparente indiferencia por todo lo que lo rodeaba muy de cerca.
Al principio insinué mi deseo y
después lo expresé abiertamente: su respuesta, aun cuando yo la
esperaba en alguna medida, me dio todo el placer de una sorpresa:
aceptó; y, al término de los preparativos necesarios, comenzamos
nuestra travesía.
Después de viajar por varios países
del sur de Europa, volvimos la atención hacia el Este, de acuerdo
con nuestro destino original; y fue en nuestro recorrido a través de
estas regiones que ocurrió el incidente que da ocasión a mi relato.
La complexión de Darvell, que, dada
su apariencia, debía haber sido en su juventud más robusta de lo
normal, estaba decayendo gradualmente desde algún tiempo atrás, sin
que mediara ninguna enfermedad manifiesta: no tenía tos ni tisis;
sin embargo, cada día se debilitaba más; sus hábitos eran moderados,
no admitía ni se quejaba de fatiga; no obstante, era evidente que se
estaba consumiendo: se volvía cada vez más y más silencioso e
insomne y, por fin, se alteró de tan notable manera que mi
preocupación aumentó de manera proporcional al peligro que yo
consideré le amenazaba.
A nuestra llegada a Esmirna, nos
habíamos propuesto ir a una excursión a las ruinas de Éfeso y Sardis,
de la cual intenté disuadirlo debido a su indisposición "pero en
vano: parecía existir una opresión en su mente, y una solemnidad en
sus modales que no correspondían con su ansiedad para seguir con lo
que yo consideraba un simple viaje de placer, totalmente inadecuado
para una persona delicada; pero no me opuse más, y unos días después
partimos en compañía únicamente de un guía y un cargador.
Habíamos recorrido la mitad del
camino hacia los vestigios de Éfeso, dejando atrás los contornos mas
fértiles de Esmirna y nos adentrábamos en esa región inhóspita y
deshabitada a través de los pantanos y desfiladeros que llevan a las
pocas chozas que aún subsisten sobre las destrozadas columnas de
Diana "las paredes sin techo de la cristiandad expulsada y la aún
más reciente pero total desolación de las mezquitas abandonadas"
cuando la súbita y vertiginosa enfermedad de mi compañero nos obligó
a detenernos en un cementerio turco, cuyas lápidas coronadas de
turbantes eran el solo indicio de que la vida humana había morado
alguna vez en ese yermo. La única caravana que vimos había quedado
unas horas atrás; no se podía ver ni esperar vestigio alguno de
pueblo o cabaña siquiera, y esta "ciudad de los muertos" parecía ser
el único refugio para mi desafortunado amigo, quien se veía próximo
a convertirse en su siguiente morador.
En esta situación, busqué por los
alrededores un lugar en el que pudiera reposar con más comodidad: al
contrario del aspecto usual de los cementerios mahometanos, los
cipreses de éste eran escasos, esparcidos sobre toda la superficie;
la mayoría de las tumbas estaban derruidas y desgastadas por los
años: sobre una de las más grandes y bajo de uno de los árboles más
frondosos, Darvell se apoyó, inclinándose con gran dificultad. Pidió
agua. Yo dudaba que pudiéramos encontrarla, aunque me dispuse ir a
buscarla a pesar de mi desaliento: pero él deseaba que yo
permaneciera con él; y volviéndose hacia Suleiman, nuestro cargador,
que fumaba con gran tranquilidad, le dijo:
"Suleimán, verbena su" ( o sea,
trae un poco de agua) y continuó describiéndole con gran detalle el
punto donde podría encontrarla. Era un pequeño pozo para camellos,
algunos cientos de yardas a la derecha. El jenízaro obedeció.
Dije a Darvell:
"¿Cómo supo esto?
"Por nuestra posición" repuso
"usted debe notar que el lugar estuvo habitado alguna vez y no
podría haberlo estado sin manantiales. Además, ya he estado aquí
antes.
"¡Usted ya ha estado aquí! ¿Como
nunca me lo mencionó? Y ¿qué hacía usted en lugar semejante donde
nadie puede permanecer un momento más sin pedir ayuda?
A esta pregunta no recibí respuesta
alguna. Mientras tanto, Suleimán regresó con el agua y dejó al guía
y a los caballos en la fuente. Parecía que al mitigar su sed Darvell
revivió por un momento; y albergué la esperanza de que pudiese
continuar, o por lo menos regresar, y lo exhorté a intentarlo.
Él guardó silencio. Parecía poner
orden en sus pensamientos antes de esforzarse al hablar.
"Éste es el fin de mi jornada
"comenzó" y de mi vida; vine hasta aquí para morir; pero tengo una
súplica que hacer: una orden que dar, pues tales deben ser mis
últimas palabras. ¿La cumplirá?
"Desde luego; pero tengo mejores
intenciones.
"Yo no tengo esperanzas, ni deseos,
sino éste: oculte mi muerte a todo ser humano.
"Espero que no se presente la
ocasión; usted se recuperará y...
"¡Silencio!, así debe ser:
prométalo.
"Sí.
"Júrelo por lo más" aquí pronunció
un juramento de gran solemnidad.
"No hay razón para ello, yo
cumpliré con su petición; y dudar de mi es...
"No puedo evitarlo, debe usted
jurar.
Pronuncié el juramento y eso
pareció aliviarlo. Se quitó del dedo un anillo de sello, que tenía
grabados algunos caracteres arábigos, y me lo dio.
"En el noveno día del mes "
continuó", precisamente al mediodía (el mes que usted guste, pero el
día debe ser ése) usted deberá arrojar este anillo a la fuentes de
agua salada que alimentan la bahía de Eleusis. Al día siguiente, a
la misma hora, deberá dirigirse a las ruinas del templo de Ceres y
esperar una hora...
"¿Para qué?
"Ya lo verá
"¿Dice usted que el noveno día del
mes?
"El noveno.
Cuando hice la observación de que
el presente era el noveno día del mes, su semblante cambió e hizo
pausa. Mientras estaba sentado, debilitándose visiblemente, una
cigüeña con una serpiente en el pico se posó sobre una tumba cercana
a nosotros; y, sin devorar su presa, daba la impresión de
observarnos fijamente. No sé lo que me impulsó a espantarla, pero el
intento fue inútil; hizo algunos círculos en el aire y regresó
exactamente al mismo lugar. Darvell la señaló y sonrió. Habló "no sé
si para sí mismo o para mí" pero las palabras sólo fueron:
"Está bien.
"¿Qué es lo que está bien? ¿Qué
quiere decir?
"No importa; usted deberá
enterrarme aquí esta noche, y en el punto exacto en que está parada
esa ave. Ya conoce usted el resto de mis mandatos.
Entonces procedió a darme algunas
instrucciones sobre cómo podría ocultar mejor su muerte. Cuando
terminó, dijo:
"¿Ve usted esa ave?
"Desde luego.
"¿Y la serpiente que se retuerce en
su pico?
"Sin duda: no hay nada raro en
ello; es su presa natural. Pero resulta extraño que no la devore.
Se rió de una manera espectral y
dijo lánguidamente:
"Todavía no es el momento.
Mientras hablaba, la cigüeña
emprendió el vuelo. La seguí con los ojos un instante: no pude haber
tardado más que en contar diez. Sentí aumentar el peso de Darvell,
por poco que fuese, sobre mi hombro y, al volver a verlo a la cara,
vi que había muerto.
Me impresionó la repentina certeza
inconfundible: en pocos minutos su semblante se tornó casi negro.
Hubiera podido atribuir ese cambio tan rápido a la acción de algún
veneno, si no hubiera estado consciente de que no tuvo oportunidad
alguna de tomarlo sin que yo me diera cuenta. El día se acercaba a
su final, el cuerpo se descomponía con rapidez. No quedaba nada más
que cumplir su petición. Con ayuda del yatagán de Suleimán y de mi
propio sable, excavamos una tumba poco profunda en el sitio que
Darvell había indicado: la tierra cedió con facilidad: tiempo atrás
había recibido un ocupante mahometano.
Cavamos lo más profundo que el
tiempo permitió y, arrojando la tierra seca sobre todo lo que
quedaba del ser tan singular que acababa de partir, cortamos algunos
bloques del césped más verde que crecía en la tierra menos
desgastada que nos rodeaba y lo pusimos sobre su sepulcro.
Entre el asombro y la pena, no
podía derramar una lágrima.

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