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Varney el vampiro o el
festín de Sangre de J.M. Rymer

James Malcolm Rymer
Poco se conoce acerca de este autor aparte de que fue un escritor de
thrillers desde 1840 hasta 1860´s para el editor inglés Edward Lloyd.
En directorio londinense estaba inscrito en 1841 como un ingeniero
civil, que vivía en la calle Burton y fue mencionado en el Queen´s
Magazine por el Museo Británico.
Hay confusión con respecto a la autoría de sus obras, a veces
adjudicadas a otro autor inglés llamado Thomas Peckett Prest. Se
rumorea que JM Malcolm era un seudónimo utilizado por Peckett debido
a que Varney el Vampiro no es la única obra que se atribuye a ambos
autores. "Ada, the betrayed" o "The murder of the old smithy" (1843)
bajo el nombre de Rymer también son atribuidas a Thomas Peckett.
Rymer tambén utilizaba los nombres Malcolm J. Errym, Malcolm
J. Merry Nelson Percival, J. D. Conroy, Septimus R. Urban, y Bertha
Thorne Bishop como seudónimos.
Varney el vampiro o el festín de sangre es uno de los mejores libros peor escritos del mundo en
1847. La técnica literaria, el estilo en la prosa, la
caracterización de los personajes son sustituidos por acción burda y
violenta que casi roza la pornografía.
Su creador James Malcom Rymer (muchos estudiosos
atribuyen la autoría a Thomas Preskett Prest), elige como víctimas
de Varney a voluptuosas mujeres jóvenes, descritas en la plena
incandescencia de una lúbrica semidesnudez.
Publicada originalmente en entregas, Varney alcanzó
a llegar en su edición final los 220 capítulos. A continuación
incluimos el texto traducido al castellano del primer capítulo de
Varney el vampiro.

VARNEY el VAMPIRO
EL
VISITANTE DE LA TORMENTA
Las doce solemnes campanadas del
viejo reloj de la catedral acaban de anunciar la medianoche. El aire
es pesado, denso, y una extraña quietud de muerte invade la
naturaleza. Todo parece algo así como una inmensa tumba.
Mas de pronto, el paisaje cambia.
Empieza a granizar. Sí. Una tormenta de granizo ha estallado sobre
la ciudad. Las hojas de los árboles y sus ramas más tiernas son
diezmadas. Los cristales de las ventanas son azotados con furia por
el helado pedrisco, y se rompen, y aquel mundo de silencio de antes
se convierte en un estruendo que ahoga los gritos de sorpresa y
consternación de los habitantes de la ciudad que ven sus hogares
invadidos por la tormenta. ¡Vaya tempestad! ¡Granizo, lluvia y
viento! Ciertamente, una noche infernal.
En una vieja casa hay una antigua
habitación. Raros y abundantes labrados adornan las paredes y hasta
la gran chimenea resulta una curiosidad por sí misma. El techo es
bajo, y un largo ventanal, que va de pared a pared y de arriba a
abajo, mira hacia el Oeste. Este ventanal se compone de muchos
paneles que enmarcan cristales con singulares figuras pintadas en
vivos colores y que proporcionan al aposento una extraña y bella luz
cuando el sol o la luna da en ellos.
Hay una cama en la habitación,
construida con madera de nogal, de un diseño exquisito y bellamente
labrada también. Se trata de una gran obra de artesanía de la época
isabelina. De la parte superior cuelgan sedas y damascos. Algunos
penachos de plumas, no faltos de polvo, pueden verse en los rincones
y todo el aspecto en sí del aposento tiene algo de fúnebre. El
pavimento es de roble pulido.
¡Dios! ¡Hay que ver con qué fuerza
golpea el granizo en la vieja ventana! Parece como si un batallón de
fusilería descargara sin cesar contra los pequeños vidrios, pero
éstos resisten. Su reducido tamaño los salva. El granizo, la lluvia
y el viento descargan en vano su furia contra ellos.
La cama de aquella vieja habitación
no está vacía. Una hermosa criatura, bella y joven como una mañana
de primavera, yace en ella medio dormida, con su espléndida
cabellera extendida sobre la almohada. Se nota que su sueño no ha
sido tranquilo y reparador porque las ropas de la cama están muy
revueltas. Uno de los brazos descansa sobre la cabeza y el otro
cuelga de un lado de la cama. Su cuello y su pecho son tan hermosos
que parecen hechos por algún genio de la escultura. En su
adormecimiento, mueve los labios ligeramente como si estuviera
recitando una plegaria a Aquel que vino al mundo a sufrir por todos
nosotros.
Como cuando se acostó estaba tan
fatigada, la tormenta no ha tenido suficiente fuerza para truncar su
sueño aunque sus furiosos elementos sí se lo han alterado.
¡Oh! ¡Qué hechizo emanaba de
aquella boca entreabierta en la que podía verse una hilera de
dientes como perlas que incluso con la sola leve luz que entraba por
el ventanal podían brillar! Sus largas pestañas yacían sobre sus
mejillas. Se mueve un poco y queda un hombro al descubierto. Su piel
es suave como la seda. Se trata, en suma, de un capullo de mujer.
¿Relampaguea? Sí. Un terrorífico y vívido flash seguido del
estruendo de un gran trueno da la impresión de que en el cielo unas
montañas se abalanzan sobre otras. ¿Quién duerme ahora en la vieja
ciudad? Nadie. La temible trompeta de la eternidad no hubiera
despertado a sus habitantes con más eficacia.
La granizada continúa. El viento
también. La furia de los elementos parece hallarse en su punto
álgido. La muchacha que descansa en la antigua cama se despierta,
abre sus azules ojos y un grito de alarma sale de sus labios. Pero
el grito queda ahogado por el estruendo de la tormenta. Se incorpora
en la cama y se restriega los ojos. Un gran relámpago se estrella
contra el ventanal, iluminando con su fantasmagórico luz el aposento
y haciendo resaltar las figuras de los cristales.
Un grito de terror sale de la boca
de la joven, mientras con los ojos fijos en la ventana, ahora
oscura, su cuerpo tiembla.
«¿Qué es lo que ha sucedido?», se
pregunta con angustia. «¿Ha sido una visión real o pura
imaginación?» «¡oh, Dios!» Sí, lo ha visto. La luz del relámpago se
lo ha mostrado. Una figura alta y delgada, de pie, junto al
ventanal, intentaba abrir desde el exterior.
El viento se ha calmado un poco, el
granizo ya no cae con tanta fuerza, pero un extraño repiqueteo sigue
proviniendo de la ventana. No puede ser figuración suya. Está
despierta y oye. «¿Qué es lo que puede producir aquello?» Un nuevo
relámpago y otro grito. Ahora ya no se trata de ninguna ilusión. Una
figura alta y flaca permanece en el borde exterior del ventanal. Son
las uñas de sus dedos las que siguen produciendo aquel ruido, ahora
que el granizo ha cesado. Un miedo intenso la paraliza, y con las
manos entrelazadas, el corazón latiéndole tan violentamente que
parece que le va a estallar, el rostro como el mármol y los ojos
dilatados y fijos en la ventana, permanece inmóvil.
El ruido de las uñas golpeando los
cristales continúa. No se oye una palabra, y ella sigue
distinguiendo la oscura figura, una figura con largos brazos que se
mueven como alas y que, de alguna manera, trata de entrar.
¿Qué extraña luz es ésta que ahora
va invadiendo el ambiente? Roja, terrible, y cada vez más brillante.
Un rayo ha caído en una fábrica incendiándole y el reflejo del fuego
que rápidamente consume el edificio da contra el amplio ventanal. La
figura sigue allí, golpeando los cristales con sus largas uñas, unas
uñas que parece no han sido cortadas durante años y años.
La joven quiere gritar, pero no
puede. Sus labios parecen haberse vuelto de plomo. Aquello es
demasiado horrible. Apenas si puede susurrar «¡Socorro! ¡Socorro!» Y
sigue repitiendo esta palabra como en una imperceptible letanía.
El rojo resplandor del incendio
continúa iluminando la terrorífica figura pegada a la ventana. Un
panel de ésta es roto y por él penetra una mano larga, que parece
falta de carne; fuerza la cerradura, quedando media hoja del
ventanal abierta y girando sobre sus goznes.
La muchacha no puede ni gritar ni
moverse. Tan sólo sigue susurrando, «¡Socorro! ¡Socorro!»
«¡Oh, Señor! ¡Qué horrible visión
la que tiene delante de sus ojos! Una visión tan espantosa que es
capaz de anular de golpe todo lo bello que uno haya podido ver en
este mundo.»
La figura se vuelve y la luz le da
de lleno en la cara. Ésta es blanca, sin sangre, los ojos como de
metal pulido, y de sus labios estreabiertos salen unos dientes
largos, blancos y afilados, como de animal salvaje dispuesto a
atacar.
La figura se aproxima hacia la cama
con extraño y deslizante movimiento, chasqueando sus largas uñas que
parecen colgar de sus dedos. Ningún sonido sale de la boca de la
joven. Tan atenazada está por el terror que ni tan siquiera puede
abrirla para pedir socorro. «¿Estará volviéndose loca?»
El poder de sus articulaciones
desaparece, aunque puede deslizarse por sí misma hacia el lado de la
cama a donde se acerca la terrorífica aparición. Sus ojos están
fascinados por la mirada de aquellos ojos metálicos que se inclinan
hacia su rostro. Ahora, la enorme y horrenda figura parece
reducirse, siendo su cara lo que más destaca de ella. «¿Por qué
sucede así? ¿Qué necesita de allí? ¿Qué es lo que la hace tan
horrible? ¿Cómo podía existir en la tierra un ser tan insólito y tan
repulsivo y qué hacía precisamente allí?»
Cuando estaba al borde de la cama,
la figura se detuvo y pareció como si la vida en la muchacha se
detuviera también. Inconscientemente se agarró a las ropas de la
cama. Su respiración era entrecortado y densa, su pecho se elevaba
palpitante y sus labios temblaban mientras seguía sin poder apartar
los ojos de aquella cara de mármol cuyos relucientes ojos metálicos
la anulaban.
Ha cesado la tormenta. Los vientos
se han apaciguado y ha renacido la calma. El viejo reloj de la
catedral ha dado la una. Un silbante sonido sale del pecho de aquel
terrorífico ser y levanta sus largos y flacos brazos. Mueve los
labios, avanza. La muchacha pone en el suelo uno de sus pequeños
pies. Inconscientemente arrastra la ropa con ella. La puerta del
aposento se halla en aquella dirección. ¿Podrá alcanzarla? ¿Podrá
andar? ¿Podrá apartar sus ojos de los de aquel intruso y romper el
terrorífico encantamiento? ¿Es todo esto real o tan sólo un mal
sueño pero tan intenso como para trastornar el juicio?
La figura se detiene de nuevo y,
mitad en la cama, mitad fuera de ella, la muchacha sigue temblando,
sus largos cabellos formando un río sobre la almohada. Esta pausa
debió durar un minuto, pero un minuto que fue de agonía. Un minuto
bastó para que la locura consumara su trabajo.
Con una súbita rapidez que no
hubiera podido ser ni prevista, con un extraño alarido que hubiera
bastado para aterrar al corazón más valiente, asió los largos
cabellos de la muchacha, los retorció con sus huesudas manos y la
ató con ellos.
Entonces, ella gritó —el cielo le
había concedido de nuevo la facultad de poder gritar—. A un grito
sucedió otro, y otro. Las ropas de la cama cayeron y ella fue
arrastrada, mientras en sus bellos labios aparecía el rictus de la
agonía.
Los metálicos y terroríficos ojos
de la figura miraban aquel angélico cuerpo con demoniaca
satisfacción. Arrastró su cabeza hasta el borde de la cama, la dobló
hacia atrás y, hundiendo sus afilados dientes en su blanco cuello,
chupó su sangre. La muchacha quedó desfallecida y el vampiro apuró
hasta el final su banquete.
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