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EXTREMADURA |
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Entrega nº 4 del 6-06-05 al 20-06-05 |
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lOS VISIGODOS EN EXTREMADURA. La Iglesia católica hispana en época visigoda. |
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La Iglesia católica hispana en época visigoda. La
importancia del estamento eclesiástico en la vida social durante la época
visigoda fue determinante en muchos aspectos. La inestabilidad creciente
que se apoderó de la Península a partir de 407 trajo consigo una
creciente inoperatividad de la administración romana, lo que determinó
que los obispos de las ciudades fueran la única instancia de gobierno
regularmente organizada. De esta forma se convirtieron en verdaderos
representantes de la ciudadanía actuando como tales. La posterior extensión
del poder visigodo parece que no alteró ni el status ni las funciones del
estamento religioso. Durante buena parte del s. VI la Iglesia católica
hispana gozó de gran libertad de movimientos, fortaleciéndose su situación
paulatinamente. Especialmente ilustrativo es el caso de Mérida del
que se posee numerosa información. Desde el 483 encontramos a los
obispos emeritenses (Paulo, Fidel, Masona, etc) colaborando estrechamente
con el gobierno visigodo en funciones de carácter municipal, y contando
para ello con un efectivo poder ejecutivo. Analizando la gestión local
llevada a cabo por estos prelados destaca la realización de numerosas
obras de caridad para los pobres, construcción de asilos y hospitales
para enfermos y peregrinos, y la instauración de una medicina municipal y
gratuita. Por tanto, no nos puede extrañar que el puesto de obispo en dicha época fuese muy codiciado, siendo con frecuencia centro de intrigas políticas tanto en el ámbito local como nacional. Y
esto era así porque la jerarquía católica hispana llegó a centralizar
una serie de funciones vitales para el desarrollo de la sociedad de carácter
eminentemente religioso, pero también culturales, políticas, sociales y,
a destacar, económicas. Las actividades económicas de la Iglesia fueron
muy variadas y extensas, lo que le hizo poseedora de un patrimonio colosal
que rivalizaba con el de la Corona. Incluso llegó a desplegar una
importante actividad bancaria como fue el caso del obispo Massona
que creo en Mérida una institución crediticia que ofrecía préstamos
sin interés a la clase humilde. La
topografía de las ciudades reflejó este poder de la Iglesia, levantándose
en ellas un número cada vez mayor de edificaciones de carácter
religioso: basílicas, monasterios, palacios episcopales, capillas, etc.
Posiblemente sea de Mérida de finales del s. VI y del VII, de la
que se tengan más noticias referentes a su topografía cristiana. Junto a
las basílicas suburbanas anteriormente citadas y además del grupo
catedralicio dedicado
a Santa María, o Santa Jerusalén, se encontraban las basílicas de San
Cipriano, San Fausto y de los Mártires, todas ellas existentes a fines
del s. VI. A mediados del s. VII pertenecería la basílica de Santa María, levantada en
terrenos de la posterior alcazaba islámica, así como la ampliación de
un monasterio urbano femenino ya preexistente. Son numerosos, desde finales del s. IV, los episodios conocidos de enfrentamiento dogmático entre los distintos representantes de las tres principales corrientes cristianas de la época: priscilianismo y arrianismo contra la Iglesia católica mayoritaria. Uno de los sucesos más célebres fue la precipitada salida de Prisciliano de la Mérida del 419 cuya población quería lincharle a instigación del obispo rival Hidacio. O la humillante derrota pública del obispo arriano Sunna en un debate celebrado en Mérida en el 580 contra el católico Massona. A
finales del s. IV, el cristianismo hispano dejó de ser un fenómeno
exclusivamente urbano para extenderse en el ámbito rural de la mano de la
potente nobleza hispana y obispos metropolitanos. Las grandes mansiones señoriales
(villae) se proveen en esta época de construcciones de clara
funcionalidad religiosa como martyrium, capillas, iglesias rurales
y hasta de monasterios. Sirva Casa Herrera (Badajoz) como ejemplo
de todo esto. Pero detrás de esta aparente religiosidad existía otros
intereses. No olvidemos como la construcción de una basílica rural
llevaba consigo la adscripción a ella de unos bienes raíces y esclavos
suficientes para el mantenimiento del culto y del clero adscrito a ella.
Por otro lado, los fundadores de tales basílicas podían verse también
motivados por la esperanza de hacerse con una parte sustancial de las
ofrendas que la piedad campesina aportase a dichos templos. Así, las basílicas
rurales se convirtieron en un instrumento de lucro, de dominación
socioeconómica en el ámbito rural, y en fuente de conflicto entre sus
promotores privados y los obispos, estos últimos siempre ávidos de
controlar nuevas propiedades. Los nobles hispanovisigodos no solo levantaron basílicas en sus propiedades sino también monasterios. Estas instituciones se encontraban al margen de la autoridad del obispo, razón por la cual serían más atractivos económicamente que cualquier otra edifica- ción religiosa. Esta situación privilegiada provocó ciertos abusos por parte de sus fundado- res, ya que en algunos casos se intentó hacer pasar por monasterio lo que en realidad no era más que una pequeña basílica rural carente de una verdadera congregación. Los monasterios hispanovisigodos abundaron no solo en el campo sino también en las ciudades, constituyéndose estos últimos en auténticos semilleros de futuros obispos como fue el caso de el monasterio de Santa Eulalia en Mérida (Badajoz). Con el apoyo de los obispos y de la aristocracia local, los monasterios hispanos de los s. V y VI se ubicaron preferentemente en las ciudades. En todos ellos la regulación de la vida monacal se regía bajo alguna regla monástica prestigiosa, sobre todo la de San Agustín, preponderancia que se vería confirmada con la llegada al mediodía peninsular de comunidades monásticas norteafricanas como la de un tal Nancto que se asentó en las proximidades de Mérida, y que huían de los ataques beréberes. A finales del s. VI era alarmante el bajo nivel cultural del clero peninsular, razón por la cual en el II Concilio de Toledo celebrado en el 531 se dictaron las bases para la creación de escuelas especializadas. La falta de cualquier otra forma de educación oficial fue un síntoma más del creciente liderazgo que iba adquiriendo la Iglesia católica hispana como aglutinante de las mas firmes tradiciones hispanas (cristianas y latinas) frente a las nuevas formas visigodas (bárbaras y arrianas). Por estas fechas comenzaría a funcionar una escuela en el monasterio de Santa Eulalia, en Mérida, donde se formaron personajes de la talla del obispo Masona.
continuará... PRÓXIMA ENTREGA: nº 5 20 de junio de 2005 LOS VISIGODOS EN EXTREMADURA. La arquitectura visigoda. |
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