CELTI

 

Las huellas de Roma

 en Peñaflor, Sevilla

 

 

 

Sillares romanos en la Ermita de Villadiego

 

 

 

 

De Peñaflor, pequeña población sevillana situada en las inmediaciones de la desembocadura del Genil en el Guadalquivir, procede una notable inscripción que nos habla de un agricultor romano que en su vida había sido amante de la caza y de la pesca. En ella se cita a la ciudad de Celti, que no es sino el nombre antiguo de lo que hoy es Peñaflor. Fue escrita en brillantes versos y se ha fechado en el siglo I de nuestra era. Veamos su contenido:

“A los dioses Manes. Aquí yace Quintius Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Ay dolor! ¡Oh tú, caminante, que pasas por la acera de este camino!, entérate de quién fue el joven cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, donde cogía abundante pesca; sabía como cazador hundir su jabalina en el corazón de bravías fieras; sabía también aprisionar a las aves con varetas armadas en liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a ti, ¡oh Diana!, en Delphos nacida, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar de la umbría floresta cumpliendo lealmente el voto hecho. En el gran predio de su heredad dio feliz impulso a las labores agrícolas, requiriendo que por ellas se juntasen los dilatados valles a los declives pintorescos y las cumbres ásperas de la sierra, ya rompiendo tierras eriales con el arado, ya encerrando y abrigando cuidadosamente preparados los tiernos sarmientos de la vid”.

 

Paseo por la Historia

         La inscripción funeraria que hemos reproducido siguiendo la traducción de Antonio García y Bellido permite que nos adentremos  en la historia antigua de Peñaflor, pequeña población situada en el valle del Guadalquivir, cerca de Palma del Río, en las estribaciones de Sierra Morena, que alcanzó momentos de prosperidad en los tiempos del Alto Imperio romano.

         Por su situación estratégica, cerca de los rios Betis (Guadalquivir) y Singilis (Genil) y de las riquezas mineras de la sierra, desde tiempos antiguos acudieron a estos parajes grupos de hombres que procedentes del sudeste peninsular estaban influenciados por los pueblos colonizadores orientales. Su viaje hubo de realizarse siguiendo el curso del valle del Genil, que muy cerca de Peñaflor se une con el Guadalquivir, siendo su pretensión la de acceder a los ricos minerales de cobre que afloraban en las minas de Sierra Morena.

         A pesar de que en nuestros tiempos Peñaflor es una población muy modesta invitamos al amable lector a que la visite, ya que podrá disfrutar contemplando diversos lugares de especial interés histórico y arqueológico. No podemos sino destacar la Ermita de los Santos Mártires, el conjunto de hipogeos romanos de la calle Cuevas, las murallas de El Higuerón (junto al Guadalquivir), los vestigios de las excavaciones realizadas en lo que fue antigua Celti y la especialmente atractiva, por diversos motivos, Ermita de la Virgen de Villadiego, patrona de la localidad. Además, muy próximas a Peñaflor se sitúan las poblaciones de Palma del Río y Lora del Río, en las que el viajero podrá encontrar igualmente multitud de recuerdos de otros tiempos ya pasados. El alcázar musulmán de Palma y los restos del castillo de Setefilla, en Lora, pueden suponer un magnífico complemento de la excursión que proponemos.

 

 

Sillares ciclópeos en El Higuerón

 

 

 

 

Celti y el Guadalquivir

En primer lugar, recomendamos al viajero que se desplace a las inmediaciones del Guadalquivir para visitar los vestigios de El Higuerón, nombre con el que se conoce una interesante construcción muraria rematada en talud, alzada con inmensos sillares de traza ciclópea, que labrados de manera tosca llegan a alcanzar un peso que supera las dos toneladas.

El sólido murallón se inserta en el contexto de las defensas de la ciudad de Celti contra las embestidas de las aguas del Guadalquivir. La obra se levanta frente al río, en un paraje natural de gran belleza, y al no haber sido objeto de excavación poco se conoce sobre sus orígenes concretos y su funcionalidad real. Se discute su posible origen tartésico, fenicio, turdetano o incluso romano, y tampoco existe acuerdo sobre si se trata de los restos de un antiguo puerto fluvial o los vestigios, simplemente, de las murallas de Celti.

La cercanía al río, no obstante, parece indicar que estamos ante una infraestructura que perfeccionada por los romanos hubo de estar vinculada con la salida por el Guadalquivir de los productos mineros y agrícolas que afluían a la ciudad en los tiempos del primer milenio antes de Cristo y del Imperio de Roma. Llama la atención, en todo caso, y sugiere una datación antigua de la obra, que superaría los tiempos romanos, el aspecto colosal e irregular de los bloques ciclópeos, que están colocados unos sobre otros sin utilizar ningún tipo de material de traba.

Es también objeto de discusión el hecho de si el nombre de Peñaflor en época romana (Celti) podría hacer alusión, o no, a la posible presencia de tribus célticas, que podrían haber acudido en tiempos remotos a este lugar atraídos por la riqueza minera de su entorno. Muchos piensan que pudo ser así y posteriormente los romanos habrían conservado el nombre en la medida en que todavía perduraba el recuerdo de esos hombres de origen indoeuropeo.

Las excavaciones que se vienen realizando en Peñaflor, en el paraje de la Viña, vienen aflorando de manera paulatina los restos de diversas estructuras urbanas que presentan dos niveles de ocupación sucesivos. En el primero, turdetano-romano, se estaría manteniendo en esencia la antigua ciudad ibérica, en tanto que en el segundo, que se corresponde con el esplendor de Roma (siglos I y II) es cuando se levanta el foro de la ciudad.

En estos momentos del Imperio es cuando, según una inscripción cordobesa, un personaje llamado Flavio ocupó el cargo de sacerdote del culto imperial, allá por los años 215 y 216 d.C. La inscripción indica que este individuo era hijo de un celtitano de nombre Marco Basíleo, lo que parece confirmar la importancia de Celti en estos tiempos ya que solo los miembros de las familias más influyentes podían aspirar a desarrollar este tipo de cargos.

 

Hipogeos romanos

         Constituyen un monumento arqueológico de primer interés en Andalucía, a pesar de que son, desgraciadamente, muy poco conocidos y valorados. Se alzan en las inmediaciones de la Iglesia Parroquial, en un promontorio de piedra caliza cuyas alturas están coronadas por los lienzos de tapial del castillo musulmán. Todas las tumbas están situadas en el lado derecho de la actual Calle Cuevas, subiendo desde la iglesia, en lo que antiguamente fue una necrópolis situada más allá de las murallas de Celti, de la que también estaba separada por las aguas del arroyo Moreras.

 

Hipogeo romano de la calle Cuevas

 

 

 

         El conjunto, que está siendo estudiado por José Francisco López Muñoz, está integrado por un total de diez cuevas, de las que ocho fueron construidas por el hombre y las otras dos son naturales. En tiempos romanos las cuevas se utilizaron como tumbas y en ellas encontramos algunas que responden a los ritos propios de la incineración, como es el caso de las dos cuevas de Zalamea; en tanto que otras habrían sido de inhumación, con arcosolios, como la cueva Robledo Blanco,  y otras, finalmente, habrían tenido una utilización mixta, ya que presentan tanto lóculis como arcosolios (lo que sucede en la cueva de la Mochuela).  

         No podemos sino llamar la atención  sobre el hecho de que este conjunto de hipogeos romanos constituye un claro ejemplo de lo que podríamos denominar “Arqueología viva”, ya que las cuevas están integradas como anexos de las viviendas alzadas a su lado, y la mayor parte de ellas siguen estando habitadas en la actualidad, siendo utilizadas usualmente como trasteros. La persona que acuda a Peñaflor para visitar este notable conjunto de hipogeos romanos contrastará la amabilidad de los propietarios de las viviendas que se han levantado desde tiempos muy antiguos junto a ellas.

         La visita a los hipogeos romanos de Celti  nos invita a reflexionar sobre  las creencias acerca de la muerte en el mundo antiguo. Las cuevas, que se adentran en la tierra, evocan el mundo simbólico del Reino de los Muertos que los romanos situaban en el inframundo existente bajo nuestros pies. Monumentos como estos hipogeos, tan bien conservados como poco conocidos, permiten sugerentes reflexiones acerca del simbolismo del mundo infernal en los tiempos clásicos.

 

Mártires mozárabes

         Debemos visitar, igualmente, la Ermita de los Santos Mártires, en la que según la tradición habrían encontrado la muerte los santos Críspulo y Restituto, en el contexto del ansia de martirio propio de los exaltados mozárabes de los tiempos emirales. Siempre según la leyenda, de la sangre de los mártires habría brotado una flor en la roca de la que procedería el actual nombre de Peñaflor.

         La ermita, en todo caso, está reutilizando un antiguo hipogeo romano, relacionado con la necrópolis de la que antes hablábamos. Tiene planta rectangular y está dividida en dos pequeñas salas cuadradas. Por debajo del altar que se sitúa en una de las salas se podría acceder a un pasadizo subterráneo que según los lugareños tendría diversos puntos de salida por otros lugares de Peñaflor. Parece, incluso, que en los tiempos posteriores a la Guerra Civil de 1936 esos escondrijos de remoto origen fueron refugio de un “topo” republicano que en ellos habitó durante muchos años.

 

La huella de los Hospitalarios

         Terminamos la visita a la población de Peñaflor desplazándonos a la cercana Ermita de la Virgen de Villadiego, situada a pocos kilómetros de distancia, en la carretera que se dirige a la cercana Lora del Río.

         Llama la atención que tanto en los jardines de la ermita como en su interior se conservan multitud de vestigios que rememoran los tiempos de la presencia de Roma en estas tierras del valle del Guadalquivir. Destacamos la interesante colección de inscripciones epigráficas, varios sarcófagos, diversos fustes y capiteles de columnas...

 

 

Inscripción romana. Ermita de Villadiego

 

 

 

         La propia ermita está construida utilizando materiales de tipo mudéjar y cuenta con tres naves, con cabecera cuadrada, estando adosada a una torre que se fecha en los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista de estos lugares por las tropas de Fernando III. Se sabe que Peñaflor fue tomada por la Cristiandad en 1240 y poco tiempo después, tras la caída de Sevilla, la repoblación de estas tierras fue confiada a la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén (los  caballeros Hospitalarios), que a mediados del siglo XIII tenía varias encomiendas en Tocina, Alcolea, Lora, Peñaflor y Almenara, que dependían de la Bailía que la orden había establecido en Setefilla, en las inmediaciones de la actual Lora del Río, en otro paisaje de espectacular belleza natural, cuya visita no podemos sino igualmente recomendar.

         La torre de Villadiego, precisamente, se integra en el sistema defensivo que tomando como núcleo el castillo de Setefilla se distribuía por diversos lugares del valle y de la sierra cercana, como defensa ante la amenaza que el cercano Reino de Granada suponía para estas tierras de Sevilla y Córdoba en los años que siguieron a la conquista cristiana.