¡QUÉ DESCANSADA VIDA...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido...

 

 

Un no rompido sueño,

un día puro, alegre, libre, quiero;

no quiero ver el ceño

vanamente severo

de a quien la sangre ensalza, o el dinero...

 

 

Vivir quiero conmigo;

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo...

 

 

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado, tengo un huerto,

que con la primavera,

de bella flor cubierto,

ya muestra en esperanza el fruto cierto...

 

 

 

 

 

A mí una pobrecilla

mesa, de amable paz bien abastada,

me baste; y la vajilla,

de fino oro labrada,

sea de quien la mar no teme airada...

 

 

Y mientras miserable-

mente se están los otros abrasando

con sed insaciable

del peligroso mando,

tendido yo a la sombra esté cantando;

a la sombra tendido,

de hiedra y lauro eterno coronado,

puesto el atento oído

al son dulce, acordado,

del plectro sabiamente meneado.

 

 

 

 

Canción de la vida solitaria

Fray Luis de León

 

 

 

 

 

 

 

1 de noviembre de 2005