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EL HEREJE MIGUEL DELIBES
ETAPA CUARTA AUTO DE FE EN LA PLAZA DEL MERCADO |
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Perspectiva parcial de la Plaza Mayor de Valladolid, desde la Plaza de la Fuente Dorada. Se trata de la denominada Acera de San Francisco (por el convento de ese mismo nombre que aquí se situaba). Fue en ese espacio donde se celebraron los dos autos de fe de 1559, fuente de inspiración para la novela de Delibes. |
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En la Plaza del Mercado, conocida hoy como Plaza Mayor, fue donde se llevaron a cabo los dos autos de fe cuyo recuerdo nos ha transmitido Miguel Delibes en su novela.
El Auto de Fe inquisitorial suponía un espectáculo que el Santo Oficio, incapaz de conocer la piedad, ofrecía a la muchedumbre que acudía, expectante, a la convocatoria. El acto suponía una afirmación colectiva y frenética de la fe de los católicos, amenazada por las creencias heréticas que de uno u otro modo se enfrentaban a ella. Se trataba de momentos en que la Inquisición no tenía miramientos ni dudas para golpear a los más grandes personajes de la propia corte, como es el caso del varias veces citado Doctor Cazalla, que había sido capellán del propio emperador.
El proceso novelado por Delibes recoge acontecimientos que realmente se produjeron no en uno sino en dos autos de fe. En concreto, existen algunos episodios que se refieren al auto de 21 de mayo de 1559, en tanto que otros hacen relación al de 8 de octubre de ese mismo año.
En el Auto de Fe de 21 de mayo de 1559 los datos históricos nos dicen que fueron procesados, entre otros, el Doctor Cazalla, el Licenciado Herrezuelo, la madre y la hermana de Cazalla, el sacerdote Francisco de Vivero, Cristobal de Ocampo, el Licenciado Pérez de Herrera, varias religiosas del convento de Santa Catalina de Siena y otros más hasta alcanzar un total de 30 personas vivas y otra más que fue condenada y quemada en efigie (la madre del Doctor Cazalla, que antes comentamos que había sido enterrada en la Capilla de Fuensaldaña).
Se sabe, por los documentos conservados, que el Auto comenzó a las cinco de la madrugada, asistiendo el Príncipe don Carlos, su tía Juana de Portugal y varios grandes señores (el Almirante de Castilla, el marqués de Denia, el marqués de Astorga...). Les acompañaban más de 850 monjes procedentes de todas las órdenes religiosas, encabezados por el Arzobispo de Sevilla, que en calidad de Inquisidor General presidía el acto.
La lectura de las sentencias nos dice que 15 hombres fueron condenados a la hoguera. Uno de ellos, el Licenciado Herrezuelo, fue quemado vivo ya que no mostró señales de arrepentimiento. Los otros 14, que se habían reconciliado previamente con la Iglesia Romana, murieron por garrote vil y posteriormente sus cuerpos fueron igualmente quemados. Pensamos que en la figura del Licenciado Herrezuelo, el único hereje relajado que fue quemado vivo, hemos de buscar la inspiración para Cipriano Salcedo, protagonista de la novela de Miguel Delibes.
El otro Auto de Fe "histórico" que antes hemos mencionado se celebró el día 8 de octubre de ese mismo año. Se sabe que a este segundo acto si acudió el propio rey Felipe y que fueron condenados a muerte diversos personajes que Delibes trata también en su novela. Se trata, por ejemplo, de Carlos de Seso y de Fray Domingo de Rojas. En total fueron ajusticiados 14 personas. Dos de ellas fueron quemadas vivas (Carlos de Seso y Juán Sánchez, que había sido servidor del Doctor Cazalla). Las otras doce fueron previamente estranguladas. En este segundo proceso inquisitorial habría de ser condenada en efigie Juana Sánchez, conocida como "la beata de Valladolid", que se había suicidado en prisión clavándose unas tijeras.
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La condena de don Carlos de Seso
"El público rebullía inquieto y expectante. Paso a paso el auto había entrado en la fase dramática que esperaba. Todavía llamaron los relatores a Eufrosina Ríos, condenada a muerte en garrote y a Catalina de Castilla, a sambenito y cárcel perpetuos, antes de que le llegara el turno a don Carlos de Seso. El corregidor de Toro, con su voluntad indomable, subió las escaleras del púlpito por sí mismo, laboriosamente a causa de la flaqueza de sus piernas, pero erguido y noble. -Carlos de Seso -dijo el relator Vergara-: confiscación de bienes y muerte en la hoguera. Don Carlos hizo un ademán de aceptación con una reverencia deferente y simuló retirarse en compañía del familiar, pero, una vez a la altura del palco real, se detuvo, se encaró con el Rey, hizo otra pequeña venia y dijo con una punta de ironía: -¿Cómo permitís, señor, este atentado contra la vida de vuestro súbdito? A lo que Su Majestad replicó pronto frunciendo el ceño: -Si mi hijo fuera tan malo como vos, yo mismo apilaría la leña para quemarlo. Más por sus modales que por sus palabras, que no alcanzaron los oídos de la mayoría, el pueblo, que despreciaba la dignidad, abucheó al preso, le afrentó, en tanto que los inquisidores, poco amigos de apostillas y comentarios, le retiraban y reforzaban la guardia de alabarderos ante el palco real para impedir otros excesos. Los relatores continuaban desgranando nombres y penas, pero el pueblo, que ya había cogido gusto a los números fuera de programa, dejó de prestar atención, aplanado por el tedio y la ardentía." (El hereje, libro III).
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