EL HEREJE

MIGUEL DELIBES

 

ETAPA QUINTA

BRASERO DE HEREJES

 

 

Calle de Santiago de Valladolid (al fondo, lo que hoy son jardines del Campo Grande).

Por esta calle avanzó la comitiva de los condenados, una vez terminado el Auto de Fe, camino del quemadero situado en el Campo de Marte (hoy, Campo Grande, al fondo de la fotografía). En aquellos tiempos terribles ese quemadero era conocido como "Brasero de herejes".

 

 

 

 

Terminado el Auto de Fe la comitiva de los condenados, montados en mulas ya que su penoso estado físico les impedía caminar, se puso en marcha para siguiendo la calle de Santiago dirigirse hacía la Puerta del Campo de la ciudad. Más allá, en el Campo de Marte, actual Campo Grande, se encontraban los quemaderos, lo que el vulgo conocía como "Brasero de herejes".

 

Por los textos históricos conservados se sabe que el Doctor Cazalla, reconciliado con la Iglesia, mostró continuas señales de arrepentimiento, rogando a los otros condenados que no dudasen en regresar a la fe verdadera, es decir, a la Romana, y manifestando que él les había engañado con sus prédicas. El Licenciado Herrezuelo, el único quemado vivo en el proceso del 21 de mayo, permaneció siempre, según nos dice la Historia, impasible ante los acontecimientos, mostrando un claro y frío desden a las exhortaciones que se le dirigían.

 

Del mismo modo que Herrezuelo, quemado vivo, habría de encontrar también la muerte Cipriano Salcedo, el hereje, protagonista de la magistral novela histórica que Miguel Delibes dedicó a la ciudad de Valladolid, nuestra ciudad.

 

 

 

 

La muerte en la hoguera

de Cipriano Salcedo

 

"El padre Tablares bajó la cabeza desalentado. No había más tiempo. Los espectadores pedían a gritos el sacrificio: voceaban, brincaban, alzaban los brazos. Los silbatos de los niños aturdían. El humo hacía llorar los ojos. Una mujer gruesa comía buñuelos tranquilamente junto a Minervina. El padre Tablares, consciente de su fracaso, descendió lentamente la escalerilla, vio a Minervina sollozando junto al verdugo y a éste mirándole a él atentamente. Entonces hizo la seña, un leve ademán con la mano derecha señalando la carga de leña, sobre el burrajo. El verdugo arrimó la tea a la incendaja y el fuego floreció de pronto como una amapola, despabiló, humeó, rodeó a Cipriano rugiendo, lo desbordó. La multitud prorrumpió en gritos de júbilo cuando se produjo la deflagración y enormes llamas envolvieron al reo. "Señor, acógeme", murmuró éste. Sintió un dolor intensísimo, como si le arrancaran la piel a tiras, en las caras internas de los muslos, en todo su cuerpo, con una intensidad especial en las yemas de los dedos. Apretó los párpados en silencio, sin mover un músculo, resignadamente. El pueblo, sobrecogido por su entereza, pero en el fondo decepcionado, había enmudecido. Entonces rompió el silencio el desgarrado sollozo de Minervina. La cabeza de Cipriano había caído de lado y las puntas de las llamas se cebaban en su ojos enfermos." (El hereje, libro III).