ORDESA

 

 

 

 

 

 

 

 

En el verano de 2007 nos animamos a realizar un recorrido por el Pirineo aragonés. Uno de los días, el autocar nos acercó hasta la pequeña población de Torla, que está enclavada en uno de los parajes por los que tradicionalmente se accede al Valle de Ordesa.

 

Se trata de un pequeño villorrio, con calles empedradas en su casco, pero lo cierto es que desde sus miradores se tienen unas perspectivas de especial belleza de lo que se conoce como Fajas del Mondarruego, mágica visión que preludia lo que luego se podrá contemplar en el propio valle.

 

Desde allí, los expedicionarios tuvimos que embarcar en otro autobús que traslada a las personas que quieren visitar el Parque Nacional  hasta el Centro de Recepción, que está situado a unos diez kilómetros de Torla. Antes, a medio camino, habíamos pasado por el llamado “Puente de los Navarros”, enclavado en el paraje en el que se unen los ríos Ara y Arazas, y los valles de Ordesa y de Bucaruelo.

 

Cuando el autobús estaba a punto de alcanzar, tras haber pasado por multitud de curvas y desniveles, la planicie habilitada como aparcamiento, situada al lado del Centro de Recepción, alguno de los viajeros exclamó:

 

-¡Santo Dios, que ganas tengo de que pare al autobús para revolcarme en la yerba!

 

El estadillo de risas de los ocupantes del bus, que en ese momento estábamos contemplando con admiración el bellísimo verdor de aquella pequeña pradera, resultó atronador.

 

Desde el Centro de Recepción, donde termina la carretera y desde el que se tienen impresionantes perspectivas del Tozal del Mallo, pared vertical de más de 300 metros, los viajeros nos pusimos en marcha, ya a pie, para disfrutar con la contemplación de las maravillas con que la naturaleza ha dotado al Valle de Ordesa. A medida que íbamos avanzando, podíamos contemplar como un espeso bosque de hayas cubría ambas laderas del valle hasta que a cierta altura estas iban siendo sustituidas por los pinos negros, los abetos y los pastizales de montaña.

 

Caminábamos sin prisas, disfrutando de los paisajes y disparando fotografías que permitieran, algún día, evocar lo que estábamos contemplando. Así, con calma, nos fuimos aproximando a los espectaculares saltos de agua por los que el río Arazas, cuyo cauce íbamos siguiendo, se iba despeñando para salvar los desniveles de la montaña: se trataba de las denominadas cascadas de Torrombotera, Molinieto, Arco Iris, Arripas, del Estrecho, Gradas de Soaso y la tan impresionante, como inaccesible para nosotros, Cola del Caballo, que alcanza los 70 metros de altura y que al parecer se enclava en un paraje excepcional cerca del extremo norte de la larga pista que bordea el circo de Soaso.

 

Y digo inaccesible para nosotros porque, desgraciadamente, no tuvimos tiempo para llegar a esa última cascada. La mañana había pasado demasiado deprisa y la hora de retornar al autocar se aproximaba. Nos esperaban en el restaurante, para el almuero.

 

El camino de regreso por el valle, que ahora hicimos por la otra margen del río, tras cruzar por uno de los puentes que lo atraviesan, nos permitió contemplar nuevamente otras perspectivas de gran belleza. Fue, sin duda, una mañana especial en la que mis sorprendidos ojos pudieron disfrutar contemplando algunos de los más bellos paisajes que posiblemente puedan ver en su vida.

 

 

 

Fotografías