Peñaranda

 

Peñaranda de Duero

 

 

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Excavaciones de Clunia

 

Muy cerca de La Vid, a siete kilómetros al norte, se encuentra una población, Peñaranda de Duero, que constituye uno de los rincones de mayor interés turístico de la provincia de Burgos, estando dotada de una Plaza Mayor bellísima, flanqueada por el palacio de los Zúñiga y Avellaneda y la iglesia de Santa Ana y coronada por los vestigios de un imponente castillo. A la plaza, estructurada con casas cuyos bajos están protegidos por soportales de rancia solera castellana y en la que existe un rollo jurisdiccional gótico del siglo XVI, se accede por un arco de lo que fue antiguamente muralla.

 

A principios del siglo XIV la villa, que conocería momentos de especial esplendor, habría de integrarse en el señorío de la familia López de Avellaneda, que más tarde emparentaría con los Zúñiga. Felipe II, cuando corría el año 1608, la concedió como ducado a Juan de Zúñiga y Avellaneda, virrey de Cataluña y de Nápoles, pasando a depender en tiempos posteriores de la familia de los Portocarrero e integrándose, más tarde, en el patrimonio de los duques de Alba.

 

El palacio de los Avellaneda, situado según vimos en la Plaza Mayor, fue levantado en tiempos del Renacimiento (siglo XVI) y cuenta con una portada plateresca que es una joya de la arquitectura civil española, estando dotado de bellos artesonados mudéjares, góticos y renacentistas que coronan sus elegantes salones. En la portada del palacio se han integrado algunos restos romanos (bustos, columnas, etc.) que proceden de la cercana Clunia, actual despoblado que en su momento albergó más de 30.000 almas y fue sede de uno de los conventos jurídicos integrados en la provincia tarraconense. En Clunia, situada en las inmediaciones de Coruña del Conde, en lo alto de un cerro desde el que se disfrutan espléndidas vistas de la meseta, las tropas legionarias proclamaron emperador a Servio Sulpucio Galba, entonces gobernador de la provincia, una vez que se tuvo noticia de la muerte de Nerón.

 

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Santa Ana (Peñaranda de Duero)

 

Al otro lado de la plaza se alza la iglesia de Santa Ana, del siglo XVI, que cuenta con una portada barroca del XVIII y fue antigua colegiata. Su retablo mayor es una obra neoclásica que contiene la representación de la santa titular del templo realizada por Alfonso G. Bergaz. Un relicario celosamente custodiado conserva aquí el corazón de Cipriano de Portocarrero, conde de Montijo, padre que fue de Eugenia, la mujer que llegaría a ser emperatriz de Francia. Parece ser que este inusual depósito no intentaba otra cosa sino acreditar la piedad del conde hacia sus antepasados, que en otros tiempos habían levantado la iglesia.

 

A las espaldas del palacio de los Avellaneda el viajero debe visitar la botica de Ximeno, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII y que siempre ha pertenecido a un miembro de esa familia. Allí está instalado un peculiar Museo de Farmacia en el que se muestra, entre tantas otras curiosidades, una magnífica colección de tarros de cerámica talabricense.

 

El castillo de Peñaranda, de mediados del siglo XV y bien adaptado a la irregular superficie del terreno, es junto con el de Frías la fortaleza roquera más sobresaliente de Burgos, alzándose en lo alto de un cerro rocoso situado al fondo de la Plaza Mayor de la villa. Sus orígenes se remontan a los tiempos del conde Fernán González, cuando el Duero marcaba la frontera entre los cristianos y los seguidores del Islam. Su estado de conservación es irregular, destacando su sólida torre del homenaje, que cuenta con cuatro plantas en alto y que está rematada por una corona de matacanes.

 

Se dice que el castillo que actualmente contemplamos fue levantado por Diego de Zúñiga, primer conde de Miranda. Este personaje, casado con Aldonza de Avellaneda, tuvo una intensa vida de andanzas amorosas, que los lugareños transmitían de boca en boca. Una de ellas nos dice que llegó incluso a secuestrar, loco de pasión, a la propia condesa de Treviño, a la que ordenó encerrar en otro castillo que poseía en la vallisoletana población de Iscar. El hijo de la condesa, que no dudó en solicitar el apoyo del conde de Haro, se vio forzado a acudir al rescate de su madre, tarea en la que fue auxiliado, además, por los hombres del marqués de Santillana.