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LAS ERMITAS DE CÓRDOBA
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Sagrado Corazón (Ermitas de Córdoba)
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Para acceder a las Ermitas que se sitúan en la Sierra de Córdoba, el viajero debe utilizar la carretera de Trassierra y tomar un desvío bien señalizado que en el kilómetro nueve se encamina a la derecha y se adentra en la Sierra, llevándonos directamente al Desierto de Belén, situado a otros cinco o seis kilómetros.
Por motivos obvios solamente una parte de las ermitas pueden ser visitadas por el público. El recorrido se inicia en la ermita del Hermano Portero y prosigue hasta la ermita de la Magdalena, el cementerio y la iglesia, desde donde habremos de retornar nuevamente a la entrada para dirigirnos ahora al monumento al Sagrado Corazón que Lorenzo Coullaut Valera levantó en 1929. Desde el mirador que aquí existe se pueden contemplar bellísimas imágenes de la Sierra y de Córdoba en el llano. Envolviendo el mirador, las ermitas se desparraman por las laderas de la montaña.
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Las estribaciones de Sierra Morena, que llegan a acariciar a la ciudad de Córdoba, han venido sirviendo desde los primeros momentos de la presencia del Cristianismo en Andalucía como lugar de refugio para eremitas y solitarios que buscaban a Dios en su interior, alejándose del bullicio del mundo y de las pompas terrenales.
Los solitarios de la AlbaidaLos antecedentes de este deseo piadoso de integración con Dios y la naturaleza habrían de buscarse en la figura de San Antonio, nacido en Queman, en el año 251, en el seno de una familia copta acomodada, que decició pronto vender todas sus posesiones y entregar su producto a los más necesitados para retirarse al desierto en donde habría de llevar un régimen de vida severo, en soledad absoluta y en lucha continua, a través de la oración y el ascetismo, contra los apetitos corporales y las tentaciones del diablo, temible representante de unos seres malignos que habiendo perdido la sabiduría celeste fueron expulsados de los cielos y desde entonces trabajan de manera incansable para evitar que el hombre se acerque a Dios.
Ermita de Santiago el Menor
Ermitaños como San Jerónimo pensaban que los orígenes de esta tradición habrían de reconocerse en las figuras bíblicas de Elías y Juan el Bautista. Acerca de este último afirmaba que: “Considerad ¡Oh monjes!, vuestra dignidad: Juan es el príncipe de vuestra institución. Es monje. Apenas nacido, vive en el desierto, se educa en el desierto, espera a Cristo en soledad...”.
En paralelo con esta tradición eremítica de la Iglesia, en momentos muy tempranos debieron establecerse en el entorno de la Sierra cordobesa diversos individuos que buscaban una vida de soledad, fe, ayuno y oración que les permitiese la victoria sobre las tentaciones de la carne y el acercamiento al Supremo. Las covachas y oquedades que existen en estos parajes palpitantes de belleza habrían de servir de penoso cobijo para estos hombres de los que se piensa que fue protector el propio Obispo cordobés Osio, que llegó a ser, además, consejero de Constantino.
Estos primeros ermitaños se establecieron en diversos parajes de las estribaciones de la Sierra, ocupando el espacio que se sitúa entre la Arruzafa, en donde hoy se alza el Parador Nacional de ese mismo nombre, y la Albaida, en el entorno de la actual carretera que desde Córdoba se dirige a la cercana población de Trassierra. Como referencia puede tomar el viajero el llamativo edificio del restaurante Castillo de la Albaida, situado al pie de esa carretera. Desde allí se contemplan buenas perspectivas de la Albaida y de la falda de Sierra Morena. Teodomiro Ramírez de Arellano, que escribió a fines del siglo XIX, nos ha transmitido que en los tiempos visigodos y musulmanes se recogieron en estos parajes hombres como Atanasio, Teodomiro, Rogelio, Pedro, Amador, Pablo, Isidoro, Elías, Argimiro y Rodrigo; todos ellos mártires y santos cordobeses, a quienes reza la Iglesia.
Hasta finales del siglo XVI los ermitaños de la Albaida se distinguieron por llevar una vida eremítica de total pureza. No formaban ningún tipo de comunidad y los posibles contactos entre ellos eran plenamente ocasionales. Cada uno vivía en su cueva o cobertizo en soledad absoluta y no existía ningún acuerdo entre ellos; solamente coincidían en que su aislamiento era dirigido espiritualmente o bien por los franciscanos del cercano convento de la Arruzafa o por los jerónimos del monasterio de Valparaíso (situado en las inmediaciones de Medina Azahara).
Locos en la tierraSe han conservado diversas noticias que nos hablan de algunos de los ermitaños que vivían en el entorno de la Albaida en estos tiempos. Uno de ellos habría sido Rodrigo el Lógico, que antes fue preceptor de príncipes y del que se sabe que ayudó al Hermano Vasco en su empeño por levantar el monasterio antes citado de San Jerónimo de Valparaíso, si bien lo cierto es que nuestro hombre no se mudó al cenobio, sino que siguió habitando su choza de la Albaida hasta que falleció en 1445. Tenemos también referencias de Martín Gómez, hombre casado que decidió retirarse a estos parajes para vivir su vejez en penitencia en tanto que su esposa ingresaba en el beaterio que más adelante se convertiría en convento de Santa Inés.
Por Juan de Undiano, autor de una “Vida del ejemplo de solitarios” tenemos información del ermitaño Martín de Cristo, que nacido en Córdoba abandonó la casa paterna a los catorce años y terminó recalando en el Desierto de la Albaida, en donde llegó a adquirir fama de santidad, siendo muchas las personas que iban a pedirle opinión sobre asuntos de fe. Falleció en 1577 dejándonos escritos diversos poemas, encontrados tras su muerte, en uno de los cuales afirmaba que quien desee ser sabio en el cielo tendrá que aparentar, por su modo de vida, ser loco en la tierra.
En 1568, bajo el espíritu del Concilio de Trento, el Papa Pío V otorgó la bula “Lubricum vitae”, en la que entre otras disposiciones se establecía que los ermitaños debían integrarse en una orden religiosa regular, hacer los votos solemnes y vestir hábito adecuado. La pretensión real de la bula establecía la necesidad de que los solitarios estuviesen dirigidos y protegidos por los estamentos oficiales de la Iglesia, en evitación de posibles desvíos o irregularidades en su vida de fe.
Los eremitas de la Albaida, ocupados en otras cuestiones más trascendentales para ellos, no debieron enterarse de estas disposiciones de Roma y todo continuó igual hasta 1583, en que el Obispo Antonio de Pazos y Figueroa ordenó reunirlos en el convento de la Arruzafa para hacerles llegar sus pretensiones de situarlos bajo su obediencia y prestarles apoyo y vigilancia. A la reunión asistieron trece ermitaños y estuvieron presentes el Provisor Miguel González de Prada y el Notario Andrés de Cerio.
Los solitarios no dudaron en prestar su sumisión al obispo, al que además mostraron su agradecimiento por su futura protección. Tenemos noticia de los individuos que asistieron a esa reunión y entre ellos se incluían personas como el vizcaino Sebastián, familia del Duque del Infantado, o un tal Francisco, de Bujalance, que antes de retirarse había sido pastor. Otros habían estado antes en conventos, como Juan de los Santos, oriundo de Alconchel. Entre ellos estaba también un tal Diego Gómez, que era sacerdote y decía misa en la propia capilla de la Albaida. Se sabe que este individuo habitaba una casucha situada en lo que se conoce como Rodadero de los Lobos (inmediaciones de la Albaida) y que impregnado de santidad falleció en 1593.
Reglamentación de la soledadEn 1594 el obispo Pedro Portocarrero hizo convocar nuevamente a los eremitas a otra reunión en la Arruzafa para pedir a los nueve solitarios que asistieron que prestasen un nuevo acto de sumisión y aceptasen unas normas muy sencillas, solamente cinco artículos, que pretendían reglamentar la vida retirada de estos hombres. Obispos posteriores fueron ampliando y reformando esas reglas que habrían de alcanzar hasta un total de 22 artículos, destacando aquellas que imponen la necesidad de un Hermano Mayor, que será nombrado por el Obispo. Él será quien se encargue de que la comunidad de solitarios viva de manera adecuada a lo que establece la Iglesia. El número total de hermanos, incluido el Mayor, no podía ser superior a trece, en similitud con el número de los Apóstoles más Jesucristo.
Es digno de mención que la reglamentación impedía que pudieran ser admitidos como hermanos individuos de raza negra o mulatos. Se excluía, igualmente, a los menores de 30 años y a todos aquellos que no supieran leer con soltura. En el caso de los jóvenes se entiende su exclusión debido a las mayores tentaciones de la carne. También se entiende en el caso de los iletrados: ¿Cómo iban a ser capaces de estudiar los textos piadosos que les guiasen en su soledad si no sabían leer?. Es de más difícil comprensión la prohibición de admisión de negros o mulatos, que habrá que entender, sin embargo, como acorde con la mentalidad propia de esos tiempos.
Conocemos detalles de la vida de uno de los nueve solitarios que prestaron su conformidad, en 1594, a las instrucciones de Pedro Portocarrero. Se trata del hermano Alonso, natural de Ocaña, que participó en 1492 en la conquista de Granada por los Reyes Católicos. Se sabe que posteriormente mató a una persona en Córdoba, siendo detenido y condenado a muerte, pena de la que se libró gracias a un indulto concedido con motivo del nacimiento del príncipe Fernando, hermano de Carlos I. Arrepentido, Alonso se retiró a cuidar enfermos en el Hospital de San Sebastián de Córdoba y posteriormente inició vida de soledad en los parajes de la Albaida. Se sabe que cuanto falleció tenía más de un siglo de edad.
Hacia 1613, siendo obispo Diego de Mardones, se había ya creado una congregación de trece solitarios que estaban dirigidos por un superior y que vestían un hábito común. Todos ellos seguían viviendo en soledad en sus covachas y cobertizos, pero con el nombramiento del primer Hermano Mayor, Francisco de Santa Ana, y con las reglamentaciones episcopales, se estaba dando un paso decisivo hacia la vida cenobítica de los ermitaños.
Ermitaño en la Sierra de Córdoba
El Desierto de BelénEl hermano Francisco de Jesús, que habría de llegar a ser un ejemplo vivo de sacrificio y ejemplaridad, nació en la barrio cordobés de San Lorenzo en 1673 y se sabe que lucho como soldado en tiempos de Carlos II. Se nos ha transmitido que en el curso de una batalla naval en la que participó Francisco tuvo una terrible experiencia, ya que una bala de cañón partió por la mitad a uno de sus compañeros, por el que sentía una íntima amistad. Una de las partes del cuerpo destrozado fue a caer a las aguas del mar y desde entonces nuestro hombre cambió totalmente su modo de vida y una vez licenciado en el ejército inició vida retirada llegando a recalar a los parajes de la Albaida cordobesa.
Habiendo sido nombrado Hermano Mayor de los ermitaños, Francisco de Jesús tomó la decisión de alejar a sus hermanos solitarios del contacto con las gentes, ya que la Albaida se estaba poblando en demasía de cortijos y explotaciones agrícolas, decidiendo que todos los solitarios acogidos a su dirección se trasladasen a una zona más apartada de la Sierra, lo que se materializó, tras recibir la licencia del Obispo Pedro de Salazar, con la mudanza al denominado Cerro de la Cárcel, en lo más alto de una montaña desde la cual se disfrutan bellas panorámicas de la Sierra que la envuelve y de la ciudad de Córdoba en la lejanía. En ese bello y apartado lugar el grupo de eremitas fue levantado entre 1703 y 1709 un total de trece casitas en las que desde entonces habrían de vivir cada uno de ellos, así como una pequeña iglesia en la que los solitarios llevarían a cabo los ejercicios espirituales diarios en comunidad.
Cuando llevaban ya unos años establecidos en lo que desde entonces se conoce como Desierto de Nuestra Señora de Belén, los ermitaños recibieron una importante donación procedente de Francisco González de Nebrija, que en 1738 les entregó la suma de 33.000 reales de vellón que la comunidad aplicó a la compra de una finca rústica situada en el próximo término de Obejo. Con el producto originado por la explotación de esta hacienda los ermitaños podían ahora pagar a un capellán que les oficiara misa y que les impartiera los sacramentos, así como obtener unos excedentes que costeaban en buena medida la alimentación tanto de los propios ermitaños como de la multitud de indigentes que se desplazaban diariamente desde Córdoba hasta este apartado rincón, conocedores de que los hermanos nunca negaban un plato de guiso de habas a todo aquel que lo demandara. El camino que desde Córdoba se dirige al Desierto, conocido hoy como Cuesta del Reventón, resulta en nuestros tiempos especialmente grato a los amantes del senderismo, que no dudan en hacer ese trayecto por el piedemonte serrano en las mañanas soleadas de primavera, conocedores de que permite la visión de parajes de insólita belleza.
Francisco de Jesús falleció en 1749, rodeado como tantos otros ermitaños por el aura de la santidad. Gracias a sus anhelos y trabajos desde su mandato como Hermano Mayor los solitarios de la Sierra, antes desparramados, fueron agrupados en lo alto del cerro, en donde habrían de vivir pegados al cielo y más alejados todavía de la tierra. Durante los meses de invierno, cuando las nubes bajan y se apoderan del Desierto, las casitas de los eremitas parecen flotar entre ellas. Sin duda, aquí, en lo alto de la montaña, estos hombres habrían de sentirse más próximos a Dios.
El cenobio de la soledadSin embargo, a pesar de que las pequeñas ermitas estaban relativamente próximas entre sí, lo cierto es que estos hombres continuaron viviendo una intensa individualidad. Las noticias que se han conservado nos indican que resultaba prácticamente imposible poder acceder al interior de cada uno de ellos, de modo que casi nada sabemos, por ejemplo, de los ejercicios interiores que llevaban a cabo.
Paez de Valenzuela, escritor del siglo XVII, se propuso escribir sobre el primer Hermano Mayor de los solitarios y con esa finalidad solicitó información a otros eremitas. Las respuestas fueron siempre tremendamente parcas. Alguno le hizo saber que era una persona tan amiga de ocultar las cosas que le pasaban en la oración que realmente sus compañeros muy poco sabían de ello. Parece que existía algún tipo de norma tácita por la que los ermitaños jamás, salvo enfermedad grave o fuerza mayor, entraban en las celdas de sus compañeros. Estos hombres sentían un tremendo deseo de soledad y nada les animaba a interrumpirlo. Es cierto que practicaban algunos actos religiosos en común en la iglesia pero la mayor parte del tiempo la pasaban en la más absoluta soledad.
Los solitarios, al igual que Bernardino Laredo, autor de “Subida al Monte de Sión” buscaban esa “ciencia escondida” que Dios llega a infundir a las almas que se encierran en la quietud y se apartan del mundo.
En una carta del Hermano Francisco de Cristo al Obispo podemos observar la importancia que este hombre concedía al silencio y a la vida de contemplación: “No les permito hablar más que lo muy preciso y eso en tono bajo y algunas veces por señas. Después de la comida del mediodía conmigo juntitos les permito que ablen un poquito y a la noche después de la cena si ase frío o si están mojados un ratito a la candela pero en separándose de mí no les permito hablar o en tocando al silencio. Es una vida angelical, yo cada día estoi más contento”.
Juan de Dios de San AntoninoSe trata de uno de tantos ermitaños que habiendo llevado una vida cargada de honores se retiró a este apartado rincón en donde habría de fallecer, en 1788, también impregnado de santidad y muy querido por los cordobeses. Juan de Dios, Marqués de Santaella y Señor de Villaverde en el mundo terrenal, tomó el hábito en 1780, cuando contaba 38 años de edad. El beato Diego José de Cádiz nos ha transmitido valiosas noticias sobre el modo de vida de este hombre, modelo de ermitaño. Reproducimos algunos párrafos que nos describen su especial amor por la oración y por la mortificación del cuerpo:
“Su cama era la más pobre y desabrigada en comparación de la que usan los demás ermitaños, y se reducía a una tabla cubierta de una sola manta, o en su lugar alguna rara vez de un pellejo, y para cabecera de una almohada de paja. Para dormir se tiraba sobre ella vestido, sin más abrigo que el de su manto raido y muy gastado, aun en los tiempos más rigurosos del invierno, él, como nada le abrigaba, padecía tan intenso frío, que solía decir al Religioso su hermano o a algún otro su confidente: el yelo me pasa, me muero de frío”.
“Como perfecto ermitaño, cuyo ejercicio es el orar siempre, en todo lugar, en todo tiempo y en toda circunstancia oraba. En su ermita, en la iglesia, en el desierto, en la ciudad, trabajando, comiendo, caminando, leyendo, escribiendo, rezando, si hablaba, si trataba algún negocio, si estaba enfermo, o si se empleaba en el gobierno o disposición de los asuntos que estaban a su cargo, siempre oraba, porque en todo eso levantaba su corazón a Dios, le tenía presente y le encaminaba o dirigía todas sus obras, todos sus pensamientos, todas sus palabras y todos sus deseos”.
Ermitas de Córdoba
Expulsión y retornoEl día 13 de abril de 1836 fue nefasto para los eremitas del Cerro de la Cárcel. Se vivían los tiempos de la Desamortización y los pobres solitarios fueron expulsados sin miramientos de su desierto. Se iniciaban ahora unos tiempos obscuros en que el terreno fue vendido por el Estado, si bien posteriormente, en 1845, esa venta fue anulada y finalmente se consiguió la reinstalación de los ermitaños, ahora bajo la dirección de Pedro de Cristo como Hermano Mayor. Fue preciso reedificar las ermitas y la iglesia, que habían sido incendiadas y durante un tiempo todo volvió a la normalidad.
Ya en el siglo XX, en la década de los cincuenta, la crisis de vocaciones amenazaba de extinción a la congregación, que había quedado reducida a cinco hermanos que, finalmente, en 1956 solicitaron al Provincial de los Carmelitas Descalzos de Andalucía su fusión con esa Orden, de modo que el Desierto de Nuestra Señora de Belén pasase a ser uno más de la Provincia Carmelita, lo que se hizo efectivo el día 28 de febrero de 1957, tras el acuerdo favorable del Obispo. En nuestros días los Carmelitas continúan regentado este interesante cenobio de la Sierra de Córdoba, cuya visita no podemos sino recomendar al lector.
Esas ermitas, impregnadas de manera indeleble por el ascetismo de los ermitaños que las habitaron, nos permiten evocar a esos hombres austeros, barbudos, vestidos con hábitos toscos, que tan queridos fueron en tiempos pasados por el pueblo de Córdoba. Contemplando sus casitas la nostalgia nos llega a invadir. Alguien diría que el aire de la Sierra parece querer transmitirnos misterios de otros tiempos impregnados de santidad y misticismo.
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28 de diciembre de 2005 |