JARDINES DE LA PLAZA DE COLÓN

CÓRDOBA

 

 

 

 

 

Homenaje a la mujer cordobesa; al fondo, la Diputación Provincial

 

 

 

 

 

La actual Plaza de Colón, conocida tradicionalmente como Campo de la Merced, ofrece al viajero distintos rincones de especial interés.

 

Iniciamos el recorrido en la denominada Puerta del Osario, en las inmediaciones de la Avenida de Ronda de los Tejares. Por esta puerta, en uno de cuyos lados todavía se conservan los restos de una torre, se salía de Córdoba al campo, en dirección a las huertas que se situaban junto a las cercanas estribaciones de la Sierra.

 

El nombre de Puerta del Osario hace referencia a que el Campo de la Merced fue tradicionalmente lugar de enterramiento en el pasado. Aquí existió una necrópolis romana y en momentos más recientes en estos parajes fueron enterrados multitud de cordobeses, sobre todo en tiempos de epidemias o de guerras. Se sabe, a modo de ejemplo, que cuando la invasión francesa muchos patriotas fueron aquí fusilados.

 

En siglos pasados este paraje situado fuera de las murallas de Córdoba tuvo funciones de tipo recreativo, ya que al menos desde el siglo XVIII se han realizado aquí desfiles militares, juegos de toros, fuegos artificiales, etc.

 

Debe reparar el viajero en un sencillo pero atractivo monumento que rinde homenaje a la mujer cordobesa, situado entre los jardines y el edificio de la actual Diputación Provincial.

 

 

Jardines de la Plaza de Colón, Córdoba

 

 

Frente a los jardines se encuentra, como ya hemos mencionado, el edificio de la Diputación Provincial de Córdoba, que en tiempos pasados albergó al Convento de la Merced. En este edificio de estilo barroco sobresale tanto su fachada como su atractivo patio principal, en el que usualmente se llevan a cabo exposiciones o eventos públicos organizados por la Diputación cordobesa.

 

 

Jardines de la Plaza de Colón, Córdoba

 

Especial interés revestirán para el viajero los propios jardines, en los que podrá encontrar un momento de sosiego y reposo. Sus antecedentes se remontan a 1905, estando estructurados en un conjunto de calles radiales que convergen en un espacio central que está presidido por una bella fuente de estilo neobarroco.

 

En una de las esquinas del Campo de la Merced está enclavada la denominada Torre de la Malmuerta, antigua torre albarrana de las murallas medievales de Córdoba, desde la que se accede al cercano barrio de Santa Marina. Junto a la torre está situada la taberna de Paco Acedo, uno de los santuarios de la tradición culinaria cordobesa. Buen fino y tapas exquisitas pueden ser degustadas en este atractivo rincón que acumula en su decoración las huellas del amor de Córdoba por lo taurino.

 

 

 

 

 

 

 

 

LEYENDAS DE CÓRDOBA

 

ASESINATO EN EL CAMPO DE LA MERCED

La muerte de Martín Fernández de Córdoba

 

 

"El padre Ruano, en su Historia de la Casa de Cabrera en Córdoba, y otros escritores que se han ocupado en apuntar sucesos de esta ciudad, refieren uno ocurrido en el campo delante de este convento (de la Merced), que nos da a conocer que en todas épocas, y aun en aquella que tanto se blasonaba de nobleza, ocurren hechos indignos hasta en personas de poca ilustración y de malas costumbres. Los nobles cordobeses, que tantas pruebas dieron de su hidalguía y valor en muchas y arriesgadas ocasiones, pecaban a veces por un orgullo desmedido, que los llevaba a cometer grandes torpezas, con las que empañaban el lustre de sus casas y familias, no encontrando quien les hiciese moderar aquellos soberbios impulsos, porque bastaba que la falta o delito fuese cometido por un caballero para que la vara de la Justicia se inclinase siempre a favor del delincuente.

 

Como hemos tenido ocasión de referir a nuestros lectores, las Casas de los Córdobas y los Cabreras eran de las más principales, y por consiguiente, de las más respetadas y temidas. En el año 1629 surgieron grandes disgustos entre D. Martín Fernández de Córdoba, Comendador de Mestanza en la Orden de Calatrava, y D. Antonio Cabrera; sea que éste no quisiera habérselas a solas con su enemigo y pariente ú otros móviles que no conozcamos, ello es, que el segundo citó al primero para tener una entrevista de noche en el Campo de la Merced, donde quedarían zanjadas todas sus diferencias;  no sospechando aquel de que su adversario desmentiría los timbres de su casa, acudió completamente solo al lugar de la cita, donde se le apareció el D. Antonio Cabrera acompañado de D. Martín Jacinto de Angulo, del Orden de Alcántara, Señor de Leanís y Veinticuatro de Córdoba, D. Pedro de Mendoza y Figueroa, D. Antonio de Figueroa, su hermano, Juan de Anguita y otros, quienes acometieron a D. Martín Fernández de Córdoba, que, a pesar de defenderse como un héroe, murió a manos de tanta gente reunida para asesinar a un solo hombre; el choque de las espadas y las voces de la víctima, llamó la atención de los Mercedarios, que salieron con luces en su socorro, así como otros vecinos, que recogieron el cadáver sin conocer a los agresores, que huyeron en cuanto lograron su propósito, creídos en que nadie había penetrado su secreto.

 

No fue así; la viuda de D. Martín, Doña María de Córdoba, que sabía la cita a que acudió su marido, pidió el justo y merecido castigo por tan horrible crimen, esperando confiada en la rectitud del Corregidor; más, viendo el poco resultado de sus justas reclamaciones, acudió al Rey, en demanda de un Juez Pesquisidor, exclusivo para este proceso; vino entonces con tal carácter, el Licenciado D. Antonio Valdés, quien se dio tan buenas trazas, que logró descubrir y prender a cuantos contribuyeron a la muerte de D. Martín Fernández de Córdoba, sentenciando a D. Pedro Jacinto de Angulo a ser degollado, por resultar ser el más culpable, y otros castigos muy severos a cuantos lo acompañaron, dando además entre todos 18.000 ducados que habría de recibir la señora viuda.

 

Entonces empezaron las súplicas y los empeños, en que tomó parte todo Córdoba, y como los nobles eran casi en totalidad parientes lograron al fin el perdón de Doña María, pactándose una nueva indemnización de 9.000 ducados, y que D. Pedro Antonio Angulo, hijo del sentenciado, habría de casarse con Doña Isabel Fernández de Córdoba, hija tercera de la victima, cuyo enlace no se realizó al fin, según dice el ya citado escritor Ruano."

 

 

Paseos por Córdoba

Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez, 1873

 

 

 

 

 

 

LEYENDAS DE CÓRDOBA

 

EL CRISTO DE LAS MERCEDES

 

 

"La imagen más antigua que existe en Córdoba es el Cristo de las Mercedes, que se venera en el altar del brazo del lado del Evangelio de esta Iglesia (del Convento de la Merced). Cuentan los cronistas de la Orden Mercedaria que en 1416 fue a Antequera Fr. Juan de Granada a redimir cautivos, y estando allí vio como en una gran hoguera, encendida en la plaza mayor, iban a arrojar una imagen de Cristo crucificado. Como se trataba de redimir cautivos, creyó Fr. Juan que ningún cautivo valdría tanto como la imagen, y a fuerza de ruegos y dineros la rescató, trayéndola a Córdoba y colocándola en la iglesia del Convento en que era Comendador. Cierta o falsa esta relación, que no nos importa ni hay datos seguros para comprobarla, es cierto que el Cristo es más antiguo de tal fecha, a juzgar por su traza, pudiéndose asegurar que su talla se remonta a finales del siglo XIII o principios, cuando más, del siglo XIV.

 

 

Cristo de las Mercedes

 

 

La devota imagen empezó,  tan pronto como llegó a Córdoba, a hacer prodigios, creciendo por ello su devoción, y en 1602 ya era tanta, que el Corregidor D. Diego de Vargas le costeó una capilla en el brazo de la iglesia, la que ya no existe por reconstrucción del templo. Desde esta fecha se fomentó más el culto, y en 1655 la cubrían seis velos constantemente, velos renovados de continuo, porque las principales familias los costeaban nuevos canjeándolos por los viejos, para conservar estos como reliquias. La diadema y clavos eran de madera y hierro, y los devotos se las cambiaron por otros de plata sobredorada, vinculando los viejos en sus mayorazgos.

 

Los muros de la capilla estaban cubiertos de exvotos de enfermos curados milagrosamente.

 

Los seis velos cubrían al Cristo constantemente, y aunque todos los viernes del año se levantaban cinco, siempre quedaba echado uno de velillo de plata transparente, que solo se levantaba el segundo viernes de cuaresma, reuniéndose para este acto ambos Cabildos y acudiendo a adorar a la imagen gentes de todo el Obispado.

 

Se cuenta que el obispo Fr. Domingo de Pimentel, al ver la imagen, dijo asombrado: Con haber visto muchas imágenes de devoción en España e Italia, no he visto otra de Cristo Crucificado ni más perfecto, ni que haya fervorizado más el espíritu.

 

Hubo un incendio en el siglo XVII y se le quemó al Cristo la pintura de la espalda, levantándole ampollas, pero no atacó a la madera.

 

En 1602 y 1650, con motivo de las epidemias de landre, se le hicieron solemnes cultos, sacándole procesionalmente; pues aun duraba la devoción en el más alto grado. Después cesó el culto, no sabemos cuando y hace cuarenta años, aproximadamente, que el Obispo D. Juan Alfonso de Alburquerque, no opinando como su antecesor Pimentel y encontrando la imagen feísima, la mandó quemar. Se salvó nuevamente de la hoguera, y más vale así, porque es obra interesantísima, arqueológicamente considerada..."

 

 

Inventario Monumental y Artístico de la Provincia de Córdoba

Rafael Ramírez de Arellano, 1904

 

 

 

 

 

OTROS RINCONES DE CÓRDOBA

 

 

 

6 de diciembre de 2005