SEVILLA

 

 

 

La Giralda

 

 

 

 

 

 

La Torre del Oro y el Guadalquivir

 

 

 

Conocedor de que se está celebrando estos días en Sevilla una exposición titulada “Egipto, Nubia y Oriente Próximo”, en la que se ofrece al público una interesante selección de piezas procedentes de las colecciones del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, esta mañana –aprovechando que estoy disfrutando de unos días de descanso- tomé la decisión de desplazarme a esa ciudad.
 
Por diversas circunstancias, María no podía acompañarme, de modo que con la pretensión de disfrutar mansamente del viaje preferí dejar atrás el automóvil o el vertiginoso tren de alta velocidad y a primera hora de la mañana estaba haciendo cola en la estación para obtener un modesto billete en el “Andalucía Expres”, que es un electrotrén que viene a unir Jaén con Cádiz, pasando por Córdoba y Sevilla. Hacía tiempo que no tomaba ese expreso y me invadía una cierta nostalgia. Su marcha es más lenta y hace paradas en diversos pueblos lo que permite que el viajero pueda disfrutar más intensamente del paisaje.
 
Sin embargo, y como primera sombra de la jornada, el expresó llegó con casi media hora de retraso. Para entretenerme en la espera y calmar los nervios hasta llegué a componer un modestísimo poema:
 
“De Córdoba te conozco
pero vienes de Jaén
atravesando olivares
que sienten en sus entrañas
la nostalgia de los mares.”
 
Veía apropiadas las palabras ya que a fin de cuentas el “Andalucía Expres”, desde los mares de olivos jiennenses se encamina lentamente, sin demasiadas prisas, hacía los lejanos mares del Océano gaditano. Es una marcha indolente, con un continuo escalofrío de paradas y retrasos. De unos mares a otros, entre ambos, otro inmenso mar, de creación humana y reciente: el de los naranjos que inundan el valle del Guadalquivir, bellísimos –por cierto- con las ultimas lluvias.
 
A su paso por Peñaflor, el río estaba muy crecido, de hecho se había prácticamente desbordado, de modo que las aguas casi alcanzaban las murallas ciclópeas de El Higuerón. Por aquí, por estas parajes, habrían cruzado el río los mercenarios ibéricos de que hablaba hace días en un cuento que pretendí que fuese tan documentado como irracional. Ahora, desde el tren no podía sino recordar, con una sonrisa, la historia inventada.
 
La exposición egipcia fue una de las luces del día. Me encantaron las piezas seleccionadas e igualmente la presentación de las mismas. Puestos a elegir, recuerdo ahora unas paletas de esquisto utilizadas en el Predinástico para machacar ungüentos y medicinas, y una bellísima representación escultórica de Isis con el niño Horus en sus brazos, que es sabido que es un antecedente de las esculturas similares de Jesús en el regazo de María.
 
Terminada la visita a la exposición, un buen paseo por Sevilla: calle Cuna, calle de las Sierpes, plaza de la Catedral, la Giralda, la Torre del Oro, el Guadalquivir…, ¡otra vez el Guadalquivir! Pleno de aguas y rodeado de nubes que me parecían bellísimas. Sin duda, la luz más intensa de toda la jornada.
 
Tras el almuerzo y un par de cafés debía llegar otro punto fuerte. Se trataba de la visita al Museo Arqueológico. Fue, sin embargo, un nuevo punto sombrío. Dada la amplitud del museo había decidido firmemente que solo visitaría la sección de Prehistoria, entre otras cosas porque no quería sufrir vértigos, pero el portero con amabilidad exquisita me informó que ello no era posible, ya que por desgracia las últimas lluvias caídas sobre la ciudad habían producido la inundación de las salas, que están situadas en la planta del sótano.
 
 

 

Museo Arqueológico de Sevilla

 

Quedé perplejo por la noticia, pero me dispuse a contemplar otra vez las magníficas piezas de época romana que aquí se exhiben, muchas de ellas procedentes de la cercana Itálica, cuyas ruinas cantó el poeta. Lo cierto, no obstante, es que la imposibilidad de visitar las salas de Prehistoria me dejó conmocionado. ¡Estaban inundadas!, había dicho aquel hombre. ¿Qué habrá sido –pensaba yo- del tartésico “Tesoro del Carambolo y de tantos otros tesoros que se guardan en esas salas?
 
Tras la visita, algo cansado por tantas emociones, todavía dediqué un tiempo corto en recorrer el Parque de María Luisa, bello rincón hispalense que, quizás por la abundancia de aguas en estos días pasados, presentaba un estado de cierto abandonado, con  los barros enseñoreándose de los caminos. De nuevo, otra sombra.
 
Y por fin, un taxi y a la estación de Santa Justa, para iniciar cuando antes el camino de regreso, ya que el cielo estaba cada vez más oscuro y la amenaza de temporal se vislumbraba con claridad. Allí, en la modernísima estación, la negrura de la noche lo invadía todo: ¡Que barbaridad, que cola de personas para sacar los billetes!  Yo, huyendo de los retrasos del expreso de los olivares, había decidido sacar billete ahora en el AVE, el tren de alta velocidad, que dicen que alcanza más de 200 kilómetros por hora, pero ¡Señor, que inmensa cola para obtener el  billete!
 
Cuando conseguí, al fin, ser atendido, corrí con el codiciado papel en mi mano en dirección al andén del que, en menos de cuatro minutos, iba a salir el velocísimo convoy. Tuve, afortunadamente, éxito, de modo que conseguí sentarme en mi plaza, la número 5B del coche número dos, antes de que el AVE arrancara. Parecía, al fin, que llegaba otro momento de luz e ingenuamente pensaba que podría incluso dormitar un poco durante el viaje.
 
Pero no. Estaba equivocado. Un tipo de aspecto malcarado me sorprendió de repente:
 

-         ¡Oiga, que está sentado en mi sitio! -bramó sin miramientos.

 

-         Perdone, pero creo que se equivoca –respondí. Yo llevo el 5B del coche dos.

 
El tipo, invadido por una seguridad impía, me requirió el billete para luego, tras haberlo contemplado, plenamente dominado por la soberbia, volver a bramar:
 

-         ¡Oiga, que su billete tiene fecha de 22 de diciembre, y estamos en noviembre!

 
Acosado por el tipo, que me requería el asiento, y abrumado por el error, no pude sino derrumbarme mientras me levantaba, proclamando con voz perdida:
 

-         ¡Pero si he sacado el billete hace unos minutos, en la cola de “Salida inmediata”!

 
Pero el tipo, para entonces, dormía placidamente en mi asiento.
 
Mientras yo suplicante y abochornado me arrastraba por el vagón buscando la piedad de algún asiento libre, los pasajeros miraban de reojo, sin  duda disfrutando de mi penalidad.
 

-         ¡Santo Dios!, ¿pero que me pasa hoy a mí? –pensaba.

 
Cuando llegamos a mi ciudad, en un brevísimo tiempo que a mi se me hizo demasiado largo, llovía a cantaros. Continuando con las sombras de la jornada, ningún taxi rondaba por los alrededores de la estación, de modo que con mi chubasquero y mi paraguas, derrumbado por las sombras, inicié el largo trayecto en dirección a mi casa.
 
En el camino, no obstante, un último rayo de luz habría de aclarar la negritud de tantos padecimientos. Mientras contemplaba la lluvia y sus efectos, al atravesar unos jardines, un “cuento mínimo” llegó a mi mente:
 
“Llovía intensamente.  Contemplando unas hojas caídas que se ahogaban en el agua, el hombre se emocionó.”