Decididamente, la práctica de la política mundial en 1981 se inclinaba sin pudor por la violencia: magnicidios, secuestros, golpes de Estado, invasiones... Mientras algunos países gestionaban delicadas transiciones en las que cicatrizar las heridas de la manera más indolora posible, otros soportaban gobiernos autoritarios con relativo estoicismo, y los más afortunados disfrutaban de una alternancia pacífica y optimista en sus respectivas democracias.
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