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Secuestro, magnicidio e inflación: los difíciles
cien primeros días de la era Reagan

Ronald Reagan heredó la patata caliente de la crisis de los rehenes cuando en noviembre de 1980 fue elegido presidente de Estados Unidos, con su vicepresidente George H. W. Bush como compañero de viaje. Como medida de presión interna y externa, el presidente electo Reagan anunció que revocaría todos los acuerdos tomados o en vías de negociación y empezaría de cero, si los rehenes no eran liberados antes de empezar su mandato.

El fracasado intento de liberar a los rehenes mediante un golpe de mano a la israelí había retrasado aún más las conversaciones, y dejó a Carter sin margen de maniobra suficiente. Quizá la fallida negociación, además de los problemas en política interna, le costaron la presidencia a Carter, que no se pudo despedir de la Casa Blanca con la satisfacción de ver liberados a los rehenes, por 11 minutos de diferencia.

Pero resuelta la complicada crisis diplomática, Reagan tenía que enfrentarse además a su promesa electoral de rebajar los impuestos, aligerar el funcionamiento del aparato estatal y, al mismo tiempo, animar al país para convertirlo otra vez en una potencia de primer orden. Como metáfora de los tiempos difíciles de la nueva presidencia, el maestro de ceremonias de la toma de posesión de Ronald Reagan, el cantante Frank Sinatra, estaba bajo acusación de mantener contactos con la Mafia.

Intento de magnicidio
Dos meses después de su investidura, el 30 de marzo de 1981, Ronald Reagan estuvo a punto de ser asesinado por un joven de 25 años, John Hinckley hijo, en el momento en que el Presidente salía de un hotel de Washington. El Presidente recibe una bala calibre 22 en el pecho y durante tres horas es sometido a una intervención quirúrgica. En este lapso, su vicepresidente y gran rival a la investidura republicana, George H. W. Bush, dirige un gabinete de crisis secundado por el Secretario de Estado Alexander Haig.

Cinco horas más tarde, cuando se sabe que Ronald Reagan se ha salvado, Bush, basándose en los primeros informes incompletos, aparta a priori y de forma oficial la idea de una conspiración. La mayoría de la prensa expuso la tesis del loco aislado, admirador de la película Taxi Driver y deseoso de impresionar a la actriz Jodie Foster. Sin embargo, hubiera hecho falta realizar investigaciones más profundas: Scott Hinckley, hermano del «tirador aislado», había sido invitado esa noche a casa de Neil Bush, uno de los hijos del vicepresidente.

Ambas familias habían hecho fortuna de manera paralela en la explotación del petróleo tejano. Scott Hinckley era el vicepresidente de Vanderbilt Energy Corporation y George Bush padre había dirigido Zapata Oil. La familia Hinckley era una de las más generosas donantes de la campaña de Bush padre para el Congreso. En 1978, George W. vivía en Lubbock, Tejas, al igual que John Hinckley. Cuando a los miembros de la familia Bush se les formularon preguntas con relación a John Hinckley respondieron que «no están seguros de haberlo conocido».

De esta manera, Reagan pasó a engrosar la lista de mandatarios norteamericanos -ocho- víctimas de un atentado... e inauguró la de supervivientes.

fin de la crisis de los rehenes


Reagan, Bush y su gabinete,
en febrero de 1981.


Reagan fue disparado en la entrada de un hotel en
Washington, el 30 de marzo.

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