Creta Sur


Creta :
por las playas del  Sur
El camino al sur de la isla atraviesa colinas donde se ven rebaños de cabras con cuya leche se prepara el delicioso queso feta, ingrediente irremplazable en las frescas ensaladas griegas.
Al sur hay algunas playas muy hermosas, llenas de palmeras datileras cuyas semillas llegaron fortuitamente a esta arena dorada, traídas por las olas del mar desde Africa. Ahora le dan al paisaje un aspecto muy particular y muy norafricano.
Tal como menciona Homero en su Odisea, esta isla fue habitada por más pueblos distintos que ninguna otra parte de Grecia: aqueos, sidonios y fenicios pasaron por aquí y se afincaron, enamorados del paisaje. Luego de sucesivas invasiones, los romanos la colonizaron al principio de la era cristiana. En el año 1200, la isla fue vendida a los venecianos que dejaron bellas mansiones frente al mar, que contrastan con las blancas iglesias ortodoxas de paredes macizas para evitar derrumbes durante los frecuentes terremotos que asolan esta zona de intensa actividad telúrica.
En la llanura de Messara encontrás las ruinas de Festos, en un sitio con un paisaje de colinas y arboledas. Aquí no hubo reconstrucciones como en Cnosos, pero se nota a las claras que la región fue habitada por una civilización exquisita, más orientada a la armonía y la alegría de vivir que a la gloria de las conquistas.
En el golfo de Soudha hay un importante puerto pesquero. Hasta llegar ahí pasás por pueblos con cantinas sobre la costanera, con mesitas bajo toldos de paja junto a la rompiente, donde un sinfín de restaurantes compiten entre sí para servirte el más delicioso psari, o pescado fresco a las brasas. Se recomienda especialmente probar la barbunia, pescado de carne tierna y sabrosa con muy pocas espinas. La ensalada se adereza con el mejor aceite de oliva del mundo, verde, denso y con un fuerte aroma a aceitunas. Gracias a este aceite que destapa las arterias, en Creta los ancianos cumplen mucho más de cien años y no se registran casos de infartos, arterioesclerosis o enfermedades cardíacas. En todas las veredas de los pueblos, a la sombra de las higueras, ves ancianitas nonagenarias hilando la lana de cabra en husos manuales.
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